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	<title>Sin categorizar &#8211; Bonjour Séville</title>
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	<description>Un proyecto sobre Sevilla hecho desde París</description>
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	<title>Sin categorizar &#8211; Bonjour Séville</title>
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		<title>diario de un sevillano en París: Ese día les van a dar por c*** a los franceses</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Aug 2025 17:24:10 +0000</pubDate>
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<p>Hace años conocí a una señora que trabajaba en el Instituto Cervantes de París. En aquella época visitaba con frecuencia su biblioteca, que entonces estaba en ese hermoso palacete de la <em>avenue</em> Marceau del que tanto se ha hablado últimamente en los medios de comunicación. Subía a la primera planta por la elegante escalera decorada con molduras y espejos, recorría los estantes en busca de algún libro o CD, me sentaba en la sala de lectura presidida por un busto de Falla, bajo los frescos pintados en el techo. Ella solía estar en el mostrador de la entrada, donde uno pedía información sobre las obras disponibles. Era valenciana, muy habladora. Un día, mientras registraba los libros que yo me llevaba en préstamo, me dijo que le quedaban solo unos meses para jubilarse, y para volver a España. Yo hice algún comentario de circunstancia, ella exclamó: <em>Y ese día les van a dar por culo a los franceses</em>. Sonreí, algo molesto por la contundencia de sus palabras pero sin darles mayor importancia, metí los libros en la bolsa y me despedí. Sin embargo, de vuelta a casa, en la línea 9 del metro, pasaban las estaciones (Miromesnil, Saint-Augustin, Havre-Caumartin) y yo no podía dejar de pensar en lo que acababa de escuchar. La bibliotecaria había acompañado su frase de un gesto de manos seco y obsceno. <em>Y ese día les van a dar por culo a los franceses</em>. Recordé las pequeñas charlas que manteníamos cada vez que yo sacaba algún libro, me había dicho que llevaba muchos años, toda una vida, en París. Esos años estaban a punto de terminar. Para ella, aquel final tenía un sabor dulce, el regreso a España, esperado durante tanto tiempo. Pero también había algo amargo en su actitud, o eso pensé. Desde luego, el tono y el colorido de su frase eran típicamente españoles, los mismos que se manifiestan en tantas situaciones de la vida cotidiana. Y aún así, me dije que también eran los de alguien que espera su revancha. Entonces sentí una especie de vértigo. Concebí todo el tiempo que aquella señora había pasado en Francia, la imaginé relacionándose durante meses y años con gente que, a tenor de sus palabras,&nbsp; deseaba no volver a ver, imaginé la frustración acumulada, incluso el rencor. Sabía que estaba siendo parcial en mi análisis, que también habría pasado buenos momentos en París, quizás sus hijos eran franceses. Pero no podía dejar de escuchar su frase, ni de ver cómo sus manos y su boca se habían contraído al pronunciarla. Me turbaba el tono resentido que había empleado, y la rudeza de lo que en aquel momento, mientras la línea 9 del metro seguía avanzando, me pareció un resumen de su vida, una sentencia.</p>



<p></p>



<p>El pasado 9 de agosto mi madre me llevó por la mañana a la estación de Santa Justa. Después de pasar unas semanas en Sevilla, tenía que coger el tren que me llevaría de vuelta a Francia. Era sábado. A través de la ventanilla del coche desfilaban las grandes avenidas de la ciudad: Luis Montoto, San Francisco Javier. Había muy pocos transeúntes, tan solo personas de cierta edad paseando al perro o desayunando en las terrazas de los bares. Cada vez que el coche se paraba en un semáforo, yo fantaseaba con la idea de decirle a mi madre: <em>Da media vuelta, me quedo aquí, no vuelvo</em>. A medida que avanzábamos rumbo a la estación, me imaginaba viviendo en un pequeño piso de Nervión, en unas circunstancias que no pretendía definir del todo.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>No era la primera vez que me dejaba llevar por una ensoñación así. A veces los años pasados en París se me antojan un paréntesis que algún día tendré que cerrar para comenzar la que será mi verdadera vida. Como si aún no hubiera empezado a vivir, o solo lo hubiera hecho hasta que terminé los estudios y me marché a Francia. Es verdad que las razones que me llevaron a dejar Sevilla siguen siendo un misterio que me cuesta desentrañar. Pero también lo es que el tiempo pasado desde entonces me parece, ciertas mañanas en que la claridad atraviesa mis párpados sin despertarme completamente, el de una existencia que otro hubiera vivido por mí, y que puedo ver proyectada en una pantalla. ¿Era yo quien vivió tres años en aquella <em>rue,</em> con aquel chico inglés? ¿Yo el que paseaba solo junto al Sena, el día de mi 27 cumpleaños? ¿Qué hacía allí? ¿Qué hago aquí? En el coche, camino de Santa Justa, me acordé de la bibliotecaria del Instituto Cervantes. Aparcamos en la entrada de la estación. Justo antes de entrar, como suelo hacer, me volví para decirle adiós a mi madre con la mano.</p>



<p></p>
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		<title>Otoño en Sevilla (III)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 12 Oct 2024 09:47:43 +0000</pubDate>
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<p>Una vez solo, me tumbé en la cama para descansar del largo viaje hasta Sevilla. Aunque mi habitación daba a la calle a través de un hermoso cierre de hierro, me percaté de que ningún sonido provenía de fuera, como si la casa estuviera volcada hacia el interior. Allí, mientras me iba adormeciendo, solo podía oír el revoloteo de los pájaros en el patio y el ir y venir de Sophie a través de las estancias, de modo que, más que en el centro de una ciudad, tenía la sensación de estar en una casa de campo.</p>



<p>&#8211;</p>



<p>Desperté al caer la tarde, algo desorientado por tantas horas de sueño. Cuando bajé a la cocina, Sophie había preparado una ensalada de bacalao, naranja y aceitunas negras. Me tendió una bandeja con dos platos, cubiertos y un poco de pan. <br>-Vamos a comer arriba, es el mejor momento del día. <br>La primera vez que subí a aquella azotea, la luz rosada del atardecer envolvía la ciudad, que se desplegaba a nuestro alrededor erizada de campanarios y espadañas -la de Santa Paula, cuyo tañer sonaba a campanita para niños, parecía quedar al alcance de la mano-. Más allá, cercando el centro histórico, la ciudad moderna elevaba hacia el cielo sus torres de viviendas, las mismas que había visto desde el taxi al llegar a Sevilla, unas horas antes. Recuerdo que el aire era fresco y ligero, más frío de lo que había esperado al decidir viajar a Andalucía. <br>Nos sentamos a comer y, mientras dábamos cuenta de la ensalada, nuestra conversación fluía principalmente gracias a las preguntas que yo hacía. Cuando pregunté a Sophie por el carácter de los habitantes de Sevilla, tras reflexionar unos instantes, ella opinó:<br>-Dicen que es una ciudad alegre, y es cierto que la gente cultiva esa alegría casi como una profesión, incluso en la difícil situación actual, tras la Expo. <br>El cielo se iba poniendo violeta. Sentía cómo el frío, para mi sorpresa, se apoderaba de mi cuerpo con cada vez mayor resolución. Sophie, que no había hecho ningún comentario al verme subir a la azotea en manga corta, me ofreció una pashmina que colgaba del respaldo de una silla, en la cual me envolví agradecido. <br>-Y a pesar de todo, tras dos años viniendo con regularidad, me pregunto cómo se comporta el sevillano en la intimidad de su casa, cuando nadie lo está mirando, concluyó. <br>Miré de nuevo las otras azoteas que, como cajitas abiertas, coronaban los edificios. En una de ellas, un vecino recogía la ropa tendida. Más allá, otro, con los codos apoyados en el alféizar, oteaba la ciudad sin detenerse en detalle alguno -tampoco en mí, cuando nuestras miradas se encontraron-. Vi también a un grupo de niños jugando. Era como si, además de la ciudad a pie de calle, Sevilla comprendiera un segundo plano por encima de las viviendas, menos accesible, más íntimo. Quizás por ello ni Sophie ni yo propusimos salir aquel día. Desde nuestro mirador, la ciudad se nos ofrecía &#8211; y parecía desvelarnos su envés- sin necesidad de pisar sus adoquines. </p>



<p>Más tarde, ya en la cama y con la luz apagada, el silencio que me había sorprendido a la hora de la siesta se vio quebrado por el sonido de los pasos y las conversaciones de los transeúntes que, a aquella hora de la noche, pasaban bajo mi balcón. Podía escucharlos tan cerca que sus pisadas -zapatos de tacón- y sus voces parecían no venir de la calle, sino de dentro de la casa. La ciudad se colaba en ella como una invitada nocturna. ¿Qué hago aquí?, me pregunté fijando la mirada en las sombras del techo. Aunque la velada en la azotea había sido agradable, Sophie no dejaba de ser una extraña, alguien a quien apenas conocía, con toda la incomodidad que tales situaciones me hacían experimentar. Además, acababa de descubrir que la ciudad donde me encontraba se definía por una especie de culto a la alegría, algo que yo ignoraba por completo y que casaba mal con mi proyecto de unos días de sol e indolencia. Sin embargo, antes de quedarme dormido, una peculiar ocurrencia vino a poner cierto orden en aquel mar de incertidumbre. Recordé las veces en que había escrito algo (un artículo, un relato). Solía empezar sin saber exactamente cuál era mi objetivo, qué quería decir, y no era sino una vez avanzado el texto cuando, línea a línea, la idea que lo había motivado comenzaba a perfilarse. Tal vez al cabo de unos días encontrarás, o inventarás, la razón de tu presencia en Sevilla, me dije mientras cerraba los ojos. Incluso la nombrarás, como se hace con el título de un libro.&nbsp;</p>



