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	<title>Bonjour Séville</title>
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	<description>Un proyecto sobre Sevilla hecho desde París</description>
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	<title>Bonjour Séville</title>
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		<title>París del Aljarafe</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Oct 2025 08:09:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mi madre y yo solemos hacer algunos mandados en los comercios de esa zona de Mairena del Aljarafe que llaman Nuevo Bulevar. Se trata de un barrio levantado en estos últimos años, como tantos otros del Aljarafe, en unos campos donde antes había olivos. He&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/paris-del-aljarafe/">Leer más</a></p>
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<p>Mi madre y yo solemos hacer algunos mandados en los comercios de esa zona de Mairena del Aljarafe que llaman Nuevo Bulevar. Se trata de un barrio levantado en estos últimos años, como tantos otros del Aljarafe, en unos campos donde antes había olivos. He escrito barrio, pero quizás esa palabra no sea la más apropiada. Cada vez que mi madre y yo hacemos la compra en el gran supermercado que allí existe, y luego hacemos cola frente a esa famosísima panadería, no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿Cómo hemos terminado viviendo en lugares como este? Nuevo Bulevar consiste en una sucesión de edificios de viviendas cuyas fachadas dan a una especie de autopista de dos direcciones y varios carriles. Todo parece estar diseñado para hacer de él un lugar funcional, adaptado a la vida moderna, la crianza, la prisa y el consumo. Sin embargo, la arquitectura de los edificios carece de amabilidad, resulta dura, casi hiriente de tan escueta. Uno se pregunta si la gente vive o más bien está presa en esos pisos sin duda grandes y confortables, pero exentos, se diría, de benevolencia. Y es verdad que pasando en coche por las calles del barrio (raramente las recorro a pie), hay algo carcelario en su aspecto. El colmo de ese urbanismo, que, como dice un amigo, se acerca a la acción terrorista, es la esplanada junto a la estación de metro Ciudad Expo, erial de losas impracticable durante cinco meses al año. Ya sé que barrios así se han construído siempre, que algunas de las barriadas de Sevilla debieron de parecer igual de descarnadas cuando se levantaron en los 60 y 70. Las mismas de las que hoy decimos: Pues esa zona tiene su punto. Quién sabe si en cincuenta años Nuevo Bulevar no habrá adquirido cierta solera. El encanto necesita de un poco de mugre, también en la mirada.&nbsp;</p>



<p>Estamos desayunando en uno de los cafés de la zona. Mi madre se bebe su cappuccino a pequeños sorbos. Yo he pedido una tostada de aguacate y queso fresco. Los clientes sentados a nuestros alrededor llevan chándal y zapatillas de deporte, acaban de salir del gimnasio, pienso. Algunos han aprovechado para sacar al perro, que dormita bajo la mesa. Por un momento se me hace extraño ver a mi madre en este marco radicalmente nuevo, sin conexión con el pasado. Ella y yo hemos vivido en numerosos lugares a lo largo de los años, pisos y casas recién terminados cuando nos mudamos a ellos, y que hoy tienen una carnación especial en mi recuerdo. Por encima de todos, la casa familiar del pueblo, venerable, donde los dos jugamos siendo pequeños (tan habitada está en la memoria que parece que no somos nosotros quienes la ocupamos, sino ella la que vive en nosotros). Hemos visitado juntos ciudades, iglesias y ruinas. Pero, en Nuevo Bulevar, todo eso parece fuera de lugar, como un aparador o un lebrillo, herencia de familia, en la cocina de un adosado recién construido. </p>



<p>Unos días después, de vuelta en París, decido darme un paseo por el acomodado distrito ocho de la ciudad, tan de tarjeta postal. Me bajo de la línea dos del metro en la estación Villiers. Cuando las escaleras mecánicas me devuelven a la superficie, un estupor. Las fachadas de los edificios haussmanianos se yerguen recargadas de ornamentos por encima de los viandantes. Sus abalorios tallados en piedra y moldeados en el hierro de los balcones parecen a punto de derretirse, y tengo la impresión de que podrían aplastarme bajo un alud de merengue. A pesar del buche que siempre he tenido para la exuberancia, estoy a punto de gritar: ¡Me ahogo! ¡Quítenme todo esto de en medio! Por algunas ventanas puedo ver el interior de los apartamentos de las clases acomodadas, con sus molduras doradas y sus chimeneas. Deambulo durante un rato por ese París churrigueresco que de costumbre tanto aprecio, entre las columnas Morris, junto a las fuentes Wallace. Pero hoy, cosa extraña, me pregunto: ¿Qué necesidad?</p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Ese día les van a dar por c*** a los franceses</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Aug 2025 17:24:10 +0000</pubDate>
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<p>Hace años conocí a una señora que trabajaba en el Instituto Cervantes de París. En aquella época visitaba con frecuencia su biblioteca, que entonces estaba en ese hermoso palacete de la <em>avenue</em> Marceau del que tanto se ha hablado últimamente en los medios de comunicación. Subía a la primera planta por la elegante escalera decorada con molduras y espejos, recorría los estantes en busca de algún libro o CD, me sentaba en la sala de lectura presidida por un busto de Falla, bajo los frescos pintados en el techo. Ella solía estar en el mostrador de la entrada, donde uno pedía información sobre las obras disponibles. Era valenciana, muy habladora. Un día, mientras registraba los libros que yo me llevaba en préstamo, me dijo que le quedaban solo unos meses para jubilarse, y para volver a España. Yo hice algún comentario de circunstancia, ella exclamó: <em>Y ese día les van a dar por culo a los franceses</em>. Sonreí, algo molesto por la contundencia de sus palabras pero sin darles mayor importancia, metí los libros en la bolsa y me despedí. Sin embargo, de vuelta a casa, en la línea 9 del metro, pasaban las estaciones (Miromesnil, Saint-Augustin, Havre-Caumartin) y yo no podía dejar de pensar en lo que acababa de escuchar. La bibliotecaria había acompañado su frase de un gesto de manos seco y obsceno. <em>Y ese día les van a dar por culo a los franceses</em>. Recordé las pequeñas charlas que manteníamos cada vez que yo sacaba algún libro, me había dicho que llevaba muchos años, toda una vida, en París. Esos años estaban a punto de terminar. Para ella, aquel final tenía un sabor dulce, el regreso a España, esperado durante tanto tiempo. Pero también había algo amargo en su actitud, o eso pensé. Desde luego, el tono y el colorido de su frase eran típicamente españoles, los mismos que se manifiestan en tantas situaciones de la vida cotidiana. Y aún así, me dije que también eran los de alguien que espera su revancha. Entonces sentí una especie de vértigo. Concebí todo el tiempo que aquella señora había pasado en Francia, la imaginé relacionándose durante meses y años con gente que, a tenor de sus palabras,&nbsp; deseaba no volver a ver, imaginé la frustración acumulada, incluso el rencor. Sabía que estaba siendo parcial en mi análisis, que también habría pasado buenos momentos en París, quizás sus hijos eran franceses. Pero no podía dejar de escuchar su frase, ni de ver cómo sus manos y su boca se habían contraído al pronunciarla. Me turbaba el tono resentido que había empleado, y la rudeza de lo que en aquel momento, mientras la línea 9 del metro seguía avanzando, me pareció un resumen de su vida, una sentencia.</p>



