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	<title>diario de un sevillano en París &#8211; Bonjour Séville</title>
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	<description>Un proyecto sobre Sevilla hecho desde París</description>
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	<title>diario de un sevillano en París &#8211; Bonjour Séville</title>
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		<title>París del Aljarafe</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Oct 2025 08:09:20 +0000</pubDate>
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<p>Mi madre y yo solemos hacer algunos mandados en los comercios de esa zona de Mairena del Aljarafe que llaman Nuevo Bulevar. Se trata de un barrio levantado en estos últimos años, como tantos otros del Aljarafe, en unos campos donde antes había olivos. He escrito barrio, pero quizás esa palabra no sea la más apropiada. Cada vez que mi madre y yo hacemos la compra en el gran supermercado que allí existe, y luego hacemos cola frente a esa famosísima panadería, no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿Cómo hemos terminado viviendo en lugares como este? Nuevo Bulevar consiste en una sucesión de edificios de viviendas cuyas fachadas dan a una especie de autopista de dos direcciones y varios carriles. Todo parece estar diseñado para hacer de él un lugar funcional, adaptado a la vida moderna, la crianza, la prisa y el consumo. Sin embargo, la arquitectura de los edificios carece de amabilidad, resulta dura, casi hiriente de tan escueta. Uno se pregunta si la gente vive o más bien está presa en esos pisos sin duda grandes y confortables, pero exentos, se diría, de benevolencia. Y es verdad que pasando en coche por las calles del barrio (raramente las recorro a pie), hay algo carcelario en su aspecto. El colmo de ese urbanismo, que, como dice un amigo, se acerca a la acción terrorista, es la esplanada junto a la estación de metro Ciudad Expo, erial de losas impracticable durante cinco meses al año. Ya sé que barrios así se han construído siempre, que algunas de las barriadas de Sevilla debieron de parecer igual de descarnadas cuando se levantaron en los 60 y 70. Las mismas de las que hoy decimos: Pues esa zona tiene su punto. Quién sabe si en cincuenta años Nuevo Bulevar no habrá adquirido cierta solera. El encanto necesita de un poco de mugre, también en la mirada.&nbsp;</p>



<p>Estamos desayunando en uno de los cafés de la zona. Mi madre se bebe su cappuccino a pequeños sorbos. Yo he pedido una tostada de aguacate y queso fresco. Los clientes sentados a nuestros alrededor llevan chándal y zapatillas de deporte, acaban de salir del gimnasio, pienso. Algunos han aprovechado para sacar al perro, que dormita bajo la mesa. Por un momento se me hace extraño ver a mi madre en este marco radicalmente nuevo, sin conexión con el pasado. Ella y yo hemos vivido en numerosos lugares a lo largo de los años, pisos y casas recién terminados cuando nos mudamos a ellos, y que hoy tienen una carnación especial en mi recuerdo. Por encima de todos, la casa familiar del pueblo, venerable, donde los dos jugamos siendo pequeños (tan habitada está en la memoria que parece que no somos nosotros quienes la ocupamos, sino ella la que vive en nosotros). Hemos visitado juntos ciudades, iglesias y ruinas. Pero, en Nuevo Bulevar, todo eso parece fuera de lugar, como un aparador o un lebrillo, herencia de familia, en la cocina de un adosado recién construido. </p>



<p>Unos días después, de vuelta en París, decido darme un paseo por el acomodado distrito ocho de la ciudad, tan de tarjeta postal. Me bajo de la línea dos del metro en la estación Villiers. Cuando las escaleras mecánicas me devuelven a la superficie, un estupor. Las fachadas de los edificios haussmanianos se yerguen recargadas de ornamentos por encima de los viandantes. Sus abalorios tallados en piedra y moldeados en el hierro de los balcones parecen a punto de derretirse, y tengo la impresión de que podrían aplastarme bajo un alud de merengue. A pesar del buche que siempre he tenido para la exuberancia, estoy a punto de gritar: ¡Me ahogo! ¡Quítenme todo esto de en medio! Por algunas ventanas puedo ver el interior de los apartamentos de las clases acomodadas, con sus molduras doradas y sus chimeneas. Deambulo durante un rato por ese París churrigueresco que de costumbre tanto aprecio, entre las columnas Morris, junto a las fuentes Wallace. Pero hoy, cosa extraña, me pregunto: ¿Qué necesidad?</p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Almodóvar et moi</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jan 2025 17:38:17 +0000</pubDate>
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<p>Al volver a París tras pasar unos días entre Sevilla y Estepa, mi novio me tiene preparadas (regalo de Navidad) dos entradas para el Crazy Horse, el mítico cabaret parisino al que llevaba tiempo queriendo asistir. Abierta en 1951, la <em>maison</em> cultiva desde entonces un espíritu absolutamente <em>glamour</em>, que no le impide dar carta blanca a creadores de renombre (coreógrafos, diseñadores) en la invención de nuevos números, nuevos cuadros más experimentales y contemporáneos. Adoro la desenvoltura con que Francia vive la frivolidad. Más aun, en un país donde el detalle tiene igual o más peso que el contenido, donde un plato no será apreciado sin una correcta presentación, un discurso sin la pose ni la cadencia adecuadas, lo que la ceñuda España puede encontrar accesorio y superficial, aquí se reivindica como tabla de medición. </p>



