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	<title>Sevilla &#8211; Bonjour Séville</title>
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	<description>Un proyecto sobre Sevilla hecho desde París</description>
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	<title>Sevilla &#8211; Bonjour Séville</title>
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		<title>diario de un sevillano en París: Fashion Week</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 15 Nov 2024 19:01:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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<p>Hace poco tuvo lugar la Fashion Week de París. Idiotas de todo el planeta se reúnen para asistir a los desfiles o para hacer cola en la puerta de la última boutique <em>à la mode</em>. Un circo de atuendos y actitudes sin los que el mundo sería un lugar mucho más bello y decente -existe por ahí un vídeo impagable que muestra la reacción de los parisinos (insultos, silbidos) frente a las incomodidades que la <em>Semaine de la mode</em> provoca en el día a día de la ciudad: calles cortadas, masificación, invasión de mamarrachos. El universo de la moda es un auténtico estercolero, como bien me explicaron mis amantes. Uno trabajaba en Dior, otro en Vuitton, otro en Margiela. Todos tenían (tienen, imagino) puestos en los departamentos de ventas o de comunicación de tan célebres <em>maisons</em>. Con Vincent, de Givenchy, tuve un amago de relación sentimental. Cada uno a su manera, me hablaron de la ausencia absoluta de interés por la creación que rige el negocio, cuyo único objetivo es vender mucho y rápido, de la impudicia con que ese mismo negocio se sirve de su aura para no pagar a los becarios que lo sostienen, y que se sienten elegidos por formar parte del tinglado. En suma, de una industria tóxica pero infalible la hora de despertar ilusiones y bajos instintos (los míos, por ejemplo). </p>



<p>Precisamente durante esa semana, de camino al trabajo, reparo en una tienda de campaña de tipo iglú recién plantada en una calle por la que paso todos los días. Junto a ella, sentado en un banco, un señor de unos 60 años, pulcro, jersey azul marino, mirada algo extraviada, me dice <em>bonjour</em> cuando me ve. París acoge -resulta obsceno utilizar este verbo- a una ingente población de personas sin domicilio fijo, en diversos estados de abandono y exclusión. Gente tirada en la calle, inconsciente, familias durmiendo en un colchón recubierto de plásticos, bajo la nieve. Mendigos sentados bajo los cajeros automáticos, a merced de la caridad de los clientes. Escenas dantescas (tullidos sin piernas arrastrándose con un vaso de cartón entre los dientes, donde alguien les echa unas monedas), solo comparables a ciertas situaciones de pobreza extrema que uno se encuentra en India. Jóvenes  en la caja del supermercado, sacando del bolsillo los pocos céntimos que han conseguido juntar para costearse la cerveza y el vino baratos con los que aturdirse durante unas horas más -el alcohol, cultura y abismo de Francia. En ciertas líneas del metro, es constante el paso de gente que, haciendo uso de todas las formas de la cortesía, pide limosna a los viajeros. Son tantos, tan numerosos, que no queda más remedio que blindarse, mirar hacia otro lado. Un ejercicio de tesón, casi de supervivencia, que conlleva momentos desconcertantes, como aquella vez cuando me di cuenta de que estaba admirando las piernas de un chico en pantalón corto mientras tenía delante a alguien que suplicaba ayuda para poder comer. <em>Bonjour</em>, le respondo al señor de la tienda de campaña, y sigo mi camino hacia el trabajo.</p>



<p>Sin embargo, frente a la indiferencia generalizada (1), no son pocas las personas que se paran a charlar con estos otros habitantes de la ciudad (más habitantes que nosotros, los que vivimos en apartamentos. Ellos <em>viven</em> realmente en la ciudad). Siempre me ha sorprendido toparme con dichas escenas por la calle: hombres y mujeres en cuclillas, hablando con alguien que pide limosna sentado en el suelo, incluso entregándole un bocadillo o un plato de comida envuelto en film transparente. Más allá de la nobleza del gesto, hay algo novelesco, cinematográfico, en esas estampas, como en todo lo que hace el parisino -por otro lado, ¿no son los vagabundos, la bohemia miserable, parte esencial del mito de París (2)? Y no puedo evitar pensar que el sevillano es menos proclive a agacharse en plena calle para entablar conversación con un desconocido. Sea como fuere, a los pocos días de mi encuentro con el señor de la tienda de campaña, decido llevarle un café y un croissant comprados en una panadería cercana. Él me da las gracias y, ante el interés que manifiesto por su situación, me habla de las dificultades para abandonar la vida en la calle, para encontrar un trabajo y un apartamento. </p>



<p>-De todas formas, dice mirando a los transeúntes con sus ojos azules, prefiero mil veces estar en París que en una ciudad pequeña o en un pueblo. Aquí al menos algunas personas se paran a hablar conmigo. En provincias hay más desconfianza y rechazo. </p>



<p>A partir de entonces, empiezo a saludarlo todas las mañanas al pasar junto a su tienda, y a llevarle algo de comer a mediodía. Comienza así una serie de breves encuentros ante la mirada de los viandantes, niños que van al colegio, ancianos tirando del carrito de la compra, padres de familia en traje de chaqueta, de camino a la oficina&#8230; Al hilo de nuestras conversaciones, y sin entrar en demasiados detalles, descubro en él una postura de aceptación, casi de mansedumbre ante un destino que él mismo, según dice, ha contribuido a forjar a base de excesos y malas decisiones. <em>A veces resulta tentador dar el paso que me separa del abismo final</em>, me confía una lluviosa tarde. Yo acabo de entregarle un plato de pasta envasado y un trozo de pan. </p>



<p>Pero lo que comenzó siendo una oportunidad de hacer una buena acción -y de añadir algo de novedad a mi rutinaria existencia, por qué no decirlo- se va enmarañando con el paso del tiempo. Las buenas intenciones se disuelven en la prisa que llevo algunas mañanas, o en la desgana de enfrentarme a una situación que resulta más compleja de lo que esperaba. Empiezo entonces a dar un rodeo por otras calles, para llegar al trabajo sin encontrarme con el señor de la tienda de campaña -cuyo nombre ignoro, me percato al escribir estas líneas. Algunos días me decido a pasar por el lugar donde vive, esperando que su tienda habrá desaparecido, o que él estará en otro lugar a esa hora. Haga lo que haga, tanto si paso por la calle en cuestión como si la evito, se apodera de mí un sentimiento de inutilidad, incluso de culpa por haberme metido en esta historia. <em>¿Qué pensabas, que ibas a solucionarle la vida?</em>, me pregunta un compañero de trabajo cuando le confieso mi desazón.</p>



<p>Esta mañana lo he visto a lo lejos, al final de la calle. No llevaba nada que ofrecerle, ni café ni croissant, pero me he obligado a acercarme, con la intención de charlar durante unos minutos. A medida que me iba acercando, esbozaba la mejor de mis sonrisas y pensaba en algunas palabras que intercambiar con él. Cuando me ha visto, cuando nuestras miradas se han encontrado, se ha dado media vuelta y se ha alejado, desapareciendo por una calleja lateral. </p>



<p>(1) Cómo olvidar la historia del fotógrafo René Robert, muerto por hipotermia en 2022 tras pasar 8 horas tirado en una calle, después de haber sufrido una caída, sin recibir ningún tipo de ayuda por parte de los viandantes.  </p>



<p>(2) Y qué bien vestido suele ir el vagabundo parisino, con perdón por la frivolidad inexcusable. En ninguna ciudad se ven personas sin domicilio fijo tan elegantes, con tal sentido de la harmonía, llevando prendas no por gastadas menos hermosas. </p>
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		<title>Flamenco en France</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Sep 2024 20:21:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Flamenco]]></category>
		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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<p>Cuando llegué a París, después de terminar la universidad, el flamenco estaba de moda en la ciudad. Al menos el baile, que se enseñaba en numerosas escuelas. Existía incluso una tienda, en el barrio de Le Marais, donde era posible comprar los zapatos, trajes, mantoncillos y abanicos que se exhibían en el escaparate. No muy lejos, el cine-restaurante Le latina organizaba todos los lunes una soirée sevillanas que atraía a un abundante público dispuesto a bailar a ritmo de tres por cuatro. Como en la más banal de las historias de emigración, en mis primeros años en París, acercarme al flamenco me procuraba la sensación de estar cerca de Sevilla, aunque solo fuera parándome frente a aquel escaparate de la rue Rambuteau. Creía ser el primer, y el único, emigrante andaluz en la ciudad, por eso sentía una mezcla de sorpresa y perplejidad cuando descubría huellas que demostraban que otros, muchos, habían pasado antes que yo. De hecho, aprendí en breve, París y Andalucía nunca habían estado demasiado lejos. En Le Latina conocí a un curtido bailaor de Sevilla (he olvidado su nombre) que llevaba más de media vida dando clases en París, sin dejar de viajar a Andalucía con cierta regularidad. <em>Para trabajar, París; para vivir, Sevilla</em>, me dijo una noche. Por aquel entonces, un atípico lugar en el distrito 20 de la ciudad ya llevaba largo tiempo cultivando el flamenco con rigor y devoción. Flamenco en France tiene su origen nada menos que en 1979, cuando un grupo de aficionados franceses y españoles, entre los que se encontraban Frédéric Deval y Francisco de la Rosa, así como el fotógrafo René Robert, tuvieron la descabellada idea de crear una asociación flamenca en la capital de Francia. </p>



<span id="more-8397"></span>



<p>Empezaron entonces a organizar recitales y encuentros en diferentes salas de París, incluso en el apartamento de uno de ellos en Montmartre. En aquellos primeros años hubo también reuniones en una cripta de la iglesia de Saint-Eustache, o en el <em>hôtel particulier</em> de Saint-Aignan, de nuevo en Le Marais. Sin un local propio, el objetivo consistía en dar a conocer el flamenco entre el público parisino. Los primeros recitales fueron sufragados por los miembros de su propio bolsillo. </p>



<p>Todo esto me lo cuentan dos mujeres que han formado, o forman, parte de la historia de Flamenco en France: Marie-Catherine Chevrier, presidenta durante 10 años, y Nathalie García Ramos, hoy encargada de su gestión. Las dos insisten en la decisión y el arrojo de los fundadores de la asociación, instigadores de una aventura inédita hasta entonces en París. Y es que, si el flamenco estaba presente en la ciudad ya en el siglo XIX, pocos proyectos se habían caracterizado por tener una programación cuidada y vocación de autenticidad. Pero sigamos con la historia. Tras una época de peregrinación por varias salas de conciertos, Flamenco en France encontró en 1983 la posibilidad de alquilar un local en el passage des Vignoles. Se trataba de un antiguo almacén y fábrica de botones en un pintoresco callejón del París obrero, donde varios artistas y artesanos tenían su taller. En uno de esos talleres, justo al lado de la futura peña, estaba además -está- la sede de la CNT, lugar de encuentro de emigrantes españoles desde los tiempos de la Guerra Civil. Contar con un espacio propio para sus actividades permitiría a la asociación reafirmar su intención de difundir y afianzar la presencia del flamenco en la ciudad. En 1985, después de dos años de reformas y adaptación del espacio -llevadas a cabo por los propios socios-, Flamenco en France abre sus puertas como la primera peña flamenca de París. Toma cuerpo a partir de entonces una programación estable basada en las clases de baile, cante, toque y compás, así como en la celebración de un recital al mes, a cargo de artistas venidos desde España, entre los que estuvieron Farruco (particularmente difícil en sus exigencias, según me cuentan) o José Menese. Hoy, con más de 40 años de historia, la institución ha tejido una tupida red de contactos dentro del mundillo flamenco andaluz, por lo que son muchos los artistas que la visitan con relativa frecuencia.  </p>