<p></p>



<p>El pasado 9 de agosto mi madre me llevó por la mañana a la estación de Santa Justa. Después de pasar unas semanas en Sevilla, tenía que coger el tren que me llevaría de vuelta a Francia. Era sábado. A través de la ventanilla del coche desfilaban las grandes avenidas de la ciudad: Luis Montoto, San Francisco Javier. Había muy pocos transeúntes, tan solo personas de cierta edad paseando al perro o desayunando en las terrazas de los bares. Cada vez que el coche se paraba en un semáforo, yo fantaseaba con la idea de decirle a mi madre: <em>Da media vuelta, me quedo aquí, no vuelvo</em>. A medida que avanzábamos rumbo a la estación, me imaginaba viviendo en un pequeño piso de Nervión, en unas circunstancias que no pretendía definir del todo.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>No era la primera vez que me dejaba llevar por una ensoñación así. A veces los años pasados en París se me antojan un paréntesis que algún día tendré que cerrar para comenzar la que será mi verdadera vida. Como si aún no hubiera empezado a vivir, o solo lo hubiera hecho hasta que terminé los estudios y me marché a Francia. Es verdad que las razones que me llevaron a dejar Sevilla siguen siendo un misterio que me cuesta desentrañar. Pero también lo es que el tiempo pasado desde entonces me parece, ciertas mañanas en que la claridad atraviesa mis párpados sin despertarme completamente, el de una existencia que otro hubiera vivido por mí, y que puedo ver proyectada en una pantalla. ¿Era yo quien vivió tres años en aquella <em>rue,</em> con aquel chico inglés? ¿Yo el que paseaba solo junto al Sena, el día de mi 27 cumpleaños? ¿Qué hacía allí? ¿Qué hago aquí? En el coche, camino de Santa Justa, me acordé de la bibliotecaria del Instituto Cervantes. Aparcamos en la entrada de la estación. Justo antes de entrar, como suelo hacer, me volví para decirle adiós a mi madre con la mano.</p>



<p></p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Almodóvar et moi</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jan 2025 17:38:17 +0000</pubDate>
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<p>Al volver a París tras pasar unos días entre Sevilla y Estepa, mi novio me tiene preparadas (regalo de Navidad) dos entradas para el Crazy Horse, el mítico cabaret parisino al que llevaba tiempo queriendo asistir. Abierta en 1951, la <em>maison</em> cultiva desde entonces un espíritu absolutamente <em>glamour</em>, que no le impide dar carta blanca a creadores de renombre (coreógrafos, diseñadores) en la invención de nuevos números, nuevos cuadros más experimentales y contemporáneos. Adoro la desenvoltura con que Francia vive la frivolidad. Más aun, en un país donde el detalle tiene igual o más peso que el contenido, donde un plato no será apreciado sin una correcta presentación, un discurso sin la pose ni la cadencia adecuadas, lo que la ceñuda España puede encontrar accesorio y superficial, aquí se reivindica como tabla de medición. </p>



<span id="more-8876"></span>



<p>Entrar en el Crazy Horse es como hacerlo en una película de Blake Edwards. Todo allí es rosa, de la moqueta al techo, las burbujas no paran de juguetear en las copas de champagne y los camareros y el maestro de ceremonias se mueven entre las mesas con felina elasticidad. En el público, identifico las marcas del dinero: bolsos de lujo, relojes caros, rostros operados, parejas con una pronunciada diferencia de edad&#8230; Me siento en el crucero de la película <em>El Triángulo de la Tristeza</em>. El espectáculo, tal y como esperaba, resulta un fascinante ejercicio de ilusionismo chic, a través de los cuerpos desnudos, casi irreales, de las bailarinas -las famosas chicas del Crazy Horse, tocadas con la misma peluca geométrica- y de una iluminación virtuosa. Recuerdo entonces las palabras de un amigo sevillano, dueño de algunos bares por el centro, cuando me confesó que siempre había soñado con abrir un cabaret <em>a la europea</em> en la ciudad. Buen conocedor de Sevilla, nunca se decidió a llevar a cabo su proyecto. Por mi parte, allí sentado durante el show, rodeado de sofisticación, vuelve a mí la borrosa sensación que siempre me embarga al codearme, aunque solo sea durante una velada, con la exclusividad.  Mi educación me dicta profesar la mesura y despreciar el exceso, condenar el parasitismo de los ricos, pero, al mismo tiempo, no puedo negar mi atracción hacia esa nebulosa de lujo y fama donde imagino a los <em>happy few</em>, fuera del alcance de los ciudadanos de a pie. Una de las bailarinas está cantando <em>Je cherche un millionnaire</em>. Al final del espectáculo, antes de marcharnos, nos acercamos a la pared donde está inscrita la interminable lista de personajes famosos que han visitado el cabaret a lo largo de los años, desde Cher hasta Simone de Beauvoir. Un nombre atrae mi atención: Pedro Almodóvar. </p>