<span id="more-8876"></span>



<p>Entrar en el Crazy Horse es como hacerlo en una película de Blake Edwards. Todo allí es rosa, de la moqueta al techo, las burbujas no paran de juguetear en las copas de champagne y los camareros y el maestro de ceremonias se mueven entre las mesas con felina elasticidad. En el público, identifico las marcas del dinero: bolsos de lujo, relojes caros, rostros operados, parejas con una pronunciada diferencia de edad&#8230; Me siento en el crucero de la película <em>El Triángulo de la Tristeza</em>. El espectáculo, tal y como esperaba, resulta un fascinante ejercicio de ilusionismo chic, a través de los cuerpos desnudos, casi irreales, de las bailarinas -las famosas chicas del Crazy Horse, tocadas con la misma peluca geométrica- y de una iluminación virtuosa. Recuerdo entonces las palabras de un amigo sevillano, dueño de algunos bares por el centro, cuando me confesó que siempre había soñado con abrir un cabaret <em>a la europea</em> en la ciudad. Buen conocedor de Sevilla, nunca se decidió a llevar a cabo su proyecto. Por mi parte, allí sentado durante el show, rodeado de sofisticación, vuelve a mí la borrosa sensación que siempre me embarga al codearme, aunque solo sea durante una velada, con la exclusividad.  Mi educación me dicta profesar la mesura y despreciar el exceso, condenar el parasitismo de los ricos, pero, al mismo tiempo, no puedo negar mi atracción hacia esa nebulosa de lujo y fama donde imagino a los <em>happy few</em>, fuera del alcance de los ciudadanos de a pie. Una de las bailarinas está cantando <em>Je cherche un millionnaire</em>. Al final del espectáculo, antes de marcharnos, nos acercamos a la pared donde está inscrita la interminable lista de personajes famosos que han visitado el cabaret a lo largo de los años, desde Cher hasta Simone de Beauvoir. Un nombre atrae mi atención: Pedro Almodóvar. </p>



<p>Precisamente ese mismo día se estrena en Francia <em>La habitación de al lado</em> (<em>La chambre d&#8217;à côté</em> en francés). Veo el cartel de la película en una parada de autobús y me acuerdo de aquella vez en que estuve al lado del celebérrimo director durante unos minutos -todo español debería tener el derecho, y el deber, de pasar un ratito junto a Almodóvar (al fin y al cabo, él nos ha inventado ante los ojos del mundo). Vivía en Madrid. Un amigo, representante de Miguel Poveda, me invitó a un concierto del cantaor en el teatro Albéniz. Aquella noche, antes de acceder a la sala, decidimos tomarnos algo en la Casa de las Torrijas, justo enfrente. Allí estaba él, de pie en la barra, acompañado por su hermano y por Bibiana Fernández, uno más entre los parroquianos. Por supuesto, no le dijimos nada. Luego, mientras ocupábamos nuestros asientos en el teatro, nos dimos cuenta de que Almodóvar y sus acompañantes hacían lo propio unas filas más adelante -Poveda acababa de publicar un disco de copla, una de las cuales servía de banda sonora a la nueva película del director. El caso es que, después del recital, mi amigo propuso que fuéramos a los camerinos para felicitar a <em>Miguel</em>. Cuando penetramos en el reducido espacio, me encontré de golpe formando parte del corrillo que allí se había reunido, y que incluía al propio cantaor, Carmen Linares, una monumental Bibiana Fernández y Agustín y Pedro Almodóvar, justo a mi derecha. Mientras todos charlaban -evidentemente, yo no abrí la boca-, él apenas dijo nada. Casi parecía más intimidado que yo. La Fernández, que, en un peculiar arrebato flamenco, tildó a Poveda de <em>monstruo de las galletas</em>, organizaba el cotarro con desparpajo, decidiendo dónde irían a cenar y quién compartiría taxi con quién. Fueron solo unos minutos. Ellos salieron por la puerta de artistas, nosotros volvimos al patio de butacas, para salir a la calle de la Paz por el acceso principal del teatro. Al día siguiente volví a mi aburrido trabajo, haciendo el mismo trayecto de todos los días, con la sensación de aquel a quien solo han dejado probar una gota de miel. </p>



<p>Ya he podido leer en la prensa francesa algunas críticas de <em>La habitación de al lado</em>, en general positivas, cuando no halagadoras. También he hablado sobre la película con algunos conocidos. Hace años que Almodóvar es una estrella en Francia (1), si bien nunca he logrado comprender del todo el porqué de tal éxito. Sin duda sus personajes, esas mujeres al extremo, confirman el estereotipo francés de la española impetuosa, en un país, <em>la France</em>, que se ve a sí mismo remilgado, y donde sobre la mujer aun pesan los dictados de la coquetería, y hasta de la compostura. Todos queremos que nos reconforten en nuestras creencias, sobre todo las que más se alejan de nuestra propia naturaleza. A caballo entre lo burlesco y lo dramático, las historias de Almodóvar no pueden sino gustar en Francia. Incluso en los 90, cuando España las ninguneaba, las despreciaba y ridiculizaba, a este lado de los Pirineos crítica y público se rendían ante su descaro. De hecho, tras el estreno de esta nueva película, algunas voces se han lamentado por la ausencia de aquella audacia. Por otro lado, el cuidado de la forma que el director pone en todos sus films &#8211;<em>son como hospedarse en un hotel de lujo</em>, dijo alguien una vez sobre ellos-, la esmerada puesta en escena, ese apetitoso universo almodovariano, ¿cómo no van a gustar en este país?</p>



<p>Termino estas líneas durante una pausa en el trabajo. Almodóvar en los camerinos del teatro Albéniz y el Crazy Horse parecen muy lejos desde aquí. De todas formas, concluyo, está bien así. Soy demasiado perezoso para invertir las enormes cantidades de tiempo y esfuerzo que demanda el éxito. ¡Si al menos hubiera nacido marqués!</p>



<p>(1) De hecho, el primer libro sobre el director lo escribió un francés. Se trata de <em>Conversations avec Pedro Almodóvar</em>, publicado en 1986 por Frédécic Strauss. </p>



<p>En la foto, los servicios del cabaret Crazy Horse, en París. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: ITS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Nov 2024 08:00:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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<p>Mi primer apartamento en París fue un pequeño estudio en la isla de Saint-Louis, en pleno corazón de la ciudad. Recién llegado de Sevilla, me encontré viviendo en ese rincón idílico y a la vez postizo que abraza el Sena, un París de postal habitado sobre todo por estadounidenses y saudíes, a pocos metros de Notre-Dame. De camino a casa, pasaba a menudo frente a la catedral y me paraba a admirar los relieves de su fachada. Precisamente a un lado de la plaza donde se eleva la construcción gótica se encuentra el Hôtel-Dieu, el hospital más antiguo de la ciudad. De líneas clásicas, el venerable edificio desprende, como muchos hospitales de París, una mezcla de solemnidad y decandencia fruto de años, de siglos, de actividad. Por sus patios y corredores flota el recuerdo de la tuberculosis y el sida. No sé de dónde vino la idea, quizás alguien me animó a hacerlo, o tal vez vi una pancarta perteneciente a una de esas campañas que se lanzan cada año. El caso es que un día me dije que debía pasarme por el hospital para donar sangre -algo que, debo confesar, nunca había hecho en Sevilla. De esta manera, una tarde me encontré sentado frente a una enfermera en una pequeña sala de consulta. Ella sacó un par de folios de una carpeta y, casi sin levantar la vista, comenzó a hacerme las preguntas acostumbradas, me dije, previas a la extracción: edad, peso, hábitos de vida&#8230; Cuando me preguntó por mi situación de pareja, yo respondí que vivía con mi novio. Entonces su rostro cambió de expresión. Me miró directamente a los ojos y me informó de que, desgraciadamente, teniendo en cuenta mi orientación sexual, no podíamos continuar con el proceso. La <em>République</em> no quería sangre de homosexuales. En cualquier caso, <em>merci</em> (*).</p>