<p>Pero, un momento: ¿flamenco en París? A priori -y echando mano de unos cuantos tópicos-, nada más incompatible. El fuego y el hielo, el desgarro y el distanciamiento. Nathalie García me habla entonces de esos socios que empiezan viniendo solos a los conciertos, atraídos por la música de manera espontánea, sin haber tenido ninguna introducción al flamenco. Otros lo hacen tras haber tomado sus primeras lecciones de baile. Algunos, después del recital, prolongan la velada con un vaso de vino -el bar está cerrado durante la actuación- y una charla, incluso con algunos cantes improvisados. El ambiente no difiere entonces demasiado del que se respira en una peña andaluza. </p>



<p>-Pero supongo que el ambiente en la sala en más frío que en Andalucía, señalo. Una parte muy importante de un recital flamenco reside en la participación del público a través de exclamaciones y jaleos hacia los artistas. ¿El parisino sabe en qué momento hay que soltar un olé?</p>



<p> -¿Lo sabes tú por ser de Sevilla?</p>



<p>En ese momento recuerdo el estupendo libro de Gerhard Steingress, <em>Y Carmen se fue a París</em>, esclarecedor estudio sobre el importante papel de la ciudad en la conformación de eso que hoy llamamos flamenco. Steingress saca del olvido a numerosos cantaores, bailaoras y guitarristas que trabajaron en la capital francesa y que idearon formas que atravesaron los Pirineos para, como en un espejo, acabar por incorporarse al repertorio del cante y el baile. ¿Soleá de la Rive gauche? ¿Bulerías de Montmartre? Unos días más tarde, Marie-Catherine me habla de cuando trajo a Pilar López a París. Atravesando uno de los interminables pasillos del metro, la mítica bailarina se marcó unos pasos para comprobar la acústica del lugar. Sin duda, el flamenco siempre ha formado parte de esta ciudad, con épocas de mayor o menor florecimiento. Los barrios de Saint-Denis y de Belleville recibieron desde principios del siglo XX intensas oleadas de emigración española. Resulta fácil imaginar que por las ventanas de sus casas se escaparían en más de una ocasión cantes y palmas. Y qué decir de los numerosos artistas franceses -pintores, fotógrafos, cineastas- que han tomado el flamenco como fuente de inspiración (y que tanto protagonismo tenían en aquella maravillosa exposición, <em><a rel="noreferrer noopener" href="https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/noche-espanola-flamenco-vanguardia-cultura-popular-1865-1936" data-type="URL" data-id="https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/noche-espanola-flamenco-vanguardia-cultura-popular-1865-1936" target="_blank">La noche española</a></em>, que el Reina Sofía organizó en 2008). Por mi parte, aunque en el instituto ya escuchaba a Camarón y a Lole y Manuel, fue en París donde comencé a aplicarme en el estudio y aprecio de las formas del cante. El flamenco, el de verdad, me servía para reforzar mi vínculo con Sevilla -un vínculo que temía perder-, pero sobre todo, me sirvió, con otros elementos variopintos, para confeccionarme el traje de español que, sentía en aquella época, necesitaba para encajar en mi nueva vida. Un traje adornado de algunos tópicos, como no podía ser de otro modo. Y aun así, un traje que fabriqué con toda la sinceridad de la que era capaz. En la <em>chambre de bonne</em> que una familia de la gran burguesía francesa me alquilaba en el distrito 8, escuchaba los cantes con aplicación, decidido a ser capaz de reconocer la diferencia entre una seguiriya y una soleá, entre el cante de Triana y el de Jerez. Llegué a alcanzar cierto nivel de conocimiento en la materia -que aun poseo, quiero creer- y, cuanto más profundizaba, mayor era el disfrute y la emoción, y mayor también el agrado que aquella imagen de mí mismo me procuraba. No siempre nuestros gustos nos eligen; a menudo somos nosotros quienes los buscamos, como se busca una camisa que nos quede bien. </p>



<p>Sea como fuere, de las <em>espagnolades</em> y los espectáculos con castañuelas y mantillas tan al gusto del francés, presentes en los escenarios parisinos durante décadas, hoy la actividad flamenca de la ciudad se define por la vanguardia de los artistas que copan el cartel de las dos bienales existentes (una en el teatro de Chaillot, otra en el de la Villette) o que actúan a lo largo del año, cuyas propuestas consiguen la adhesión del público. Voraz consumidor de las últimas tendencias, al parisino le gusta verse como adalid de la ruptura y la modernidad. Quizás por ello el flamenco heterodoxo tenga menos predicamento en los escenarios de la ciudad. Ahí es precisamente donde la labor de Flamenco en France adquiere todo su valor en un lugar como este: sin renegar de la vanguardia, la peña siempre se ha esmerado en poner el foco en las formas tradicionales del flamenco. </p>



<p>Nathalie termina:</p>



<p>-Cuando vienen la primera vez, muchos artistas españoles no saben dónde van a actuar, si en una sala de conciertos, en un tablao&#8230; Suelen quedarse sorprendidos de que un lugar como Flamenco en France exista en París. La mayoría elogian el silencio durante el recital, el respeto del público, algo menos frecuente, al parecer, en las peñas de España&#8230;</p>



<p>Flamenco en France tiene hoy 400 socios y ha conseguido que el Ayuntamiento de París se haga con la propiedad del local, garantizando así un alquiler justo y razonable, lejos de los obscenos precios que se manejan en el mercado inmobiliario de la ciudad. </p>



<p><a href="https://www.flamencoenfrance.fr">www.flamencoenfrance.fr</a></p>



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		<title>Otoño en Sevilla (II)</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Sep 2024 16:42:37 +0000</pubDate>
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<p>Iba en un taxi y Sevilla pasaba ante mis ojos, tras el cristal de la ventanilla, como un invitado que no se espera y del que poco se sabe -y, todavía más importante, que nada sabe de ti. El vehículo atravesaba barrios de edificios bajos organizados alrededor de pequeñas plazoletas, zonas del extrarradio donde personas mayores, muchas más de las que era posible ver por las calles de París, conversaban en los portales o esperaban el autobús. También había jóvenes, la mayoría caminando solos, probablemente estudiantes que se dirigían a clase. Era la primera vez que visitaba España, apenas contaba con las imágenes que sobre ella circulaban por Francia: país de aplastante religiosidad capaz, aun así -y sin duda por ello, razonaba el francés-, de la más alocada osadía (Pedro Almodóvar ya era una celebridad en París). Me pregunté entonces cómo vivirían los homosexuales en aquella ciudad, qué lugares frecuentarían. ¿Tendrían bares y clubs donde reunirse? ¿Existirían zonas de encuentro al aire libre, quizás jardines y callejones (o sótanos y urinarios públicos en penumbra)? </p>



<p></p>



<p>El taxi penetró por una calle de una estrechez inaudita, los peatones se refugiaban en los portales para dejarlo pasar. Allí el sol no alcanzaba a tocar los bajos de las casas, tan solo si uno miraba hacia arriba conseguía ver su luz encendiendo las azoteas. Finalmente se paró ante una casa de dos plantas pintada de rojo, cuya fachada presentaba desconchones y grietas. Mientras el taxista sacaba mi bolsa de viaje del maletero, pude observar que, a pesar de tan lastimoso aspecto, el conjunto desprendía cierta solemnidad, restos de un pasado que debió de ser opulento, pensé. El enorme portón de entrada daba a una especie de hall -zaguán, aprendería a decir más tarde- recubierto de azulejos como un palacio oriental. Una vez dentro, a través de la desvencijada cancela de hierro forjado, admiré la umbría frondosidad que, como Sophie describiera en París, inundaba todo el patio: las ramas se enroscaban por las columnas, trepaban por los muros y se inmiscuían dentro de las ventanas de la galería superior, incluso por entre las fisuras que recorrían el techo, tanto que parecían mantener en pie la construcción con su armazón de minúsculas vigas. Deslizaba la mirada por aquel verdor cuando una escueta hoja, hasta entonces enrollada como un pergamino, se abrió de golpe, desplegando su red de líneas violeta sobre fondo oscuro. ¿Me había estado esperando para nacer?<br>-¿Sophie?, llamé desde fuera, convencido por un momento de que ella había asistido como yo, oculta entre la espesura, a la irrupción de aquella nueva hoja.&nbsp;<br>Nadie respondió. En cambio, un enorme camión de reparto de bebidas y alimentos hizo temblar el suelo al rodar sobre los adoquines de la calle. De un extremo al otro del patio, las plantas se estremecieron ligeramente. Una pequeña lagartija me observaba a lo lejos.&nbsp;&nbsp;<br>-¿Sophie?, insistí alzando la voz. Al no obtener respuesta, y como no encontré timbre o campanilla con que avisar de mi presencia, intenté, recordando sus palabras en aquel ascensor, abrir la cancela. Pero fue en vano.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>Me dije que probablemente habría salido para hacer alguna compra. En aquella situación solo me quedaba esperar sin alejarme demasiado de la casa, ya que intuía que el centro histórico de Sevilla formaba un intrincado laberinto por el que podría perderme con facilidad. Salí con mi bolsa en la mano y distinguí una pequeña plaza al final de la calle desierta. Cuando me asomé por la esquina, vi que el lugar estaba presidido por la fachada de una iglesia renacentista (¿o era un convento?). Dos columnas flanqueban la puerta cerrada, sobre la que había un enorme bajorelieve que representaba una escena bíblica. Solo el ruido del agua de la fuente rompía el silencio, y la solitaria calma, de aquella hora de la mañana. Me senté en uno de los bancos, junto a un muro en el que alguien había garabateado con pintura negra una frase de la que nada pude comprender. Más allá, en un extremo de la plaza, percibí lo que me pareció ser un bar, o una cafetería. Un letrero hecho de pequeños azulejos revelaba el nombre del establecimiento: La Tórtola. Dentro, al otro lado del gran ventanal, una mujer de pelo rizado leía el periódico y bebía su café a pequeños sorbos, entre calada y calada a un cigarrillo. A veces miraba hacia la calle sin fijar su atención en nada en particular, absorta en sus pensamientos, hasta que reparó en mí, un hombre solo en un banco con una bolsa de viaje a los pies. Le envié una media sonrisa a modo de saludo, pero ella apartó la mirada, algo incómoda, y volvió a su lectura. Justo en aquel momento, Sophie entró en la plaza por una callejuela lateral. Traía en los brazos una voluminosa caja de cartón blanco de la que sobresalían diversos objetos: varios marcos, piezas de vajilla, tejidos de diferentes tipos. Tan pronto como me vio, se acercó a mí con una amplia sonrisa, dejó la caja en el suelo y nos fundimos en un abrazo: dos franceses en una vieja plaza de Sevilla. Me explicó entonces que venía del cercano mercado de las pulgas, conocido como el Jueves, donde el tiempo se le pasaba sin darse cuenta. Aquel día la visita había sido fructífera en su búsqueda de objetos y utensilios con que hacer de la casa un lugar más habitable. Sacó de la caja un libro de gran formato y tapa dura dedicado a la obra de Caravaggio, cuya portada mostraba una cuadro para mí desconocido: David vencedor de Goliat. En él, el joven pastor acaba de vencer con su honda al gigante, cuya cabeza decapitada ata metódicamente por los cabellos para presentarla como prueba de su victoria. Mientras caminábamos por la callecita en penumbra, observé el rostro de Goliat, su piel fruncida en una mueca de horror e incomprensión. Sophie me explicaba cosas sobre la ciudad y la casa, sobre cómo la había comprado, en un arrebato casi temerario, al heredar de su familia una importante suma de dinero, y yo miraba a David, con su cuerpo adolescente, hincando la rodilla sobre la espalda del filisteo vencido.</p>