<p>Precisamente ese mismo día se estrena en Francia <em>La habitación de al lado</em> (<em>La chambre d&#8217;à côté</em> en francés). Veo el cartel de la película en una parada de autobús y me acuerdo de aquella vez en que estuve al lado del celebérrimo director durante unos minutos -todo español debería tener el derecho, y el deber, de pasar un ratito junto a Almodóvar (al fin y al cabo, él nos ha inventado ante los ojos del mundo). Vivía en Madrid. Un amigo, representante de Miguel Poveda, me invitó a un concierto del cantaor en el teatro Albéniz. Aquella noche, antes de acceder a la sala, decidimos tomarnos algo en la Casa de las Torrijas, justo enfrente. Allí estaba él, de pie en la barra, acompañado por su hermano y por Bibiana Fernández, uno más entre los parroquianos. Por supuesto, no le dijimos nada. Luego, mientras ocupábamos nuestros asientos en el teatro, nos dimos cuenta de que Almodóvar y sus acompañantes hacían lo propio unas filas más adelante -Poveda acababa de publicar un disco de copla, una de las cuales servía de banda sonora a la nueva película del director. El caso es que, después del recital, mi amigo propuso que fuéramos a los camerinos para felicitar a <em>Miguel</em>. Cuando penetramos en el reducido espacio, me encontré de golpe formando parte del corrillo que allí se había reunido, y que incluía al propio cantaor, Carmen Linares, una monumental Bibiana Fernández y Agustín y Pedro Almodóvar, justo a mi derecha. Mientras todos charlaban -evidentemente, yo no abrí la boca-, él apenas dijo nada. Casi parecía más intimidado que yo. La Fernández, que, en un peculiar arrebato flamenco, tildó a Poveda de <em>monstruo de las galletas</em>, organizaba el cotarro con desparpajo, decidiendo dónde irían a cenar y quién compartiría taxi con quién. Fueron solo unos minutos. Ellos salieron por la puerta de artistas, nosotros volvimos al patio de butacas, para salir a la calle de la Paz por el acceso principal del teatro. Al día siguiente volví a mi aburrido trabajo, haciendo el mismo trayecto de todos los días, con la sensación de aquel a quien solo han dejado probar una gota de miel. </p>



<p>Ya he podido leer en la prensa francesa algunas críticas de <em>La habitación de al lado</em>, en general positivas, cuando no halagadoras. También he hablado sobre la película con algunos conocidos. Hace años que Almodóvar es una estrella en Francia (1), si bien nunca he logrado comprender del todo el porqué de tal éxito. Sin duda sus personajes, esas mujeres al extremo, confirman el estereotipo francés de la española impetuosa, en un país, <em>la France</em>, que se ve a sí mismo remilgado, y donde sobre la mujer aun pesan los dictados de la coquetería, y hasta de la compostura. Todos queremos que nos reconforten en nuestras creencias, sobre todo las que más se alejan de nuestra propia naturaleza. A caballo entre lo burlesco y lo dramático, las historias de Almodóvar no pueden sino gustar en Francia. Incluso en los 90, cuando España las ninguneaba, las despreciaba y ridiculizaba, a este lado de los Pirineos crítica y público se rendían ante su descaro. De hecho, tras el estreno de esta nueva película, algunas voces se han lamentado por la ausencia de aquella audacia. Por otro lado, el cuidado de la forma que el director pone en todos sus films &#8211;<em>son como hospedarse en un hotel de lujo</em>, dijo alguien una vez sobre ellos-, la esmerada puesta en escena, ese apetitoso universo almodovariano, ¿cómo no van a gustar en este país?</p>



<p>Termino estas líneas durante una pausa en el trabajo. Almodóvar en los camerinos del teatro Albéniz y el Crazy Horse parecen muy lejos desde aquí. De todas formas, concluyo, está bien así. Soy demasiado perezoso para invertir las enormes cantidades de tiempo y esfuerzo que demanda el éxito. ¡Si al menos hubiera nacido marqués!</p>



<p>(1) De hecho, el primer libro sobre el director lo escribió un francés. Se trata de <em>Conversations avec Pedro Almodóvar</em>, publicado en 1986 por Frédécic Strauss. </p>



<p>En la foto, los servicios del cabaret Crazy Horse, en París. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: ITS</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Nov 2024 08:00:36 +0000</pubDate>
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<p>Mi primer apartamento en París fue un pequeño estudio en la isla de Saint-Louis, en pleno corazón de la ciudad. Recién llegado de Sevilla, me encontré viviendo en ese rincón idílico y a la vez postizo que abraza el Sena, un París de postal habitado sobre todo por estadounidenses y saudíes, a pocos metros de Notre-Dame. De camino a casa, pasaba a menudo frente a la catedral y me paraba a admirar los relieves de su fachada. Precisamente a un lado de la plaza donde se eleva la construcción gótica se encuentra el Hôtel-Dieu, el hospital más antiguo de la ciudad. De líneas clásicas, el venerable edificio desprende, como muchos hospitales de París, una mezcla de solemnidad y decandencia fruto de años, de siglos, de actividad. Por sus patios y corredores flota el recuerdo de la tuberculosis y el sida. No sé de dónde vino la idea, quizás alguien me animó a hacerlo, o tal vez vi una pancarta perteneciente a una de esas campañas que se lanzan cada año. El caso es que un día me dije que debía pasarme por el hospital para donar sangre -algo que, debo confesar, nunca había hecho en Sevilla. De esta manera, una tarde me encontré sentado frente a una enfermera en una pequeña sala de consulta. Ella sacó un par de folios de una carpeta y, casi sin levantar la vista, comenzó a hacerme las preguntas acostumbradas, me dije, previas a la extracción: edad, peso, hábitos de vida&#8230; Cuando me preguntó por mi situación de pareja, yo respondí que vivía con mi novio. Entonces su rostro cambió de expresión. Me miró directamente a los ojos y me informó de que, desgraciadamente, teniendo en cuenta mi orientación sexual, no podíamos continuar con el proceso. La <em>République</em> no quería sangre de homosexuales. En cualquier caso, <em>merci</em> (*).</p>