<p>Por supuesto, no era la primera vez que me sometía a un cuestionario de aquel tipo. Como chico gay a finales de los 90, había aprendido a protegerme de las ITS, que controlaba periódicamente mediante las pruebas correspondientes en centros especializados, como aquel, cerrado ahora desde hace años, de la calle Amor de Dios -¿qué otra calle si no? En tales ocasiones, la persona encargada -siempre una mujer- me hacía las preguntas adecuadas para evaluar los riesgos a los que me había expuesto, así como para alimentar estadísticas de incidencia. Dichas entrevistas se adentraban (se adentran) sin rodeos en los vericuetos de mi vida sentimental y sexual, pero he de confesar que nunca me han resultado incómodas, supongo que, en gran medida, gracias a la pericia de esas mujeres. Me he encontrado a muchas a lo largo de los años, implicadas tanto en centros de salud orientados a la población LGTB como en asociaciones de lucha por sus derechos. Al teléfono, en la recepción, atendiendo casos urgentes o coordinando reuniones y grupos de trabajo, su presencia siempre me causa una grata sorpresa por lo inesperado e inexplicable. ¿Qué anima a una mujer heterosexual a consagrar su vida profesional a los problemas de las personas LGTB?, me pregunto, dejando al descubierto mi estrechez de miras. No cabe duda de que a ellas se les han asignado siempre las tareas relativas a <em>los cuidados</em>, esa palabra tan del gusto de la nueva generación. Las mujeres dedican tiempo y esfuerzo a gestionar el sufrimiento ajeno -dice la tradición-, se preocupan por evitar y aliviar el dolor, con empatía e independencia del paciente que tengan delante. Por eso, mi sorpresa no puede ser tal. Y aun así, cuando la enfermera, antes de pincharme para sacarme sangre, me habla de ITS y de Prep, pienso: ¿De qué manera concibe ella mi intimidad, que le desvelo al hilo de sus preguntas, la intimidad de un hombre gay? </p>



<p>Las estadísticas dicen que las ITS se ceban especialmente en nosotros. Nunca he considerado injusta esta preferencia, que encuentro casi gustosa, tributo a pagar por una <em>raza maldita</em> y elegida (obviamente, esto solo puede decirlo, con buena dosis de desvergüenza <em>old-fashioned</em>, alguien que nunca ha padecido una infección de gravedad). Los heterosexuales no están al resguardo, por supuesto, aunque a veces parezcan vivir en otro planeta. El novio de una amiga empezó a sufrir repentinos ataques de furia, momentos que le hacían perder el control sin razón. Tras hacerse las pruebas pertinentes, los resultados revelaron una sífilis contraída mucho tiempo atrás, nunca diagnosticada y aun menos tratada. Después de años pululando por su organismo, la infección había terminado afectando de forma irreversible al sistema nervioso. Escuchando esta historia, no puedo evitar preguntarme si los gays no tendremos (o teníamos) una sexualidad más consecuente, si no estamos más <em>evolucionados</em> que los heterosexuales, como declara un amigo sevillano. Pero acto seguido, recuerdo el chemsex y sus derivas, y la ilusión se resquebraja. </p>



<p>Leo en la prensa el último gran sondeo sobre la sexualidad de los franceses, publicado el pasado 13 de noviembre, y no puedo reprimir un ligero bostezo. De una heterosexualidad triunfante, los resultados solo exploran la <em>disidencia</em> -otro palabreja generacional- al constatar que las mujeres jóvenes tienen cada vez menos reparo a la hora de confesar atracción por alguien de su mismo sexo. El resto del sondeo es un paisaje con ciertas transformaciones que, desde la acera de enfrente, se perciben redundantes, como un <em>déjà-vu</em>. Tengo que comentarlo con la enfermera, la próxima vez que me haga pruebas de ITS, me digo cerrando el periódico. O que done sangre. </p>



<p>(*) Desde 1983 hasta 2022, los homosexuales tuvieron prohibido donar sangre en Francia, si bien a partir de 2016 pudieron hacerlo tras certificar un año de abstinencia sexual. En España nunca ha existido tal prohibición.  </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Fashion Week</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 15 Nov 2024 19:01:53 +0000</pubDate>
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<p>Hace poco tuvo lugar la Fashion Week de París. Idiotas de todo el planeta se reúnen para asistir a los desfiles o para hacer cola en la puerta de la última boutique <em>à la mode</em>. Un circo de atuendos y actitudes sin los que el mundo sería un lugar mucho más bello y decente -existe por ahí un vídeo impagable que muestra la reacción de los parisinos (insultos, silbidos) frente a las incomodidades que la <em>Semaine de la mode</em> provoca en el día a día de la ciudad: calles cortadas, masificación, invasión de mamarrachos. El universo de la moda es un auténtico estercolero, como bien me explicaron mis amantes. Uno trabajaba en Dior, otro en Vuitton, otro en Margiela. Todos tenían (tienen, imagino) puestos en los departamentos de ventas o de comunicación de tan célebres <em>maisons</em>. Con Vincent, de Givenchy, tuve un amago de relación sentimental. Cada uno a su manera, me hablaron de la ausencia absoluta de interés por la creación que rige el negocio, cuyo único objetivo es vender mucho y rápido, de la impudicia con que ese mismo negocio se sirve de su aura para no pagar a los becarios que lo sostienen, y que se sienten elegidos por formar parte del tinglado. En suma, de una industria tóxica pero infalible la hora de despertar ilusiones y bajos instintos (los míos, por ejemplo). </p>