<p></p>



<p>Sophie abrió la cancela y dejó la caja en el suelo.&nbsp;<br>-Bienvenido, me dijo en español.&nbsp;<br>Tras rodear la espesura del patio, recorrimos una parte de las estancias de la planta baja. Tuvimos que deslizarnos entre los puntales que sostenían algunos techos y otras veces salvar, cogiéndonos de la mano, sacos de escombros amontonados en el suelo. En lo que debió de ser un comedor, las paredes estaban recubiertas de un estridente papel amarillo que Sophie, según me explicó, se esmeraba en despegar, tira a tira, durante sus ratos libres, con el objetivo de dejar al descubierto las capas de pintura subyacentes. Lo mismo hacía, a veces con la ayuda de los amigos que venían a visitarla, en las habitaciones de la primera planta, donde, con una espátula, rascaba hasta llegar a los dibujos que antaño ornaban las paredes y el techo.&nbsp;<br>-Las casas de la burguesía sevillana solían pintarse de colores pastel, rosa, azul y amarillo, sobre los que se añadían cenefas de florecillas y pájaros de estilo romántico, me explicó. Todo un poco cursi, claro. Luego llegó la costumbre de pintar de blanco y aquel mundo desapareció.&nbsp;<br>Durante aquella primera visita -cocina, cuartos de baño, despensa y lavadero, salones y habitaciones-, observé añadidos característicos de la década de los 70 que, como injertos bastardos, desvirtuaban aquí y allá el aire señorial de la morada: muebles de formica, tapas de váter de plástico, otros papeles pintados -uno con payasos- adheridos a algunas paredes… En el dormitorio que Sophie me había asignado, una chimenea de mármol, sobre la que reposaba un espejo con marco dorado, atrajo mi atención. ¿Era necesaria en una ciudad como Sevilla -pronto descubriría que sí? También allí la pintura de las paredes había sido raspada, o quizás la usura del tiempo o el agua la había descascarillado, de suerte que en algunos puntos los desconchones formaban curiosas formas semejantes a mapas de extraños países o a pieles de reptil. Por el suelo, las viejas baldosas de cemento desplegaban un entramado de motivos vegetales de solidos colores. A través de la galería llegamos a su habitación, adornada por arriba con una serie de agrietadas molduras de angelitos y caballos marinos. Un colchón en el suelo hacía las veces de cama. Sobre el escritorio reposaba un marco con la fotografía de un muchacho sonriente.<br>-Es Luc, mi hijo, me explicó. Le hice esa foto cuando estuvo aquí la pasada Navidad.&nbsp;<br>Aquel chico tendría alrededor de 25 años. Calculé entonces que Sophie, algo más joven que yo, había sido una madre adolescente.</p>
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		<title>Un cuento para Semana Santa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 16 Mar 2024 21:41:09 +0000</pubDate>
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<p>Conoció a Fernando Sajones estudiando filología francesa en la Universidad de Sevilla. El menor de los tres hijos de aquella conocida familia había acabado allí tras probar varias carreras, empujado a medias por una madre que fantaseaba con el prestigio de tener un hijo que hablara francés y que, con suerte, acabaría viviendo en París, lo que le serviría de excusa ante su marido para visitar de nuevo los Campos Elíseos y Disneyland. Los Sajones se habían enriquecido gracias a la producción de aceite de oliva, ahora extraído mediante la plantación en hilera de olivos capaces de exprimir a fondo las tierras de la campiña sevillana. Habituales de la televisión local, los eventos que organizaban constituían en las páginas de la crónica social un desfile de tocados y chaqués, que el lector intuía perfumado de ginebra y tabaco. Cada vez que Fernando lo invitaba a la propiedad familiar, en un señorial pueblo a 80 km de Sevilla, él aceptaba de buena gana, seducido por la perspectiva de un fin de semana de molicie y pintoresca abundancia -cataratas de botellines de cerveza, barbacoa y sevillanas-, un paréntesis en su tediosa existencia. Aceptaba también, sobre todo, movido por la curiosidad que sentía hacia un personaje inesperado en el seno de aquella familia. Ángeles hacía las funciones de guardesa de la casa. Su silueta distinguida y silenciosa, que le había intrigado desde el primer día, se escurría por los recovecos como un ama de llaves hitchcockiana, recomponiendo un ramo de flores o abultando los cojines de un sofá, únicas señales de su paso por las estancias y pasillos. Ella y su marido, al que rara vez era posible atisbar, eran dos presencias discretas, cosmopolitas, en aquel ambiente bullanguero. Una tarde, vagando en soledad, observó que la puerta que daba acceso a la zona de la residencia que ambos habitaban estaba abierta.</p>



<p>-¿Ángeles?, preguntó en el umbral.&nbsp;</p>



<p>Al no recibir respuesta, se asomó con sigilo para descubrir un escueto salón decorado con una sencillez que contrastaba con el resto de la propiedad. Una reproducción de <em>La lechera de Burdeos</em> de Goya colgaba de una de las paredes. Sobre la mesa, junto a una cafetera italiana, había dos tazas humeantes y algunos libros -los únicos vistos hasta entonces en la casa-, entre los que pudo reconocer <em>La rama dorada</em>. Su curiosidad se vio espoleada a raíz de aquel episodio. ¿Cómo se explicaba que aquella pareja hubiera terminado al servicio de una familia como los Sajones? ¿Qué percance la había conducido a semejante situación, por lo demás aceptada sin aparente conflicto? Empezó entonces a espiar a Ángeles, a seguir su sombra por el jardín, por el lavadero y la despensa. Vigilaba las modulaciones de su rostro y de su voz, los movimientos de su cuerpo, sin llegar a identificar nada que delatara la menor alteración en un estado de ánimo que parecía imperturbable, como el de una esfinge. Solo una vez creyó percibir en su mirada, por unos segundos, una nube de inquietud. Aquella tarde la escuchó hablar acaloradamente por teléfono en alemán. Sin embargo, fue otro el elemento que terminó por obsesionarle. Observándola enrollar flamenquines sobre la mesa de la cocina, adonde había entrado con el pretexto de beber un vaso de agua, reparó por primera vez en una cadenita que -supo a partir de aquel día- la guardesa llevaba siempre alrededor del cuello, y de la que pendía una pequeña llave. Por la noche, y muchas después desde entonces, soñó con la llavecita dorada. La veía oscilar ante su mirada como un péndulo, abriendo luego entre nieblas cancelas y rejas, pasajes hacia la cámara secreta donde encontraría la explicación al enigma. Se despertaba en medio de la noche y hacía la cuenta de todas las cerraduras que existían en la casa, en cada entrada, en los cajones y cofres, pero ninguna parecía encajar. Tendría que poseer una copia, se decía, para probarla por todas partes hasta encontrar la solución. Aquella posibilidad, por supuesto, era del todo inviable. Y ocurrió que, tras varios fines de semana de paciente y discreto acecho, liberándose como podía de la presencia de Fernando, decidido a desentrañar aquel misterio, descubrió que la llave servía para abrir una puerta, en un rincón de la cocina, que probablemente conducía al sótano o a la bodega, y que siempre permanecía cerrada. Desde algún rincón en la sombra, veía a Ángeles abrirla y deslizarse hacia el interior con sigilo, cerrándola desde el interior sin hacer el más mínimo ruido.&nbsp;Por su parte,&nbsp; cuando se sabía solo en aquella parte de la casa, intentaba forzarla -tal era su obstinación- con algún cuchillito o utensilio tomado de uno de los cajones, siempre sin éxito. Su incapacidad no hacía sino inflamar una fijación que le quemaba por dentro. Tenía que conseguir traspasar aquella puerta, aunque significara el final de su relación con los Sajones. Presentía que de esta forma su vida, por la que hasta entonces había divagado a la deriva, flotando sin tocar el suelo en una melancólica dejadez, encontraría un punto de amarre a partir del cual dirigirse hacia algún lugar.&nbsp;</p>



<p>Una noche de insomnio, durante un fin de semana de febrero, decidió pasear por la casa dormida. Se echó una manta por encima del pijama y salió de su habitación. El olor a chimenea recorría aun los pasillos. En un salón lejano, alguien estaba viendo Canal Sur. Bajó las escaleras sintiendo el frío del mármol en las plantas de los pies, sin mirar el San Francisco de Asís barroco que tanto le incomodaba cada vez que pasaba ante él. Todo estaba en silencio. La claridad de la luna se colaba por las puertas de cristal que daban al jardín. Se sentó un momento en un sofá y, mirando hacia el exterior, creyó ver la punta de un cigarrillo encendido bajo la sombra de una acacia. Temiendo ser sorprendido por algún miembro de la familia que como él no pudiera dormir, se levantó y desapareció entre las sombras, en dirección a la cocina. Algo llamó su atención apenas hubo entrado. La misteriosa puerta parecía estar solo entornada. No es posible, pensó sin dejar de pestañear. Se acercó de puntillas, enredándose en la manta que lo cubría, y al empujarla suavemente, con la yema de los dedos, la puerta cedió hasta abrir una ranura. Con el pulso helado, retrocedió y miró a su alrededor, convencido de que alguien lo estaría espiando, pero no distinguió a nadie por los rincones. Tardó unos minutos en recobrar el aliento. Volvió entonces a acercarse a la puerta y, arrimando un ojo a la rendija entreabierta, solo vio oscuridad. Luego, con los párpados fruncidos y las pupilas afiladas, al cabo de unos segundos acertó a percibir un mortecino resplandor, apenas un velo lechoso y primigenio. Se sintió desfallecer. Quiso regresar a su habitación, al cuarto en el que dormía de niño, hacía mucho tiempo, antes de que todo en su vida empezara a palidecer. Quizás mañana por la noche la encuentre de nuevo abierta, se dijo, no tiene que ser hoy. Pensó en mil razones como aquella para dejar pasar la oportunidad, cada una más sensata que la anterior. Todo fue en vano. Dejó caer la manta al suelo, tomó una profunda bocanada de aire y, abriendo la puerta unos centímetros más, se escabulló hacia el interior como un gato, cerrando tras de sí con el mismo cuidado.&nbsp;</p>



