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	<title>Seville &#8211; Bonjour Séville</title>
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	<description>Un proyecto sobre Sevilla hecho desde París</description>
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	<title>Seville &#8211; Bonjour Séville</title>
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		<title>Otoño en Sevilla (II)</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Sep 2024 16:42:37 +0000</pubDate>
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<p>Iba en un taxi y Sevilla pasaba ante mis ojos, tras el cristal de la ventanilla, como un invitado que no se espera y del que poco se sabe -y, todavía más importante, que nada sabe de ti. El vehículo atravesaba barrios de edificios bajos organizados alrededor de pequeñas plazoletas, zonas del extrarradio donde personas mayores, muchas más de las que era posible ver por las calles de París, conversaban en los portales o esperaban el autobús. También había jóvenes, la mayoría caminando solos, probablemente estudiantes que se dirigían a clase. Era la primera vez que visitaba España, apenas contaba con las imágenes que sobre ella circulaban por Francia: país de aplastante religiosidad capaz, aun así -y sin duda por ello, razonaba el francés-, de la más alocada osadía (Pedro Almodóvar ya era una celebridad en París). Me pregunté entonces cómo vivirían los homosexuales en aquella ciudad, qué lugares frecuentarían. ¿Tendrían bares y clubs donde reunirse? ¿Existirían zonas de encuentro al aire libre, quizás jardines y callejones (o sótanos y urinarios públicos en penumbra)? </p>



<p></p>



<p>El taxi penetró por una calle de una estrechez inaudita, los peatones se refugiaban en los portales para dejarlo pasar. Allí el sol no alcanzaba a tocar los bajos de las casas, tan solo si uno miraba hacia arriba conseguía ver su luz encendiendo las azoteas. Finalmente se paró ante una casa de dos plantas pintada de rojo, cuya fachada presentaba desconchones y grietas. Mientras el taxista sacaba mi bolsa de viaje del maletero, pude observar que, a pesar de tan lastimoso aspecto, el conjunto desprendía cierta solemnidad, restos de un pasado que debió de ser opulento, pensé. El enorme portón de entrada daba a una especie de hall -zaguán, aprendería a decir más tarde- recubierto de azulejos como un palacio oriental. Una vez dentro, a través de la desvencijada cancela de hierro forjado, admiré la umbría frondosidad que, como Sophie describiera en París, inundaba todo el patio: las ramas se enroscaban por las columnas, trepaban por los muros y se inmiscuían dentro de las ventanas de la galería superior, incluso por entre las fisuras que recorrían el techo, tanto que parecían mantener en pie la construcción con su armazón de minúsculas vigas. Deslizaba la mirada por aquel verdor cuando una escueta hoja, hasta entonces enrollada como un pergamino, se abrió de golpe, desplegando su red de líneas violeta sobre fondo oscuro. ¿Me había estado esperando para nacer?<br>-¿Sophie?, llamé desde fuera, convencido por un momento de que ella había asistido como yo, oculta entre la espesura, a la irrupción de aquella nueva hoja.&nbsp;<br>Nadie respondió. En cambio, un enorme camión de reparto de bebidas y alimentos hizo temblar el suelo al rodar sobre los adoquines de la calle. De un extremo al otro del patio, las plantas se estremecieron ligeramente. Una pequeña lagartija me observaba a lo lejos.&nbsp;&nbsp;<br>-¿Sophie?, insistí alzando la voz. Al no obtener respuesta, y como no encontré timbre o campanilla con que avisar de mi presencia, intenté, recordando sus palabras en aquel ascensor, abrir la cancela. Pero fue en vano.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>Me dije que probablemente habría salido para hacer alguna compra. En aquella situación solo me quedaba esperar sin alejarme demasiado de la casa, ya que intuía que el centro histórico de Sevilla formaba un intrincado laberinto por el que podría perderme con facilidad. Salí con mi bolsa en la mano y distinguí una pequeña plaza al final de la calle desierta. Cuando me asomé por la esquina, vi que el lugar estaba presidido por la fachada de una iglesia renacentista (¿o era un convento?). Dos columnas flanqueban la puerta cerrada, sobre la que había un enorme bajorelieve que representaba una escena bíblica. Solo el ruido del agua de la fuente rompía el silencio, y la solitaria calma, de aquella hora de la mañana. Me senté en uno de los bancos, junto a un muro en el que alguien había garabateado con pintura negra una frase de la que nada pude comprender. Más allá, en un extremo de la plaza, percibí lo que me pareció ser un bar, o una cafetería. Un letrero hecho de pequeños azulejos revelaba el nombre del establecimiento: La Tórtola. Dentro, al otro lado del gran ventanal, una mujer de pelo rizado leía el periódico y bebía su café a pequeños sorbos, entre calada y calada a un cigarrillo. A veces miraba hacia la calle sin fijar su atención en nada en particular, absorta en sus pensamientos, hasta que reparó en mí, un hombre solo en un banco con una bolsa de viaje a los pies. Le envié una media sonrisa a modo de saludo, pero ella apartó la mirada, algo incómoda, y volvió a su lectura. Justo en aquel momento, Sophie entró en la plaza por una callejuela lateral. Traía en los brazos una voluminosa caja de cartón blanco de la que sobresalían diversos objetos: varios marcos, piezas de vajilla, tejidos de diferentes tipos. Tan pronto como me vio, se acercó a mí con una amplia sonrisa, dejó la caja en el suelo y nos fundimos en un abrazo: dos franceses en una vieja plaza de Sevilla. Me explicó entonces que venía del cercano mercado de las pulgas, conocido como el Jueves, donde el tiempo se le pasaba sin darse cuenta. Aquel día la visita había sido fructífera en su búsqueda de objetos y utensilios con que hacer de la casa un lugar más habitable. Sacó de la caja un libro de gran formato y tapa dura dedicado a la obra de Caravaggio, cuya portada mostraba una cuadro para mí desconocido: David vencedor de Goliat. En él, el joven pastor acaba de vencer con su honda al gigante, cuya cabeza decapitada ata metódicamente por los cabellos para presentarla como prueba de su victoria. Mientras caminábamos por la callecita en penumbra, observé el rostro de Goliat, su piel fruncida en una mueca de horror e incomprensión. Sophie me explicaba cosas sobre la ciudad y la casa, sobre cómo la había comprado, en un arrebato casi temerario, al heredar de su familia una importante suma de dinero, y yo miraba a David, con su cuerpo adolescente, hincando la rodilla sobre la espalda del filisteo vencido.</p>