<p>Por supuesto, no era la primera vez que me sometía a un cuestionario de aquel tipo. Como chico gay a finales de los 90, había aprendido a protegerme de las ITS, que controlaba periódicamente mediante las pruebas correspondientes en centros especializados, como aquel, cerrado ahora desde hace años, de la calle Amor de Dios -¿qué otra calle si no? En tales ocasiones, la persona encargada -siempre una mujer- me hacía las preguntas adecuadas para evaluar los riesgos a los que me había expuesto, así como para alimentar estadísticas de incidencia. Dichas entrevistas se adentraban (se adentran) sin rodeos en los vericuetos de mi vida sentimental y sexual, pero he de confesar que nunca me han resultado incómodas, supongo que, en gran medida, gracias a la pericia de esas mujeres. Me he encontrado a muchas a lo largo de los años, implicadas tanto en centros de salud orientados a la población LGTB como en asociaciones de lucha por sus derechos. Al teléfono, en la recepción, atendiendo casos urgentes o coordinando reuniones y grupos de trabajo, su presencia siempre me causa una grata sorpresa por lo inesperado e inexplicable. ¿Qué anima a una mujer heterosexual a consagrar su vida profesional a los problemas de las personas LGTB?, me pregunto, dejando al descubierto mi estrechez de miras. No cabe duda de que a ellas se les han asignado siempre las tareas relativas a <em>los cuidados</em>, esa palabra tan del gusto de la nueva generación. Las mujeres dedican tiempo y esfuerzo a gestionar el sufrimiento ajeno -dice la tradición-, se preocupan por evitar y aliviar el dolor, con empatía e independencia del paciente que tengan delante. Por eso, mi sorpresa no puede ser tal. Y aun así, cuando la enfermera, antes de pincharme para sacarme sangre, me habla de ITS y de Prep, pienso: ¿De qué manera concibe ella mi intimidad, que le desvelo al hilo de sus preguntas, la intimidad de un hombre gay? </p>



<p>Las estadísticas dicen que las ITS se ceban especialmente en nosotros. Nunca he considerado injusta esta preferencia, que encuentro casi gustosa, tributo a pagar por una <em>raza maldita</em> y elegida (obviamente, esto solo puede decirlo, con buena dosis de desvergüenza <em>old-fashioned</em>, alguien que nunca ha padecido una infección de gravedad). Los heterosexuales no están al resguardo, por supuesto, aunque a veces parezcan vivir en otro planeta. El novio de una amiga empezó a sufrir repentinos ataques de furia, momentos que le hacían perder el control sin razón. Tras hacerse las pruebas pertinentes, los resultados revelaron una sífilis contraída mucho tiempo atrás, nunca diagnosticada y aun menos tratada. Después de años pululando por su organismo, la infección había terminado afectando de forma irreversible al sistema nervioso. Escuchando esta historia, no puedo evitar preguntarme si los gays no tendremos (o teníamos) una sexualidad más consecuente, si no estamos más <em>evolucionados</em> que los heterosexuales, como declara un amigo sevillano. Pero acto seguido, recuerdo el chemsex y sus derivas, y la ilusión se resquebraja. </p>



<p>Leo en la prensa el último gran sondeo sobre la sexualidad de los franceses, publicado el pasado 13 de noviembre, y no puedo reprimir un ligero bostezo. De una heterosexualidad triunfante, los resultados solo exploran la <em>disidencia</em> -otro palabreja generacional- al constatar que las mujeres jóvenes tienen cada vez menos reparo a la hora de confesar atracción por alguien de su mismo sexo. El resto del sondeo es un paisaje con ciertas transformaciones que, desde la acera de enfrente, se perciben redundantes, como un <em>déjà-vu</em>. Tengo que comentarlo con la enfermera, la próxima vez que me haga pruebas de ITS, me digo cerrando el periódico. O que done sangre. </p>



<p>(*) Desde 1983 hasta 2022, los homosexuales tuvieron prohibido donar sangre en Francia, si bien a partir de 2016 pudieron hacerlo tras certificar un año de abstinencia sexual. En España nunca ha existido tal prohibición.  </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Fashion Week</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 15 Nov 2024 19:01:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
		<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
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<p>Hace poco tuvo lugar la Fashion Week de París. Idiotas de todo el planeta se reúnen para asistir a los desfiles o para hacer cola en la puerta de la última boutique <em>à la mode</em>. Un circo de atuendos y actitudes sin los que el mundo sería un lugar mucho más bello y decente -existe por ahí un vídeo impagable que muestra la reacción de los parisinos (insultos, silbidos) frente a las incomodidades que la <em>Semaine de la mode</em> provoca en el día a día de la ciudad: calles cortadas, masificación, invasión de mamarrachos. El universo de la moda es un auténtico estercolero, como bien me explicaron mis amantes. Uno trabajaba en Dior, otro en Vuitton, otro en Margiela. Todos tenían (tienen, imagino) puestos en los departamentos de ventas o de comunicación de tan célebres <em>maisons</em>. Con Vincent, de Givenchy, tuve un amago de relación sentimental. Cada uno a su manera, me hablaron de la ausencia absoluta de interés por la creación que rige el negocio, cuyo único objetivo es vender mucho y rápido, de la impudicia con que ese mismo negocio se sirve de su aura para no pagar a los becarios que lo sostienen, y que se sienten elegidos por formar parte del tinglado. En suma, de una industria tóxica pero infalible la hora de despertar ilusiones y bajos instintos (los míos, por ejemplo). </p>