<p>&#8211;</p>



<p>Los sevillanos iban cargados de bolsas. Solos o acompañados, deambulaban por las calles llevando los artículos que acababan de comprar en las tiendas del centro -comida, ropa, objetos diversos-, que amontonaban en el suelo, como presentes a los pies de un trono, si se sentaban a tomar algo en cualquier bar. Cuando me había levantado aquella mañana, Sophie no estaba en la casa. A través del balcón de mi habitación, empañado por la humedad, observé a los pocos viandantes que transitaban por la estrecha calleja. El cielo y la luz eran de un gris cenizo. Me duché y, atravesando el patio, salí a la calle sin demasiado convencimiento, con la intención de buscar un lugar donde tomarme un café que me arrancara del aturdimiento del sueño. No llevaba mapa, dispuesto como estaba a que mis pasos me guiaran donde quisieran. A pocos metros, divisé la plaza del día anterior -Santa Isabel, decían los pequeños azulejos en una pared-, donde ya estaba abierto <em>La</em> <em>Tórtola</em>, aquel insólito local entre café y casa de comidas. Cuando entré, la televisión colgada sobre un extremo de la barra estaba encendida y, en la pantalla, los invitados al plató de un magacín matutino discutían, a juzgar por la expresión de sus rostros, sobre un asunto polémico. Me acerqué a la barra y pedí un café solo, haciendo uso de un español rudimentario que no pareció sorprender al camarero, de una hosca eficacia. Entonces miré a mi alrededor con discreción, poniendo cuidado, como solía hacer, en no delatar mi curiosidad. Aunque después frecuentaría otros bares como <em>La Tórtola</em>, aquella mañana no pude sino sorprenderme ante tan pintoresco lugar, ante la crudeza del aluminio y el cristal de la barra y los expositores de comida que, bajo la luz de los tubos fluorescentes, servían de marco a una pléyade de fotografías de santos colgadas de la pared. Los escasos clientes formaban pequeñas escenas de vida repartidas por las mesas, algunos charlando en voz baja, otros leyendo el periódico o haciendo un crucigrama, todos respetando aquel ambiente apacible, que solo perturbaba el sonido de las tazas y cucharillas, de la máquina de café y sus soplidos. Yo capturaba aquellos retazos con sigilo. A veces mis ojos coincidían con los de alguien, pero estos se apartaban al momento o se deslizaban hacia otro lado, como buscando algo. Seguí observando los detalles del lugar hasta que reparé en un señor, sentado en una mesa del fondo, que me miraba con atención precavida. Su cabeza sin pelo, cubierta por algunas manchas de la piel, y su bigote cano delataban una edad decididamente avanzada. Llevaba una gabardina beis, cerrada, como si la temperatura del interior del bar no fuera suficiente para calentar su cuerpo. Sobre la mesa reposaban una taza de café humeante, un plato con dos rebanadas de pan tostado y una pequeña botella de aceite de oliva. Esta vez fui yo quien apartó la mirada, incómodo ante una situación que no podía descifrar. Sin embargo, aquella atención, por muy equívoca que fuera, resultaba demasiado sabrosa para no ser paladeada más que una vez, así que, vanidad o flaqueza, volví levemente mis ojos de nuevo hacia aquel desconocido. Él seguía mirándome. Al principio traté de encontrar en mi aspecto elementos que hubieran podido atraer su curiosidad. Quizás algo en mi cuerpo, o en mi atuendo, desentonaba en aquel lugar. Pero tras un baile de furtivas ojeadas entre ambos, me di cuenta de que su interés iba más allá de mi jersey verde o mi físico espigado. Y, bajo la sorpresa que suponía encontrar a otros homosexuales en sitios inesperados, tuve que admitir que aquel señor estaba enviándome una señal. Entonces me di la vuelta, pagué mi café y salí, pasando junto a su mesa pero mirando hacia el suelo. </p>



<p>&#8211;</p>



<p>Gente llevando bolsas de plástico. Aquella mañana y las siguientes paseé por el casco histórico sin un itinerario preconcebido. Recorrí calles peatonales y escuetas plazas, donde me sentaba a observar a los transeúntes si el cielo, entre sol y lluvia, lo permitía. Sevilla era en verdad una ciudad hermosa, aunque caprichosa en la distribución de sus flujos humanos, y también de sus encantos. La soledad más intensa se disolvía, al girar una esquina, en el suave tumulto de la gente que, como en una miniatura impresionista, se entregaba a sus quehaceres cotidianos. Mujeres, hombres y niños ocupados en una multitud de pequeñas tareas que llevar a cabo para que la vida siguiera su curso. Esta alternancia entre calma y actividad, entre vacío y presencia, inducía -incluso al viajero francés que era yo- a un estado de plácido abandono frente a los antojos de la ciudad. Con la cadencia de mis pasos, la inercia que me llevaba a intentar comprenderla se fue poco a poco deshaciendo. Si acaso, y aunque podía entrever alegría en los gestos de dos personas que se encontraban por la calle, o en una carcajada saliendo de una ventana entornada, Sevilla hacía gala, aquellos días, de una especie de hacendosa ocupación, como si sus habitantes presintieran la crisis que se acercaba -que ya había llegado-. Aquellas bolsas de plástico parecían cargadas tanto de la abundancia del 92 como de provisiones que anticiparan un periodo difícil. </p>



<p>Mis paseos se veían interrumpidos con frecuencia por chaparrones fulgurantes, que me obligaban a refugiarme en alguna iglesia. Más que espacios de solemnidad o coquetería, como sucede en París, los templos de Sevilla eran verdaderos joyeros cuyo abigarramiento fuera de toda mesura, poblado por una multitud de personajes esculpidos, invitaba al tú a tú, al andar por casa. En el interior, los fieles charlaban sobre los asuntos de la vida cotidiana o se esmeraban en el cuidado de tan suntuosa decoración. Otras veces, cuando la lluvia comenzaba a caer, entraba en el primer café que encontraba abierto, incluso en El Corte Inglés. Deambulaba por la sección de ropa de caballero fijándome en la actitud de los vendedores, tan apuestos con sus trajes cruzados, en la efusividad que desplegaban al pellizcar la mejilla de un compañero a modo de saludo, en el modo de atusarse la melena, impecablemente peinada hacia atrás. No pensaba demasiado en Pierre, que se me antojaba en otra dimensión de mi vida. ¿Apreciaría él esta ciudad a medio gas?, me preguntaba. Después volvía a la casa a esa hora cuando todo en Sevilla, excepto los bares y la catedral, está cerrado. Allí me entregaba a una breve siesta o subía a la azotea, donde a veces ya estaba Sophie. Las cúpulas de la iglesias brillaban después de la lluvia, y el aire olía a tierra mojada. </p>



<p>&#8211;</p>



<p>Ciertas noches salíamos a cenar a restaurantes que ella conocía, fuera del circuito turístico. Yo le contaba mis impresiones acerca de la ciudad, ella me hablaba de los pormenores del día, o de algún episodio de su vida. Sophie entendía y aceptaba -o así lo interpretaba yo- mi torpeza a la hora de hablar de la mía, de modo que raramente me hacía preguntas al respecto. Sabía que en París había dejado en suspenso una historia de pareja, y que mi viaje a Sevilla tenía algo de evasión. Sabía que era profesor en la universidad, por lo que a finales de octubre podía disfrutar de unos días de vacaciones. Su curiosidad no pedía más. Por eso, después de enumerarle las iglesias y plazas visitadas durante la jornada, ella me hablaba de su pasado, dándome a entender al mismo tiempo que era libre de hacer las preguntas que quisiera. Y cuando mencioné a su hijo mientras cenábamos en un reputado restaurante con mantel de hilo y cubitera con pie para el vino, me confió:</p>



<p>-Luc no me dice <em>mamá.</em> Siempre, desde pequeño, me ha llamado por mi nombre, lo cual no deja de ser lógico. Nunca tuve especial interés en asumir ese papel tan solitario. </p>



<p>Hacia el final del instituto, continuó, había conocido a un estudiante de segundo año de letras. Aquella relación, entre manifestaciones estudiantiles y fiestas en <em>chambres de bonne</em>, terminó cuando él, al saber que Sophie estaba embarazada, se esfumó. Para esconder tan incómoda situación en el seno de una familia de la burguesía normanda, se barajó entonces la posibilidad de organizar un aborto en Inglaterra, opción que ella rechazó sin darle demasiadas vueltas. Era la primera decisión importante que podía tomar por sí misma. Luc creció rodeado por los miembros de su familia materna, que tejieron un entramado protector -para el niño y para ellos mismos, en aquella pequeña ciudad de provincias- en el que Sophie era un eslabón más. Durante los juegos en el jardín de la casa, su madre, que volvía de París los fines de semana, dejando atrás durante unos días las clases en la universidad y las noches de la capital, casi se confundía entre los tíos y tías, incluso entre los primos. Años más tarde, al terminar los estudios y encontrar su primer trabajo, en una empresa de organización de seminarios, se lo llevó a vivir con ella a un pequeño apartamento del distrito 19. La vida en común le ofreció la oportunidad de experimentar una maternidad a tiempo completo, si bien pronto se dio cuenta de que le resultaba difícil desempeñar aquel rol. No es que no sintiera un vínculo especial con su hijo, o que no disfrutara de ciertos momentos de la jornada -recogerlo del colegio cuando salía pronto del trabajo, repasar la lección del día en la cocina-, y se sentía preparada para responder a las obligaciones prácticas de una madre. La verdad era, y así tuvo que reconocer al cabo de un tiempo, que no le apetecía simular sobre él una autoridad en la que no conseguía creer. Por eso en aquel apartamento, a menudo visitado por amigos y vecinos, la jerarquía era un material flexible entre los dos. Si Sophie salía de noche, Luc, que desde niño aprendió la independencia, no se dormía hasta que la oía volver, según le contó mucho tiempo después. Entreabría la puerta de su habitación para cerciorarse de que todo estaba bien y, cuando su madre se había desvestido y desmaquillado, se acercaba hasta su cama para darle un beso de buenas noches, beso que ella le devolvía los días de colegio. Así pasaron los años, la infancia del hijo y la juventud de la madre, luego la adolescencia y la edad adulta, cada uno en un periodo de su vida colindante con el del otro. Él le regalaba cada año un ramo de flores por la <em>Fête des mères</em>, como un juego del que los dos participaban, y que les hacía reír.  </p>