<p></p>



<p>Sophie abrió la cancela y dejó la caja en el suelo.&nbsp;<br>-Bienvenido, me dijo en español.&nbsp;<br>Tras rodear la espesura del patio, recorrimos una parte de las estancias de la planta baja. Tuvimos que deslizarnos entre los puntales que sostenían algunos techos y otras veces salvar, cogiéndonos de la mano, sacos de escombros amontonados en el suelo. En lo que debió de ser un comedor, las paredes estaban recubiertas de un estridente papel amarillo que Sophie, según me explicó, se esmeraba en despegar, tira a tira, durante sus ratos libres, con el objetivo de dejar al descubierto las capas de pintura subyacentes. Lo mismo hacía, a veces con la ayuda de los amigos que venían a visitarla, en las habitaciones de la primera planta, donde, con una espátula, rascaba hasta llegar a los dibujos que antaño ornaban las paredes y el techo.&nbsp;<br>-Las casas de la burguesía sevillana solían pintarse de colores pastel, rosa, azul y amarillo, sobre los que se añadían cenefas de florecillas y pájaros de estilo romántico, me explicó. Todo un poco cursi, claro. Luego llegó la costumbre de pintar de blanco y aquel mundo desapareció.&nbsp;<br>Durante aquella primera visita -cocina, cuartos de baño, despensa y lavadero, salones y habitaciones-, observé añadidos característicos de la década de los 70 que, como injertos bastardos, desvirtuaban aquí y allá el aire señorial de la morada: muebles de formica, tapas de váter de plástico, otros papeles pintados -uno con payasos- adheridos a algunas paredes… En el dormitorio que Sophie me había asignado, una chimenea de mármol, sobre la que reposaba un espejo con marco dorado, atrajo mi atención. ¿Era necesaria en una ciudad como Sevilla -pronto descubriría que sí? También allí la pintura de las paredes había sido raspada, o quizás la usura del tiempo o el agua la había descascarillado, de suerte que en algunos puntos los desconchones formaban curiosas formas semejantes a mapas de extraños países o a pieles de reptil. Por el suelo, las viejas baldosas de cemento desplegaban un entramado de motivos vegetales de solidos colores. A través de la galería llegamos a su habitación, adornada por arriba con una serie de agrietadas molduras de angelitos y caballos marinos. Un colchón en el suelo hacía las veces de cama. Sobre el escritorio reposaba un marco con la fotografía de un muchacho sonriente.<br>-Es Luc, mi hijo, me explicó. Le hice esa foto cuando estuvo aquí la pasada Navidad.&nbsp;<br>Aquel chico tendría alrededor de 25 años. Calculé entonces que Sophie, algo más joven que yo, había sido una madre adolescente.</p>
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		<title>Un pequeño Grand Tour andaluz (Final)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 02 Mar 2024 08:34:45 +0000</pubDate>
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<p>Mi madre siempre se había negado a que yo condujera cuando íbamos juntos a algún lugar. Tenía que conducir ella -lo cual, en el fondo, me convenía, pues de esa manera podía dedicarme a mirar el paisaje o a leer el periódico. Aunque nunca hemos hablado del motivo de su rechazo, puedo imaginar que desconfiaba de mi pericia como conductor, algo comprensible respecto a alguien que no tiene coche -innecesario en París- y que por lo tanto no lo maneja casi nunca. El caso es que hace unos meses cambió de parecer, y ahora me deja llevar su Peugeot cuando viajamos, de modo que soy yo quien conduce durante la mayor parte de nuestros desplazamientos en este breve periplo andaluz. Llegamos a Antequera al caer la tarde. El hotel que he reservado se encuentra en los montes que rodean la ciudad, por lo que para acceder a él es necesario tomar escarpadas carreteras de sinuoso trazado. Un reto para alguien como yo que, repito, no está acostumbrado a tratar con el embrague y las marchas, que tiene pánico a que el coche se le vaya hacia atrás en una cuesta. Precisamente subiendo una, me cuesta gestionar el vehículo para que el cansado motor ascienda la pendiente, mientras mi madre no deja de darme instrucciones sobre cómo hacer. Yo empiezo a ponerme nervioso, la tensión sube entre los dos hasta que, enfadado, en un arranque pueril, paro en seco, echo el freno de mano, salgo del vehículo y le digo que, si tanto sabe, tome ella el volante. Se diría que somos una pareja. Cuando llegamos al hotel (yo de conductor), después de tomar una ducha, vuelvo a pensar que, negándose durante años a dejarme conducir -y yo aceptando esa negativa-, tal vez mi madre se había opuesto inconscientemente al paso del tiempo, a la evidencia de que yo, su hijo, podía realizar una actividad de adulto, esto es, llevar un coche.</p>



<p>Esta noche cenamos en Arte de Cozina, el estupendo restaurante de Charo Carmona en el centro de la ciudad. Como hace un par de días, cuando estuvimos en la peña flamenca de Palma del Río, la chimenea está encendida, y aunque esta vez no estamos sentados junto a ella, su presencia crea de nuevo la sensación de estar en un refugio amable y acogedor, nosotros dentro, la ciudad y el frío -una ciudad desconocida- fuera. A través de la enorme cristalera que separa la cocina del comedor vemos a la famosa cocinera ensimismada en la preparación de los platos. Mi madre ha pedido manitas de cerdo, yo albondigas de cecial y langostinos. </p>



<p>Antequera predice el oriente andaluz. Su abrupto paisaje y sus construcciones de ladrillo y piedra tienen algo de emboscada, tan diferente a la dilatada suavidad del valle del Guadalquivir. El cielo está encapotado en esta mañana de principios de enero. Visitamos la iglesia del Carmen, con su alucinógeno altar barroco, y el Museo de la Ciudad, donde vive el famoso Efebo -en 2023 visité Agde, ciudad del sur de Francia que ha convertido a su propio Ephèbe, una escultura con similares características a las del de Antequera, en reclamo para los visitantes: solo puedo decir que un abismo separa a los dos muchachos de bronce, siendo el andaluz infinitamente más hermoso. Mi madre me transmitió desde pequeño el interés por la cultura, por eso nuestras charlas, y las actividades que hacemos juntos, suelen girar en torno a los libros, la música o el arte. Atesoro esos momentos con ella, en cafés, librerías y museos, como una riqueza sin precio. Sin embargo, esto no siempre fue así. Durante mi adolescencia y juventud me pareció -erróneamente- que aquella incitación a cultivarse, las conversaciones sobre cine y literatura en las comidas, servía para frenar la expresividad emocional que yo quería y necesitaba por su parte. En mi casa no se cantaban villancicos, se escuchaban las Cantatas de Bach. Años más tarde, ya en París, mi psicóloga me hizo apreciar la suerte de haber crecido en un hogar donde se estimulaba la actividad artística e intelectual, lo que no tenía nada que ver, me explicó, con el hecho de que existieran ciertas carencias afectivas. </p>



<p>Durante el almuerzo en Antequera, cuando el camarero nos sirve de postre el famoso bienmesabe, una familia con dos niños se instala en la mesa de al lado (nosotros hemos almorzado pronto). Los pequeños llenan al momento el restaurante de risas y agitación, como cuando mi madre y yo desayunamos en la cocina, solos y en silencio, cada uno en su lectura, y escuchamos a los hijos de los vecinos jugando en el jardín de al lado. En esos momentos, ¿echa ella de menos la presencia de niños en la familia? Cuando critico la ceguera de las parejas que se empeñan en reproducirse en un mundo que llega a su final, ¿no estoy quizás hurgando en su frustración porque nunca será abuela -aunque ella jamás haya evocado tal sentimiento? Me hago estas preguntas mientras observo a los jóvenes padres ocuparse de sus hijos, sin sentir, todo hay que decirlo, el más mínimo interés por estar en su lugar. Mi madre y yo salimos al fin del restaurante y cogemos el coche para volver al hotel a descansar un rato. Conduzco yo. Antes de arrancar, meto un CD en el lector y avanzo las pistas hasta que suena <em>Deeper and deeper</em> (vivo en un eterno revival <em>madonnista</em>). </p>



<p>-¿Qué es esto?, pregunta, algo contrariada por tener que escuchar un estilo de música en las antípodas de sus gustos.</p>



<p>-Esta es mi segunda madre, respondo con una media sonrisa, recordando que las dos tienen la misma edad, y que mi madre comparte nombre con la hija de la artista.</p>



<p>-Menuda hortera, dice mientras se abrocha el cinturón de seguridad, y ahora mi sonrisa se abre por completo.  </p>



<p>El coche se interna por los campos de olivos que rodean Antequera, entre lomas y riscos de color pardo. Mi madre y yo viajamos sin decir nada, como solemos, conscientes -al menos yo- del equilibrio en el que nuestra relación se ha instalado de un tiempo a esta parte. No solo la incomprensión y el deseo de cambiar al otro se han atenuado. Quizás la característica decisiva en este momento de gracia que vivimos, en esta edad de oro de nuestra historia, ataña más al físico que a la afectividad. Nuestros cuerpos están compensados, ambos todavía ágiles, con la energía suficiente para emprender un largo paseo por el centro de Sevilla o un viajecito por los pueblos de Andalucía. En lo alto de una colina, vemos que el día se está despejando poco a poco, tan solo algunas nubes coronan las casas y torrecillas de Antequera, que se va alejando en el retrovisor. </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-full"><img width="550" height="353" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/m-deeper-number-one-club-3.jpg.jpg" alt="" class="wp-image-7816" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/m-deeper-number-one-club-3.jpg.jpg 550w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/m-deeper-number-one-club-3.jpg-300x193.jpg 300w" sizes="(max-width: 550px) 100vw, 550px" /><figcaption>Madonna en el vídeo musical de <em>Deeper and deeper.</em></figcaption></figure></div>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7818" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure></div>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7822" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



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<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7826" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>
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		<title>Un pequeño Grand Tour andaluz (I)</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Jan 2024 21:05:52 +0000</pubDate>
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<p>Al igual que aquellos europeos del norte que recorrían Italia y Grecia, mi madre y yo hemos hecho un viajecito por Andalucía durante los primeros días del año. Solo que nosotros, en vez de visitar Padua o Rávena, hemos estado en varias ciudades medianas del centro de la región, y no en busca de ruinas de la Antigüedad Clásica o de mosaicos bizantinos, como Winckelmann y lord Byron en su día, sino de conventos barrocos y fortalezas árabes. Salimos de Sevilla el 2 de enero, yo al volante. Poco después de pasar Carmona, siguiendo las indicaciones de Google Maps, tomamos una carretera comarcal que serpenteaba entre olivos y almendros, a través de lomas sobre las que se elevaba alguna hacienda centenaria. Tal vez nuestro pequeño Grand Tour no tendría el prestigio de los periplos de otras épocas. Sin embargo, la contradicción de tratarse de tierras cercanas pero poco conocidas lo volvía sumamente atrayente. Yo saboreaba además por adelantado el carácter novelesco del viaje, la madre y su hijo homosexual embarcados en un circuito por caminos secundarios del interior andaluz. Me veía como André Gide viajando con la suya a principios del siglo XX, esperándola en el comedor del hotel a la hora del desayuno, visitando juntos algún viejo palacio de la mano de su propietaria. </p>