<p>Precisamente durante esa semana, de camino al trabajo, reparo en una tienda de campaña de tipo iglú recién plantada en una calle por la que paso todos los días. Junto a ella, sentado en un banco, un señor de unos 60 años, pulcro, jersey azul marino, mirada algo extraviada, me dice <em>bonjour</em> cuando me ve. París acoge -resulta obsceno utilizar este verbo- a una ingente población de personas sin domicilio fijo, en diversos estados de abandono y exclusión. Gente tirada en la calle, inconsciente, familias durmiendo en un colchón recubierto de plásticos, bajo la nieve. Mendigos sentados bajo los cajeros automáticos, a merced de la caridad de los clientes. Escenas dantescas (tullidos sin piernas arrastrándose con un vaso de cartón entre los dientes, donde alguien les echa unas monedas), solo comparables a ciertas situaciones de pobreza extrema que uno se encuentra en India. Jóvenes  en la caja del supermercado, sacando del bolsillo los pocos céntimos que han conseguido juntar para costearse la cerveza y el vino baratos con los que aturdirse durante unas horas más -el alcohol, cultura y abismo de Francia. En ciertas líneas del metro, es constante el paso de gente que, haciendo uso de todas las formas de la cortesía, pide limosna a los viajeros. Son tantos, tan numerosos, que no queda más remedio que blindarse, mirar hacia otro lado. Un ejercicio de tesón, casi de supervivencia, que conlleva momentos desconcertantes, como aquella vez cuando me di cuenta de que estaba admirando las piernas de un chico en pantalón corto mientras tenía delante a alguien que suplicaba ayuda para poder comer. <em>Bonjour</em>, le respondo al señor de la tienda de campaña, y sigo mi camino hacia el trabajo.</p>



<p>Sin embargo, frente a la indiferencia generalizada (1), no son pocas las personas que se paran a charlar con estos otros habitantes de la ciudad (más habitantes que nosotros, los que vivimos en apartamentos. Ellos <em>viven</em> realmente en la ciudad). Siempre me ha sorprendido toparme con dichas escenas por la calle: hombres y mujeres en cuclillas, hablando con alguien que pide limosna sentado en el suelo, incluso entregándole un bocadillo o un plato de comida envuelto en film transparente. Más allá de la nobleza del gesto, hay algo novelesco, cinematográfico, en esas estampas, como en todo lo que hace el parisino -por otro lado, ¿no son los vagabundos, la bohemia miserable, parte esencial del mito de París (2)? Y no puedo evitar pensar que el sevillano es menos proclive a agacharse en plena calle para entablar conversación con un desconocido. Sea como fuere, a los pocos días de mi encuentro con el señor de la tienda de campaña, decido llevarle un café y un croissant comprados en una panadería cercana. Él me da las gracias y, ante el interés que manifiesto por su situación, me habla de las dificultades para abandonar la vida en la calle, para encontrar un trabajo y un apartamento. </p>



<p>-De todas formas, dice mirando a los transeúntes con sus ojos azules, prefiero mil veces estar en París que en una ciudad pequeña o en un pueblo. Aquí al menos algunas personas se paran a hablar conmigo. En provincias hay más desconfianza y rechazo. </p>



<p>A partir de entonces, empiezo a saludarlo todas las mañanas al pasar junto a su tienda, y a llevarle algo de comer a mediodía. Comienza así una serie de breves encuentros ante la mirada de los viandantes, niños que van al colegio, ancianos tirando del carrito de la compra, padres de familia en traje de chaqueta, de camino a la oficina&#8230; Al hilo de nuestras conversaciones, y sin entrar en demasiados detalles, descubro en él una postura de aceptación, casi de mansedumbre ante un destino que él mismo, según dice, ha contribuido a forjar a base de excesos y malas decisiones. <em>A veces resulta tentador dar el paso que me separa del abismo final</em>, me confía una lluviosa tarde. Yo acabo de entregarle un plato de pasta envasado y un trozo de pan. </p>



<p>Pero lo que comenzó siendo una oportunidad de hacer una buena acción -y de añadir algo de novedad a mi rutinaria existencia, por qué no decirlo- se va enmarañando con el paso del tiempo. Las buenas intenciones se disuelven en la prisa que llevo algunas mañanas, o en la desgana de enfrentarme a una situación que resulta más compleja de lo que esperaba. Empiezo entonces a dar un rodeo por otras calles, para llegar al trabajo sin encontrarme con el señor de la tienda de campaña -cuyo nombre ignoro, me percato al escribir estas líneas. Algunos días me decido a pasar por el lugar donde vive, esperando que su tienda habrá desaparecido, o que él estará en otro lugar a esa hora. Haga lo que haga, tanto si paso por la calle en cuestión como si la evito, se apodera de mí un sentimiento de inutilidad, incluso de culpa por haberme metido en esta historia. <em>¿Qué pensabas, que ibas a solucionarle la vida?</em>, me pregunta un compañero de trabajo cuando le confieso mi desazón.</p>



<p>Esta mañana lo he visto a lo lejos, al final de la calle. No llevaba nada que ofrecerle, ni café ni croissant, pero me he obligado a acercarme, con la intención de charlar durante unos minutos. A medida que me iba acercando, esbozaba la mejor de mis sonrisas y pensaba en algunas palabras que intercambiar con él. Cuando me ha visto, cuando nuestras miradas se han encontrado, se ha dado media vuelta y se ha alejado, desapareciendo por una calleja lateral. </p>



<p>(1) Cómo olvidar la historia del fotógrafo René Robert, muerto por hipotermia en 2022 tras pasar 8 horas tirado en una calle, después de haber sufrido una caída, sin recibir ningún tipo de ayuda por parte de los viandantes.  </p>



<p>(2) Y qué bien vestido suele ir el vagabundo parisino, con perdón por la frivolidad inexcusable. En ninguna ciudad se ven personas sin domicilio fijo tan elegantes, con tal sentido de la harmonía, llevando prendas no por gastadas menos hermosas. </p>
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		<title>Otoño en Sevilla (III)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 12 Oct 2024 09:47:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categorizar]]></category>
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<p>Una vez solo, me tumbé en la cama para descansar del largo viaje hasta Sevilla. Aunque mi habitación daba a la calle a través de un hermoso cierre de hierro, me percaté de que ningún sonido provenía de fuera, como si la casa estuviera volcada hacia el interior. Allí, mientras me iba adormeciendo, solo podía oír el revoloteo de los pájaros en el patio y el ir y venir de Sophie a través de las estancias, de modo que, más que en el centro de una ciudad, tenía la sensación de estar en una casa de campo.</p>