<p></p>



<p></p>



<p>La negrura más absoluta cayó sobre él. Ya no veía el brillo de antes, solo sentía el corazón en la garganta y los borbotones de sangre que invadían sus oídos. Pasó mucho tiempo, tal vez media hora, hasta que su respiración se estabilizó y su boca recuperó la saliva. Al fondo de aquel espacio profundo como un pasillo y totalmente apagado, bajando unos escalones, muy lejos, pudo al cabo vislumbrar lo que parecía ser una urna de cristal, tenuemente iluminada desde arriba. Entregado a una temeridad enfebrecida, medio sonámbulo en su huida hacia adelante, echó a caminar sin pensar, casi sollozando. Avanzaba lentamente, un pie detrás del otro, con los brazos separados del cuerpo para no perder el equilibrio, dando manotazos en la oscuridad cuando creía distinguir un perfil. Pensó de nuevo en su infancia, tan lejana en aquel momento, a medida que se iba acercando a la urna, al final de aquel pasillo interminable. Y un grito ahogado se escapó de su boca cuando advirtió, atrapada en el cristal, una forma humana. Se trataba de un busto, inmóvil, sujeto por una delicada estructura de metal. Siguió avanzando hacia aquella luminosidad enfermiza, atraído como una polilla y, cuando por fin estuvo ante la urna, vio una escultura de madera primorosamente vendada, igual a una estrella de cine que acabara de someterse a una operación de cirugía estética. De una blancura irreal, las gasas, aplicadas con esmero de embalsamador egipcio, envolvían por completo la fisionomía, dejando solo al descubierto el triángulo invertido del rostro -donde uno de los ojos tenía la vidriosa cualidad de una canica rota- y, al final de los delgados brazos doblados en ángulo recto, las manos.&nbsp;</p>



<p>-Sabía que la encontrarías, dijo alguien a su espalda y, cuando se volvió en un respingo, vio a Ángeles, cuya voz había resonado en el espacio vacío, con una linterna en la mano.&nbsp;</p>



<p>-Yo he visto esta cara antes, acertó a balbucear tras unos instantes de desasosiego, a modo de excusa.&nbsp;</p>



<p>-Claro, es la Virgen de la Esperanza, respondió la guardesa mientras se acercaba alumbrando el camino.&nbsp;</p>



<p>-¿La Virgen de la Esperanza?, preguntó aun aturdido por la situación, él que nada sabía de imaginería religiosa.&nbsp;</p>



<p>-La auténtica, por supuesto. La que está en Sevilla no es más que una copia que se hizo en los años 20.&nbsp;</p>



<p>Sin comprender del todo aquellas palabras, con la lentitud de un sueño se giró hacia la urna y extendió el cuello para acercarse más al cristal. Una pequeña boca le sonreía tímidamente desde el otro lado, casi burlándose de él, o quizás más bien se contraía en un puchero aniñado que le hizo pensar en el mohín caprichoso de un efebo pintado por Caravaggio. Más arriba, las cejas serpenteaban como los signos de interrogación de una escritura desconocida.&nbsp;Deslizando la mirada por aquel rostro, observó que la mascarilla se había despegado en algunas partes, dejando al descubierto las vetas de la madera. En otras, el barniz resquebrajado marcaba la superficie de innumerables fisuras.&nbsp;</p>



<p>-Habrá miles así, reclamando ser la de verdad, dijo sin apartar la vista, y sintió que una gota de sudor le corría mejilla abajo.&nbsp;</p>



<p>-Esta es la original, respondió Ángeles descuidadamente, como se dicen las cosas incuestionables, aunque siempre se ha hablado de restauraciones y repintes.</p>



<p>Las manos de la escultura, vueltas hacia arriba, sostenían el aire con delicadeza asiática. Manos de Buda, pensó. Observó las marcas que el roce de las joyas había dejado en los dedos finísimos, incluso creyó percibir restos de polen en la curva de algunas uñas.</p>



<p>-Aquello fue un pacto en la oscuridad, añadió Ángeles. Ni siquiera la Hermandad está al corriente de nada. La devoción se había tornado incontrolable y la Iglesia empezaba a meterse donde no debía, así que no hubo otra alternativa.&nbsp;</p>



<p>El zumbido de una pequeña máquina se activó en algún lugar. Él recorría las líneas de aquella cara en un intento por descifrarla, imantado sin remedio por unas facciones que se le hacían remotas e inasibles. Cuando creía encontrar un punto de apoyo en un lado de la frente, su atención se dejaba caer por uno de los pómulos hasta la comisura de los labios -donde le pareció encontrar ínfimos restos de arena; ¿había estado enterrada la escultura?-, viajando al instante en un rapto hasta la recatada barbilla. Desde allí, se hacía inevitable remontar hacia aquella boca a punto de gemir de coquetería o de <em>spleen</em>. Notó una ligera presión en el cráneo y tuvo que cerrar los ojos. Cuando los volvió a abrir, el rostro seguía allí, capturado en las horas. Tras ponerle una mano en el hombro, Ángeles continuó su explicación:&nbsp;</p>



<p>-Años después, la fatalidad quiso que la Virgen acabara en manos de esta familia. Si por ellos fuera, la Madre ya habría sido vendida y ahora estaría en Zurich o en cualquier almacén de Hong Kong. Solo lo ha impedido el afán de los míos, de mis padres, mis abuelos y bisabuelos, a quienes fueron confiados su cuidado y protección.&nbsp;</p>



<p>Volvió a mirar hacia la urna. Al encontrarse otra vez con aquella mirada a través del cristal empañado por su respiración entrecortada -¿o era ella la que respiraba desde el interior?-, no pudo evitar pensar que el escultor había tallado el estupor ante el azaroso destino que esperaba a su creación.&nbsp;¿Qué habían visto aquellos ojos?</p>



<p>-¿Entonces todo es un fiasco, la Madrugá y lo demás?, preguntó entornando los párpados, casi esperando que la escultura le respondiera.&nbsp;</p>



<p>-¿Por qué un fiasco?, dijo Ángeles con una sonrisa, tomándolo con suavidad y determinación por el brazo y llevándolo como a un niño hacia la salida, a la luz de la linterna. El tiempo se había agotado. Él volvió la cabeza atrás una, dos, tres veces, para ver cómo la urna y su contenido se alejaban en las tinieblas, cautivo de la imperiosa necesidad de retener para siempre aquella imagen que, sin explicación alguna, se había vuelto esencial. Caminaba como narcotizado, sudando y casi apoyado en ella. Las preguntas se le amontonaban en la cabeza, cuestiones de repente insoslayables para mantener la cordura, para encontrar un sentido. Habían llegado al final. Ángeles abrió la puerta y con un educado gesto lo invitó a salir. Él se resistía, volvía la mirada hacia el fondo, hacia la urna que ya era solo un punto de luz, una estrella en el manto de la noche.</p>



<p>-¿Cuánta gente lo sabe?, preguntó desde fuera como último recurso, empujando la puerta para impedir que Ángeles la cerrara desde el interior.&nbsp;</p>



<p>-Poca. ¿Qué puede importar? Buenas noches.</p>



<p></p>



<p>&#8211;</p>



<p></p>



<p>Vagaba por Sevilla bajo el peso de la incertidumbre. Hubiera querido subirse a un banco y gritar lo que sabía, sacudir a los viandantes para que conocieran la verdad, aunque él solo pudiera desvelarles unas migajas de aquella revelación que seguía sepultada bajo una montaña de interrogantes. Intentaba librarse del peso del secreto caminando veloz, como si así pudiera desprenderse de él, dejándolo enganchado en las ramas de algún árbol. En cambio, otras veces, aligeraba el paso con la intención de dar caza al enigma, que intuía al final de una calle, girando una esquina, o en el caminar de una transeúnte que, al volverse, resultaba no ser quien pensaba. Siempre terminaba exhausto, jadeante, y recordaba las palabras de Ángeles: ¿qué podía importar? ¿Quién le creería? Después de todo, había llegado a la convicción de ser el único al que el rostro en la urna, que veía sin descanso en sueños, detrás del espejo del cuarto de baño cuando se afeitaba, podía abrasar de aquella manera. Iba sintiendo su ascendiente cuando despegó el avión que le llevó a París, adonde se mudó al terminar los estudios. Su relación con los Sajones había terminado tiempo atrás, al casarse Fernando. La familia estaba entonces a punto de sucumbir en medio del escándalo desatado por un caso de corrupción, a raíz de la construcción de un centro comercial.&nbsp;</p>
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		<title>Un pequeño Grand Tour andaluz (Final)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 02 Mar 2024 08:34:45 +0000</pubDate>
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<p>Mi madre siempre se había negado a que yo condujera cuando íbamos juntos a algún lugar. Tenía que conducir ella -lo cual, en el fondo, me convenía, pues de esa manera podía dedicarme a mirar el paisaje o a leer el periódico. Aunque nunca hemos hablado del motivo de su rechazo, puedo imaginar que desconfiaba de mi pericia como conductor, algo comprensible respecto a alguien que no tiene coche -innecesario en París- y que por lo tanto no lo maneja casi nunca. El caso es que hace unos meses cambió de parecer, y ahora me deja llevar su Peugeot cuando viajamos, de modo que soy yo quien conduce durante la mayor parte de nuestros desplazamientos en este breve periplo andaluz. Llegamos a Antequera al caer la tarde. El hotel que he reservado se encuentra en los montes que rodean la ciudad, por lo que para acceder a él es necesario tomar escarpadas carreteras de sinuoso trazado. Un reto para alguien como yo que, repito, no está acostumbrado a tratar con el embrague y las marchas, que tiene pánico a que el coche se le vaya hacia atrás en una cuesta. Precisamente subiendo una, me cuesta gestionar el vehículo para que el cansado motor ascienda la pendiente, mientras mi madre no deja de darme instrucciones sobre cómo hacer. Yo empiezo a ponerme nervioso, la tensión sube entre los dos hasta que, enfadado, en un arranque pueril, paro en seco, echo el freno de mano, salgo del vehículo y le digo que, si tanto sabe, tome ella el volante. Se diría que somos una pareja. Cuando llegamos al hotel (yo de conductor), después de tomar una ducha, vuelvo a pensar que, negándose durante años a dejarme conducir -y yo aceptando esa negativa-, tal vez mi madre se había opuesto inconscientemente al paso del tiempo, a la evidencia de que yo, su hijo, podía realizar una actividad de adulto, esto es, llevar un coche.</p>



<p>Esta noche cenamos en Arte de Cozina, el estupendo restaurante de Charo Carmona en el centro de la ciudad. Como hace un par de días, cuando estuvimos en la peña flamenca de Palma del Río, la chimenea está encendida, y aunque esta vez no estamos sentados junto a ella, su presencia crea de nuevo la sensación de estar en un refugio amable y acogedor, nosotros dentro, la ciudad y el frío -una ciudad desconocida- fuera. A través de la enorme cristalera que separa la cocina del comedor vemos a la famosa cocinera ensimismada en la preparación de los platos. Mi madre ha pedido manitas de cerdo, yo albondigas de cecial y langostinos. </p>