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<p>Mi madre y yo formamos una pequeña sociedad de tan solo dos personas cuya cohesión inquebrantable se fraguó gracias a las particulares circunstancias de mi venida al mundo, que marcaron para siempre su vida, y por consiguiente la mía. Quería pasar unos días en esa peculiar compañía, hacerla itinerante por el paisaje invernal, abierta al exterior cuando charláramos con los vendedores de naranjas al borde de la carretera, cerrada sobre sí misma cuando nos sentáramos en algún café, cada uno inmerso en su libro -yo probablemente en una revista. Había reservado buenos hoteles, antiguos conventos y monasterios convertidos en establecimientos de 4 y 5 estrellas según los preceptos, torpes y pintorescos, que definen el lujo en Andalucía. El coche avanzaba por campos pelados que nos hacían pensar en las tierras altas de Escocia, un cielo plomizo pesaba sobre el horizonte. La lluvia amenazaba con romper en cualquier momento. <em>Cumbres borrascosas</em>, murmuró mi madre mirando por la ventanilla. Yo conducía sintiendo flotar entre los dos, sobre la voz de Benjamin Biolay, las cosas que nunca nos decimos, cómodo a pesar de todo en el silencio que impregna gran parte del tiempo que pasamos juntos. Nuestra primera parada era un insólito pueblo famoso por su naranjal, al que llegamos al caer la tarde. Un funeral se celebraba en la iglesia junto al hotel. Tras visitar los monumentos más importantes y descansar un poco, salimos dispuestos a cenar en alguno de los dos sitios que nos habían recomendado, a saber, un gastrobar de tapas muy apreciado por los habitantes y la peña flamenca de la localidad. Afortunadamente el destino quiso que el primero estuviera cerrado aquella noche, por lo que solo nos quedó la segunda opción. La peña se encontraba en una calle apartada, de sus paredes colgaban antiguos carteles y viejas fotos de artistas y de eventos que allí se habían celebrado. En la chimenea ardían varios troncos de olivo. Sentados junto al fuego -éramos los primeros clientes-, un amabilísimo camarero nos sirvió sobre el mantel de hilo los platos ligeros que fuimos pidiendo, para mí sazonados por varias copas del vino en rama de la casa. Mientras la televisión emitía el informativo nocturno, por el que desfilaban imágenes de la borrasca de frío y nieve que barría la Península, fue apoderándose de mí una intensa sensación de bienestar al reparar en la calidez de aquella atmósfera protectora, en el arrebol que las llamas proyectaban sobre mis manos y sobre la cara de mi madre. Aquel lugar constituía un cálido pliegue, a tan solo 100 kilómetros de Sevilla, en el que habíamos ido a parar de forma inesperada, y el contraste entre lo conocido (¿en cuántas peñas flamencas no habré estado yo?) y lo improbable hacía que la velada tuviera un agradable sabor a eso que los franceses llaman <em>dépaysement</em>, que no es otra cosa que la evasión de la cotidianeidad, en nuestro caso gracias al azar. <em>¿Quién necesita ir a Verona cuando existe Palma del Río?</em>, me preguntaba mientras cruzábamos el claustro del siglo XVII al que daban nuestras habitaciones en el hotel. Tras darle un beso de buenas noches a mi madre, eché unas gotitas de aceite esencial de lavanda -con el que siempre viajo- sobre mi almohada y apagué la luz de la mesilla de noche. </p>



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		<title>Libreros de Sevilla: Reguera</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Jan 2023 19:38:57 +0000</pubDate>
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<p>Julio Reguera tiene la mirada clara y la voz fresca de un hombre de 69 años. Habla con un acento bien sevillano, cristalino, una delicia. Mira a los ojos no para convencer, sino para hacerse comprender, para mantener el hilo que nos unirá durante nuestra conversación. <em>«En Sevilla la pregunta es: Usted de qué es más: ¿de bares o de cofradías?»</em>, me dirá al momento. La librería Reguera ocupa desde 1977 un espacio entre esas dos devociones, entre El Tremendo y la iglesia de Santa Catalina. Esta mañana, después de varios WhatsApps intercambiados durante meses, tengo por fin cita con Julio. Antes de entrar, observo mi reflejo en el cristal de los escaparates, que vibran con el trasiego de autobuses y de gente. Dos dan a la calle Almirante Apodaca, uno a San Felipe. En ellos conviven el Boletín de las Cofradías de Sevilla con la novela negra y la literatura existencialista. El toldo está desplegado frente al calor de finales agosto. La ciudad se mueve a medio gas, los bares y comercios siguen cerrados por vacaciones pero Julio Reguera está detrás del mostrador aconsejando y despachando libros. Cuando entro un chico de pelo azul está comprando <em>Lolita</em> y los <em>Diarios</em> de Alejandra Pizarnik. <em>«Yo me he pasado innumerables domingos aquí, ocupándome de la contabilidad, de las devoluciones. Cuando me voy de vacaciones, siempre tengo el móvil operativo. La capacidad de sacrificio es esencial cuando se es librero».</em></p>



<span id="more-6622"></span>



<p><strong>¿Hay que dejar de idealizar? Ahora todos soñamos con abrir una librería.</strong></p>



<p>En Sevilla han desaparecido muchas librerías en los últimos 40 años, muchísimas. Como cualquier negocio, esto va por ciclos: de repente aparecen varias al mismo tiempo cuando hacía años que no se abría ninguna. Nunca he sabido por qué se produce esa explosión de aperturas. Con el tiempo la mayoría van cerrando, pocas resisten. Creo que cualquier modelo de negocio debe sustentarse en dos pilares: la rentabilidad y la calidad. El equilibrio entre los dos es esencial. ¿De qué me sirve ser idealista si después voy a tener que cerrar a los pocos años? </p>



<p>Cuando comencé esta serie de entrevistas con los libreros de Sevilla, la figura de Julio Reguera se presentó como una evidencia, pero también como una incertidumbre. ¿Querría atenderme una persona que ha visto pasar la historia reciente de la ciudad por delante de su librería en pleno centro? Que conserva su memoria, palpitante. Escuchaba rumores que aseguraban que Reguera iba a cerrar, que Julio estaba cansado y no podía hacerse cargo del negocio. Alguien me había dado su número de teléfono. Sabía que no debía posponer demasiado el encuentro, pero encontraba siempre una excusa para hacerlo. ¿Cómo alguien así iba a dejarse entrevistar por alguien como yo? Sin embargo todo fue fácil. Julio aceptó de inmediato a través del móvil. Mis escrúpulos me habían cegado. Y había algo más: ¿hubiera sido tan sencillo conseguir una cita con un librero de ese prestigio en París? Más aun: ¿sería posible un proyecto como Bonjour Séville adaptado a París: entrar en contacto con creadores, activistas y vecinos, ser recibido sin mayor dificultad, contar con su generosidad y franqueza, acceder a su intimidad? Sin duda, no. París se mostraría más recelosa a la hora de entregarse. Sevilla lo hace espontáneamente. Cuando el chico de pelo azul sale, Julio cierra la librería (son las dos del mediodía) y se confía a mis preguntas con una amabilidad inmaculada.</p>



<p><strong>¿Cómo empezaste en el oficio?</strong></p>



<p>Mi padre era de Camas. Tuvo que ponerse a trabajar desde muy pequeño porque su padre murió. La familia tenía una tienda de comestibles, también Reguera, en la calle Imagen, antes del ensanche. Cuando empezaron las obras, tuvieron que abandonar el negocio y montaron una papelería en el patio de lo que hoy es el hotel Posada del Lucero. Allí había un carpintero, un taller de maquinaria industrial, una quincalla&#8230; Nuestra pequeña papelería tenía un gran almacén trasero, los antiguos pesebres de la posada, y en el 73, yo empecé a meter libros en el negocio.</p>