<p>Una noche, después de nuestra cena, Sophie volvió a casa y yo decidí darme un paseo. Como apenas me había traído ropa de abrigo en la maleta, aquel día llevaba puesto un jersey negro de cuello alto que Luc había olvidado en su última visita a Sevilla, y que ahora olía ligeramente a <em>Habit Rouge</em>, el perfume que utilizaba por entonces. Encendí un cigarrillo y empecé a caminar. Cada vez estaba más hecho al vagabundeo que la ciudad pedía a quienes paseaban por ella. Al pasar frente a la fachada de un cine, me paré a observar las llamativas luces de neón que formaban el rótulo con su nombre: Florida. Líneas verdes, rosas y azules componían cada una de las letras, sobre las que caían las ramas de una esquemática palmera, también dibujada con trazos de neón. Cuando bajé la mirada, vi que en la acera, a cada lado del cine, varios muchachos estaban apoyados contra la pared. Las luces de colores los envolvían en un halo casi fantasmagórico, dejando en sombra ciertas partes del rostro, a la vez que ponían en evidencia otros detalles del cuerpo y la ropa -una mano oculta en el bolsillo de unos pantalones vaqueros, una camisa entreabierta, rizos castaños ocultando una oreja. Aquella visión me cogió particularmente desprevenido, ya que durante mi paseo había estado pensando en Luc. ¿Dónde estaría en aquel momento?, me preguntaba. ¿Tenía planeado visitar a su madre en Sevilla durante mi estancia en la ciudad -por supuesto, no me había atrevido a preguntar a Sophie por tal eventualidad-? Los imaginaba a los dos, madre e hijo, en su apartamento del distrito 19, en aquellos lejanos años 70. Me decía que Luc y yo habíamos vivido infancias desacostumbradas, y sentía curiosidad por saber cómo había atravesado él tan insólita situación -Sophie no había abundado en ese aspecto, pero yo lo veía a sus 8 años, con el gesto circunspecto del niño que ya se siente responsable del buen funcionamiento del hogar, así como de la felicidad de su madre-. ¿O estaba proyectando mi propia historia sobre la de alguien que no conocía? Las figuras de la acera apenas se movían. Una de ellas, un chico con una cazadora de cuero marrón, se encendió un cigarrillo con el mechero que otro le tendía. Recordé las palabras de aquel invitado a la cena en casa de la Marquesa, cuando nos habló de los muchachos de Sevilla que esperaban a los turistas a las puertas de los restaurantes. Y había empezado a caminar de nuevo cuando un <em>bonsoir, monsieur</em> en perfecto francés me hizo volverme, tal vez sin querer, para identificar a su emisor. Un muchacho me sonreía desde el marco de una puerta, donde estaba apostado como un santo en su hornacina. Su rostro, el rostro de Esteban, se adivinaba hermoso aunque débilmente iluminado, más incógnita que respuesta. Así lo percibiría tantas veces a partir de aquel día, en la penumbra de las pensiones de Amor de Dios y de otras calles aledañas, que tan bien llegaría a conocer. </p>
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		<title>Flamenco en France</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Sep 2024 20:21:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Flamenco]]></category>
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<p>Cuando llegué a París, después de terminar la universidad, el flamenco estaba de moda en la ciudad. Al menos el baile, que se enseñaba en numerosas escuelas. Existía incluso una tienda, en el barrio de Le Marais, donde era posible comprar los zapatos, trajes, mantoncillos y abanicos que se exhibían en el escaparate. No muy lejos, el cine-restaurante Le latina organizaba todos los lunes una soirée sevillanas que atraía a un abundante público dispuesto a bailar a ritmo de tres por cuatro. Como en la más banal de las historias de emigración, en mis primeros años en París, acercarme al flamenco me procuraba la sensación de estar cerca de Sevilla, aunque solo fuera parándome frente a aquel escaparate de la rue Rambuteau. Creía ser el primer, y el único, emigrante andaluz en la ciudad, por eso sentía una mezcla de sorpresa y perplejidad cuando descubría huellas que demostraban que otros, muchos, habían pasado antes que yo. De hecho, aprendí en breve, París y Andalucía nunca habían estado demasiado lejos. En Le Latina conocí a un curtido bailaor de Sevilla (he olvidado su nombre) que llevaba más de media vida dando clases en París, sin dejar de viajar a Andalucía con cierta regularidad. <em>Para trabajar, París; para vivir, Sevilla</em>, me dijo una noche. Por aquel entonces, un atípico lugar en el distrito 20 de la ciudad ya llevaba largo tiempo cultivando el flamenco con rigor y devoción. Flamenco en France tiene su origen nada menos que en 1979, cuando un grupo de aficionados franceses y españoles, entre los que se encontraban Frédéric Deval y Francisco de la Rosa, así como el fotógrafo René Robert, tuvieron la descabellada idea de crear una asociación flamenca en la capital de Francia. </p>



<span id="more-8397"></span>



<p>Empezaron entonces a organizar recitales y encuentros en diferentes salas de París, incluso en el apartamento de uno de ellos en Montmartre. En aquellos primeros años hubo también reuniones en una cripta de la iglesia de Saint-Eustache, o en el <em>hôtel particulier</em> de Saint-Aignan, de nuevo en Le Marais. Sin un local propio, el objetivo consistía en dar a conocer el flamenco entre el público parisino. Los primeros recitales fueron sufragados por los miembros de su propio bolsillo. </p>



<p>Todo esto me lo cuentan dos mujeres que han formado, o forman, parte de la historia de Flamenco en France: Marie-Catherine Chevrier, presidenta durante 10 años, y Nathalie García Ramos, hoy encargada de su gestión. Las dos insisten en la decisión y el arrojo de los fundadores de la asociación, instigadores de una aventura inédita hasta entonces en París. Y es que, si el flamenco estaba presente en la ciudad ya en el siglo XIX, pocos proyectos se habían caracterizado por tener una programación cuidada y vocación de autenticidad. Pero sigamos con la historia. Tras una época de peregrinación por varias salas de conciertos, Flamenco en France encontró en 1983 la posibilidad de alquilar un local en el passage des Vignoles. Se trataba de un antiguo almacén y fábrica de botones en un pintoresco callejón del París obrero, donde varios artistas y artesanos tenían su taller. En uno de esos talleres, justo al lado de la futura peña, estaba además -está- la sede de la CNT, lugar de encuentro de emigrantes españoles desde los tiempos de la Guerra Civil. Contar con un espacio propio para sus actividades permitiría a la asociación reafirmar su intención de difundir y afianzar la presencia del flamenco en la ciudad. En 1985, después de dos años de reformas y adaptación del espacio -llevadas a cabo por los propios socios-, Flamenco en France abre sus puertas como la primera peña flamenca de París. Toma cuerpo a partir de entonces una programación estable basada en las clases de baile, cante, toque y compás, así como en la celebración de un recital al mes, a cargo de artistas venidos desde España, entre los que estuvieron Farruco (particularmente difícil en sus exigencias, según me cuentan) o José Menese. Hoy, con más de 40 años de historia, la institución ha tejido una tupida red de contactos dentro del mundillo flamenco andaluz, por lo que son muchos los artistas que la visitan con relativa frecuencia.  </p>



<p>Pero, un momento: ¿flamenco en París? A priori -y echando mano de unos cuantos tópicos-, nada más incompatible. El fuego y el hielo, el desgarro y el distanciamiento. Nathalie García me habla entonces de esos socios que empiezan viniendo solos a los conciertos, atraídos por la música de manera espontánea, sin haber tenido ninguna introducción al flamenco. Otros lo hacen tras haber tomado sus primeras lecciones de baile. Algunos, después del recital, prolongan la velada con un vaso de vino -el bar está cerrado durante la actuación- y una charla, incluso con algunos cantes improvisados. El ambiente no difiere entonces demasiado del que se respira en una peña andaluza. </p>



<p>-Pero supongo que el ambiente en la sala en más frío que en Andalucía, señalo. Una parte muy importante de un recital flamenco reside en la participación del público a través de exclamaciones y jaleos hacia los artistas. ¿El parisino sabe en qué momento hay que soltar un olé?</p>



<p> -¿Lo sabes tú por ser de Sevilla?</p>



<p>En ese momento recuerdo el estupendo libro de Gerhard Steingress, <em>Y Carmen se fue a París</em>, esclarecedor estudio sobre el importante papel de la ciudad en la conformación de eso que hoy llamamos flamenco. Steingress saca del olvido a numerosos cantaores, bailaoras y guitarristas que trabajaron en la capital francesa y que idearon formas que atravesaron los Pirineos para, como en un espejo, acabar por incorporarse al repertorio del cante y el baile. ¿Soleá de la Rive gauche? ¿Bulerías de Montmartre? Unos días más tarde, Marie-Catherine me habla de cuando trajo a Pilar López a París. Atravesando uno de los interminables pasillos del metro, la mítica bailarina se marcó unos pasos para comprobar la acústica del lugar. Sin duda, el flamenco siempre ha formado parte de esta ciudad, con épocas de mayor o menor florecimiento. Los barrios de Saint-Denis y de Belleville recibieron desde principios del siglo XX intensas oleadas de emigración española. Resulta fácil imaginar que por las ventanas de sus casas se escaparían en más de una ocasión cantes y palmas. Y qué decir de los numerosos artistas franceses -pintores, fotógrafos, cineastas- que han tomado el flamenco como fuente de inspiración (y que tanto protagonismo tenían en aquella maravillosa exposición, <em><a rel="noreferrer noopener" href="https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/noche-espanola-flamenco-vanguardia-cultura-popular-1865-1936" data-type="URL" data-id="https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/noche-espanola-flamenco-vanguardia-cultura-popular-1865-1936" target="_blank">La noche española</a></em>, que el Reina Sofía organizó en 2008). Por mi parte, aunque en el instituto ya escuchaba a Camarón y a Lole y Manuel, fue en París donde comencé a aplicarme en el estudio y aprecio de las formas del cante. El flamenco, el de verdad, me servía para reforzar mi vínculo con Sevilla -un vínculo que temía perder-, pero sobre todo, me sirvió, con otros elementos variopintos, para confeccionarme el traje de español que, sentía en aquella época, necesitaba para encajar en mi nueva vida. Un traje adornado de algunos tópicos, como no podía ser de otro modo. Y aun así, un traje que fabriqué con toda la sinceridad de la que era capaz. En la <em>chambre de bonne</em> que una familia de la gran burguesía francesa me alquilaba en el distrito 8, escuchaba los cantes con aplicación, decidido a ser capaz de reconocer la diferencia entre una seguiriya y una soleá, entre el cante de Triana y el de Jerez. Llegué a alcanzar cierto nivel de conocimiento en la materia -que aun poseo, quiero creer- y, cuanto más profundizaba, mayor era el disfrute y la emoción, y mayor también el agrado que aquella imagen de mí mismo me procuraba. No siempre nuestros gustos nos eligen; a menudo somos nosotros quienes los buscamos, como se busca una camisa que nos quede bien. </p>