<p>Antequera predice el oriente andaluz. Su abrupto paisaje y sus construcciones de ladrillo y piedra tienen algo de emboscada, tan diferente a la dilatada suavidad del valle del Guadalquivir. El cielo está encapotado en esta mañana de principios de enero. Visitamos la iglesia del Carmen, con su alucinógeno altar barroco, y el Museo de la Ciudad, donde vive el famoso Efebo -en 2023 visité Agde, ciudad del sur de Francia que ha convertido a su propio Ephèbe, una escultura con similares características a las del de Antequera, en reclamo para los visitantes: solo puedo decir que un abismo separa a los dos muchachos de bronce, siendo el andaluz infinitamente más hermoso. Mi madre me transmitió desde pequeño el interés por la cultura, por eso nuestras charlas, y las actividades que hacemos juntos, suelen girar en torno a los libros, la música o el arte. Atesoro esos momentos con ella, en cafés, librerías y museos, como una riqueza sin precio. Sin embargo, esto no siempre fue así. Durante mi adolescencia y juventud me pareció -erróneamente- que aquella incitación a cultivarse, las conversaciones sobre cine y literatura en las comidas, servía para frenar la expresividad emocional que yo quería y necesitaba por su parte. En mi casa no se cantaban villancicos, se escuchaban las Cantatas de Bach. Años más tarde, ya en París, mi psicóloga me hizo apreciar la suerte de haber crecido en un hogar donde se estimulaba la actividad artística e intelectual, lo que no tenía nada que ver, me explicó, con el hecho de que existieran ciertas carencias afectivas. </p>



<p>Durante el almuerzo en Antequera, cuando el camarero nos sirve de postre el famoso bienmesabe, una familia con dos niños se instala en la mesa de al lado (nosotros hemos almorzado pronto). Los pequeños llenan al momento el restaurante de risas y agitación, como cuando mi madre y yo desayunamos en la cocina, solos y en silencio, cada uno en su lectura, y escuchamos a los hijos de los vecinos jugando en el jardín de al lado. En esos momentos, ¿echa ella de menos la presencia de niños en la familia? Cuando critico la ceguera de las parejas que se empeñan en reproducirse en un mundo que llega a su final, ¿no estoy quizás hurgando en su frustración porque nunca será abuela -aunque ella jamás haya evocado tal sentimiento? Me hago estas preguntas mientras observo a los jóvenes padres ocuparse de sus hijos, sin sentir, todo hay que decirlo, el más mínimo interés por estar en su lugar. Mi madre y yo salimos al fin del restaurante y cogemos el coche para volver al hotel a descansar un rato. Conduzco yo. Antes de arrancar, meto un CD en el lector y avanzo las pistas hasta que suena <em>Deeper and deeper</em> (vivo en un eterno revival <em>madonnista</em>). </p>



<p>-¿Qué es esto?, pregunta, algo contrariada por tener que escuchar un estilo de música en las antípodas de sus gustos.</p>



<p>-Esta es mi segunda madre, respondo con una media sonrisa, recordando que las dos tienen la misma edad, y que mi madre comparte nombre con la hija de la artista.</p>



<p>-Menuda hortera, dice mientras se abrocha el cinturón de seguridad, y ahora mi sonrisa se abre por completo.  </p>



<p>El coche se interna por los campos de olivos que rodean Antequera, entre lomas y riscos de color pardo. Mi madre y yo viajamos sin decir nada, como solemos, conscientes -al menos yo- del equilibrio en el que nuestra relación se ha instalado de un tiempo a esta parte. No solo la incomprensión y el deseo de cambiar al otro se han atenuado. Quizás la característica decisiva en este momento de gracia que vivimos, en esta edad de oro de nuestra historia, ataña más al físico que a la afectividad. Nuestros cuerpos están compensados, ambos todavía ágiles, con la energía suficiente para emprender un largo paseo por el centro de Sevilla o un viajecito por los pueblos de Andalucía. En lo alto de una colina, vemos que el día se está despejando poco a poco, tan solo algunas nubes coronan las casas y torrecillas de Antequera, que se va alejando en el retrovisor. </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-full"><img loading="lazy" width="550" height="353" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/m-deeper-number-one-club-3.jpg.jpg" alt="" class="wp-image-7816" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/m-deeper-number-one-club-3.jpg.jpg 550w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/m-deeper-number-one-club-3.jpg-300x193.jpg 300w" sizes="(max-width: 550px) 100vw, 550px" /><figcaption>Madonna en el vídeo musical de <em>Deeper and deeper.</em></figcaption></figure></div>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7818" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3747-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure></div>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7822" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3704-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



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<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7826" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/03/IMG_3698-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>
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		<title>Un pequeño Grand Tour andaluz (II)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 20 Jan 2024 15:51:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mi madre y yo estamos sentados en la iglesia de los Descalzos, maravilla del barroco andaluz. La mañana del miércoles toca a su fin y tres señoras están también sentadas bajo las exuberantes yeserías y los angelotes que revolotean por todas partes, diríase que ensimismadas&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/un-pequeno-grand-tour-andaluz-ii/">Leer más</a></p>
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<p>Mi madre y yo estamos sentados en la iglesia de los Descalzos, maravilla del barroco andaluz. La mañana del miércoles toca a su fin y tres señoras están también sentadas bajo las exuberantes yeserías y los angelotes que revolotean por todas partes, diríase que ensimismadas ante la visión del altar, donde hoy está expuesto el Santísimo en su custodia de oro. Las tres lucen peinados similares, cabello montado a punto de nieve a base de secador y laca. Van vestidas con la sobriedad característica de los pueblos de la campiña sevillana. Ninguna habla, han venido solas. Mi madre y yo hemos visitado la iglesia con sigilo, conscientes de lo solemne de la situación, intentando pasar desapercibidos. Al levantarnos y dirigirnos a la salida, un señor salido de ninguna parte se nos acerca malencarado para recordarnos que no se le puede dar la espalda al Santísimo y que debemos, por tanto, salir caminando hacia atrás. Empequeñecidos por el alarde de autoridad del desconocido, además de por la situación (un lugar sagrado en un pueblo extraño), cogidos de improvisto en una tesitura inédita, sin tiempo para reaccionar, los dos obedecemos con mansedumbre y abandonamos el templo reculando, como dos idiotas. Una vez en la calle me vienen al recuerdo mis visitas a las iglesias de París y de Sevilla, lugares que frecuento desde siempre con fruición. Y me hago de nuevo las mismas reflexiones acerca de las diferencias abismales que existen entre ambas, siendo la más importante el restringido horario de los templos sevillanos, abiertos solo para la misa, frente a los parisinos, que es posible visitar en cualquier momento del día. Qué diferencia también, me digo mientras caminamos en busca de un restaurante donde almorzar, entre la atmósfera distendida y hospitalaria de las iglesias en París, auténticos lugares de acogida, con esas personas que pasan horas dormitando en una silla, leyendo o charlando en susurros con quien se tercie, y las iglesias españolas, donde las expresiones adustas cargan el ambiente y las miradas de reojo hacen que uno se sienta constantemente bajo sospecha de herejía. </p>



<span id="more-7652"></span>



<p>Esa misma tarde, tras haber admirado la Amazona herida en el Museo Municipal de la ciudad, sentados ante una taza de té, le hablo a mi madre del libro que estoy leyendo en ese momento, <em>Oscar Wilde&#8217;s Italian Dream</em>, de Renato Miracco, comprado durante mi última visita a Inglaterra. Se trata de una recopilación comentada de cartas que el escritor irlandés escribió y recibió durante sus últimos años de vida -una lectura fascinante que me lleva a leer una vez más, en cuanto volvemos a Sevilla, <em>La divina comedia de Oscar Wilde</em>, el aclamado cómic de Javier de Isusi. </p>



<p>-Yo siempre había pensado que Wilde pasó el final de su vida atrapado en París, pero resulta que se movió bastante entre Francia e Italia, aceptando las invitaciones de los pocos amigos que le quedaban, gestionando la falta de dinero como podía para la publicación de <em>Balada de la cárcel de Reading</em>, comento. </p>



<p>-Un paria en la Europa de entre siglos. </p>



<p>-Pero un paria que parece aceptar su estatus de paria. En una carta dice que merece caer tan bajo, después de haber subido tan alto, y que espera que la <em>Balada</em> sea leída por los que son ahora sus semejantes, es decir, los presidiarios y otros apestados de la sociedad. </p>



<p>Por supuesto, evito incluir en la lista a los homosexuales -que, de hecho, Wilde no menciona en su carta. Un pudor difuso y <em>old school</em> me hace no mencionar la palabra ante mi madre (a este respecto, sobra decir que jamás he tenido problema alguno en casa en cuanto a mi sexualidad. De hecho, mi madre me sacó del armario con gran delicadeza a los 20 años y siempre me recordaba la necesidad de protegerse frente al VIH y las ITS, lo que me resultaba extremadamente violento con aquella edad). Vuelvo al presente, a esta tarde de enero en un pueblo de la provincia de Sevilla. En la mesa de al lado, dos señoras están tomándose una Coca-Cola.</p>



<p>-Pobrecito. Bueno, por lo menos ha muerto habiendo recibido la extremaunción, dice una. </p>



<p>-Eso es lo más importante, responde la otra. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3699-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7710" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3699-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3699-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3699-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3699-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3699-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3699-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3658-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7712" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3658-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3658-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3658-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3658-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3658-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3658-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



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		<title>Un pequeño Grand Tour andaluz (I)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 14 Jan 2024 21:05:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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<p>Al igual que aquellos europeos del norte que recorrían Italia y Grecia, mi madre y yo hemos hecho un viajecito por Andalucía durante los primeros días del año. Solo que nosotros, en vez de visitar Padua o Rávena, hemos estado en varias ciudades medianas del centro de la región, y no en busca de ruinas de la Antigüedad Clásica o de mosaicos bizantinos, como Winckelmann y lord Byron en su día, sino de conventos barrocos y fortalezas árabes. Salimos de Sevilla el 2 de enero, yo al volante. Poco después de pasar Carmona, siguiendo las indicaciones de Google Maps, tomamos una carretera comarcal que serpenteaba entre olivos y almendros, a través de lomas sobre las que se elevaba alguna hacienda centenaria. Tal vez nuestro pequeño Grand Tour no tendría el prestigio de los periplos de otras épocas. Sin embargo, la contradicción de tratarse de tierras cercanas pero poco conocidas lo volvía sumamente atrayente. Yo saboreaba además por adelantado el carácter novelesco del viaje, la madre y su hijo homosexual embarcados en un circuito por caminos secundarios del interior andaluz. Me veía como André Gide viajando con la suya a principios del siglo XX, esperándola en el comedor del hotel a la hora del desayuno, visitando juntos algún viejo palacio de la mano de su propietaria. </p>