<p>Precisamente durante esa semana, de camino al trabajo, reparo en una tienda de campaña de tipo iglú recién plantada en una calle por la que paso todos los días. Junto a ella, sentado en un banco, un señor de unos 60 años, pulcro, jersey azul marino, mirada algo extraviada, me dice <em>bonjour</em> cuando me ve. París acoge -resulta obsceno utilizar este verbo- a una ingente población de personas sin domicilio fijo, en diversos estados de abandono y exclusión. Gente tirada en la calle, inconsciente, familias durmiendo en un colchón recubierto de plásticos, bajo la nieve. Mendigos sentados bajo los cajeros automáticos, a merced de la caridad de los clientes. Escenas dantescas (tullidos sin piernas arrastrándose con un vaso de cartón entre los dientes, donde alguien les echa unas monedas), solo comparables a ciertas situaciones de pobreza extrema que uno se encuentra en India. Jóvenes  en la caja del supermercado, sacando del bolsillo los pocos céntimos que han conseguido juntar para costearse la cerveza y el vino baratos con los que aturdirse durante unas horas más -el alcohol, cultura y abismo de Francia. En ciertas líneas del metro, es constante el paso de gente que, haciendo uso de todas las formas de la cortesía, pide limosna a los viajeros. Son tantos, tan numerosos, que no queda más remedio que blindarse, mirar hacia otro lado. Un ejercicio de tesón, casi de supervivencia, que conlleva momentos desconcertantes, como aquella vez cuando me di cuenta de que estaba admirando las piernas de un chico en pantalón corto mientras tenía delante a alguien que suplicaba ayuda para poder comer. <em>Bonjour</em>, le respondo al señor de la tienda de campaña, y sigo mi camino hacia el trabajo.</p>



<p>Sin embargo, frente a la indiferencia generalizada (1), no son pocas las personas que se paran a charlar con estos otros habitantes de la ciudad (más habitantes que nosotros, los que vivimos en apartamentos. Ellos <em>viven</em> realmente en la ciudad). Siempre me ha sorprendido toparme con dichas escenas por la calle: hombres y mujeres en cuclillas, hablando con alguien que pide limosna sentado en el suelo, incluso entregándole un bocadillo o un plato de comida envuelto en film transparente. Más allá de la nobleza del gesto, hay algo novelesco, cinematográfico, en esas estampas, como en todo lo que hace el parisino -por otro lado, ¿no son los vagabundos, la bohemia miserable, parte esencial del mito de París (2)? Y no puedo evitar pensar que el sevillano es menos proclive a agacharse en plena calle para entablar conversación con un desconocido. Sea como fuere, a los pocos días de mi encuentro con el señor de la tienda de campaña, decido llevarle un café y un croissant comprados en una panadería cercana. Él me da las gracias y, ante el interés que manifiesto por su situación, me habla de las dificultades para abandonar la vida en la calle, para encontrar un trabajo y un apartamento. </p>



<p>-De todas formas, dice mirando a los transeúntes con sus ojos azules, prefiero mil veces estar en París que en una ciudad pequeña o en un pueblo. Aquí al menos algunas personas se paran a hablar conmigo. En provincias hay más desconfianza y rechazo. </p>



<p>A partir de entonces, empiezo a saludarlo todas las mañanas al pasar junto a su tienda, y a llevarle algo de comer a mediodía. Comienza así una serie de breves encuentros ante la mirada de los viandantes, niños que van al colegio, ancianos tirando del carrito de la compra, padres de familia en traje de chaqueta, de camino a la oficina&#8230; Al hilo de nuestras conversaciones, y sin entrar en demasiados detalles, descubro en él una postura de aceptación, casi de mansedumbre ante un destino que él mismo, según dice, ha contribuido a forjar a base de excesos y malas decisiones. <em>A veces resulta tentador dar el paso que me separa del abismo final</em>, me confía una lluviosa tarde. Yo acabo de entregarle un plato de pasta envasado y un trozo de pan. </p>



<p>Pero lo que comenzó siendo una oportunidad de hacer una buena acción -y de añadir algo de novedad a mi rutinaria existencia, por qué no decirlo- se va enmarañando con el paso del tiempo. Las buenas intenciones se disuelven en la prisa que llevo algunas mañanas, o en la desgana de enfrentarme a una situación que resulta más compleja de lo que esperaba. Empiezo entonces a dar un rodeo por otras calles, para llegar al trabajo sin encontrarme con el señor de la tienda de campaña -cuyo nombre ignoro, me percato al escribir estas líneas. Algunos días me decido a pasar por el lugar donde vive, esperando que su tienda habrá desaparecido, o que él estará en otro lugar a esa hora. Haga lo que haga, tanto si paso por la calle en cuestión como si la evito, se apodera de mí un sentimiento de inutilidad, incluso de culpa por haberme metido en esta historia. <em>¿Qué pensabas, que ibas a solucionarle la vida?</em>, me pregunta un compañero de trabajo cuando le confieso mi desazón.</p>



<p>Esta mañana lo he visto a lo lejos, al final de la calle. No llevaba nada que ofrecerle, ni café ni croissant, pero me he obligado a acercarme, con la intención de charlar durante unos minutos. A medida que me iba acercando, esbozaba la mejor de mis sonrisas y pensaba en algunas palabras que intercambiar con él. Cuando me ha visto, cuando nuestras miradas se han encontrado, se ha dado media vuelta y se ha alejado, desapareciendo por una calleja lateral. </p>



<p>(1) Cómo olvidar la historia del fotógrafo René Robert, muerto por hipotermia en 2022 tras pasar 8 horas tirado en una calle, después de haber sufrido una caída, sin recibir ningún tipo de ayuda por parte de los viandantes.  </p>