<p>Sea como fuere, de las <em>espagnolades</em> y los espectáculos con castañuelas y mantillas tan al gusto del francés, presentes en los escenarios parisinos durante décadas, hoy la actividad flamenca de la ciudad se define por la vanguardia de los artistas que copan el cartel de las dos bienales existentes (una en el teatro de Chaillot, otra en el de la Villette) o que actúan a lo largo del año, cuyas propuestas consiguen la adhesión del público. Voraz consumidor de las últimas tendencias, al parisino le gusta verse como adalid de la ruptura y la modernidad. Quizás por ello el flamenco heterodoxo tenga menos predicamento en los escenarios de la ciudad. Ahí es precisamente donde la labor de Flamenco en France adquiere todo su valor en un lugar como este: sin renegar de la vanguardia, la peña siempre se ha esmerado en poner el foco en las formas tradicionales del flamenco. </p>



<p>Nathalie termina:</p>



<p>-Cuando vienen la primera vez, muchos artistas españoles no saben dónde van a actuar, si en una sala de conciertos, en un tablao&#8230; Suelen quedarse sorprendidos de que un lugar como Flamenco en France exista en París. La mayoría elogian el silencio durante el recital, el respeto del público, algo menos frecuente, al parecer, en las peñas de España&#8230;</p>



<p>Flamenco en France tiene hoy 400 socios y ha conseguido que el Ayuntamiento de París se haga con la propiedad del local, garantizando así un alquiler justo y razonable, lejos de los obscenos precios que se manejan en el mercado inmobiliario de la ciudad. </p>



<p><a href="https://www.flamencoenfrance.fr">www.flamencoenfrance.fr</a></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/08160ADA-B00B-43D4-97A4-2688021C8B79-1.heic" alt="" class="wp-image-8398"/></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-8402" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



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		<title>Otoño en Sevilla (I)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 31 Aug 2024 06:43:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categorizar]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Decidí viajar a Sevilla por pura casualidad. Aquel año, 1993, el cielo de París se había cubierto de gris desde principios de octubre, como un reflejo de mi relación con Pierre. ¿Adónde podía huir? ¿Dónde encontrar algo de luz? Claire me había invitado a su&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/un-otono-sevillano-i/">Leer más</a></p>
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<p>Decidí viajar a Sevilla por pura casualidad. Aquel año, 1993, el cielo de París se había cubierto de gris desde principios de octubre, como un reflejo de mi relación con Pierre. ¿Adónde podía huir? ¿Dónde encontrar algo de luz? Claire me había invitado a su casa de Menton pero la Costa Azul, después del catastrófico verano con Pierre, no me inspiraba otra cosa que no fuera desesperanza. Tampoco Tánger y sus noches frente a las costas españolas conseguían atraerme. Por el contrario, después de la Exposición universal del año anterior, me dije, tal vez Sevilla atravesaría una suerte de resaca, de desconcierto soleado que encajaría en el vaporoso estado de ánimo por el que yo transitaba desde hacía algún tiempo. La ciudad encaraba un nuevo ciclo tras la exaltación de 1992, y la idea de visitarla revoloteaba por mi cabeza sin posarse definitivamente.&nbsp;</p>



<span id="more-8139"></span>



<p>Una noche, durante una de las cenas que la Marquesa organizaba en su apartamento, alguien dijo que acababa de regresar después de pasar unos días en la capital de Andalucía. Ante la curiosidad de nuestro anfitrión, sorprendido ante la elección de tan inesperado destino -para él, el sur terminaba en Nápoles, y volvía a empezar al otro lado del Mediterráneo-, aquel invitado nos informó del peculiar ambiente, propio de un <em>lendemain de fête</em>, que había encontrado en sus paseos por la ciudad. Nos habló además, y esto sí hizo relamerse a la Marquesa y a los otros invitados, de todos aquellos jóvenes -a veces jovencísimos- sevillanos que, habiendo perdido su puesto de trabajo tras el final de la Exposición, ofrecían sus servicios a los turistas a las puertas de los tablaos y las salas de fiestas. Yo escuchaba distraído, sin demasiado interés, las risas y jugosos comentarios de los comensales. Aquella información no iba a hacer que me decantara por Sevilla en mi búsqueda de cielos más clementes. De hecho, hacía tiempo que había dejado de acercarme a los muchachos -casi de mirarlos-, concretamente desde el día, unos años antes, cuando fui consciente de que ellos ya percibían una diferencia de edad que yo aun no había asimilado del todo. Tenía 45 años, y si entonces la edad no era motivo de recelo en aquel ambiente homosexual previo a la llegada de Internet, tampoco se había convertido todavía en un consumible más en el mercadeo de la carne. Poco a poco, casi sin darme cuenta, había ido desarrollando una especie de temerosa cautela, cuyo fin era protegerme de un más que probable rechazo, me decía, si alguna vez me lanzaba a cortejar a un veinteañero. Por supuesto, en aquella actitud latían buenas dosis de mi orgullosa timidez -que no concebía pagar por la compañía de un muchacho, como sugería aquel invitado a la cena en casa de la Marquesa. Prefería renunciar a la posibilidad de gozar de la cara y del cuerpo de un cervatillo si eso iba a evitar que me pusiera en evidencia. Por eso en los bares de ambiente, donde las generaciones convivían entonces sin exigirse nada, dirigía la atención sobre todo hacia los hombres de mi edad y, en mis clases de la universidad, miraba a los alumnos como se mira a los ángeles. No quería parecerme a la señora Stone, el personaje de Tennessee Williams descubierto de adolescente en el cine club del instituto que, en aquel momento de mi vida, volvía a mí en los ratos de desasosiego. Dicho esto, debo señalar que nunca fui un adorador de efebos. Los jóvenes poseían un envoltorio lustroso -¿lo había poseído yo alguna vez?- pero, a medida que la edad me alejaba de ellos, había empezado a desconfiar de él, de ese espejismo que tantas veces no es sino la proyección de un fantasma. <br>Y a pesar de todo, a pesar de la confortable distancia de seguridad que había establecido entre los muchachos y mi deseo, sabía que aquella no era la mejor forma de resolver un desajuste que iba más allá del ámbito de la seducción, que atañía -cómo negarlo- a mi destreza frente a la vida. Sea como fuere, Sevilla iba a desbaratar todas mis ridículas precauciones.</p>