<p><strong>¿De dónde vino la idea?</strong></p>



<p>En mi casa no se leía. Estudié hasta COU y pensaba hacer Historia, pero la docencia no me atraía. Sí el mundo del libro. Siempre me interesó. Estábamos a finales de los años 60, yo tenía contacto con gente de izquierda, estudiantes de la Universidad. Empezaba mis primeras lecturas muy influenciado por aquel ambiente. Cuando decidí introducir libros en la papelería familiar, lo hice de forma voluntariosa y artesanal. Había que acceder a las editoriales, a los distribuidores, que te aceptaran abrirte una cuenta&#8230; </p>



<p><strong>¿Cómo era el panorama editorial de aquellos años? </strong></p>



<p>Queríamos creer que el cambio era inminente. Por supuesto muchos libros se vendían a escondidas, como los de las editoriales Ruedo ibérico o Finisterre. El libro sobre el Opus Dei de Jesús Infante, sobre la Guerra civil de Hugh Thomas, <em>El reñidero español</em> de Franz Borkenau, obras de Alberti, de Hernández&#8230; No se ponían en el escaparate pero circulaban con fluidez. Recuerdo la editorial Avance, que publicaba la colección <em>¿Qué sabes de&#8230;?</em> Contaba con varios tomos: el anarquismo, el comunismo, el liberalismo&#8230; En aquella época, si no se tenían inquietudes políticas, el nivel era muy bajo. Había que explicar a la gente cosas que en otros países se conocían mejor. Y aparecieron ciertas editoriales argentinas que publicaban libros sobre educación. Aquí la mayoría de las editoriales estaban ligadas a la Iglesia y aquellos nuevos proyectos divulgaban las innovaciones educativas de Summerhill o de Montesori. Ya antes habían nacido la colección de bolsillo de Alianza o <em>Letras Hispánicas</em> de Cátedra. Fueron años excitantes.</p>



<p><strong>En el 77 te instalas aquí, ya como librería.</strong></p>



<p>Compramos dos pequeñas casas contiguas. Una era la pescadería-freiduría de Daniel Criado, con vivienda arriba y negocio abajo; y al lado una relojería con un rótulo que decía <em>Baldomero</em> <em>Grande Relojero</em>. Las unimos y así conseguimos el espacio suficiente para montar la librería. </p>



<p><strong>¿Tenías algún modelo cuando abriste tu propio negocio?</strong></p>



<p>Tenía tres referencias: Fulmen, la librería de María, que estuvo en Cuesta del Rosario y luego en la calle Zaragoza; la librería Seminario de Paco Barco, en la calle San Gregorio; y Padilla, en Laraña.  </p>



<p><strong>Yo recuerdo ir con mis padres a Padilla cuando era pequeño. También me suena la calle San Gregorio. Eran librerías muy distintas a las de hoy.</strong></p>



<p>El negocio ha cambiado muchísimo. ¿Ves estos dos mostradores? Son una reliquia del pasado que me gusta conservar, como un patrimonio. El mundo del libro siempre ha sido muy personal y quizás esta sea una de las señas de identidad de Reguera. Hay ciertos libros disponibles en las estanterías, pero muchos otros están en el almacén de atrás o en la primera planta. El cliente tiene que pedirlos. La gente no se explica cómo, siendo un espacio pequeño, tenemos tantos libros. Es gracias a los dos almacenes. En cierto sentido somos una librería a la antigua. Antes llegabas, pedías un libro y el librero tenía que ir a buscarlo. El cliente no tenía acceso a ellos, no podía curiosear.</p>



<p>Julio me sigue guiando por la arqueología libresca de Sevilla, sacando a la luz espacios olvidados, como la librería Atlántida en Sierpes («minúscula: dos metros de fechada por tres de profundidad». ¿Quién se imagina hoy un lugar así en esa calle?). Un muchacho en bicicleta salía a buscar los libros al almacén de la editorial que los tuviera disponibles. El cliente que los había pedido se tomaba un café esperando el regreso del recadero. «A partir de los años 80, las librerías empiezan a abrirse, incorporan mesas y estanterías para que el cliente pueda deambular y tocar, acceder a los libros sin pasar por el librero. Se elimina el obstáculo del mostrador. Paradójicamente hoy hemos vuelto a los primeros años. Ahora el cliente viene a tiro hecho, pidiendo un libro preciso que ha pedido por Internet, sin tomarse el tiempo de vagar». </p>



<p><strong>Reguera siempre ha sido una librería generalista.</strong></p>



<p>Sí, pero orientada a las humanidades. Hemos tenido libros de ciencias cuando nos ha resultado rentable. No hay que ser idealistas, como decíamos antes: si vender manuales científicos te puede oxigenar el negocio para tener otros libros más acordes con el espíritu de la librería, pero menos vendibles, ¿por qué cerrarse esa puerta? Yo estoy en contra de todo modelo ideológico. Hay libros que no tengo en el escaparate, ni en el almacén, es una licencia que me otorgo, pero si alguien me los pide no tengo problemas en traerlos. No voy a interrumpir la actividad económica y comercial de la librería. </p>



<p><strong>¿Cómo es vuestra clientela?</strong></p>



<p>Nuestra ubicación hace que entre gente muy heterogénea. Por ejemplo vecinos de las barriadas que se bajan en Ponce de León, que no compran libros habitualmente y que vienen buscando algo muy coyuntural. Si puedo animarlos a que se lleven otro libro, uno que les conduzca a encontrar en la lectura algo mas que entretenimiento, me siento satisfecho. Es una responsabilidad que asumo con extraordinario respeto. Nuestros escaparates reflejan esa voluntad de incluir a varios perfiles de lector, de llevarlos a nuevos lugares también. Esta zona de la ciudad es como un mosaico social, varios barrios confluyen aquí. </p>



<p>Miro las manos de Julio. Antes de cerrar la librería, he podido observar con qué cuidado manipula los libros que despacha a los clientes. ¿Cuántos habrán pasado por ellas a lo largo del tiempo? Imagino a Julio encerrado aquí, día tras día, mes tras mes, durante más de 40 años, ordenando los títulos, absorto en la contabilidad. Una vida hacendosa consagrada al libro, mientras las generaciones de sevillanos pasan detrás del cristal de los escaparates. Pienso en otras vidas, la mía por ejemplo, errantes, deshilvanadas. Gente que cambia de empresa, de ciudad, que empieza sin terminar nada. Perseguir un espejismo: la realización personal, un eslogan publicitario. Dejarse deslumbrar por fuegos artificiales. También buscar la satisfacción instantánea, nunca suficiente. El trabajo minucioso y paciente de un librero, esa intimidad que puede surgir con el cliente, se me presenta entonces como una de las más bellas formas de vida. ¿O estoy idealizando de nuevo? «Yo podría haberme jubilado hace varios años pero sigo aquí. Me encanta estar en la librería y lo hago con absoluta dedicación. También la parte administrativa, que siempre he vivido con naturalidad y amabilidad. Luego está la otra cara del oficio, que es hacer lo que te apetece: tener los libros que quieres, tejer relaciones con clientes de muchos años, a veces amistades de por vida». Julio me habla de <em>Mendel el de los libros</em>, el cuento de Stefan Sweig sobre un librero de viejo de memoria prodigiosa e innumerables astucias que atiende desde la mesa de un café en Viena. «Antes éramos como este personaje: teníamos que apuntar a mano los libros que se iban vendiendo y al día siguiente hacíamos los pedidos telefónicos correspondientes, o venían los representantes. Había un trabajo de memoria y de visualización enorme para que las colecciones estuvieran estructuradas y bien alimentadas».</p>



<p><strong>Para terminar, siempre hago dos preguntas a los libreros que entrevisto. La primera: ¿en España se publica demasiado?</strong></p>



<p>No estoy seguro. Es cierto que existe una burbuja de la impresión sobre demanda. Hoy cualquiera puede publicar. Por otro lado, hay un panorama muy estimulante de proyectos editoriales relativamente recientes pero ya consolidados, como Nórdica, Sexto Piso, Impedimenta o Errata Naturae, y de microeditoriales que publican muy pocos títulos al año. </p>



<p><strong>Y la segunda: ¿qué relación tiene Sevilla con la lectura?</strong></p>