<p>(2) Y qué bien vestido suele ir el vagabundo parisino, con perdón por la frivolidad inexcusable. En ninguna ciudad se ven personas sin domicilio fijo tan elegantes, con tal sentido de la harmonía, llevando prendas no por gastadas menos hermosas. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: La ruptura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 19 Jun 2024 10:17:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Siempre había escuchado historias de parejas que se separan en París, y que se ven obligadas a vivir durante unos meses como compañeros de piso en el apartamento en el que hasta entonces han vivido como novios. Esas historias se cuentan durante una cena entre&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/diario-de-un-sevillano-en-paris-la-ruptura/">Leer más</a></p>
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<p>Siempre había escuchado historias de parejas que se separan en París, y que se ven obligadas a vivir durante unos meses como compañeros de piso en el apartamento en el que hasta entonces han vivido como novios. Esas historias se cuentan durante una cena entre amigos, o en la mesa de un café, casi como si fueran imposibles, de tan tremendas, leyendas que uno se resiste a creer. Se hace difícil concebir que dos personas que se acaban de separar después de una relación de varios años tengan que convivir en un piso parisino -esto es, en una superficie que suele rondar los cuarenta metros cuadrados-, ocupando por turnos los espacios donde antes transcurría su vida de pareja, intentando evitar una promiscuidad inevitable cuando se trata de utilizar el cuarto de baño o de hacerse de comer. Uno duerme en la habitación, el otro en el sofá-cama del salón. En una ciudad donde el mercado inmobiliario no esté en tensión permanente, la situación se simplificará al encontrar con rapidez uno de los dos un nuevo apartamento al que mudarse. En París tal hallazgo puede llevar semanas, o incluso meses. La posibilidad de marcharse a vivir temporalmente a casa de algún amigo es igualmente inviable, ya que nadie dispone de una habitación de invitados. Cuando se es extranjero, como yo, tampoco existe la opción de volver con la familia, a miles de kilómetros de distancia. Estamos ante una de las pruebas, de las más duras, a las que esta ciudad somete a sus habitantes. Así las cosas, en ese escueto piso, los ahora ex no tienen más remedio que verse las caras todas las mañanas a la hora de la ducha y el desayuno, como se miran entre ellos los animales encerrados en un corral. Después, cuando uno se va al trabajo, el que se queda en casa vive un aperitivo de lo que será la cotidianeidad una vez llegada la separación de verdad. El vértigo se apodera de él al ver el piso vacío. Si antes, cuando estaban juntos, esos momentos de soledad eran apreciados, incluso esperados, ahora suponen un abismo abierto por donde se despeña la historia en común. Por eso se aferra a las huellas del otro que aun persisten en el cuarto de baño, en la entrada y en el salón -el cepillo de dientes, un libro, la ropa sucia de ambos que todavía se mezcla en el cesto-, señales de otra vida que, aun siendo visibles, empiezan a desintegrarse, a escurrirse entre los dedos. Parecen estar ahí, pero son ya como hologramas que es imposible agarrar. Los ex viven durante un tiempo en una especie de limbo, flotando sobre las ruinas de su relación, y es entonces cuando París, de costumbre tan hostil, se vuelve apetecible, y hasta acogedora, hogareña, en tanto sus calles y plazas suponen una escapatoria al terreno evanescente del apartamento. Dicen que son muchos los que, tras una separación, redescubren la ciudad y deciden seguir viviendo en ella, abandonando el proyecto de mudarse a las afueras, o a otra localidad, como habían planeado al calor de su recién fenecida pareja. </p>



<p>Trabajo muy cerca de casa, en el mismo barrio donde resido. El otro día, durante la hora de la comida, decidí comprarme un sandwich y comérmelo en un banco del parque que se extiende a los pies de nuestro apartamento. Se trata de uno de los espacios verdes más hermosos de París, concebido en el siglo XIX como un bosque frondoso y salvaje, con riachuelos, praderas y belvederes. A lo lejos, al otro lado del parque, podía ver las tres ventanas de nuestro piso. Me parecieron diminutas e insignificantes, ahogadas en medio de las otras ventanas que, como en un enjambre, agujerean las fachadas <em>haussmanianas</em> típicas de la ciudad. <em>Gran parte de tu vida transcurre detrás de aquellos cristales cerrados, en los que nadie repara</em>, me dije. Iba mordisqueando mi sandwich<em> jambon fromage</em> sin apartar la vista de las tres ventanitas, esperando que una de ellas se abriera en aquel preciso momento. Mi novio, mi ex, aparecería y haría un gesto con la mano, saludaría a aquel chico sentado al otro del parque, a aquel extraño con el que horas más tarde, ya de noche, se cruzaría al salir del cuarto de baño. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: En la sauna</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 Mar 2024 21:12:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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<p>Hace poco, el azar quiso que visitara en una misma semana una sauna en Sevilla y otra en Lyon. Conozco bien la ciudad francesa por haber vivido en ella como estudiante Erasmus durante un año y por haberla visitado con frecuencia desde entonces. Curiosamente, en el imaginario francés, Lyon tiene rasgos parecidos a los que caracterizan a Sevilla en el español: una ciudad dominada por un tradicionalismo que defiende a capa y espada una clase dirigente enmohecida y recalcitrante. Lyon es católica, burguesa y conservadora. Con tal expediente, no puede extrañar la antipatía que suele despertar entre los que no la conocen. </p>



<span id="more-7654"></span>



<p>En la sauna lyonesa que visito no sirven alcohol, solo bebidas azucaradas y energéticas. El silencio reina en la taquilla de la entrada y en los vestuarios, donde un grupo no despreciable de clientes se desviste con el pudor que suelen manifestar los franceses en tales situaciones, esto es, enrollándose una toalla alrededor de la cintura antes de quitarse los pantalones y los calzoncillos -precaución tal vez comprensible en un gimnasio, pero del todo absurda sabiendo que, minutos más tarde, habrá que desnudarse por completo para entrar en el jacuzzi o en el baño de vapor. Las saunas son madrigueras por las que uno cae en plácida ingravidez, libre de preocupaciones y del paso de las horas, una brecha en el tiempo, un cálido útero más allá de las inclemencias de la vida. Sin embargo, sobre esta de Lyon pesa un ambiente circunspecto y moroso, no solo por los escrúpulos que muestran los clientes a la hora de circular por los estrechos pasillos y recovecos, poniendo extremo cuidado en ni siquiera rozar la piel de los otros usuarios, gesto que podría interpretarse como una señal de interés -es curioso, me digo, cómo estos lugares, saunas y otros espacios de intercambio sexual, obligan a gestionar la desnudez y los movimientos del cuerpo para no caer en equívocos-, sino por el número de hombres que rondan como cazadores solitarios entre las cabinas y la sala de proyecciones, merodeadores, ermitaños a merced de la generosidad -de la piedad- de los otros. </p>