<p>&#8211;</p>



<p>Desperté al caer la tarde, algo desorientado por tantas horas de sueño. Cuando bajé a la cocina, Sophie había preparado una ensalada de bacalao, naranja y aceitunas negras. Me tendió una bandeja con dos platos, cubiertos y un poco de pan. <br>-Vamos a comer arriba, es el mejor momento del día. <br>La primera vez que subí a aquella azotea, la luz rosada del atardecer envolvía la ciudad, que se desplegaba a nuestro alrededor erizada de campanarios y espadañas -la de Santa Paula, cuyo tañer sonaba a campanita para niños, parecía quedar al alcance de la mano-. Más allá, cercando el centro histórico, la ciudad moderna elevaba hacia el cielo sus torres de viviendas, las mismas que había visto desde el taxi al llegar a Sevilla, unas horas antes. Recuerdo que el aire era fresco y ligero, más frío de lo que había esperado al decidir viajar a Andalucía. <br>Nos sentamos a comer y, mientras dábamos cuenta de la ensalada, nuestra conversación fluía principalmente gracias a las preguntas que yo hacía. Cuando pregunté a Sophie por el carácter de los habitantes de Sevilla, tras reflexionar unos instantes, ella opinó:<br>-Dicen que es una ciudad alegre, y es cierto que la gente cultiva esa alegría casi como una profesión, incluso en la difícil situación actual, tras la Expo. <br>El cielo se iba poniendo violeta. Sentía cómo el frío, para mi sorpresa, se apoderaba de mi cuerpo con cada vez mayor resolución. Sophie, que no había hecho ningún comentario al verme subir a la azotea en manga corta, me ofreció una pashmina que colgaba del respaldo de una silla, en la cual me envolví agradecido. <br>-Y a pesar de todo, tras dos años viniendo con regularidad, me pregunto cómo se comporta el sevillano en la intimidad de su casa, cuando nadie lo está mirando, concluyó. <br>Miré de nuevo las otras azoteas que, como cajitas abiertas, coronaban los edificios. En una de ellas, un vecino recogía la ropa tendida. Más allá, otro, con los codos apoyados en el alféizar, oteaba la ciudad sin detenerse en detalle alguno -tampoco en mí, cuando nuestras miradas se encontraron-. Vi también a un grupo de niños jugando. Era como si, además de la ciudad a pie de calle, Sevilla comprendiera un segundo plano por encima de las viviendas, menos accesible, más íntimo. Quizás por ello ni Sophie ni yo propusimos salir aquel día. Desde nuestro mirador, la ciudad se nos ofrecía &#8211; y parecía desvelarnos su envés- sin necesidad de pisar sus adoquines. </p>



<p>Más tarde, ya en la cama y con la luz apagada, el silencio que me había sorprendido a la hora de la siesta se vio quebrado por el sonido de los pasos y las conversaciones de los transeúntes que, a aquella hora de la noche, pasaban bajo mi balcón. Podía escucharlos tan cerca que sus pisadas -zapatos de tacón- y sus voces parecían no venir de la calle, sino de dentro de la casa. La ciudad se colaba en ella como una invitada nocturna. ¿Qué hago aquí?, me pregunté fijando la mirada en las sombras del techo. Aunque la velada en la azotea había sido agradable, Sophie no dejaba de ser una extraña, alguien a quien apenas conocía, con toda la incomodidad que tales situaciones me hacían experimentar. Además, acababa de descubrir que la ciudad donde me encontraba se definía por una especie de culto a la alegría, algo que yo ignoraba por completo y que casaba mal con mi proyecto de unos días de sol e indolencia. Sin embargo, antes de quedarme dormido, una peculiar ocurrencia vino a poner cierto orden en aquel mar de incertidumbre. Recordé las veces en que había escrito algo (un artículo, un relato). Solía empezar sin saber exactamente cuál era mi objetivo, qué quería decir, y no era sino una vez avanzado el texto cuando, línea a línea, la idea que lo había motivado comenzaba a perfilarse. Tal vez al cabo de unos días encontrarás, o inventarás, la razón de tu presencia en Sevilla, me dije mientras cerraba los ojos. Incluso la nombrarás, como se hace con el título de un libro.&nbsp;</p>