<p>Depende de con qué ciudad la compares. Es verdad que aquí se sociabiliza en la calle y que la economía no es demasiado bollante. Se dan una serie de factores que explican los niveles de lectura que todos conocemos. Pero también te diría que durante el confinamiento hubo gente que se reenganchó a la lectura. Me parece que hoy se lee más que hace unos años, cuando quizás la lectura estaba sobre todo extendida entre los universitarios o cierta clase media. Tal vez dentro de poco la pregunta será: <em>Usted de qué es más: ¿de bares, de cofradías o de librerías?</em></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="1024" height="683" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-1024x683.jpeg" alt="" class="wp-image-7145" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-1024x683.jpeg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-300x200.jpeg 300w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-768x512.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-1536x1024.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-2048x1365.jpeg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="1024" height="683" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-1024x683.jpeg" alt="" class="wp-image-7149" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-1024x683.jpeg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-300x200.jpeg 300w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-768x512.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-1536x1024.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-2048x1365.jpeg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>
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		<title>La Colorería: « La gente ha vuelto a sacar las sillas a la calle »</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 May 2020 12:00:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Artesanía]]></category>
		<category><![CDATA[Barrios]]></category>
		<category><![CDATA[Creación]]></category>
		<category><![CDATA[Diseño]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>«&#160;Una simple línea puede decir mucho&#160;» Pepe y Paco, La Colorería, se exponen en todas sus obras. Estos maestros de la pintura decorativa son especialistas en crear mundos inexistentes que caben entre cuatro paredes. Selvas, bosques y jardines que transforman espacios de vida. Muebles y&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/la-coloreria-2/">Leer más</a></p>
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<p><strong>«&nbsp;Una simple línea puede decir mucho&nbsp;» </strong></p>



<p>Pepe y Paco, La Colorería, se exponen en todas sus obras. Estos maestros de la pintura decorativa son especialistas en crear mundos inexistentes que caben entre cuatro paredes. Selvas, bosques y jardines que transforman espacios de vida. Muebles y objetos que, tras pasar por sus pinceles, renacen a una segunda existencia. «&nbsp;Tenemos cierta tendencia a la exuberancia, quizás por la ciudad en la que hemos crecido. Aunque empecemos con una idea sencilla, normalmente el cuerpo nos pide más.&nbsp;» Y sin embargo, la disciplina y la precisión impregnan el trabajo diario de la pareja. En su taller, la concentración es casi religiosa y contrasta con la sensualidad que los dos artistas insuflan a sus creaciones.  </p>



<figure class="wp-block-audio"><audio controls src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/La-ColorerÃ­a-1-online-audio-converter.com_.mp3"></audio><figcaption>«&nbsp;Esto es un trabajo de monjas&nbsp;» </figcaption></figure>



<p></p>



<p><strong>«&nbsp;He sentido la llamada&nbsp;»</strong></p>



<p>El arte es una vocación que está desapareciendo. Cada vez son menos los que sienten la llamada, como ocurre con la profesión religiosa. Cabe preguntarse: ¿Sevilla cuida a sus artistas y artesanos? Esta ciudad sin industria, sin burguesía ilustrada, siempre ha volcado en el arte su exuberante idiosincrasia. Sin embargo, parece que el artista sigue enfrentándose a la incomprensión general: « eso lo hace cualquiera&nbsp;», «&nbsp;eso no es un trabajo de verdad&nbsp;», «&nbsp;¿que quieres dedicarte a pintar?&nbsp;»&#8230; Paco descubrió que quería estudiar Bellas Artes en una exposición de Kandinsky. «&nbsp;Prefiero las carencias económicas a un trabajo de oficina, con una rutina repetitiva.&nbsp;» </p>



<figure class="wp-block-audio"><audio controls src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/La-ColorerÃ­a-2-online-audio-converter.com_.mp3"></audio><figcaption>«&nbsp;Por amor al arte&nbsp;» </figcaption></figure>



<p></p>



<p><strong>«&nbsp;Sevilla es una ciudad capaz de todo&nbsp;» </strong></p>



<p>Pepe tuvo un bar junto a la Catedral. Un bar frecuentado por los sevillanos. Algo impensable hoy en día en ese parque temático llamado Santa Cruz. Eran los años 80. «&nbsp;No había turismo. Las tiendas cerraban a las ocho y media y el Centro se quedaba vacío.&nbsp;» A pesar de la invasión turística actual, Pepe y Paco sienten una gran energía en la ciudad, quizás aun mayor tras el confinamiento. La gente ha vuelto a sacar las sillas a la calle. </p>



<figure class="wp-block-audio"><audio controls src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/La-ColorerÃ­a-3-online-audio-converter.com_.mp3"></audio><figcaption>«&nbsp; Ganas de vida&nbsp;» </figcaption></figure>



<p><strong>Epílogo</strong> <em>La poesía del confinamiento&nbsp;«&nbsp;</em>La vida se abre paso entre el adoquín.&nbsp;» </p>



<figure class="wp-block-audio"><audio controls src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/La-ColorerÃ­a-4-online-audio-converter.com_.mp3"></audio></figure>



<p></p>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/1d6f1795-e684-44db-912c-0ffa3296e50c-768x1024.jpg" alt="" class="wp-image-3408" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/1d6f1795-e684-44db-912c-0ffa3296e50c-768x1024.jpg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/1d6f1795-e684-44db-912c-0ffa3296e50c-225x300.jpg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/1d6f1795-e684-44db-912c-0ffa3296e50c-360x480.jpg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/1d6f1795-e684-44db-912c-0ffa3296e50c.jpg 1200w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /><figcaption>Durante el confinamiento, Paco me envió esta fotografía desde Sevilla.</figcaption></figure>



<p></p>
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		<title>Blanca y el traje de gitana</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 27 Apr 2020 16:40:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura andaluza]]></category>
		<category><![CDATA[La gente]]></category>
		<category><![CDATA[Made in Séville]]></category>
		<category><![CDATA[Moda]]></category>
		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Llamo a Blanca Cabrera Benjumea desde mi apartamento en París. Ella está en su casa de San Juan de la Palma. El objetivo es charlar sobre moda, sobre Sevilla, sobre la moda y Sevilla. Sobre la Feria y el traje de gitana. Sobre Valencia y&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/blanca-y-el-traje-de-gitana/">Leer más</a></p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Llamo a Blanca Cabrera Benjumea desde mi apartamento en París. Ella está en su casa de San Juan de la Palma. El objetivo es charlar sobre moda, sobre Sevilla, sobre la moda y Sevilla. Sobre la Feria y el traje de gitana. Sobre Valencia y Berlín.</p>



<p>Blanca es una de las pocas personas en España (seguramente en el mundo) que, habiendo estudiado moda, no quiere dedicarse a ella. «&nbsp;Me siento ajena al lado mercantilista de la industria. Lo mío es la investigación y la enseñanza. Tengo una visión antropológica, filosófica casi, del vestir.&nbsp;La moda, algo propio al ser humano, refleja su historia. Creo que puede ser un buen camino para comprendernos.&nbsp;Esa es la vertiente que me atrae. » </p>



<p>La historia de Blanca refleja la dualidad de Sevilla. Su familia materna pertenece a la alta burguesía local; la paterna sufrió el exilio en carne propia. En ambas, la figura de la abuela. «&nbsp;Clotilde, la madre de mi madre, se ha interesado siempre por al arte. Para ella, la armonía y la belleza se encuentran en los detalles, también en el vestir. Encarnación, mi abuela paterna, me regaló mi primera máquina de coser.&nbsp;» La moda se impuso de forma lógica, no solo como el oficio, sino como el prisma con el que enfocar su propia historia.  «&nbsp;He crecido rodeada de mujeres con una sensibilidad estética y con una formación muy completas. Mujeres inquietas que, inconscientemente, me han transmitido un espíritu curioso y creativo.&nbsp;Hay que educar el ojo.&nbsp;»   </p>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="935" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/5FD6CCF1-CE77-4ADA-8F67-6E85DEDB9974_1_201_a-935x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-3326" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/5FD6CCF1-CE77-4ADA-8F67-6E85DEDB9974_1_201_a-935x1024.jpeg 935w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/5FD6CCF1-CE77-4ADA-8F67-6E85DEDB9974_1_201_a-274x300.jpeg 274w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/5FD6CCF1-CE77-4ADA-8F67-6E85DEDB9974_1_201_a-768x841.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/5FD6CCF1-CE77-4ADA-8F67-6E85DEDB9974_1_201_a.jpeg 1078w" sizes="(max-width: 935px) 100vw, 935px" /><figcaption>La abuela Clotilde.</figcaption></figure>