<p>Por eso unos días después, cuando visite la sauna sevillana, me sorprenderá encontrarme con auténticas cuadrillas de chicos que, a torso descubierto, cotorrean alegremente por el bar y en el fumadero. Un espíritu festivo y despreocupado, lejos de la densidad y la soledad de Lyon, impregna el lugar. Y me viene a la mente la teoría de Chaves Nogales, según la cual el sevillano es un niño eterno, un ser que llega a viejo sin ser adulto. Tal vez sea en su relación con el sexo donde esta inmadurez se manifieste de forma más clara, prosigo, como si la única forma de practicarlo fuera envolviéndolo de cierta guasa e inocencia &#8211;<em>los españoles follan como críos en el patio del colegio</em>, me dijo alguien una vez, de forma mucho más gráfica. Sin duda, el peso de la religión ha jugado un papel determinante al respecto. ¿Es entonces la sexualidad del norte de Europa más consciente y madura, más seria y solitaria también? Siempre lo he sospechado, aunque, paradójicamente, conozco a muchos más homosexuales que han sufrido algún tipo de rechazo o discriminación en Francia que en España. De todos modos, concluyo al ver a tres efebos encerrarse en una cabina, estas consideraciones cada vez tienen menos sentido en un mundo sometido por igual al desbarajuste de las aplicaciones y el <em>chemsex</em>. </p>



<p>Más tarde, tomando algo en el bar -aquí sí sirven alcohol- con los amigos con quien he venido, al mirar alrededor me invade la sensación de estar rodeado de clones, o más bien de gladiadores. La avalancha de pectorales, de bíceps y de abdominales sospechosamente inflados e insolentemente depilados empieza a abrumarme, a nublar mi capacidad de atención. No sé hacia dónde mirar, perdido como estoy en una sobreabundancia que me cuesta digerir a estas alturas de la noche. En este punto recuerdo con añoranza la otra sauna, en Francia, donde la delgadez no ha muerto aun bajo los estragos de la obsesión por el músculo. Pero es ya muy tarde, ahora doy vueltas como un hámster en su rueda, sin decidirme a salir, sin saber qué hora es -debe de haber amanecido. Sé que debería vestirme, pagar y marcharme, pero sigo buscando a mis amigos, que han desaparecido, llamándolos por los pasillos, por todas las cabinas. De ser un país encantado, la sauna se ha convertido en el escenario de un thriller. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Verano en Sevilla</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 17:32:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mi eterna disyuntiva entre volver a mi ciudad de origen o quedarme en París se va a resolver gracias al cambio climático. Creo que este es el primer año que vengo a Sevilla en verano a regañadientes. Nada más bajarme del tren en Santa Justa,&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/diario-de-un-sevillano-en-paris-verano-en-sevilla/">Leer más</a></p>
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<p>Mi eterna disyuntiva entre volver a mi ciudad de origen o quedarme en París se va a resolver gracias al cambio climático. Creo que este es el primer año que vengo a Sevilla en verano a regañadientes. Nada más bajarme del tren en Santa Justa, una bofetada de calor me hace preguntarme: ¿qué hago yo aquí en esta época del año? ¿Qué necesidad tengo? Cada vez se perfila con mayor nitidez la imposibilidad de pasar los meses del verano, y los adyacentes, y los de más allá, en esta ciudad. No siempre fue así, claro. Ante el estupor de la gente, siempre defendí que el verano en Sevilla puede ser un momento de disfrute, o de cierto goce. </p>