<p>&#8211;</p>



<p>Los sevillanos iban cargados de bolsas. Solos o acompañados, deambulaban por las calles llevando los artículos que acababan de comprar en las tiendas del centro -comida, ropa, objetos diversos-, que amontonaban en el suelo, como presentes a los pies de un trono, si se sentaban a tomar algo en cualquier bar. Cuando me había levantado aquella mañana, Sophie no estaba en la casa. A través del balcón de mi habitación, empañado por la humedad, observé a los pocos viandantes que transitaban por la estrecha calleja. El cielo y la luz eran de un gris cenizo. Me duché y, atravesando el patio, salí a la calle sin demasiado convencimiento, con la intención de buscar un lugar donde tomarme un café que me arrancara del aturdimiento del sueño. No llevaba mapa, dispuesto como estaba a que mis pasos me guiaran donde quisieran. A pocos metros, divisé la plaza del día anterior -Santa Isabel, decían los pequeños azulejos en una pared-, donde ya estaba abierto <em>La</em> <em>Tórtola</em>, aquel insólito local entre café y casa de comidas. Cuando entré, la televisión colgada sobre un extremo de la barra estaba encendida y, en la pantalla, los invitados al plató de un magacín matutino discutían, a juzgar por la expresión de sus rostros, sobre un asunto polémico. Me acerqué a la barra y pedí un café solo, haciendo uso de un español rudimentario que no pareció sorprender al camarero, de una hosca eficacia. Entonces miré a mi alrededor con discreción, poniendo cuidado, como solía hacer, en no delatar mi curiosidad. Aunque después frecuentaría otros bares como <em>La Tórtola</em>, aquella mañana no pude sino sorprenderme ante tan pintoresco lugar, ante la crudeza del aluminio y el cristal de la barra y los expositores de comida que, bajo la luz de los tubos fluorescentes, servían de marco a una pléyade de fotografías de santos colgadas de la pared. Los escasos clientes formaban pequeñas escenas de vida repartidas por las mesas, algunos charlando en voz baja, otros leyendo el periódico o haciendo un crucigrama, todos respetando aquel ambiente apacible, que solo perturbaba el sonido de las tazas y cucharillas, de la máquina de café y sus soplidos. Yo capturaba aquellos retazos con sigilo. A veces mis ojos coincidían con los de alguien, pero estos se apartaban al momento o se deslizaban hacia otro lado, como buscando algo. Seguí observando los detalles del lugar hasta que reparé en un señor, sentado en una mesa del fondo, que me miraba con atención precavida. Su cabeza sin pelo, cubierta por algunas manchas de la piel, y su bigote cano delataban una edad decididamente avanzada. Llevaba una gabardina beis, cerrada, como si la temperatura del interior del bar no fuera suficiente para calentar su cuerpo. Sobre la mesa reposaban una taza de café humeante, un plato con dos rebanadas de pan tostado y una pequeña botella de aceite de oliva. Esta vez fui yo quien apartó la mirada, incómodo ante una situación que no podía descifrar. Sin embargo, aquella atención, por muy equívoca que fuera, resultaba demasiado sabrosa para no ser paladeada más que una vez, así que, vanidad o flaqueza, volví levemente mis ojos de nuevo hacia aquel desconocido. Él seguía mirándome. Al principio traté de encontrar en mi aspecto elementos que hubieran podido atraer su curiosidad. Quizás algo en mi cuerpo, o en mi atuendo, desentonaba en aquel lugar. Pero tras un baile de furtivas ojeadas entre ambos, me di cuenta de que su interés iba más allá de mi jersey verde o mi físico espigado. Y, bajo la sorpresa que suponía encontrar a otros homosexuales en sitios inesperados, tuve que admitir que aquel señor estaba enviándome una señal. Entonces me di la vuelta, pagué mi café y salí, pasando junto a su mesa pero mirando hacia el suelo. </p>



<p>&#8211;</p>



<p>Gente llevando bolsas de plástico. Aquella mañana y las siguientes paseé por el casco histórico sin un itinerario preconcebido. Recorrí calles peatonales y escuetas plazas, donde me sentaba a observar a los transeúntes si el cielo, entre sol y lluvia, lo permitía. Sevilla era en verdad una ciudad hermosa, aunque caprichosa en la distribución de sus flujos humanos, y también de sus encantos. La soledad más intensa se disolvía, al girar una esquina, en el suave tumulto de la gente que, como en una miniatura impresionista, se entregaba a sus quehaceres cotidianos. Mujeres, hombres y niños ocupados en una multitud de pequeñas tareas que llevar a cabo para que la vida siguiera su curso. Esta alternancia entre calma y actividad, entre vacío y presencia, inducía -incluso al viajero francés que era yo- a un estado de plácido abandono frente a los antojos de la ciudad. Con la cadencia de mis pasos, la inercia que me llevaba a intentar comprenderla se fue poco a poco deshaciendo. Si acaso, y aunque podía entrever alegría en los gestos de dos personas que se encontraban por la calle, o en una carcajada saliendo de una ventana entornada, Sevilla hacía gala, aquellos días, de una especie de hacendosa ocupación, como si sus habitantes presintieran la crisis que se acercaba -que ya había llegado-. Aquellas bolsas de plástico parecían cargadas tanto de la abundancia del 92 como de provisiones que anticiparan un periodo difícil. </p>



<p>Mis paseos se veían interrumpidos con frecuencia por chaparrones fulgurantes, que me obligaban a refugiarme en alguna iglesia. Más que espacios de solemnidad o coquetería, como sucede en París, los templos de Sevilla eran verdaderos joyeros cuyo abigarramiento fuera de toda mesura, poblado por una multitud de personajes esculpidos, invitaba al tú a tú, al andar por casa. En el interior, los fieles charlaban sobre los asuntos de la vida cotidiana o se esmeraban en el cuidado de tan suntuosa decoración. Otras veces, cuando la lluvia comenzaba a caer, entraba en el primer café que encontraba abierto, incluso en El Corte Inglés. Deambulaba por la sección de ropa de caballero fijándome en la actitud de los vendedores, tan apuestos con sus trajes cruzados, en la efusividad que desplegaban al pellizcar la mejilla de un compañero a modo de saludo, en el modo de atusarse la melena, impecablemente peinada hacia atrás. No pensaba demasiado en Pierre, que se me antojaba en otra dimensión de mi vida. ¿Apreciaría él esta ciudad a medio gas?, me preguntaba. Después volvía a la casa a esa hora cuando todo en Sevilla, excepto los bares y la catedral, está cerrado. Allí me entregaba a una breve siesta o subía a la azotea, donde a veces ya estaba Sophie. Las cúpulas de la iglesias brillaban después de la lluvia, y el aire olía a tierra mojada. </p>



<p>&#8211;</p>



<p>Ciertas noches salíamos a cenar a restaurantes que ella conocía, fuera del circuito turístico. Yo le contaba mis impresiones acerca de la ciudad, ella me hablaba de los pormenores del día, o de algún episodio de su vida. Sophie entendía y aceptaba -o así lo interpretaba yo- mi torpeza a la hora de hablar de la mía, de modo que raramente me hacía preguntas al respecto. Sabía que en París había dejado en suspenso una historia de pareja, y que mi viaje a Sevilla tenía algo de evasión. Sabía que era profesor en la universidad, por lo que a finales de octubre podía disfrutar de unos días de vacaciones. Su curiosidad no pedía más. Por eso, después de enumerarle las iglesias y plazas visitadas durante la jornada, ella me hablaba de su pasado, dándome a entender al mismo tiempo que era libre de hacer las preguntas que quisiera. Y cuando mencioné a su hijo mientras cenábamos en un reputado restaurante con mantel de hilo y cubitera con pie para el vino, me confió:</p>



