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Ana Salas

La casa de Ana Salas en el Aljarafe está inundada de luz. Un gran patio interior la distribuye por las estancias. La decoración, sencilla y eficaz, la deja fluir por todos lados. No hace falta más. El espacio casi vacío de muebles parece vibrar. En la azotea, el taller de la ceramista también está bañado de claridad. Allí, moldea con delicadeza la porcelana que utiliza en la realización de sus joyas y piezas de vajilla. Como la casa, las creaciones de Ana utilizan un mínimo de recursos para conseguir una presencia sutil pero poética y evocadora, etérea y abierta a todas las posibilidades. Las formas son simples, casi infantiles a veces. La ornamentación se reduce a líneas y puntos dorados que parecen hechos al azar. Libres de efectismo, las piezas (broches, colgantes, platillos, bols…) se dejan interpretar sin imponer, impregnándose de la visión de cada uno. «Joyas para las personas que no lucen joyas.» Parece fácil. Sin embargo, detrás de esta sencillez existe un verdadero trabajo de reflexión.

Tras una extensa formación en cerámica, Ana afianzó su aprendizaje en Italia. Con esta sólida base, la artista ha afinado su estilo combinando libertad creativa e inspiración en otras tradiciones, siempre alejada de tendencias pasajeras. La delicadeza de sus piezas evoca más bien la estética wabi-sabi, esa corriente de origen japonés que busca la belleza en lo sencillo e imperfecto. Así, sus creaciones llevan inscrito el proceso de fabricación en la huella de sus manos o en las pinceladas visibles del barniz. Es una porcelana orgánica, en el extremo opuesto a las piezas producidas en serie y de acabados perfectos. Aquí, cada anillo, pendiente o cuenco parece recién salido del taller, acabado y al mismo tiempo inacabado, sencillo pero también sofisticado. Junto a lo japonés, la influencia de la estética escandinava se adivina también en algunas de estas piezas. Además, cada colección de Ana Salas lleva un nombre propio, siempre relacionado con las experiencias y la personalidad de la creadora.

Cuando uno visita la tienda de la calle Zaragoza, percibe de inmediato la coherencia entre la vida y el trabajo de Ana. Al igual que en su casa, los recursos, seleccionados con criterio, se reducen al mínimo. Los muebles, entre sencillez y espíritu retro, sirven de soporte a las piezas, siempre sin eclipsarlas. Todo está dispuesto con mimo, cada detalle cuenta. No se puede entrar en este lugar si se tiene prisa: uno va descubriendo poco a poco cada anillo, cada broche. Diseminadas por todo el espacio, cada creación se desvela pausadamente, cuando uno se toma el tiempo de acercarse y mirar. «Joyas silenciosas.» Ana Salas sabe bien que discreción y elegancia van de la mano. Su diálogo con la porcelana (Ana trabaja a veces en el pequeño taller que ha instalado en un rincón de la boutique) produce un mundo de belleza y poesía, vulnerable, liviano, y al mismo tiempo muy presente. Como la luz.

Ana Salas vende sus creaciones en su tienda de la calle Zaragoza y, en diciembre, en el mercadillo de Navidad de la Plaza Nueva.

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