<span id="more-7161"></span>



<p>Entonces el calor no era este dragón que nunca termina de marcharse, ya todo el año merodeando dispuesto a calcinar la ciudad de un soplido. Entonces el calor apretaba sin atenazar, era un huésped con fechas claras de llegada y de salida, molesto en ocasiones pero con el que uno podía entenderse sin jugarse la salud y la cordura. El calor formaba parte de nuestro folclore. Uno jugaba con él, lo burlaba con siestas babeantes y tardes de largos en la piscina, siempre solo, tal vez un libro sobre la toalla. Los días de verano, terminadas las clases en la Universidad, se pasaban en soledad, esperando el anochecer. Mi tía solía irse unos días de viaje y me dejaba su pequeño ático en la esquina de la calle Jerónimo Hernández con Regina. Mi única obligación consistía en regar las innumerables macetas que poblaban la terraza con refrescante frondosidad. Todas las tardes, descalzo, rodeado de espadañas y del grito de los vencejos que planeaban en el cielo rosa, pasaba la manguera con profusión por encima de aquella selva desparramada. La cerámica del suelo se iba enfriando bajo mis pies, que chapoteaban en los riachuelos formados por el agua (fueron tiempos de bonanza acuífera). Era el preámbulo a la salida. ¿Qué decir de aquellas noches de verano? Que tenía 20 años y un apartamento con terraza a mi disposición en el centro de Sevilla. No solo era libre de entrar y salir a mi antojo (mis padres estaban en su casa, o se habían ido de viaje), de organizar alguna fiesta, además podía llevarme a quien quisiera a lo alto de aquella atalaya. Hice lo propio con un francés que trabajaba de camarero en un bar del centro y se desplazaba en bici por la ciudad. Volvía de marcha al ático muy tarde, a veces de amanecida, callejeando por el centro, mirando las pocas ventanas encendidas a aquellas horas. Imagino que la mayoría de ellas pertenecen hoy a pisos turísticos, a hoteles. Después de horas de baile y alcohol, avanzaba por las calles en un estado de beatitud, en esa quietud que tan bien le sienta a Sevilla. La calle Sagasta brillaba regada por la escuadra de trabajadores del Ayuntamiento que todas las noches refrescaba la piel de la ciudad a chorros de agua. Recuerdo el reflejo de las fachadas rococó en los charcos, mi propio reflejo al pasar. El camión de la basura dejaba un olor dulzón que, mezclado con el del jazmín o la dama de noche, volví a encontrar en India años después. Alguna cucaracha sevillana se escabullía por un rincón. El agua en abundancia enfriaba las calles ardientes; su sudor exhalado en forma de vapor se diluía en mi borrachera, en los olores de aquella Sevilla estival. Subía a la terraza de la calle Jerónimo Hernández, me quitaba la ropa, me daba un manguerazo en el amanecer y me metía en la cama. Ahí se acababa la ensoñación y empezaba el calvario, porque mi tía nunca quiso instalar el aire acondicionado. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Hombres guapos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Apr 2023 15:16:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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<p>La semana pasada fui a mi médico de cabecera por primera vez sin mascarilla (desde hace poco ya no son obligatorias en las consultas en Francia). Había empezado a tratarme en lo más duro de la pandemia, cuando mi antiguo médico se jubiló. A pesar de la mascarilla, cada vez que lo visitaba podía intuir que se trataba de un hombre bello, de ojos azules y rostro armonioso. Pero el otro día mis suposiciones se quedaron cortas: Thibaut (así se llama) es guapo con rotundidad, mezcla de genes polacos y franceses. Mientras hablábamos, yo no conseguía sostenerle la mirada más que unos pocos segundos, empequeñecido por su belleza, y también por su juventud, turbado como una novicia. En el segundo tomo de sus <em>Diarios</em> <em>(A ratos perdidos 3 y 4)</em>, Rafael Chirbes evoca la frustración experimentada, en los lugares de ligue, frente a hombres que por edad le resultan inaccesibles: «Te da vergüenza mancharlo hasta con la mirada» (p. 29). Leo estas líneas como una premonición (sabiendo también que juventud y belleza no son en absoluto sinónimos, aunque a menudo nos lo parezcan). Allí en la consulta, frente a mi médico, pensé en la palabra inglesa <em>cougar</em>, adoptada por el francés, cuyo significado literal es <em>jaguar</em> pero que se utiliza en tono jocoso para referirse a las mujeres de cierta edad siempre enceladas por hombres de mucha menos. ¿Acabaré siendo una de ellas? No, debes escapar de ese destino humillante, me digo, no mires a hombres demasiado jóvenes, mira a los de tu edad, hazlo por dignidad. Pero otras veces reflexiono: ¿Qué más da? ¿Por qué privarse? ¿Has visto a ese cervatillo en bermudas y manga corta que acaba de pasar?</p>



<p>En cualquier caso, para alguien como yo, que tal vez ha dado demasiada importancia al aspecto físico, el asunto de la guapura no es baladí. El tiempo pasa y uno debe ir apostando por otros caballos que los de la belleza y la lozanía (sin haber sido yo Monty Clift). Hay que ir renunciando a los piropos, a las miradas que, aunque no fueron nunca demasiado frecuentes, cada vez lo son menos. Sin embargo quizás Francia, la France, me proporcione cierto margen a este respecto. Mi físico espigado y seco, inmune a la musculación, tiene más adeptos a este lado de los Pirineos que en España, gusta más, tal vez por ser aquí más común. Se podría pensar que nos atrae lo diferente, lo inusual; al contrario, pareciera que preferimos lo que conocemos: así, el parisino se decantará por cuerpos como el suyo, finos y larguiruchos, mientras que el sevillano lo hará por otros más fornidos, propios de la ciudad. Hace tiempo una amiga me contó que había ciudades que la hacían sentirse especialmente guapa, como si el marco urbano y la energía de la calle potenciaran la belleza. Se trata de una sensación subjetiva, por supuesto, en la que juega un papel importante el interés que percibimos en la mirada ajena, que hace que nos sintamos deseables en ciertos lugares y más bien invisibles en otros. Ciudad y deseo, ¿dónde se encuentran con más intensidad? ¿En qué ciudad fluye mejor la mirada, libre de complejos? ¿Desea París con mayor libertad que Sevilla?    </p>



<p></p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Un andaluz aprende francés</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Dec 2022 19:56:44 +0000</pubDate>
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<p>Estudié francés por el glamour. El joven adulto que yo era asumía que Francia representaba la elegancia y el buen gusto, la moda. La literatura y el pensamiento le importaban poco. En casa había oído hablar de Flaubert y de Proust, sin llegar a interesarse por ellos. Igual con el cine: poco o nada sobre Godard ni Truffaut. Tampoco sobre la patria de los Derechos Humanos, de la libertad y la igualdad. Todo eso vino después. Francia era al principio sinónimo de refinamiento y belleza. Me parecía a esas japonesas que vienen a París hechizadas por los anuncios de perfume y los decorados hollywoodienses levantados a imagen y semejanza de la rive gauche. Así empecé mi aprendizaje de la lengua, en las aulas de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla. Quería hablar francés, desmarcarme de los que aprendían inglés, quería alternar en la cafetería del Rectorado con un cigarrillo entre los dedos y una bufanda enrollada al cuello como un maniquí de Vogue. La lengua tenía para mí un borroso prestigio: el francés, idioma de renombre, de lo que está por encima. Y había algo más. En los cines del centro de Sevilla -ahora me asombra que un chaval de mi edad tuviera el arrojo de buscarlas en la cartelera, de comprar la entrada y ocupar su asiento en la sala; creía ser el único en la ciudad-, había visto ciertas películas, los filmes de André Téchiné y <em>Las noches salvajes</em>, cuyas historias abrían una ventana hacia una experiencia de la homosexualidad. Una vivencia compleja y retorcida, francesa, pero posible al fin y al cabo. Con ese batiburrillo en la cabeza llegué a la universidad.&nbsp;</p>



<p>De mis días en la facultad recuerdo las clases de fonética. Frente a un pequeño micrófono, cada estudiante debía leer un texto en voz alta. La profesora podía interrumpir la lectura en cualquier momento a través de los auriculares, y hacernos repetir alguna frase hasta conseguir de nosotros una pronunciación adecuada (desde aquí le doy las gracias por su paciencia y empeño; se llamaba Emilia). Recuerdo las innumerables vocales del idioma, y también la ortografía y sus emboscadas. El francés presentaba cierta dificultad, aunque su aprendizaje nunca fue arduo. Año tras año, a fuerza de codearme con él, aquel objeto de brillante deseo se convirtió en algo cotidiano. Cuando terminé la carrera, había leído a Balzac, y hablaba la lengua con cierta soltura. Pero no había encontrado lo que esperaba. No me sentía especial. </p>