<p></p>



<p>Una voz rompió mi cavilación. Sophie, la única mujer presente en aquella velada, comentaba desde el otro lado de la mesa que poseía una casa en Sevilla, comprada hacía un año de forma totalmente inesperada. Se trataba de una antigua construcción de dos plantas, con patio y azotea, en el barrio que llamaban de Santa Paula, junto al monasterio del mismo nombre. Mientras hablaba, me miraba con especial intensidad, o así me pareció. Por entonces apenas nos conocíamos, ya que solo habíamos coincidido en un par de cenas de amigos en común, durante las cuales, sin demasiado tiempo para afianzar una intimidad, habíamos tenido la oportunidad de apreciar cierta sintonía entre ambos. Aquella noche los dos dejamos el apartamento de la Marquesa al mismo tiempo. En el minúsculo ascensor de madera, mientras las plantas del edificio desfilaban a través de las dos ventanitas de cristal tallado, ella cerraba su abrigo y yo sacaba un cigarrillo de mi chaqueta en el más absotulo silencio. De repente, la luz se apagó y el ascensor se detuvo con un golpe seco, quedando colgado sobre el vacío. Sophie encendió entonces un mechero y me tendió la llama -el viejo ascensor había conservado un pequeño cenicero adosado a uno de los paneles de madera que conformaban el elegante habitáculo. Cuando la oscuridad nos envolvió de nuevo, me dijo:<br>-Me han dicho que tienes en mente pasar unos días en Sevilla.&nbsp;<br>Aquellas palabras no podían sorprenderme. Había compartido con varios invitados mi proyecto, aun vago, de visitar la ciudad. Me limité a aspirar por la boquilla del cigarrillo, haciendo que la pequeña brasa en el otro extremo se encendiera como un satélite en el cielo de la noche.&nbsp;<br>-Me parece una buena forma de alejarte por un tiempo de Pierre, añadió.&nbsp;<br>Escuchar su nombre de improvisto, en aquel insólito lugar, me dejó perplejo. Fue como si la sucesión de escabrosas escenas que habían marcado nuestra relación -incluida la discusión en aquel restaurante- se inmiscuyera dentro del ascensor. Ella sabía y, además de un resabio de vergüenza por una historia que se me antojaba opuesta a la transparente inocuidad de las existencias ajenas, me incomodó que Pierre, perteneciente a otro compartimento de mi vida, estuviera presente entre nosotros en aquel momento. Me dije que probablemente alguien había informado a Sophie, sin ningún tipo de malicia, sobre nuestras escaramuzas de los últimos meses.&nbsp;<br>-Puede ser, dije.&nbsp;<br>La luz se encendió y el ascensor se puso en marcha con un respingo. De forma instintiva, por miedo a caer, me agarré de su brazo. Ella cogió la mano que había pasado por el interior de su codo y me miró con sus ojos perfilafos de negro -éramos casi de la misma estatura.&nbsp;<br>-El patio de mi casa en Sevilla parece un jardín prehistórico, dijo pausadamente, mientras el ascensor descendía. Después de años de abandono, las plantas lo han invadido como animales monstruosos, por eso en algunas partes tengo que apartar ramas y guirnaldas de flores para atraversarlo. Como la cancela que da a la calle no cierra del todo bien, a veces me encuentro a algún vecino curioseando entre las enormes hojas. Quieren saber quién ha terminado por comprar esa casa olvidada, insisten en que debo cortar las plantas, adecentar un poco el patio.&nbsp;<br>Sophie sonrió y apretó ligeramente mi mano, aun imbricada en su antebrazo.&nbsp;<br>-Voy a pasar allí las vacaciones de la Toussaint, a finales de mes. Estás invitado, por supuesto. La casa está medio en ruinas, pero es suficientemente grande para no tener que frecuentarnos más de lo necesario, y Sevilla, es verdad, atraviesa un ensimismamiento muy agradable.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>Cuando llegué a casa, la lucecita del contestador automático parpadeaba. Tenía un mensaje de mi madre, en el que expresaba su preocupación por no haber tenido noticas mías en varios días. Al cabo de unos segundos, apagué la grabación.</p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Cena entre parisinos, cena entre sevillanos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 19 Dec 2023 07:50:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categorizar]]></category>
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<p>Durante una época organicé frecuentes cenas en el apartamento de París donde vivía con mi novio de entonces. Casi siempre invitábamos a sus amigos (franceses); a los míos (españoles) solíamos verlos en bares y fiestas. La cita era normalmente un viernes o un sábado por la noche, rara vez entre semana. Sobre las 7 y media empezaban a llegar los invitados, trayendo consigo una botella de vino, un ramo de flores, tal vez bombones o algún queso (hace poco escuchaba a un gurú de los buenos modales, de esos que menudean en Francia, decir que no es apropiado llevar vino cuando se está invitado a cenar, ya que obligamos al anfitrión a abrir nuestra botella, desbaratándole así el maridaje que él tenía previsto). Sin embargo, lo que empezó siendo una ocasión estimulante, un momento de evasión luego de una semana de trabajo, se volvió, por repetido y previsible, un hábito algo fastidioso. Y es que las cenas entre franceses, lo aprendí entonces, deben respetar una lista de pautas que nadie ha cuestionado jamás (por este orden, aperitivo en el sofá, cena propiamente dicha alrededor de la mesa, quesos, ensalada, postre, digestivo e infusión de nuevo en el sofá). </p>



<p>Recuerdo el cansancio producido por aquellos encuentros que me parecían formateados, interminables, cansancio sin duda aguijoneado por mi falta de costumbre (y por mi aversión social genética), habiendo yo crecido en una sociedad más proclive a la improvisación -o así lo creía entonces. Además las cenas en casa se producían con demasiada frecuencia para mí, a veces hasta tres cada mes. El caso es que el otro día encontré por casualidad mi diario de entonces, en el que consigné algunos pormenores de aquellas veladas, como el nombre de los invitados, lo que cada uno llevaba puesto, los platos servidos y, sobre todo, los temas de conversación abordados. Leyendo esas páginas, me doy cuenta de que existían asuntos invariablemente repetidos de una cena a otra. Y tomo conciencia también de lo poco que han cambiado éstos a lo largo del tiempo. Hoy, casi 15 años después, escucho los mismos temas alrededor de la mesa cuando estoy invitado a alguna cena con parisinos, o cuando la organizo yo mismo en casa (cosa que sucede raramente, para solaz mío y disgusto de mi novio actual, al que le encantaría recibir con mucha más frecuencia de la que solemos), como si no hubiera pasado el tiempo y esta ciudad impusiera su santa voluntad a los que viven en ella. ¿De qué hablan los parisinos cuando se reúnen para cenar juntos? </p>



<p>En primer lugar, de la propia París. La ciudad es el tema central e inagotable de cualquier encuentro y da pie a varios apartados, siendo quizás el más jugoso la oposición entre vivir en París <em>intramuros</em>, esto es, dentro de la circunvalación que delimita la ciudad y sus veinte distritos, o mudarse a las afueras. Ambas opciones cuentan con partidarios dispuestos a defender su posición utilizando un arsenal de razones imbatibles. Yo, que pertenezco al grupo de los que no conciben vivir en la periferia (en la <em>banlieue</em>, como se dice en francés), justifico mi postura explicando que, una vez tomada la decisión de venir a buscarse la vida en la capital de Francia, no tiene sentido instalarse en las afueras. <em>Para eso me voy a una ciudad de provincias, o me vuelvo a España</em>, señalo. Prosigo mi alegato apelando a la inmarchitable excitación, repetida cada mañana, de levantarme sabiendo que vivo en París, <em>dentro</em> de París, no en alguno de los pueblos de los alrededores. La circunvalación, <em>le périphérique</em>, constituye para mí una barrera psicológica que no estoy dispuesto a traspasar. Por su parte, los que han decidido irse a las afueras, a menudo empujados por el proyecto de tener hijos, subrayan la diferencia de precio del metro cuadrado a un lado y a otro de la circunvalación. Se trata de un argumento indiscutible: vivir en París resulta más caro que hacerlo en la periferia. La <em>banlieue</em>, sostienen, ofrece lo mismo que París, solo que con menos muchedumbre, menos estrés, más espacio. <em>Yo no podría vivir en 60 metros cuadrados en París, no podría pagarlo</em>.<em> Además, con el tren me planto en 30 minutos en el centro de la ciudad</em>, concluyen. La conversación ha derivado así, de forma natural, hacia otro gran centro de interés del parisino: el precio de la vivienda en la ciudad y alrededores. En un lugar sometido a una presión demográfica excepcional (París es la ciudad con mayor densidad de población de toda Europa), se trata de un tema que nunca deja de estar en el candelero. ¿Cuáles son los distritos más baratos para alquilar o comprar un apartamento? ¿Cuáles son las previsiones en lo que respecta al mercado inmobiliario? La ley del dinero se cuela y recorre las charlas de manera inevitable. A medida que voy leyendo mi antiguo diario -sorprendido, como dije antes, por lo poco que la conversación entre parisinos ha cambiado desde entonces-, no puedo evitar hacer una comparación con Sevilla. Partiendo del hecho de que allí es mucho menos frecuente organizar cenas en casa, siendo la calle el lugar de encuentro por excelencia, sorprende que la ciudad no ocupe más tiempo como tema de conversación. Qué poco hablan de Sevilla los sevillanos, a pesar de los tópicos que nos pintan empavonados respecto a nuestra ciudad, me digo -es verdad que, de un tiempo a esta parte, la mutación de la ciudad provocada por el impacto del turismo hace que cada vez hablemos más de ella. Por su parte, el parisino te recibe en casa, pero se muestra más inclinado a mirar hacia afuera, a hablar de la urbe que palpita del otro lado de la ventana. </p>



<p>Otro asunto recurrente en las conversaciones entre parisinos es el tema del trabajo, insoslayable en cualquier reunión, proveedor de largas conversaciones durante las veladas. Si mal no recuerdo, hasta hace poco la pregunta <em>¿En qué trabajas?</em> no formaba parte del repertorio usual de la sociabilidad andaluza -hoy se escucha cada vez más: el signo de los tiempos. La vertiente laboral y económica de la vida no entraba en las charlas mantenidas durante los momentos de asueto, como si se tratara de algo pesado e impuro (en este sentido, recuerdo, durante mis primeros años en Francia, cómo me sorprendía que me preguntaran por el tejido industrial de Sevilla, o por el nivel de vida de sus habitantes: <em>¿De qué vive la gente allí?, ¿cuáles son los sectores principales?</em>). Por el contrario, <em>¿Cómo están tus padres?</em> es una fórmula repetida con frecuencia entre sevillanos. Tal vez los límites de la intimidad ocupan diferentes posiciones en cada país, y lo que es público (el trabajo) se considera aburrido en Sevilla, mientras que lo íntimo (la familia) resulta delicado en Francia. Sea como fuere, el mundo laboral, con su inmensa dosis de estrés y de frustración en París, desemboca a menudo en otro tema de peso: las vacaciones. El parisino tiene constantemente la vista puesta en la próxima escapada, en ese momento cuando podrá abandonar la ciudad por unos días, o unas semanas. En las charlas se da por supuesto que todos vamos a irnos de viaje próximamente -o lo hemos hecho recientemente-, aunque solo sea durante un <em>weekend</em>. <em>¿Dónde has estado estos últimos tiempos?</em>, te preguntan. Sin duda el francés siempre ha viajado más que español, por cuestiones de orden económico, y también cultural, y esa querencia por el viaje se acentúa en París, donde unas condiciones de vida particularmente estresantes hacen necesario escapar de la ciudad tan a menudo como sea posible para respirar un poco. Por su parte, el sevillano no siente esa necesidad de salir de Sevilla (¿o no puede permitírsela?). </p>