<span id="more-7580"></span>



<p>Mi madre y yo formamos una pequeña sociedad de tan solo dos personas cuya cohesión inquebrantable se fraguó gracias a las particulares circunstancias de mi venida al mundo, que marcaron para siempre su vida, y por consiguiente la mía. Quería pasar unos días en esa peculiar compañía, hacerla itinerante por el paisaje invernal, abierta al exterior cuando charláramos con los vendedores de naranjas al borde de la carretera, cerrada sobre sí misma cuando nos sentáramos en algún café, cada uno inmerso en su libro -yo probablemente en una revista. Había reservado buenos hoteles, antiguos conventos y monasterios convertidos en establecimientos de 4 y 5 estrellas según los preceptos, torpes y pintorescos, que definen el lujo en Andalucía. El coche avanzaba por campos pelados que nos hacían pensar en las tierras altas de Escocia, un cielo plomizo pesaba sobre el horizonte. La lluvia amenazaba con romper en cualquier momento. <em>Cumbres borrascosas</em>, murmuró mi madre mirando por la ventanilla. Yo conducía sintiendo flotar entre los dos, sobre la voz de Benjamin Biolay, las cosas que nunca nos decimos, cómodo a pesar de todo en el silencio que impregna gran parte del tiempo que pasamos juntos. Nuestra primera parada era un insólito pueblo famoso por su naranjal, al que llegamos al caer la tarde. Un funeral se celebraba en la iglesia junto al hotel. Tras visitar los monumentos más importantes y descansar un poco, salimos dispuestos a cenar en alguno de los dos sitios que nos habían recomendado, a saber, un gastrobar de tapas muy apreciado por los habitantes y la peña flamenca de la localidad. Afortunadamente el destino quiso que el primero estuviera cerrado aquella noche, por lo que solo nos quedó la segunda opción. La peña se encontraba en una calle apartada, de sus paredes colgaban antiguos carteles y viejas fotos de artistas y de eventos que allí se habían celebrado. En la chimenea ardían varios troncos de olivo. Sentados junto al fuego -éramos los primeros clientes-, un amabilísimo camarero nos sirvió sobre el mantel de hilo los platos ligeros que fuimos pidiendo, para mí sazonados por varias copas del vino en rama de la casa. Mientras la televisión emitía el informativo nocturno, por el que desfilaban imágenes de la borrasca de frío y nieve que barría la Península, fue apoderándose de mí una intensa sensación de bienestar al reparar en la calidez de aquella atmósfera protectora, en el arrebol que las llamas proyectaban sobre mis manos y sobre la cara de mi madre. Aquel lugar constituía un cálido pliegue, a tan solo 100 kilómetros de Sevilla, en el que habíamos ido a parar de forma inesperada, y el contraste entre lo conocido (¿en cuántas peñas flamencas no habré estado yo?) y lo improbable hacía que la velada tuviera un agradable sabor a eso que los franceses llaman <em>dépaysement</em>, que no es otra cosa que la evasión de la cotidianeidad, en nuestro caso gracias al azar. <em>¿Quién necesita ir a Verona cuando existe Palma del Río?</em>, me preguntaba mientras cruzábamos el claustro del siglo XVII al que daban nuestras habitaciones en el hotel. Tras darle un beso de buenas noches a mi madre, eché unas gotitas de aceite esencial de lavanda -con el que siempre viajo- sobre mi almohada y apagué la luz de la mesilla de noche. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3518-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-7636" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3518-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3518-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3518-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3518-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3518-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/01/IMG_3518-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



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		<title>Libreros de Sevilla: Reguera</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Jan 2023 19:38:57 +0000</pubDate>
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<p>Julio Reguera tiene la mirada clara y la voz fresca de un hombre de 69 años. Habla con un acento bien sevillano, cristalino, una delicia. Mira a los ojos no para convencer, sino para hacerse comprender, para mantener el hilo que nos unirá durante nuestra conversación. <em>«En Sevilla la pregunta es: Usted de qué es más: ¿de bares o de cofradías?»</em>, me dirá al momento. La librería Reguera ocupa desde 1977 un espacio entre esas dos devociones, entre El Tremendo y la iglesia de Santa Catalina. Esta mañana, después de varios WhatsApps intercambiados durante meses, tengo por fin cita con Julio. Antes de entrar, observo mi reflejo en el cristal de los escaparates, que vibran con el trasiego de autobuses y de gente. Dos dan a la calle Almirante Apodaca, uno a San Felipe. En ellos conviven el Boletín de las Cofradías de Sevilla con la novela negra y la literatura existencialista. El toldo está desplegado frente al calor de finales agosto. La ciudad se mueve a medio gas, los bares y comercios siguen cerrados por vacaciones pero Julio Reguera está detrás del mostrador aconsejando y despachando libros. Cuando entro un chico de pelo azul está comprando <em>Lolita</em> y los <em>Diarios</em> de Alejandra Pizarnik. <em>«Yo me he pasado innumerables domingos aquí, ocupándome de la contabilidad, de las devoluciones. Cuando me voy de vacaciones, siempre tengo el móvil operativo. La capacidad de sacrificio es esencial cuando se es librero».</em></p>



<span id="more-6622"></span>



<p><strong>¿Hay que dejar de idealizar? Ahora todos soñamos con abrir una librería.</strong></p>



<p>En Sevilla han desaparecido muchas librerías en los últimos 40 años, muchísimas. Como cualquier negocio, esto va por ciclos: de repente aparecen varias al mismo tiempo cuando hacía años que no se abría ninguna. Nunca he sabido por qué se produce esa explosión de aperturas. Con el tiempo la mayoría van cerrando, pocas resisten. Creo que cualquier modelo de negocio debe sustentarse en dos pilares: la rentabilidad y la calidad. El equilibrio entre los dos es esencial. ¿De qué me sirve ser idealista si después voy a tener que cerrar a los pocos años? </p>



<p>Cuando comencé esta serie de entrevistas con los libreros de Sevilla, la figura de Julio Reguera se presentó como una evidencia, pero también como una incertidumbre. ¿Querría atenderme una persona que ha visto pasar la historia reciente de la ciudad por delante de su librería en pleno centro? Que conserva su memoria, palpitante. Escuchaba rumores que aseguraban que Reguera iba a cerrar, que Julio estaba cansado y no podía hacerse cargo del negocio. Alguien me había dado su número de teléfono. Sabía que no debía posponer demasiado el encuentro, pero encontraba siempre una excusa para hacerlo. ¿Cómo alguien así iba a dejarse entrevistar por alguien como yo? Sin embargo todo fue fácil. Julio aceptó de inmediato a través del móvil. Mis escrúpulos me habían cegado. Y había algo más: ¿hubiera sido tan sencillo conseguir una cita con un librero de ese prestigio en París? Más aun: ¿sería posible un proyecto como Bonjour Séville adaptado a París: entrar en contacto con creadores, activistas y vecinos, ser recibido sin mayor dificultad, contar con su generosidad y franqueza, acceder a su intimidad? Sin duda, no. París se mostraría más recelosa a la hora de entregarse. Sevilla lo hace espontáneamente. Cuando el chico de pelo azul sale, Julio cierra la librería (son las dos del mediodía) y se confía a mis preguntas con una amabilidad inmaculada.</p>



<p><strong>¿Cómo empezaste en el oficio?</strong></p>



<p>Mi padre era de Camas. Tuvo que ponerse a trabajar desde muy pequeño porque su padre murió. La familia tenía una tienda de comestibles, también Reguera, en la calle Imagen, antes del ensanche. Cuando empezaron las obras, tuvieron que abandonar el negocio y montaron una papelería en el patio de lo que hoy es el hotel Posada del Lucero. Allí había un carpintero, un taller de maquinaria industrial, una quincalla&#8230; Nuestra pequeña papelería tenía un gran almacén trasero, los antiguos pesebres de la posada, y en el 73, yo empecé a meter libros en el negocio.</p>



<p><strong>¿De dónde vino la idea?</strong></p>



<p>En mi casa no se leía. Estudié hasta COU y pensaba hacer Historia, pero la docencia no me atraía. Sí el mundo del libro. Siempre me interesó. Estábamos a finales de los años 60, yo tenía contacto con gente de izquierda, estudiantes de la Universidad. Empezaba mis primeras lecturas muy influenciado por aquel ambiente. Cuando decidí introducir libros en la papelería familiar, lo hice de forma voluntariosa y artesanal. Había que acceder a las editoriales, a los distribuidores, que te aceptaran abrirte una cuenta&#8230; </p>



<p><strong>¿Cómo era el panorama editorial de aquellos años? </strong></p>



<p>Queríamos creer que el cambio era inminente. Por supuesto muchos libros se vendían a escondidas, como los de las editoriales Ruedo ibérico o Finisterre. El libro sobre el Opus Dei de Jesús Infante, sobre la Guerra civil de Hugh Thomas, <em>El reñidero español</em> de Franz Borkenau, obras de Alberti, de Hernández&#8230; No se ponían en el escaparate pero circulaban con fluidez. Recuerdo la editorial Avance, que publicaba la colección <em>¿Qué sabes de&#8230;?</em> Contaba con varios tomos: el anarquismo, el comunismo, el liberalismo&#8230; En aquella época, si no se tenían inquietudes políticas, el nivel era muy bajo. Había que explicar a la gente cosas que en otros países se conocían mejor. Y aparecieron ciertas editoriales argentinas que publicaban libros sobre educación. Aquí la mayoría de las editoriales estaban ligadas a la Iglesia y aquellos nuevos proyectos divulgaban las innovaciones educativas de Summerhill o de Montesori. Ya antes habían nacido la colección de bolsillo de Alianza o <em>Letras Hispánicas</em> de Cátedra. Fueron años excitantes.</p>



<p><strong>En el 77 te instalas aquí, ya como librería.</strong></p>



<p>Compramos dos pequeñas casas contiguas. Una era la pescadería-freiduría de Daniel Criado, con vivienda arriba y negocio abajo; y al lado una relojería con un rótulo que decía <em>Baldomero</em> <em>Grande Relojero</em>. Las unimos y así conseguimos el espacio suficiente para montar la librería. </p>



<p><strong>¿Tenías algún modelo cuando abriste tu propio negocio?</strong></p>



<p>Tenía tres referencias: Fulmen, la librería de María, que estuvo en Cuesta del Rosario y luego en la calle Zaragoza; la librería Seminario de Paco Barco, en la calle San Gregorio; y Padilla, en Laraña.  </p>



<p><strong>Yo recuerdo ir con mis padres a Padilla cuando era pequeño. También me suena la calle San Gregorio. Eran librerías muy distintas a las de hoy.</strong></p>



<p>El negocio ha cambiado muchísimo. ¿Ves estos dos mostradores? Son una reliquia del pasado que me gusta conservar, como un patrimonio. El mundo del libro siempre ha sido muy personal y quizás esta sea una de las señas de identidad de Reguera. Hay ciertos libros disponibles en las estanterías, pero muchos otros están en el almacén de atrás o en la primera planta. El cliente tiene que pedirlos. La gente no se explica cómo, siendo un espacio pequeño, tenemos tantos libros. Es gracias a los dos almacenes. En cierto sentido somos una librería a la antigua. Antes llegabas, pedías un libro y el librero tenía que ir a buscarlo. El cliente no tenía acceso a ellos, no podía curiosear.</p>



<p>Julio me sigue guiando por la arqueología libresca de Sevilla, sacando a la luz espacios olvidados, como la librería Atlántida en Sierpes («minúscula: dos metros de fechada por tres de profundidad». ¿Quién se imagina hoy un lugar así en esa calle?). Un muchacho en bicicleta salía a buscar los libros al almacén de la editorial que los tuviera disponibles. El cliente que los había pedido se tomaba un café esperando el regreso del recadero. «A partir de los años 80, las librerías empiezan a abrirse, incorporan mesas y estanterías para que el cliente pueda deambular y tocar, acceder a los libros sin pasar por el librero. Se elimina el obstáculo del mostrador. Paradójicamente hoy hemos vuelto a los primeros años. Ahora el cliente viene a tiro hecho, pidiendo un libro preciso que ha pedido por Internet, sin tomarse el tiempo de vagar». </p>