<p>Cada vez que un francés me pregunta por qué vine a vivir aquí, le hablo de mis estudios universitarios, y de mis ganas de conocer Francia más allá de los libros. A veces menciono a Cyril Collard como el culpable de todo, por añadir algo de novelería. La verdad es más ramplona. Estando en la facultad había descubierto que no hacía falta ser francés para ser gay. En Sevilla también existían bares llenos de hombres. Había conocido a mi primer novio. El aura del idioma se había desvanecido, y las películas vistas en el cine Alameda se me habían olvidado. Pero debía hacer algo con mi vida. Mi tía, que tenía sobre la cómoda un frasco de Paris, de Yves Saint Laurent, dijo: <em>Debe de ser maravilloso vivir en esa ciudad</em>. Maravillosa casualidad: yo tenía una licenciatura en filología francesa. Con mi diploma en el bolsillo, me pareció lógico venir a Francia, me dejé llevar. </p>



<p>Cuando llegué, algunos franceses se burlaban de mí porque hablaba una lengua disecada. Era el francés que había aprendido a través de los libros, un idioma muy alejado del que se habla en la calle. No conocía el argot, y pronunciaba como me habían enseñado en Sevilla, articulando cada sonido con esmero. Después pasaron los años, diez, quince, veinte. Mi forma de hablar se adaptó a las maneras que escuchaba a mi alrededor. Al mismo tiempo, descubrí la relación que los franceses tienen con su lengua. Descubrí que, desde pequeños, los alumnos toman conciencia de la importancia de tener buenas notas en francés, la reina de las asignaturas si uno quiere ser alguien. En este país, dominar el idioma es un marcador social. Aquel que haya aprendido a utilizarlo sin errores tendrá mayores posibilidades de acceder a las esferas donde se deciden los asuntos importantes (sobra precisar a qué categoría socioeconómica pertenecen esos hablantes modelo). Uno termina contagiado por ese afán de perfección. No se trata solo de asimilar la gramática, hay que ser capaz de utilizar la lengua para expresarse con coherencia y donaire, y de hacer juegos de palabras que hagan chispear toda su riqueza. El francés es un tesoro nacional. Ellos lo miman cada día, y a veces se diría que nunca  agotan el placer que les proporciona su posesión. También me pregunto quién se sirve de quién: si nosotros del francés, o si el francés, con todas su belleza y sus ínfulas, de nosotros. </p>



<p>Adenda (enero de 2026). Por suerte, cada vez existen más voces que se oponen a esa sacralización de la lengua, lingüistas, investigadores y, por supuesto, artistas partidarios de romper con la inmovilidad, con la injusticia de un idioma que tanto ha servido para homogeneizar, y también para discriminar. Esta corriente celebra la mutabilidad del francés, su buena salud gracias a la evolución que impone lo que se habla en la calle. Curiosamente, los no nativos podemos ser los más reticentes a aceptar esta visión dinámica. Quizás por el esfuerzo que hemos invertido en estudiarlo, o porque son los que vienen de fuera quienes con mayor ahínco defienden la ilusión de la pureza. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Mi habitación en Sevilla</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Oct 2022 14:57:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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<p>Tengo más de 40 años y una habitación de adolescente en casa de mi madre, en Sevilla, con buena parte de mis libros y objetos. Una habitación muy parecida a la que tenía a los 16 años. Cuando ahogado en complicaciones fantaseo con dejar París y volver a mi cuidad de origen, me doy cuenta de que, en el fondo, no se trata de volver a Sevilla: quiero volver a esa habitación. Me pregunto entonces si es normal ese deseo, que cumplo cada cierto tiempo durante unos días al resguardo de las inclemencias de la vida. ¿Es saludable conservar una habitación propia en casa de los padres? ¿No es más sano eliminar nuestras huellas cuando nos vamos? ¿Dejar allí únicamente los libros de texto del instituto y los apuntes de la facultad? En mi caso la situación va más allá porque mi habitación en Sevilla no solo guarda recuerdos de otra época. La disposición de los objetos y la decoración evolucionan cada vez que paso unos días en ella: una foto de mis abuelos que acabo de hacer enmarcar, una silla robada en una caseta la última Feria, nuevos libros&#8230; Como si de verdad siguiera viviendo allí. Pero no. Vivo en París, mi casa está aquí aunque pase temporadas en Sevilla, en la de mi madre. Es cierto también que tiendo a dramatizar las cosas y a ver dificultades donde no existen. A veces me cuesta encajar las piezas del puzzle de mi vida, dos ciudades, dos trabajos, un novio, una madre, miles de inclinaciones. En esos momentos siento celos de las hijas solteronas o de los mariquitas que quedaban al cuidado de los padres, en sus casas, escapando así al quebradero de cabeza de repartir su presencia entre varias. Mi amiga Maite conserva como yo su habitación en casa de su madre, que, como la mía, vive sola: libros, cartas de exnovios, pósters, algo de ropa&#8230; Ella, emparejada y con un niño, ve la situación con naturalidad. Es normal que los hijos cuiden de los padres, sobre todo si éstos se han quedado solos. La habitación en casa de nuestras madres las reconforta y les hace sentir menos solas, nos decimos. Hemos abandonado el hogar pero dejamos allí una parte de nuestra presencia, un espacio que debe permanecer intacto frente a los cambios inevitables de la vida. Pensamos que así las hacemos felices. Tal vez al mismo tiempo aliviamos nuestra culpabilidad por haberlas abandonado. <em>Me voy pero sigo aquí, contigo</em>. Ellas, por su parte, quizás mantienen con mimo ese espacio con el objetivo (¿inconsciente?) de atarnos. Hay familias que transforman la habitación de los hijos en estudio, en salita o en cuarto de la plancha en cuanto éstos se van. Hay madres que no.  </p>
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