<p>Estas pinceladas recogidas al azar no tienen en cuenta la que tal vez sea la diferencia más importante entre las conversaciones entre parisinos y sevillanos: la forma de hablar, de gestionar una conversación, de participar en ella. Más allá de los temas abordados, es la manera de regular el fluir de una charla la que distingue las interacciones sociales a ambos lados de los Pirineos. Pero ese análisis requiere una agudeza de la que este sevillano carece, al menos por el momento. Quizás al leer este texto dentro de 15 años me sienta capaz de avanzar alguna hipótesis a ese respecto. </p>
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		<title>Libreros de Sevilla: Antonio Bosch</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Oct 2023 16:24:07 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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<p>Mi experiencia de Sevilla es particular. Me crié en la ciudad, estudié en su Universidad y después la abandoné para instalarme en París. A pesar de que vuelvo a ella con frecuencia durante varios días, sigo su actualidad desde la distancia, a través de la prensa, de conversaciones telefónicas. Mi visión está compuesta de diversos materiales, algunos recogidos en mis estancias, o guardados en mis recuerdos, otros moldeados a partir de lo leído y escuchado desde Francia. Sin duda se trata de una imagen sincopada, llena de interferencias. Sevilla me llega desde lejos, yo debo ir acomodando en mis esquemas mentales la información que recibo, la evolución de la ciudad, sus problemas y conflictos. De un tiempo a esta parte el cuadro resulta bastante descorazonador: librerías que mueren, el Festival de Cine anulado, el Lope de Vega cerrado, Halloween, los Grammy latinos, Canal Sur, el fútbol&#8230; El casco histórico devorado por la fábrica del turismo -eso sí lo sufro durante mis visitas. Abrumado por este panorama, tal vez dramatizando en exceso, el esnob colmado de privilegios que soy enumera entonces los lugares en los que, cual refugios, guarecerme de la fea deriva por la que se desliza la ciudad: la casa de mi madre, sin duda; el ático de mi amigo Pablo; algunos bares; las librerías, por supuesto; ciertas iglesias; los talleres de artesanía. El taller de la sombrerera Patricia Buffuna, donde hoy me encuentro. </p>



<p>En el barrio de San Julián, este hermoso espacio hace convivir con gracia una sombrerería con una librería de viejo, cuyas estanterías alcanzan el techo. Hoy vengo a charlar con Antonio, el otro ocupante del lugar, librero de olfato exquisito y perfil bajo, el gran hombre detrás de una gran mujer. «Antonio es mejor sombrerero que yo», reconoce Patricia sin complejos. «Él es muy manual, tiene mucha técnica». Hace tiempo que comprendí que los dos, Patricia y Antonio, son como esos personajes de los juegos de cartas (reina, rey, paje, caballero) desdoblados en dos mitades iguales, dos cabezas, cuatro brazos, cada uno orientado a uno de los extremos del naipe. No por compartir rasgos de personalidad, sino porque uno va descubriendo que en ellos el oficio de librero y el de sombrerera se diluyen en una frontera porosa, hasta el punto de percibir un decidido paladar literario en Patricia y una destreza manual firme y precisa en Antonio. La entrevista fijada con él se convierte así de forma natural en una conversación a tres, sentados frente el gran espejo que preside el taller. Afortunadamente tengo delante a una pareja en las antípodas de cualquier modelo caduco, tedioso. Se diría que se trata más bien de dos colegas unidos por afinidades estéticas, y éticas, embarcados de la mano en el descubrimiento y la experimentación. «Nuestra historia se fraguó en las librerías, concretamente en las que estaban en el barrio de Santa Cruz: Renacimiento, Trueque, regentada por la madre de Patricia, y Antonio Castro. Los dos pertenecíamos a aquel círculo desaparecido por completo, inconcebible hoy en día. Yo viví los últimos coletazos de una Sevilla que ya ha muerto, divertida, de precios asequibles», recuerda Antonio, nacido en Valencia. </p>



<p><strong>Trabajaste varios años como fotógrafo antes de trasladarte a Sevilla.</strong></p>



<p>Sí, en Valencia era fotógrafo, de publicidad, de eventos&#8230; En Sevilla entré en contacto con el mundo del libro antiguo y me gustó. Siempre me ha atraído lo añejo, los objetos de antaño, el buen hacer a la hora de confeccionarlos, la calidad de los materiales. También me encanta el papel, la impresión. Supongo que todos esos elementos, esa querencia, me llevaron al libro de viejo. Quizás lo haya heredado de mi familia, donde también existe aprecio por las cosas de otras épocas. De niño pasaba los veranos con mi abuela, que tenía una pequeña pinacoteca en su casa de Jávea, además de algunas antigüedades. Tuve una infancia bastante libre, a mi aire. </p>



<p><strong>Las infancias solitarias son propicias a la lectura.</strong></p>



<p>No tuve una niñez especialmente solitaria, sí libre, sin demasiadas normas, quizás bohemia. Creo que empecé a leer porque en mi casa se leía mucho. Yo comencé por la poesía, que me encantaba.</p>



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<p></p>



<p><strong>Un librero debe leer mucho, ¿no?</strong></p>



<p>En principio, debería. Sin embargo son pocos los que cumplen ese precepto. Pasamos mucho tiempo manejando libros y al terminar la jornada apetece tener otra cosa entre las manos. Yo leo sobre todo en vacaciones. Con todo, pienso que el tiempo dedicado a la lectura fluctúa mucho a lo largo de la vida, como el dedicado a salir, a hacer deporte, a buscar el contacto humano. </p>



<p>«De todas formas, el mundillo del libro antiguo difiere mucho del nuevo», interviene Patricia. «Ellos no compran pensando en leer, ni en revender, compran para poseer el objeto libro. El placer está en la búsqueda, en el rastreo o en el descubrimiento fortuito de nuevos hallazgos. Y en la acumulación también. El libro se convierte en una especie de fetiche, de trofeo que se venera».</p>



<p><strong>Un fetiche está cargado de poder.</strong></p>



<p>Suelo comprar lotes de libros puestos en venta por alguna familia, por ejemplo tras un fallecimiento. La transacción reviste cierto nivel de intimidad porque se trata de objetos que han acompañado horas de lectura, de reflexiones y emoción. Hojear los libros y encontrar notas, frases subrayadas, páginas marcadas, alguna mancha, produce a veces la sensación de penetrar en el pensamiento o en la afectividad de esa persona. En ese sentido, algunos ejemplares parecen estar llenos de vida, casi podrían hablar a través de la rugosidad del papel, del olor, hasta del suave crujir que emiten al abrirlos. A veces encuentro incluso algún papelito inserto entre las páginas con una frase garabateada. Uno se pregunta por qué tal frase llamó la atención del lector en aquel momento, por qué decidió marcarla, con qué intención. ¿Para poder encontrarla más tarde? ¿Para hacer suyo el texto a través del subrayado? Por esta razón  nunca revelo el origen de mis compras, en qué casa he comprado tal o cual libro. Es una cuestión de respeto al acto tan íntimo de leer, y al de desprenderse del libro en cuestión una vez terminada su lectura.  </p>



<p><strong>Entonces una biblioteca habla de la persona que la ha constituido a lo largo de los años.</strong></p>



<p>Por supuesto. Según mi experiencia, las buenas bibliotecas suelen ser obra de gente encantadora y educada. También se producen casos extraños de magníficas colecciones constituidas por personas que no han leído uno solo de los libros que las componen. Con los años desarrollan un olfato certero a la hora de añadir nuevos títulos, compensando cualquier exceso, tapando las carencias como se llenan los huecos de un puzzle. Es un juego que ocupa toda una vida y que, además, otorga prestigio. En el otro extremo, hace poco un catedrático de la Universidad me ha regalado un lote de libros de su época de estudiante. Este señor creció en el seno de una familia humilde, imagino que la compra de aquellos manuales para la facultad supuso un gasto considerable. Por eso, los libros están todos primorosamente forrados, como objetos de valor, y los subrayados parecen hechos con suma delicadeza, casi rozando el papel. </p>



<p>Patricia: «Si formar una buena biblioteca se ha considerado siempre la obra, el reflejo de las diferentes etapas de una vida, me pregunto qué ocupa hoy ese papel. ¿Las publicaciones en Instagram?»</p>



<p><strong>Precisamente, ¿cómo es vuestra biblioteca personal?</strong></p>



<p>Tenemos pocos libros en casa, por falta de espacio. Además somos bastante anárquicos. </p>



<p>Patricia vuelve a intervenir para hablar de su pasión, ya algo desteñida, por Bolaño, de su preferencia por la literatura anglosajona, de su dificultad a la hora de leer poesía (excepto a Gil de Biedma). «Antonio habla mucho mejor que yo, por eso entiende tan bien la poesía», sentencia. Pero Antonio no está de acuerdo y los dos saborean entonces una chispeante discusión por saber quién tiene más vocabulario, quién maneja la gramática con mayor precisión, se interrumpen, se expresan con atropello, por un momento ajenos a mi presencia. Patricia me aclara: «A mí me interesan las historias, yo busco personajes y situaciones. El estilo está en segundo plano. Después me obsesiono por un autor y me sumerjo en su biografía y en su obra hasta lo más hondo. Tal vez por romanticismo, porque vivimos de prestado las vidas de otros, o quizás porque esas vidas añaden textura a la nuestra, que a menudo se queda tan corta». Sentado ante el gran espejo del taller, aprovecho esta reflexión de Patricia para confesar que últimamente solo me apetece estar tumbado con un libro abierto entre las manos, vía perfecta para dar esquinazo a esta rutina que cada día nos lastra, al contacto humano que tan agotador puede llegar a ser. Leer para huir, y en la escapada encontrar más vida, darle a la existencia una densidad de la que carecía. Antonio me muestra entonces algunos libros especiales: una edición del Quijote de 1900, una vida de Napoleón de 1907, un atlas de anatomía francés bellamente ilustrado.</p>



<p><strong>¿Y quién compra este tipo de libros en Sevilla?</strong></p>



<p>Aquí ha habido muy buenos bibliófilos, aunque actualmente quedan pocos. La edad media de los compradores ha subido mucho, algunos han muerto, o han completado su colección, o tienen menos espacio. El caso es que hay pocos jóvenes en el sector. </p>