<p>Blanca realizó sus estudios en Valencia, «&nbsp;una ciudad mediterránea, barroca, de tradiciones arraigadas, pero también con una burguesía industrial potente, abierta, culta.&nbsp;» Luego estudió dos años en Berlín. «&nbsp;Las jóvenes turcas de mi barrio me recordaban a las sevillanas en su forma de arreglarse: estampados, abalorios, oro antes que plata.&nbsp;» Le cuento que a mí me ocurrió algo parecido durante los meses que viví en India. Las mujeres vestidas de sari, con sus colores, sus pliegues primorosamente dispuestos, sus flores adornando el cabello, me hacían a menudo pensar en flamencas camino de la Feria. «&nbsp;Como buena ciudad barroca, Sevilla siempre ha sido aficionada a las arquitecturas efímeras: palcos de la Semana Santa, altares del Corpus, balcones, patios&#8230; La propia Feria es un «&nbsp;quita y pon&nbsp;» arquitectónico. Igual ocurre con la moda. Existe una indumentaria efímera. Nos compramos trajes, chaquetas, zapatos o complementos para asistir a una boda, a un bautizo y, por supuesto, a la Feria, que es una experiencia estética. Durante esos días, la ciudad sale a escena y recrea estampas muy peculiares. Y no solo hablo de la mujer vestida de gitana, sino también de los hombres y la cultura del traje de chaqueta. Existe una especia de dandismo andaluz. Supongo que el clima y el estilo de vida, volcado en la calle, se reflejan en nuestra afición por mostrarnos, a veces por presumir. En el sur nos encanta adornarnos.&nbsp;»</p>



<p style="text-align:right">La elegancia es eliminación (Cristóbal Balenciaga).</p>



<p>Blanca es una rara avis en la ciudad. La austeridad y la pureza tiñen su visión de la moda, más cerca de Escandinavia que de Andalucía. Menos es más. Pero, ¿y si esa exuberancia andaluza antes mencionada no fuera sino un disfraz? «&nbsp;Quizás el adorno sea algo impuesto. Cuando miro fotos antiguas, de mis abuelas por ejemplo, encuentro un vestir más sencillo, casi humilde, pero también más elegante. Armonía y discreción. La gente de los pueblos también tenía un sentido de la elegancia que ahora ha desaparecido, aunque tal vez esa sea una visión un poco idealizada por mi parte. Supongo que esa evolución hacia el exceso, pareja a la sociedad de consumo y al prêt-à-porter, se ha dado en todas partes, no solo aquí.&nbsp;Con todo, Sevilla ha cambiado mucho: la gente ha salido fuera y ha traído variedad y cierta modernidad en el vestir.&nbsp;»  </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="682" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/170060A6-4868-4712-8FA2-A86BFF69F384-682x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-3318" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/170060A6-4868-4712-8FA2-A86BFF69F384-682x1024.jpeg 682w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/170060A6-4868-4712-8FA2-A86BFF69F384-200x300.jpeg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/170060A6-4868-4712-8FA2-A86BFF69F384-768x1152.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/170060A6-4868-4712-8FA2-A86BFF69F384.jpeg 1167w" sizes="(max-width: 682px) 100vw, 682px" /></figure></div>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="655" height="491" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/1B8DEC6D-2E83-49B4-A19D-3BF3EB719C2D-1.jpeg" alt="" class="wp-image-3322" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/1B8DEC6D-2E83-49B4-A19D-3BF3EB719C2D-1.jpeg 655w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/1B8DEC6D-2E83-49B4-A19D-3BF3EB719C2D-1-300x225.jpeg 300w" sizes="(max-width: 655px) 100vw, 655px" /></figure></div>



<p>Sin ninguna relación profesional con la moda flamenca, Blanca se ha vestido de gitana desde pequeña. «&nbsp;Observo algo parecido en la evolución del traje. Hoy impera la exageración, cuando antes lo hacía la gracia. Si tuviera que crear un traje de gitana, haría algo más puro y clásico. El volante como único recurso y un tejido liso. Jugaría con la silueta.&nbsp;» A los pocos días de nuestra conversación, me envía unos maravillosos figurines que recogen esas ideas (fotos en la cabecera y al final de este texto). «&nbsp; Me gustan los trajes de una pieza, sin escote por detrás y en forma de pico por delante. Lunares pequeños, por supuesto. Un mantoncillo cogido con un broche; una flor, de tamaño prudente, en lo alto; algún peinecillo y corales. No hace falta nada más. Mis abuelas darían el visto bueno.&nbsp;» </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="1024" height="726" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/88989368-5A8F-4771-9B0C-9F5E8361CA16-1024x726.jpeg" alt="" class="wp-image-3324" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/88989368-5A8F-4771-9B0C-9F5E8361CA16-1024x726.jpeg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/88989368-5A8F-4771-9B0C-9F5E8361CA16-300x213.jpeg 300w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/88989368-5A8F-4771-9B0C-9F5E8361CA16-768x545.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/88989368-5A8F-4771-9B0C-9F5E8361CA16.jpeg 1115w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption>Blanca y su hermana gemela en la Feria de Sevilla. </figcaption></figure></div>



<p>Tras diseñar para varias marcas, Blanca se dedica a la enseñanza. «&nbsp;Me he ido descubriendo poco a poco. Creo en la desaceleración y en lo esencial. No me van los escaparates ni las pasarelas. La moda es un lenguaje que necesita tiempo para contar su historia.&nbsp;Me interesa desentrañar esa historia, que al fin y al cabo es la nuestra. La enseñanza me lleva por esa senda. » Esta alquimista del vestido me deja con esta idea revoloteando por la cabeza. El nuevo mundo que se avecina debería ser de los creadores de su estirpe.&nbsp;«&nbsp;¿Quién visita hoy el Museo del Traje en Madrid o el de Artes y Costumbres populares aquí en Sevilla? Y sin embargo, sus colecciones reflejan el devenir de la historia igual de bien que cualquier museo de historia o de Bellas Artes.&nbsp;» </p>



<ul class="wp-block-gallery columns-2 is-cropped"><li class="blocks-gallery-item"><figure><img loading="lazy" width="745" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/E277E457-BDAF-4B78-A067-815CD79B8CC5-1-745x1024.jpeg" alt="" data-id="3336" data-link="https://bonjourseville.com/es/?attachment_id=3336" class="wp-image-3336" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/E277E457-BDAF-4B78-A067-815CD79B8CC5-1-745x1024.jpeg 745w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/E277E457-BDAF-4B78-A067-815CD79B8CC5-1-218x300.jpeg 218w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/E277E457-BDAF-4B78-A067-815CD79B8CC5-1-768x1055.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/E277E457-BDAF-4B78-A067-815CD79B8CC5-1.jpeg 1537w" sizes="(max-width: 745px) 100vw, 745px" /></figure></li><li class="blocks-gallery-item"><figure><img loading="lazy" width="745" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/AE16583E-4207-46C2-9EFE-D12E3BB269D7-1-745x1024.jpeg" alt="" data-id="3334" data-link="https://bonjourseville.com/es/?attachment_id=3334" class="wp-image-3334" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/AE16583E-4207-46C2-9EFE-D12E3BB269D7-1-745x1024.jpeg 745w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/AE16583E-4207-46C2-9EFE-D12E3BB269D7-1-218x300.jpeg 218w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/AE16583E-4207-46C2-9EFE-D12E3BB269D7-1-768x1055.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/AE16583E-4207-46C2-9EFE-D12E3BB269D7-1.jpeg 1537w" sizes="(max-width: 745px) 100vw, 745px" /></figure></li></ul>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="676" height="676" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/11/80A38D76-FF17-4F25-9280-3A539842D25C.jpeg" alt="" class="wp-image-4227" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/11/80A38D76-FF17-4F25-9280-3A539842D25C.jpeg 676w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/11/80A38D76-FF17-4F25-9280-3A539842D25C-150x150.jpeg 150w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/11/80A38D76-FF17-4F25-9280-3A539842D25C-300x300.jpeg 300w" sizes="(max-width: 676px) 100vw, 676px" /><figcaption>Blanca dibujada por @neusilustracion </figcaption></figure></div>



<figure class="wp-block-audio"><audio controls src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/200419_0152-online-audio-converter.com_.mp3"></audio><figcaption>La conversación completa. </figcaption></figure>
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		<title>Casa del Pumarejo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 13 Apr 2020 15:32:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arquitectura]]></category>
		<category><![CDATA[Barrio de la Macarena]]></category>
		<category><![CDATA[Calle San Luis]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura andaluza]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ahora que los sevillanos nos rasgamos las vestiduras ante la turistización implacable de la ciudad, conviene recordar que los habitantes de la Casa del Pumarejo llevan luchando en ese frente desde hace casi 20 años. Visito la Casa una tarde de septiembre. Hasta hoy, cada&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/casa-del-pumarejo/">Leer más</a></p>
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<p>Ahora que los sevillanos nos rasgamos las vestiduras ante la turistización implacable de la ciudad, conviene recordar que los habitantes de la Casa del Pumarejo llevan luchando en ese frente desde hace casi 20 años.</p>