<p><strong>Reguera siempre ha sido una librería generalista.</strong></p>



<p>Sí, pero orientada a las humanidades. Hemos tenido libros de ciencias cuando nos ha resultado rentable. No hay que ser idealistas, como decíamos antes: si vender manuales científicos te puede oxigenar el negocio para tener otros libros más acordes con el espíritu de la librería, pero menos vendibles, ¿por qué cerrarse esa puerta? Yo estoy en contra de todo modelo ideológico. Hay libros que no tengo en el escaparate, ni en el almacén, es una licencia que me otorgo, pero si alguien me los pide no tengo problemas en traerlos. No voy a interrumpir la actividad económica y comercial de la librería. </p>



<p><strong>¿Cómo es vuestra clientela?</strong></p>



<p>Nuestra ubicación hace que entre gente muy heterogénea. Por ejemplo vecinos de las barriadas que se bajan en Ponce de León, que no compran libros habitualmente y que vienen buscando algo muy coyuntural. Si puedo animarlos a que se lleven otro libro, uno que les conduzca a encontrar en la lectura algo mas que entretenimiento, me siento satisfecho. Es una responsabilidad que asumo con extraordinario respeto. Nuestros escaparates reflejan esa voluntad de incluir a varios perfiles de lector, de llevarlos a nuevos lugares también. Esta zona de la ciudad es como un mosaico social, varios barrios confluyen aquí. </p>



<p>Miro las manos de Julio. Antes de cerrar la librería, he podido observar con qué cuidado manipula los libros que despacha a los clientes. ¿Cuántos habrán pasado por ellas a lo largo del tiempo? Imagino a Julio encerrado aquí, día tras día, mes tras mes, durante más de 40 años, ordenando los títulos, absorto en la contabilidad. Una vida hacendosa consagrada al libro, mientras las generaciones de sevillanos pasan detrás del cristal de los escaparates. Pienso en otras vidas, la mía por ejemplo, errantes, deshilvanadas. Gente que cambia de empresa, de ciudad, que empieza sin terminar nada. Perseguir un espejismo: la realización personal, un eslogan publicitario. Dejarse deslumbrar por fuegos artificiales. También buscar la satisfacción instantánea, nunca suficiente. El trabajo minucioso y paciente de un librero, esa intimidad que puede surgir con el cliente, se me presenta entonces como una de las más bellas formas de vida. ¿O estoy idealizando de nuevo? «Yo podría haberme jubilado hace varios años pero sigo aquí. Me encanta estar en la librería y lo hago con absoluta dedicación. También la parte administrativa, que siempre he vivido con naturalidad y amabilidad. Luego está la otra cara del oficio, que es hacer lo que te apetece: tener los libros que quieres, tejer relaciones con clientes de muchos años, a veces amistades de por vida». Julio me habla de <em>Mendel el de los libros</em>, el cuento de Stefan Sweig sobre un librero de viejo de memoria prodigiosa e innumerables astucias que atiende desde la mesa de un café en Viena. «Antes éramos como este personaje: teníamos que apuntar a mano los libros que se iban vendiendo y al día siguiente hacíamos los pedidos telefónicos correspondientes, o venían los representantes. Había un trabajo de memoria y de visualización enorme para que las colecciones estuvieran estructuradas y bien alimentadas».</p>



<p><strong>Para terminar, siempre hago dos preguntas a los libreros que entrevisto. La primera: ¿en España se publica demasiado?</strong></p>



<p>No estoy seguro. Es cierto que existe una burbuja de la impresión sobre demanda. Hoy cualquiera puede publicar. Por otro lado, hay un panorama muy estimulante de proyectos editoriales relativamente recientes pero ya consolidados, como Nórdica, Sexto Piso, Impedimenta o Errata Naturae, y de microeditoriales que publican muy pocos títulos al año. </p>



<p><strong>Y la segunda: ¿qué relación tiene Sevilla con la lectura?</strong></p>



<p>Depende de con qué ciudad la compares. Es verdad que aquí se sociabiliza en la calle y que la economía no es demasiado bollante. Se dan una serie de factores que explican los niveles de lectura que todos conocemos. Pero también te diría que durante el confinamiento hubo gente que se reenganchó a la lectura. Me parece que hoy se lee más que hace unos años, cuando quizás la lectura estaba sobre todo extendida entre los universitarios o cierta clase media. Tal vez dentro de poco la pregunta será: <em>Usted de qué es más: ¿de bares, de cofradías o de librerías?</em></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="1024" height="683" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-1024x683.jpeg" alt="" class="wp-image-7145" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-1024x683.jpeg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-300x200.jpeg 300w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-768x512.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-1536x1024.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/B941D595-0B5B-4C36-9B4E-8AE4CAC74DE2-2048x1365.jpeg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="1024" height="683" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-1024x683.jpeg" alt="" class="wp-image-7149" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-1024x683.jpeg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-300x200.jpeg 300w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-768x512.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-1536x1024.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2023/01/4344C783-C8D3-4B92-8F55-2FE0F2DBF878-1-2048x1365.jpeg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>
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		<title>Libreros de Sevilla: Yerma</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Oct 2022 11:13:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[La ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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<p>En París me cuesta salir a las afueras de la ciudad, visitar a amigos que se han mudado al otro lado del <em>périphérique</em>. Aunque los precios de los alquileres se disparen, el auténtico parisino no concibe vivir, ni pasar demasiado tiempo, en un lugar que no sea <em>Paris intramuros</em>. ¿Qué se me ha perdido a mí por ahí fuera? Algo parecido me ocurre en Sevilla: el centro me absorbe y no soy capaz de traspasar la barrera psicológica de las antiguas murallas. Por mucho que el casco histórico, irreconocible ya, pierda su savia, que las calles y plazas sean pasto del turismo y la baratura, uno se empeña en transitarlas una y otra vez, por inercia, en un gesto estéril. La batalla, por ahora, está perdida, me digo al fin. ¿Por qué seguir insistiendo? ¿Por qué no aventurarse en otras zonas de la ciudad? Deponer las armas: os entregamos el centro para que mercadeéis con él, dejadnos el resto. Por el ver el lado positivo, la muerte de los centros históricos de las ciudades empuja a snobs como yo a romper sus hábitos, a concebir la ciudad más allá de lo monumental y pintoresco. </p>



<p>La librería Yerma no está en el centro, pero tampoco muy lejos de él. Tampoco está en un arrabal de solera. Abrió sus puertas en 1993, poco tiempo después de la construcción del edificio que la alberga, en un entorno a medio hacer, desligado de la ciudad explotable, sin el poso histórico de ésta pero rodeado de facultades y colegios. Eso debe de ser el progreso: que un barrio tenga una librería en su seno desde el principio. «Yerma siempre ha estado muy unida al vecindario. Nuestra historia corre pareja a la del barrio, así como a la vida académica que se respira por esta zona de ciudad. Mi tía Rosa, lectora voraz y <em>aspersiva</em> en sus recomendaciones, siempre quiso ser librera y no dudó cuando se le presentó la oportunidad. Estuvo al frente de Yerma hasta hace tres años, cuando se jubiló. Entonces nosotros cogimos la librería». Sergio Rojas-Marcos hizo el viaje inverso a la mayoría: de la edición, en Athenaica, al oficio de librero. Recogiendo un legado de casi 30 años de actividad, de vinculación al instituto Murillo y a las facultades de psicología, filosofía y ciencias de la educación, de enfoque feminista, asumió el mando del espacio con un respeto absoluto por su espíritu. «Se da la paradoja de que estamos en un barrio joven pero somos una librería veterana. Treinta años es una cifra respetable en estos casos. Cuando me hice cargo del negocio, sabía muy bien que era necesario conservar lo conseguido. No se trataba de reinventarlo, de adaptarlo a los tiempos, sino de mantenerlo fiel a sí mismo».</p>



<p><strong>¿Cómo fue el paso del mundo de la edición al de la venta?</strong></p>



<p>Yo no conocía en su justa medida el poder que puede tener una librería para fidelizar al lector. La gente viene y a menudo espera que le recomiendes algo, que le digas qué tiene que leer. En esa situación ayuda tener criterio y cierta seguridad. Se crea entonces una relación de confianza, casi de intimidad, muy curiosa, por intensa y efímera. Al principio yo no poseía esas dotes, dudaba, no me sentía legitimado para asumir tal responsabilidad. Con todo, creo que no hay que ser demasiado firme a la hora de aconsejar, puede ser contraproducente. La prudencia y la humildad son las mejores aliadas. Yo suelo pedir a los clientes que vuelvan y que me digan si les ha gustado el libro que les recomendé. </p>



<p><strong>Porque evidentemente un librero no puede leer todo lo que se publica.</strong></p>



<p>Es imposible. En España se publica mucho desde hace al menos 20 años. Actualmente el mercado del libro se encuentra en una especie de vorágine. Nunca han existido tantas pequeñas editoriales de calidad y nunca han tenido tanto poder los grandes grupos. Puede sonar contradictorio pero es que hoy es muy fácil montar una editorial. Existe un menudeo de títulos publicados en tiradas cortísimas y, en paralelo, <em>superventas</em> diseñados con el objetivo de reventar el mercado. Debido a esa enorme cantidad de libros publicados, los libreros podemos hacer de prescriptores, es algo propio de España. En otros países, con niveles de lectura más latos y con mayor número de habitantes, todo lo que se publica se vende sin casi mediación del librero. Aquí hay mucha devolución y mucho libro destruido: sale más a cuenta que almacenarlos. Realmente es una cadena poco efectiva. </p>



<p><strong>No se piensa en esa vertiente técnica cuando se fantasea con el oficio de librero.</strong> </p>



<p>Ese trasfondo es esencial, es la base de todo. La gestión, la rutina, suponen la mayor parte del trabajo. Luego evidentemente existe un lado más amable, más humano, que te permite hablar de libros con la gente. </p>



<p>Sergio y yo estamos sentados en la entrada de la librería, en una mesa dispuesta para la ocasión. La luz y el aire suave entran a raudales por la puerta y las cristaleras abiertas. El fondo musical y los libros alrededor, recubriendo estantes y expositores, nos arropan con benevolencia. Huele a papel y a madera. A pesar de lo que acabo de escuchar, me cuesta escapar de esa visión romántica del trabajo en una librería. </p>



<p><strong>¿Tú cómo empezaste a leer?</strong></p>



<p>Mi madre y mis hermanos son grandes lectores. En casa siempre hubo libros. Para mí también fue muy importante la asignatura de literatura española del siglo XX en COU, así como el profesor que me la impartió, Manuel Fernández Alonso. Ahí empecé a leer cosas con más enjundia. Después en la facultad recuerdo empezar a frecuentar librerías con mis compañeros de clase. </p>