<p>¿Una ciudad tan orientada al pasado como esta, tan apegada a las esencias, no tendría que mostrar una sensibilidad particular por el libro antiguo?, me pregunto mientras hojeo los ejemplares que Antonio me pasa. ¿No debería existir en Sevilla una floreciente red de librerías de viejo -o de lance, término poético donde los haya (¿lance de negociar la compra-venta?, ¿de desprenderse de los libros?)? Pienso entonces que la tendencia de Sevilla hacia la tradición se limita quizás a los objetos de adorno (doméstico, religioso, personal, folclórico), al placer estético, dejando el intelectual en segundo plano. Sevilla, ciudad del ojo que mira, que se deleita en la imagen. Pero la belleza del libro antiguo se reparte entre el continente, con esas hermosas ediciones, y el contenido, entre exterior e interior. Y me viene al recuerdo la divisa que la pareja formada por Patricia y Antonio, la sombrerera y el librero, han utilizado en su aventura en común: <em>Antes la cabeza que el sombrero</em>. ¿La ciudad invierte más en el segundo que en la primera? Antonio parece leerme la mente: «No olvidemos que este tipo de ejemplares tienen una enorme carga decorativa. De hecho, he llegado a vender colecciones enteras solo porque el color de la encuadernación encajaba en el salón de alguna casa de postín. El libro tiene esa doble vertiente. A mí encantan ciertas ediciones antiguas, sumamente sobrias y elegantes, por ejemplo las de Oxford University Press de los años 40 o 50. Otra vez la belleza, la excepcionalidad del objeto, como decíamos antes». </p>



<p><strong>¿Entonces un libro antiguo es un mero objeto decorativo? ¿Ya no puede desempeñar su función original?</strong></p>



<p>Claro que puede. El libro es longevo por naturaleza, puede prestar servicio durante años. Uno puede leerlos siglos después de su publicación. Instagram morirá, el libro permanecerá. </p>



<p><a href="https://www.instagram.com/libreria_sombrereria/?hl=es">@libreria_sombrereria </a></p>



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		<title>Libreros de Sevilla: Boteros</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 13 Feb 2022 11:07:34 +0000</pubDate>
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<p>El otro día alguien me lo dijo y no le faltaba razón:<em> No sé cómo esa librería puede mantenerse ahí</em>. Es cierto que la librería Boteros, en una esquina de la calle del mismo nombre, ocupa un lugar privilegiado en el centro de la ciudad y resiste heroicamente a la turistización salvaje de toda la zona. Su bonito escaparate llama la atención cada vez que se pasa por delante y redime en cierto sentido la fealdad de los negocios que lo rodean. Uno se dice que quizás hay esperanza para esta Sevilla inmolada en el altar del turismo y el beneficio. «Tener una librería requiere hacer bastantes sacrificios. Las que se mantienen o tienen el local en propiedad o tienen un alquiler bajo. Desgraciadamente es la única forma de sobrevivir. Lo mío es algo diferente porque se trata de un proyecto vital». Daniel Cruz estudió Filosofía y empezó a escribir una tesis en Sociología. Las obligaciones familiares le llevaron sin embargo a buscar una forma de vida más estable. «Ahí reapareció mi viejo anhelo de abrir una librería. Como por un juego del destino, casi sin buscar encontré este local, del que me enamoré instantáneamente y que resultaba asequible para mis posibilidades».</p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="576" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/E12EF513-13B2-46EB-BC50-34419F386FA4-576x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-6024" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/E12EF513-13B2-46EB-BC50-34419F386FA4-576x1024.jpeg 576w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/E12EF513-13B2-46EB-BC50-34419F386FA4-169x300.jpeg 169w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/E12EF513-13B2-46EB-BC50-34419F386FA4-768x1365.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/E12EF513-13B2-46EB-BC50-34419F386FA4.jpeg 828w" sizes="(max-width: 576px) 100vw, 576px" /></figure></div>



<p></p>



<p>Una mañana de verano visito esta librería de segunda mano. Sentados en un sofá y en varias sillas, algunos habituales mantienen una animada tertulia, bajo la que se oyen los acordes de una sonata barroca. Daniel, el propietario del lugar, atiende a los clientes sin dejar de participar en la conversación, que fluye sin un ápice de decaimiento. «Ellos son parroquianos, gente del barrio y conocidos que suelen reunirse de forma espontánea y que dan mucha vida a la librería. Algunos me han acompañado desde el principio».</p>



<p><strong>¿Cómo empezó el proyecto?</strong></p>



<p>En 2014 di con este local y decidí lanzarme a la piscina. Esto había sido una sastrería durante 40 años. Le hice una pequeñísima reforma para dejarlo diáfano y abrí la librería con el propósito de hacer de ella un lugar de vida. Ese siempre ha sido mi objetivo: disfrutar del espacio y del trato con los clientes. Nunca he pretendido ganar dinero con esto, no se trata de un proyecto empresarial. Yo solo busco conciliar mi vida personal con la profesional y poder mantenerme.</p>



<p><strong>Abrir una librería de segunda mano en Sevilla en 2014: ¿una osadía?</strong></p>



<p>Puede parecer un poco temerario pero, al mismo tiempo, es un tipo de librería que funciona cada vez mejor. Las nuevas generaciones no guardan los libros, se deshacen de ellos cuando los terminan. Por otro lado, vivimos en espacios cada vez más pequeños en los que no podemos acumular. El acto mismo de consumir se ha llenado de cuestionamientos muy sanos respecto a su impacto en el planeta. Todo eso está incitando a la gente a vender lo que ya no necesita y a comprar de otra forma. Creo que hay mucho movimiento, los libros circulan más que nunca. </p>



<p><strong>Es un modelo que muy diferente de la librería tradicional.</strong></p>



<p>Claro, las probabilidades de que un cliente dé con el libro que busca son muy bajas aquí. Hay que tener mucha suerte para que se encuentre en stock el día que viene preguntando por él. A las librerías de viejo se entra para dejarse llevar. Me gusta la idea del cliente que llega sin un objetivo definido, dispuesto a que algo atraiga su interés. Es casi un pequeño gesto de rebeldía frente a la vida de horarios y certitudes que llevamos. Mucha gente solo visita las librerías para llevarse el ejemplar que ha encargado previamente online. Aquí eso es imposible.</p>



<p><strong>Justamente, ¿qué se puede ofrecer para compensar ese talón de Aquiles?</strong></p>



<p>Para mí no es ninguna debilidad. Al contrario, estoy encantado cuando un cliente aparece y se deja aconsejar en base a los libros que tengo disponibles en ese momento. En sentido más amplio, creo que las librerías, del tipo que sean, tiene la gran baza del espacio físico, frente a los espacios virtuales de las nuevas tecnologías. Nosotros ofrecemos un encuentro, un intercambio real. En mi caso, esa vocación llega al extremo de que la librería es lugar de tertulia habitual, además de espacio de actividades culturales. Por otro lado, volviendo al fondo de libros, me preocupo de que tenga la mayor calidad posible, de que las diferentes secciones estén bien surtidas. Si no vas a encontrar el libro que estás buscando, al menos que tu visita merezca la pena. </p>



<p>Miro a mi alrededor y veo a varios clientes curioseando por los expositores y las estanterías. El espacio está agenciado con mimo, la decoración cuidada sin excesos. Un delicioso dibujo de Proust cuelga de un rincón; recortes y postales cubren una puerta pintada de rojo. Las ventanas antiguas y las paredes de ladrillo visto aportan solera al local, bañado de luz natural. Aquí nada es aséptico, impersonal. Uno tiene la sensación de estar en una casa habitada, de ser recibido en la biblioteca de alguien. ¿Es la librería Boteros la más bonita de Sevilla? Posiblemente.</p>



<p></p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="576" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/232AF17A-45F8-4AA0-B26E-874BB4AD4026-576x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-6026" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/232AF17A-45F8-4AA0-B26E-874BB4AD4026-576x1024.jpeg 576w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/232AF17A-45F8-4AA0-B26E-874BB4AD4026-169x300.jpeg 169w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/232AF17A-45F8-4AA0-B26E-874BB4AD4026-768x1365.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/02/232AF17A-45F8-4AA0-B26E-874BB4AD4026.jpeg 828w" sizes="(max-width: 576px) 100vw, 576px" /></figure></div>



<p></p>



<p><strong>¿Qué relación tiene Sevilla con la lectura, con la cultura? </strong></p>



<p>Es arriesgado lanzar una opinión sobre el tema porque siempre estará basada en la experiencia personal. Es injusto decir que no se lee. Sevilla es una ciudad grande. Por ejemplo, existe un público joven muy interesado en la lectura pero también es verdad que el libro es un producto caro, comparado con otros países. Eso puede frenar a muchos. Por otro lado, aunque siempre ha estado relacionada con las letras, Sevilla tiene una raíz muy tradicional pero, a la vez, alberga a una comunidad muy dinámica de creadores y artistas. Diría entonces que esta ciudad es víctima de una serie de tensiones que complican el acceso a la lectura, que a veces puede ser algo tortuoso. Con todo, yo sigo aquí después de 8 años&#8230;</p>



<p><strong>Has mencionado a los jóvenes.</strong></p>



<p>Tengo la impresión de que no hay oportunidades, no se les ofrecen posibilidades culturales. Algunos tienen curiosidad pero también reparos a la hora de entrar en una librería. No se fomenta la naturalidad a la hora de acercarse a la cultura desde pequeño, todo está compartimentado y es muy rígido. La cultura se ha institucionalizado y no está en la calle. No existe una comunicación natural con ella, no se comparte. Algunos colegios apoyan mucho la lectura pero creo que son pocos, en la mayoría el libro es un objeto extraño.</p>



<p><strong>Sin embargo, la literatura para niños y adolescentes está en un muy buen momento.</strong></p>



<p>Las nuevas librerías intentan crear experiencias con el público infantil y con los padres: se hacen productos con ilustración, se cuida el papel, el objeto. Todo eso que no te ofrece lo digital. Pero creo que también estamos olvidando a los clásicos. El niño no conoce el placer de la lectura porque es algo obligatorio en la escuela. Pertenezco a la Asociación del Libro Antiguo de Sevilla, con la que he trabajado en dos colegios de Sevilla, uno privado y otro público. A lo largo del curso escolar, los alumnos tuvieron que confeccionar un libro. Al final del año, todos quedaron expuestos. Fue una experiencia magnífica.  </p>