<p>Visito la Casa una tarde de septiembre. Hasta hoy, cada vez que pasaba delante, entraba en el zaguán para admirar su patio, uno de los más bellos de Sevilla, desde la reja. Sergio, miembro de la <a href="https://pumarejo.es/es"> Asociación Casa del Pumarejo </a>, me espera en la plaza y me invita a entrar. El Pumarejo pertenece a la prestigiosa estirpe de casas sevillanas con patio señorial y escudo de armas tallado en la fachada. Sin embargo, ha tenido una evolución completamente diferente a las demás: desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, ha funcionado como casa de vecinos. El patio alberga un magnífico revestimiento de azulejos y las columnas son de caoba cubana. La galería del primer piso está pintada de rojo y ocre. A diferencia de los de otras casas de ilustre pasado, es un patio animado, con innumerables macetas primorosamente cuidadas por los vecinos. Actualmente solo el 30% de la casa está en uso. Una señora se asoma a una de las ventanas de arriba. Ha oído voces en el patio. Sergio la tranquiliza: todo está bien. Me explica que es una de las pocas vecinas que sigue viviendo aquí.</p>



<span id="more-2736"></span>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="683" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8b-683x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-2726" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8b-683x1024.jpeg 683w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8b-200x300.jpeg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8b-768x1152.jpeg 768w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure>



<p>El Pumarejo es un referente en resistencia y lucha contra la especulación. Quisieron transformarlo en hotel, echar a sus vecinos, construir apartamentos … Pero una actividad organizada y decidida tumbó estos proyectos uno a uno. La Asociación tiene diferentes comisiones que cubren todos sus objetivos. La comisión RQR está a cargo de las negociaciones con el Ayuntamiento, propietario de la casa desde 2011 después de un proceso tortuoso. El departamento de comunicación establece y regula los contactos con otras asociaciones, en España y en el extranjero. Muchas se han interesado por las actividades de la Casa, por ejemplo Flamenco en France, en París, que ha mantenido la misma lucha con el ayuntamiento de la capital francesa.</p>



<p>En una esquina del patio, las instalaciones del Centro de Vecinos de Pumarejo acogen las actividades de los muchos grupos que lo componen: grupos de mujeres víctimas de violencia machista, de acogida a inmigrantes&#8230; También hay una biblioteca autogestionada. El Centro también tiene su propia moneda: el puma. Sergio me habla sobre la diversidad de perfiles que participan en este proyecto único en Sevilla: abuelas, okupas, niños … Una rica variedad de perfiles que contribuye a la horizontalidad del proyecto. De hecho, la casa es un auténtico laboratorio, un caldo de cultivo para iniciativas sociales. Una fuente de inspiración contra la mercantilización de la ciudad. Un espejo en el que Sevilla debería mirarse en estos tiempos inciertos.</p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="683" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8d-683x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-2738" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8d-683x1024.jpeg 683w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8d-200x300.jpeg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/04/fullsizeoutput_2f8d-768x1152.jpeg 768w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure></div>
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		<title>Casa Orsáez</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 25 Jan 2020 19:07:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Calma]]></category>
		<category><![CDATA[Comer]]></category>
		<category><![CDATA[Gastronomía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este local es ante todo un asunto de familia. Es la historia de María Orsáez, que viajó a Provenza para aprender a hacer queso, y de sus tres hijos. Apasionados por la gastronomía, el clan Orsáez decidió a principios de 2017 abrir un espacio donde&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/casa-orsaez/">Leer más</a></p>
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<p>Este local es ante todo un asunto de familia. Es la historia de María Orsáez, que viajó a Provenza para aprender a hacer queso, y de sus tres hijos. Apasionados por la gastronomía, el clan Orsáez decidió a principios de 2017 abrir un espacio donde uno se siente como en casa: gran mesa común, libros de cocina repartidos por los estantes, mostrador como en los comercios de antaño y cestas llenas de frutas y verduras ecológicas. Por la mañana, Casa Orsáez sirve unos desayunos deliciosos, servidos con esmero en el interior o en la terraza. Pero los sevillanos vienen sobre todo por su gran selección de quesos, que María elabora y madura en el pueblo de la sierra donde vive. Cada pieza, cuidadosamente envuelta a mano, se produce con leche cruda de cabras autóctonas de este rincón de la provincia de Sevilla. Una cámara de maduración muestra estas delicias artesanales, que se sirven acompañadas de una copa de algún vino de la región. El espíritu slowfood y locávoro se nota no sólo en la elección de los productos seleccionados, sino también en el ambiente del local, tanto por la mañana como durante las catas que se organizan regularmente. La música de fondo, la luz que inunda el espacio a través de los grandes ventanales, la sonrisa de las hermanas Orsáez&#8230; todo contribuye a despertar esa sensación de estar en casa.</p>



<p>Casa Orsáez es proveedor de, entre otros, el hotel Alfonso XIII o el restaurante Abantal, el único con une estrella Michelin de la ciudad.</p>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2017/08/fullsizeoutput_12f1-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-895" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2017/08/fullsizeoutput_12f1-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2017/08/fullsizeoutput_12f1-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2017/08/fullsizeoutput_12f1-360x480.jpeg 360w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>
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		<title>Ana Salas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Jan 2020 12:55:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artesanía]]></category>
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<p>La casa de Ana Salas en el Aljarafe está inundada de luz. Un gran patio interior la distribuye por las estancias. La decoración, sencilla y eficaz, la deja fluir por todos lados. No hace falta más. El espacio casi vacío de muebles parece vibrar. En la azotea, el taller de la ceramista también está bañado de claridad. Allí, moldea con delicadeza la porcelana que utiliza en la realización de sus joyas y piezas de vajilla. Como la casa, las creaciones de Ana utilizan un mínimo de recursos para conseguir una presencia sutil pero poética y evocadora, etérea y abierta a todas las posibilidades. Las formas son simples, casi infantiles a veces. La ornamentación se reduce a líneas y puntos dorados que parecen hechos al azar. Libres de efectismo, las piezas (broches, colgantes, platillos, bols&#8230;) se dejan interpretar sin imponer, impregnándose de la visión de cada uno. «Joyas para las personas que no lucen joyas.» Parece fácil. Sin embargo, detrás de esta sencillez existe un verdadero trabajo de reflexión.</p>



<p>Tras una extensa formación en cerámica, Ana afianzó su aprendizaje en Italia. Con esta sólida base, la artista ha afinado su estilo combinando libertad creativa e inspiración en otras tradiciones, siempre alejada de tendencias pasajeras. La delicadeza de sus piezas evoca más bien la estética wabi-sabi, esa corriente de origen japonés que busca la belleza en lo sencillo e imperfecto. Así, sus creaciones llevan inscrito el proceso de fabricación en la huella de sus manos o en las pinceladas visibles del barniz. Es una porcelana orgánica, en el extremo opuesto a las piezas producidas en serie y de acabados perfectos. Aquí, cada anillo, pendiente o cuenco parece recién salido del taller, acabado y al mismo tiempo inacabado, sencillo pero también sofisticado. Junto a lo japonés, la influencia de la estética escandinava se adivina también en algunas de estas piezas. Además, cada colección de Ana Salas lleva un nombre propio, siempre relacionado con las experiencias y la personalidad de la creadora.</p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="1024" height="683" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9954-1024x683.jpg" alt="" class="wp-image-2573" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9954-1024x683.jpg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9954-300x200.jpg 300w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9954-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure></div>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="683" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9950-e1577892893200-683x1024.jpg" alt="" class="wp-image-2575" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9950-e1577892893200-683x1024.jpg 683w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9950-e1577892893200-200x300.jpg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_9950-e1577892893200-768x1152.jpg 768w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure></div>



<p>Cuando uno visita la tienda de la calle Zaragoza, percibe de inmediato la coherencia entre la vida y el trabajo de Ana. Al igual que en su casa, los recursos, seleccionados con criterio, se reducen al mínimo. Los muebles, entre sencillez y espíritu retro, sirven de soporte a las piezas, siempre sin eclipsarlas. Todo está dispuesto con mimo. No se puede entrar en este lugar si se tiene prisa: uno va descubriendo poco a poco cada anillo, cada broche. Diseminadas por todo el espacio, cada creación se desvela pausadamente al acercarse y mirar. «Joyas silenciosas.» Ana Salas sabe bien que discreción y elegancia van de la mano. Su diálogo con la porcelana (la creadora trabaja a veces en el pequeño taller que ha instalado en un rincón de la boutique) produce un mundo vulnerable, liviano, y al mismo tiempo muy presente. Como la luz.</p>