<p>En Francia, los alumnos de algunos institutos están obligados a leer 20 minutos al principio de la primera clase después del recreo. Cada uno trae consigo de casa el libro que esté leyendo en ese momento y, durante esos minutos, todos, incluido el profesor, leen en silencio. De hecho la iniciativa se llama <em>Silence, on lit !</em> (¡Silencio, se lee!). Luego, la clase puede comenzar. La participación en esta actividad no cuenta en el expediente académico, no existe un objetivo cuantitativo. Simplemente se trata de reservar un espacio para la lectura, también para la concentración y el respeto, cada alumno sumergido en su pequeña edición de bolsillo, algunos adormilados. Me hubiera gustado participar en ese ejercicio durante mis años de instituto en el Colegio Aljarafe. Empecé a leer por imitación de mi familia y por mi dificultad para las relaciones sociales. Cuanto más leía, más lo necesitaba, pero también más diferente del resto me sentía. Leer junto a mis compañeros de clase, normalizar la lectura (una asignatura pendiente en España, según algunos de los libreros entrevistados en esta serie), habría sido reconfortante. </p>



<p><strong>¿Qué relación tiene Sevilla con la lectura?</strong></p>



<p>Esa pregunta tiene difícil respuesta. Te puedo decir que una gran parte de los clientes de Yerma tiene más de 60 años. Son asiduos a la librería desde hace mucho tiempo. Con frecuencia pido libros pensando en ellos, en sus gustos que conozco tan bien. ¿Los mayores leen más que los jóvenes? Me suena a cliché. Creo que se trata sobre todo de un problema de poder adquisitivo. De hecho me encanta cuando viene algún cliente joven, tal vez estudiante de la facultad de filosofía, a comprar una edición de bolsillo haciendo un gran esfuerzo económico. Esa pequeña venta me produce un enorme placer. </p>



<p><strong>El libro de bolsillo no se vende tanto en España como en otros países.</strong></p>



<p>Sería una buena forma de estimular la lectura: ampliar y dar más promoción a ese tipo de ediciones. Resulta incomprensible que esas estupendas colecciones no reciban la atención debida. En comparación con otros países, en España el libro es un producto caro. ¿Por qué no hacer hincapié en los formatos asequibles? </p>



<p><strong>En Yerma tienen mucho protagonismo. </strong></p>



<p>El espacio lo diseñó mi tía y, al ser todo de madera, parece el interior de un barco. Es algo poco frecuente en Sevilla, más propio de regiones del norte. La galería que recorre el espacio sirve para proponer más libros. Además las estanterías son correderas: el espacio es doble. Ahí es podemos mantener las colecciones de bolsillo de Cátedra, de Alianza, que siempre han estado en el meollo del proyecto. Yerma funciona como una libería de barrio, generalista, y al mismo tiempo especializada, con sus secciones de filosofía, educación, psicología&#8230; </p>



<p><strong>Antes has hablado de la relación tan estrecha con el barrio. ¿Y con el resto de la ciudad?</strong></p>



<p>También es muy importante y se materializa cuando organizamos actividades. Tenemos varios clubes de lectura, programamos a menudo charlas con especialistas, presentaciones&#8230; Es esencial para que esto funcione. Una librería no sobrevive tan solo abriendo sus puertas cada mañana: es necesario organizar actividades. Quizás es algo de aquí, esa necesidad de comunicar, de abrir el espacio, de dinamizarlo con encuentros sociales. Tal vez en otros lugares la librería sigue siendo un lugar dedicado a la experiencia individual. Pero estamos en Sevilla&#8230; En cualquier caso se trata de un debate interesante: ¿la lectura es un gesto íntimo o social?  </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-large"><img loading="lazy" width="683" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/10/F3FD8D69-5A6C-4377-8390-78332D166E63_1_201_a-683x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-6586" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/10/F3FD8D69-5A6C-4377-8390-78332D166E63_1_201_a-683x1024.jpeg 683w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/10/F3FD8D69-5A6C-4377-8390-78332D166E63_1_201_a-200x300.jpeg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/10/F3FD8D69-5A6C-4377-8390-78332D166E63_1_201_a-768x1152.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/10/F3FD8D69-5A6C-4377-8390-78332D166E63_1_201_a-1024x1536.jpeg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/10/F3FD8D69-5A6C-4377-8390-78332D166E63_1_201_a-1365x2048.jpeg 1365w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/10/F3FD8D69-5A6C-4377-8390-78332D166E63_1_201_a-scaled.jpeg 1707w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure></div>
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		<title>Taller de encuadernación Sebastián Rodríguez</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 May 2022 07:11:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artesanía]]></category>
		<category><![CDATA[La ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Made in Séville]]></category>
		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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<p>Como siempre me pasa cuando visito el taller de un artesano, me siento ridículo. ¿Qué pinto yo aquí, tratando de entender en un rato un <em>savoir faire</em> pulido a lo largo de los siglos? Qué inconsistente mi móvil, mi cámara de fotos, mi cuaderno para tomar notas. Uno tiene que quitarse el sombrero cuando escucha hablar a alguien como Sebastián Rodríguez, encuadernador desde hace casi 60 años. Hoy todos amamos la artesanía, lo hecho a mano. Instagram, las revistas de tendencias y las guías de viaje se extasían ante esos talleres más o menos escondidos donde se afanan artesanos anclados en otra época. Las imágenes de esos lugares, hermosos y pintorescos, junto a la idea del trabajo manual, nos seducen al plantearnos una alternativa a la vida hiperconectada que llevamos. Pero realmente ¿quién de nosotros sería capaz de encerrarse durante años para perfeccionar una técnica artesanal, casi siempre en soledad y con una retribución económica más que fluctuante? A mí me costaría mucho. Admiro a los que eligen ese camino y cuando los visito en su lugar de trabajo, siempre me presento con reverencia y humildad. </p>



<p>Hace años que paso por delante del taller de encuadernación de la calle Amparo. Cuando por fin un día decido entrar, Sebastián está terminando un trabajo sobre el mostrador. Le hablo de Bonjour Séville, de mi interés por escribir un texto sobre su historia. Él se muestra sorprendido ante la posibilidad de que su vida y su oficio puedan interesar a alguien. A lo largo de nuestra conversación, percibo en él cierta incredulidad: ¿quién es este extraño que se presenta en mi taller y que me pide que le hable mi actividad? ¿Para qué todo esto? Por mi parte, vacilo: ¿no debería dejar tranquilo a este señor? ¿Qué necesidad hay de escudriñar los rincones de la ciudad, de exponer en las redes sociales lugares como este, felizmente ajeno a tecnologías y tendencias? Mi determinación flojea más que nunca. Me siento un mercader, un <em>influencer</em>, lo peor. Pero es Sebastián quien me saca de mis dudas. Me invita a entrar en la casa, a atravesar el patio y visitar la parte trasera del taller. Qué privilegio, pienso. ¿Cómo rechazar semejante amabilidad? Después comprenderé que se trata también de desapego. Sebastián me abre las puertas de su casa y de su oficio desde la libertad que da la modestia. «En mi casa siempre hubo libros, cajas llenas debajo de las camas. Mi padre era librero de viejo y compraba y vendía constantemente. Cuando compró esta casa, instaló aquí el negocio, en la planta baja, donde estamos ahora mismo. Al poco tiempo tuvo la oportunidad de comprar toda la maquinaria y los instrumentos del antiguo taller de encuadernación Márquez, que estaba en la calle Mateos Gago, y se lo trajo todo aquí». Sebastián me muestra su colección de hierros para marcar las pieles que se utilizan en la encuadernación: letras, escudos, coronas, símbolos&#8230; Todos los estilos están representados, desde el mudéjar al romántico, pasando por el plateresco. «Yo ya había comenzado, a los 14 años, a trabajar en la imprenta y en el taller de los Salesianos. Hay que tener en cuenta que entonces, en los años 60, había muchas imprentas por toda Sevilla. Los comerciantes recurrían mucho a ellas para imprimirlo todo: facturas, cartas, libros de cuentas&#8230; En paralelo, encuadernar era bastante más frecuente que hoy; se encuadernaban las tesis doctorales, por supuesto, pero también las colecciones de varios números de una revista. Hoy se ha convertido en algo minoritario».  </p>



<p></p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-large"><img loading="lazy" width="683" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_0737-683x1024.jpg" alt="" class="wp-image-6174" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_0737-683x1024.jpg 683w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_0737-200x300.jpg 200w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_0737-768x1152.jpg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_0737-1024x1536.jpg 1024w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_0737-1365x2048.jpg 1365w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_0737-scaled.jpg 1707w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure></div>



<p></p>



<p>En la librería paterna, Sebastián utiliza los conocimientos adquiridos en los Salesianos para encuadernar y restaurar libros antiguos. Por el momento, su trabajo reproduce lo que ha aprendido en Sevilla de la mano de viejos artesanos: labores repetitivas, sin demasiada proyección artística. «Entonces me fui a Barcelona a completar mi formación. Cuando volví, empecé a emplear una técnica más cuidada y más en la corriente de la encuadernación artística moderna. Resulta curioso: tuve que salir de Sevilla para perfeccionar y para actualizar mi oficio». Volvemos al espacio principal del taller, el que da a la calle. Una hilera de hermosos papeles de aguas cuelga al fondo, todos confeccionados aquí. Sebastián me muestra entonces algunas de las operaciones que intervienen en la encuadernación de un libro, un proceso rico y complejo, lleno de posibilidades. Acepto que no voy a comprender ese proceso en estos pocos minutos. Lo que sí hago es sumergirme en el vocabulario técnico del oficio. Descubro que un objeto en apariencia sencillo como un libro está compuesto por numerosas partes, cada una con un nombre evocador: gracias, cabezadas, cofia, media caña, nervios&#8230; «El oficio ha evolucionado mucho. Hoy hay gente que hace cosas totalmente nuevas, muy interesantes. Yo también he introducido innovaciones en la técnica, como el uso del metal en las tapas y guardas. Cuando uno encuaderna un libro clásico, es necesario adaptarse a la época, al estilo; sin embargo, cuando se trata de algo moderno, el libro es como un lienzo en blanco que permite una gran libertad al encuadernador. Ahí es donde se puede experimentar». </p>



<p>Lo antiguo, lo moderno: conceptos que, lejos de limitar, parecen liberar el trabajo de Sebastián. Con su mirada pragmática y libre, la nostalgia le es ajena. Por más que intento arrancarle alguna queja, algún suspiro por el pasado, él no cae en la trampa. «Todo va cambiando. Ya casi no quedan imprentas en el centro. Todo el mundo imprime por Internet. Tampoco talleres de encuadernación. El paisaje de la ciudad ha cambiado enormemente en ese aspecto. ¿Era mejor antes? A mí hay cosas en la Sevilla de hoy que no me gustan, pero antes también las había. Las cosas son así y hay que aceptarlas». Yo, a través de mi iPhone y de mi cámara, me aferro a la melancolía; Sebastián, trabajando con sus manos, rodeado de herramientas más que centenarias, está anclado en el presente, desprendido y ligero. Tal vez ese sea el secreto del artesano. </p>



<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_8764-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-6172" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_8764-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_8764-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_8764-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_8764-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_8764-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2022/05/IMG_8764-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure></div>



<p></p>
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