<p>Pienso en la frase <em>No sé cómo esa librería puede mantenerse ahí&nbsp;</em>y me digo que este local, como La Fuga en la Alameda de Hércules, constituye un espacio de resistencia frente a la explotación de la ciudad como un negocio del que extraer el mayor rendimiento. Quizás la librería Boteros, con su ritmo lento y su apuesta por el encuentro inesperado, sea el lugar más insumiso del centro de Sevilla. Una rebeldía espontánea e inconsciente, pero muy necesaria en los tiempos que corren. </p>
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		<title>Cordonería Alba</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 May 2020 17:26:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artesanía]]></category>
		<category><![CDATA[Centro]]></category>
		<category><![CDATA[Compras]]></category>
		<category><![CDATA[La ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Made in Séville]]></category>
		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
		<category><![CDATA[Sin categorizar]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Forrar un cordón se dice entorchar el alma. Esto me lo explica Jesús la mañana que visito su mítico local en la calle Francos. Entrar en este espacio de unos pocos metros cuadrados es hacer un viaje en el tiempo. Detrás de un mostrador recubierto de estampas de cristos y vírgenes, Jesús está cosiendo uno de sus cordones. De las paredes cuelga todo tipo de trabajos de pasamanería: caireles, borlas&#8230; Más santos, esta vez enmarcados, observan la paciente labor que aquí se lleva a cabo. Este negocio lleva aquí desde 1904, en manos de la misma familia. Jesús me detalla la diferencia entre una cordelería, cuyo proceso de fabricación es industrial, y una cordonería, donde todo es elaborado de manera artesanal. </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="683" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/3819B8FC-5131-4283-9BB1-A9662A2DB457-1-e1589914211777-683x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-3546" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/3819B8FC-5131-4283-9BB1-A9662A2DB457-1-e1589914211777-683x1024.jpeg 683w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/3819B8FC-5131-4283-9BB1-A9662A2DB457-1-e1589914211777-200x300.jpeg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/3819B8FC-5131-4283-9BB1-A9662A2DB457-1-e1589914211777-768x1152.jpeg 768w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure></div>



<p></p>



<p>Ranilla, urdidera, devanadora&#8230; así se llaman las máquinas, algunas con 150 años, que se utilizan en este establecimiento. Términos de otra época, cargados de magia y poesía. Jesús las saca a la calle algunas mañanas para entorchar o para trenzar un cordón. Los viandantes se paran a mirar; los turistas hacen fotos. La Giralda se asoma al final de la calle. Parece un milagro que esta escena ocurra en Sevilla, una ciudad tan olvidadiza, tan ingrata con sus artesanos. El sonido de la máquina y el brillo de los hilos de oro tendidos al sol conforman un momento de gran belleza. Hay algo desafiante en esa imagen: el hecho de sacar el trabajo manual a la calle supone una pequeña revolución en estos tiempos digitales. También algo reconfortante, familiar, el recuerdo de una época que no vivimos pero en la que fuimos más felices. </p>



<p>Jesús me confirma la importancia de las hermandades en la pervivencia de los oficios. Una parte importante de los encargos que recibe tiene como objetivo embellecer las imágenes de la Semana Santa. Es hermoso el vínculo que existe en Sevilla entre las cofradías y la artesanía. Una relación de dependencia que tiene sin duda su contrapartida. El espigao, una forma de trenzado, es la marca de la casa. Los cordones de este tipo han salido todos del taller de la calle Francos, el único que los entrelaza así desde hace años, conectando de esta manera a varias generaciones de sevillanos.</p>



<p>Calle Francos, 38</p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="576" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/0F800C3E-E64C-479E-9AA9-1D193CA1FB9B-e1589914380750-576x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-3552" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/0F800C3E-E64C-479E-9AA9-1D193CA1FB9B-e1589914380750-576x1024.jpeg 576w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/0F800C3E-E64C-479E-9AA9-1D193CA1FB9B-e1589914380750-169x300.jpeg 169w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2020/05/0F800C3E-E64C-479E-9AA9-1D193CA1FB9B-e1589914380750-768x1365.jpeg 768w" sizes="(max-width: 576px) 100vw, 576px" /></figure></div>
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		<title>pueblo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 05 Dec 2019 16:24:49 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Un reportage photo d&#8217;Erwan Floc&#8217;h et d&#8217;Alejandro Prieto.</p>
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<p>Un reportage photo d&#8217;Erwan Floc&#8217;h et d&#8217;Alejandro Prieto. </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter"><img loading="lazy" width="683" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/IMG_9375-e1574628504662-683x1024.jpg" alt="" class="wp-image-2517" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/IMG_9375-e1574628504662-683x1024.jpg 683w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/IMG_9375-e1574628504662-200x300.jpg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/11/IMG_9375-e1574628504662-768x1152.jpg 768w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure></div>



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		<title>Casa 1800 Granada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Apr 2019 18:24:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Escapadas]]></category>
		<category><![CDATA[Sin categorizar]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Une suite. Un hôtel dans une maison du 16ème siècle. L&#8217;Albaicín. Grenade. Je ne pouvait pas refuser l&#8217;invitation. Après avoir séjourné dans la Casa à Séville, j&#8217;étais plus que disposé à succomber à nouveau au charme de cette maison. L&#8217;hôtel Casa 1800 Granada est, officiellement,&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/casa-1800-granada-2/">Leer más</a></p>
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<p class="has-drop-cap">Une suite. Un hôtel dans une maison du 16ème siècle.</p>



<p>L&#8217;Albaicín. Grenade.</p>



<p>Je ne pouvait pas refuser l&#8217;invitation. Après avoir séjourné dans <a href="https://bonjourseville.com/centre/hotel-casa-1800-sevilla/">la Casa à Séville</a>, j&#8217;étais plus que disposé à succomber à nouveau au charme de cette maison. L&#8217;hôtel Casa 1800 Granada est, officiellement, 3 étoiles. Cependant, l&#8217;attention aux détails et la discrétion ne constituent-elles pas la véritable essence du luxe?</p>



<p>Casa 1800 Granada est situé à côté de la Carrera del Darro, au coeur de la ville, mais dans une allée à l&#8217;écart de la frénésie touristique. Nous sommes à deux pas du centre-ville et au début du mythique Albaicín, le plus envoûtant des quartiers de Grenade. La façade ne donne pas une idée de ce qui est caché derrière, comme il se doit dans un vrai hôtel de charme. Le vieux Cuartel de los Migueletes est une construction historique où coexistent l&#8217;architecture mudéjar et castillane: vestibule, rampe d&#8217;accès et patio, autour duquel sont organisées les chambres. Argile et bois. Colonnes de marbre. Goût populaire, presque rustique. Nous sommes à Grenade.</p>



<p>Le son de la fontaine et le chant des hirondelles de l&#8217;Alhambra sont les seules choses qui inondent le patio. Et la lumière de l&#8217;Albaicin. Le temps s&#8217;est arrêté. Certains passants entrent, juste pour s&#8217;imprégner de cette sérénité. Le calme, le bonheur et une certaine mélancolie recréée par l&#8217;homme dans un espace fermé. Comme un résumé de Grenade.</p>



<p>Le personnel de réception me reçoit cordialement, sans formalités inutiles. Tout comme à Casa 1800 Sevilla, l&#8217;hôtel offre une collation tous les jours à ses clients, alors je m&#8217;assois sur le patio avec une tasse de thé avant de monter dans ma chambre.</p>



<p>La suite a une hauteur de près de 4 mètres. Les dalles du plancher et les poutres en bois au plafond encadrent l&#8217;espace. Salon, chambre, dressing et salle de bains. Quatre-vingts mètres carrés: plus que la surface d&#8217;un appartement moyen à Paris. Austérité castillane, mais aussi l&#8217;esprit de la Grenade romantique, souligné par un mobilier d&#8217;inspiration française. Sensuel, chaleureux et subtilement décadent. Le lit à baldaquin couvert de damas me fait se sentir hors du temps, loin de tout. Je pourrais passer une vie ici.</p>



<p>Ordinateur, deux téléviseurs, canapés, fauteuils, table à manger, coffre-fort. Équipement complet.</p>



<p>La salle de bain en marbre est une festival d&#8217;attentions conçues pour le bien-être de l&#8217;hôte: des peignoirs et serviettes brodés avec l&#8217;emblème de la maison à la baignoire d&#8217;hydromassage ou aux <em>amenities</em> Molton Brown. La lumière naturelle qui filtre à travers la fenêtre et le jeu des miroirs confèrent de l&#8217;amplitude et de la douceur. Je me douche en écoutant, au loin, les cloches d&#8217;une église mudéjar.</p>



<p>Le petit-déjeuner se prend dans le patio. On ne se lasse pas d&#8217;y passer du temps. Fruits frais, pains, pâtisseries, céréales, noix, jus, fromages &#8230; Rien ne manque, pas même les dates pour sucrer le moment. Rosa, la sous-directrice de l&#8217;hôtel, proche et professionnelle, me fait la visite et me montre d&#8217;autres chambres. Elles sont toutes différentes mais partagent la même empreinte romantique et élégante. Les tissus, les matériaux et les tons donnent une cohérence à l&#8217;ensemble, comme si c&#8217;était effectivement une maison privée.</p>



<p>Un endroit où vivre.</p>



<p><a href="http://www.hotelcasa1800granada.com/en/home">www.hotelcasa1800granada.com</a></p>



<figure class="wp-block-image"><img loading="lazy" width="1024" height="683" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/04/IMG_6773-1024x683.jpg" alt="" class="wp-image-2156" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/04/IMG_6773-1024x683.jpg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/04/IMG_6773-300x200.jpg 300w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2019/04/IMG_6773-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



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