<p>Ana Salas vende sus creaciones en su tienda de la calle Zaragoza y, en diciembre, en el mercadillo de Navidad de la Plaza Nueva.</p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_1159-768x1024.jpg" alt="" class="wp-image-2577" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_1159-768x1024.jpg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_1159-225x300.jpg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/01/IMG_1159-360x480.jpg 360w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure></div>



<p></p>
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		<title>Ángeles Espinar</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 23 Nov 2019 22:57:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artesanía]]></category>
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<p>«Tiene la <em>puntá</em> bonita». Así se definía antaño el talento de algunas bordadoras de mantones especialmente dotadas para el oficio. Porque una cosa es bordar bien y otra es tener ese algo indefinible que otorga vida al bordado. Algo que no se aprende, que se tiene o no se tiene. Todo esto me lo explica Ángeles Espinar en el salón de su casa, en Villamanrique de la Condesa. La puerta entreabierta del jardín deja entrar la luz del otoño. Fuera, puedo ver un ramo de rosas recién cortadas encima de una mesa. Ángeles, de 80 años, me cuenta con pasión la historia de <a href="http://www.angelesespinar.com">su taller</a>. «Mi madre empezó en los años 30. Villamanrique producía en aquella época casi todo el bordado para las fábricas de Sevilla. Anteriormente, los mantones venían todos de Canton en el galeón de Manila, pero con el tiempo empezaron a producirse localmente.» </p>



<p>Para ilustrar las explicaciones de su madre, María José, la hija que ha tomado el relevo en el <em>savoir</em>&#8211;<em>faire</em> familiar, va sacando algunas piezas de la colección de mantones antiguos que ambas han reunido con los años: mantones isabelinos, chinescos, de cigarrera, Art déco, mexicanos&#8230; «El oficio de bordadora se transmitía de madres a hijas. Desde muy pequeñas, las niñas se entrenaban con un pequeño bastidor y luego seguían su aprendizaje en un taller. El sueldo que una bordadora traía a casa era vital para la economía familiar.» Uno se pregunta cuántas horas de trabajo se lleva cada pétalo, cada hoja, cada motivo bordado en la seda. ¿En qué pensaría la bordadora mientras dibujaba con aguja e hilo las alas de ese pájaro? Ángeles prosigue: «A partir de los años 60, el mantón entró en crisis: se perdió la calidad del bordado, los matices en el color. Empezaron a producirse de forma casi industrial para los turistas. Yo siempre me esforcé por proteger, por recuperar la esencia del mantón antiguo». </p>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="753" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c55-753x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-2487" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c55-753x1024.jpeg 753w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c55-221x300.jpeg 221w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c55-768x1045.jpeg 768w" sizes="(max-width: 753px) 100vw, 753px" /></figure>



<p>En 1979, Ángeles Espinar expuso por primera vez en una muestra de artesanía celebrada en el paseo Marqués de Contadero. «Lo vendí todo y lo mismo ocurrió en todas las exposiciones posteriores.» Justo enfrente de su casa en Villamanrique, al otro lado de la calle, se encuentra el taller. «En la mejor época empleaba a alrededor de 100 bordadoras. Hoy tengo 5 o 6. La imagen tradicional de las bordadoras trabajando juntas en un taller no existe desde los años 50: ahora se llevan el trabajo a casa y lo entregan una vez terminado». María José me muestra cómo se dibujan las plantillas que sirven para los diferentes motivos de bordado. Además, me enseña una pequeña colección de plantillas antiguas, en papel de arroz, algunas con el sello de Canton estampado en tinta. También da algunas puntadas para mostrarme cómo se borda un mantón. Con precisión y delicadeza, maneja la aguja y el hilo para, una a una, dar las puntadas que irán dibujando el pétalo de una flor. Me siento un poco ridículo grabando con mi iPhone las manos de María José, cuya pericia encierra más belleza y más verdad que cualquier <em>gadget</em> tecnológico. Y es que una visita al taller de Ángeles Espinar tiene algo de viaje en el tiempo, o más bien de una pausa en el tiempo. Como si los minutos se quedaran prendidos en esas manos expertas, o en esos jardines bordados en seda y siempre en flor.  </p>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c86-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-2497" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c86-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c86-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c86-360x480.jpeg 360w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c84-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-2489" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c84-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c84-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c84-360x480.jpeg 360w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<p>«Elle a un beau point». C’est ainsi qu&#8217;était défini dans le passé le talent de certaines brodeuses de <em>mantones</em> spécialement douées pour le métier. Parce qu’une chose est de bien broder et une autre est d’avoir cette chose indéfinissable qui donne de la vie à la broderie. Quelque chose qui n&#8217;est pas apprise, que l&#8217;on a ou que l&#8217;on n&#8217;a pas. C&#8217;est Ángeles Espinar qui m&#8217;explique tout cela dans le salon de sa maison, dans le village de Villamanrique de la Condesa, à 30 kilomètres de Séville. La porte ouverte du jardin laisse pénétrer la lumière de l&#8217;automne. Dehors, je peux voir un bouquet de roses fraîchement coupées sur une table. Ángeles, 80 ans, me raconte avec passion l&#8217;histoire de son atelier. «Ma mère a commencé dans les années 30. Villamanrique fabriquait à cette époque presque toute la broderie pour les usines de Séville. Auparavant, les châles venaient tous de Canton, dans le galion de Manille, mais ils ont finalement commencé à être produits localement.» </p>



<p>Pour illustrer les explications de sa mère, María José, la fille qui a repris le  savoir-faire familial, sort quelques uns des <em>mantones</em> anciens de la collection que mère et fille ont rassemblée au fil des ans: des modèles <em>isabelinos</em>, chinois, de <em>cigarrera</em>, Art déco, mexicains … «Le métier de brodeuse était transmis de mère en fille. Dès leur plus jeune âge, les filles recevaient un petit châssis pour broder. Elles suivaient ensuite leur apprentissage dans un atelier. Le salaire qu’une brodeuse rapportait à la maison était vital pour l’économie familiale. » On se demande combien d&#8217;heures de travail prend chaque pétale, chaque feuille, chaque motif brodé dans la soie. À quoi penserait la brodeuse en dessinant au fil et à l&#8217;aiguille les ailes de cet oiseau-là ? Angeles poursuit: «A partir des années 60, le mantón est entré en crise: le savoir-faire de la broderie s&#8217;est perdu. Ils ont commencé à être produits presque de manière industrielle pour les touristes. De mon côté, je me suis appliquée à protéger, à récupérer l&#8217;essence du <em>mantón</em> à l&#8217;ancienne. «</p>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c87-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-2501" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c87-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c87-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/fullsizeoutput_2c87-360x480.jpeg 360w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<p>En 1979, Ángeles Espinar expose pour la première fois lors d&#8217;une exposition d&#8217;artisanat à Séville «J&#8217;ai tout vendu et ça a été pareil dans toutes les expositions suivantes.» L&#8217;atelier se trouve juste en face de sa maison à Villamanrique, de l&#8217;autre côté de la rue. «À la meilleure époque, j&#8217;employais environ 100 brodeuses. Aujourd&#8217;hui, j&#8217;en ai 5 ou 6. L&#8217;image traditionnelle des brodeuses travaillant ensemble dans un atelier n&#8217;existe plus depuis les années 50: maintenant, elles ramènent le travail à la maison et le livrent une fois terminé» . María José me montre comment les modèles utilisés pour différents motifs de broderie sont dessinés. Elle me montre aussi une petite collection de vieux modèles, sur du papier de riz, certains avec le sceau de Canton estampé à l&#8217;encre. Elle fait également quelques points dans la soie pour me montrer comment on brode un <em>mantón</em>. Avec précision et délicatesse, elle manie l&#8217;aiguille et le fil pour donner, un à un, les points qui vont dessiner le pétale d&#8217;une fleur. Je me sens un peu ridicule d&#8217;enregistrer avec mon iPhone les mains de María José, dont le savoir-faire renferme plus de beauté et de vérité que n&#8217;importe quel <em>gadget</em> technologique. C&#8217;est qu&#8217;une visite de l&#8217;atelier de Ángeles Espinar est comme un voyage dans le temps, ou plutôt une pause dans le temps. Comme si les minutes restaient accrochées à ces mains expertes, ou à ces jardins brodés en soie et toujours en fleur.</p>



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