<p>-Luc no me dice <em>mamá.</em> Siempre, desde pequeño, me ha llamado por mi nombre, lo cual no deja de ser lógico. Nunca tuve especial interés en asumir ese papel tan solitario. </p>



<p>Hacia el final del instituto, continuó, había conocido a un estudiante de segundo año de letras. Aquella relación, entre manifestaciones estudiantiles y fiestas en <em>chambres de bonne</em>, terminó cuando él, al saber que Sophie estaba embarazada, se esfumó. Para esconder tan incómoda situación en el seno de una familia de la burguesía normanda, se barajó entonces la posibilidad de organizar un aborto en Inglaterra, opción que ella rechazó sin darle demasiadas vueltas. Era la primera decisión importante que podía tomar por sí misma. Luc creció rodeado por los miembros de su familia materna, que tejieron un entramado protector -para el niño y para ellos mismos, en aquella pequeña ciudad de provincias- en el que Sophie era un eslabón más. Durante los juegos en el jardín de la casa, su madre, que volvía de París los fines de semana, dejando atrás durante unos días las clases en la universidad y las noches de la capital, casi se confundía entre los tíos y tías, incluso entre los primos. Años más tarde, al terminar los estudios y encontrar su primer trabajo, en una empresa de organización de seminarios, se lo llevó a vivir con ella a un pequeño apartamento del distrito 19. La vida en común le ofreció la oportunidad de experimentar una maternidad a tiempo completo, si bien pronto se dio cuenta de que le resultaba difícil desempeñar aquel rol. No es que no sintiera un vínculo especial con su hijo, o que no disfrutara de ciertos momentos de la jornada -recogerlo del colegio cuando salía pronto del trabajo, repasar la lección del día en la cocina-, y se sentía preparada para responder a las obligaciones prácticas de una madre. La verdad era, y así tuvo que reconocer al cabo de un tiempo, que no le apetecía simular sobre él una autoridad en la que no conseguía creer. Por eso en aquel apartamento, a menudo visitado por amigos y vecinos, la jerarquía era un material flexible entre los dos. Si Sophie salía de noche, Luc, que desde niño aprendió la independencia, no se dormía hasta que la oía volver, según le contó mucho tiempo después. Entreabría la puerta de su habitación para cerciorarse de que todo estaba bien y, cuando su madre se había desvestido y desmaquillado, se acercaba hasta su cama para darle un beso de buenas noches, beso que ella le devolvía los días de colegio. Así pasaron los años, la infancia del hijo y la juventud de la madre, luego la adolescencia y la edad adulta, cada uno en un periodo de su vida colindante con el del otro. Él le regalaba cada año un ramo de flores por la <em>Fête des mères</em>, como un juego del que los dos participaban, y que les hacía reír.  </p>



<p>Una noche, después de nuestra cena, Sophie volvió a casa y yo decidí darme un paseo. Como apenas me había traído ropa de abrigo en la maleta, aquel día llevaba puesto un jersey negro de cuello alto que Luc había olvidado en su última visita a Sevilla, y que ahora olía ligeramente a <em>Habit Rouge</em>, el perfume que utilizaba por entonces. Encendí un cigarrillo y empecé a caminar. Cada vez estaba más hecho al vagabundeo que la ciudad pedía a quienes paseaban por ella. Al pasar frente a la fachada de un cine, me paré a observar las llamativas luces de neón que formaban el rótulo con su nombre: Florida. Líneas verdes, rosas y azules componían cada una de las letras, sobre las que caían las ramas de una esquemática palmera, también dibujada con trazos de neón. Cuando bajé la mirada, vi que en la acera, a cada lado del cine, varios muchachos estaban apoyados contra la pared. Las luces de colores los envolvían en un halo casi fantasmagórico, dejando en sombra ciertas partes del rostro, a la vez que ponían en evidencia otros detalles del cuerpo y la ropa -una mano oculta en el bolsillo de unos pantalones vaqueros, una camisa entreabierta, rizos castaños ocultando una oreja. Aquella visión me cogió particularmente desprevenido, ya que durante mi paseo había estado pensando en Luc. ¿Dónde estaría en aquel momento?, me preguntaba. ¿Tenía planeado visitar a su madre en Sevilla durante mi estancia en la ciudad -por supuesto, no me había atrevido a preguntar a Sophie por tal eventualidad-? Los imaginaba a los dos, madre e hijo, en su apartamento del distrito 19, en aquellos lejanos años 70. Me decía que Luc y yo habíamos vivido infancias desacostumbradas, y sentía curiosidad por saber cómo había atravesado él tan insólita situación -Sophie no había abundado en ese aspecto, pero yo lo veía a sus 8 años, con el gesto circunspecto del niño que ya se siente responsable del buen funcionamiento del hogar, así como de la felicidad de su madre-. ¿O estaba proyectando mi propia historia sobre la de alguien que no conocía? Las figuras de la acera apenas se movían. Una de ellas, un chico con una cazadora de cuero marrón, se encendió un cigarrillo con el mechero que otro le tendía. Recordé las palabras de aquel invitado a la cena en casa de la Marquesa, cuando nos habló de los muchachos de Sevilla que esperaban a los turistas a las puertas de los restaurantes. Y había empezado a caminar de nuevo cuando un <em>bonsoir, monsieur</em> en perfecto francés me hizo volverme, tal vez sin querer, para identificar a su emisor. Un muchacho me sonreía desde el marco de una puerta, donde estaba apostado como un santo en su hornacina. Su rostro, el rostro de Esteban, se adivinaba hermoso aunque débilmente iluminado, más incógnita que respuesta. Así lo percibiría tantas veces a partir de aquel día, en la penumbra de las pensiones de Amor de Dios y de otras calles aledañas, que tan bien llegaría a conocer. </p>
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		<title>Flamenco en France</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Sep 2024 20:21:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Flamenco]]></category>
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<p>Cuando llegué a París, después de terminar la universidad, el flamenco estaba de moda en la ciudad. Al menos el baile, que se enseñaba en numerosas escuelas. Existía incluso una tienda, en el barrio de Le Marais, donde era posible comprar los zapatos, trajes, mantoncillos y abanicos que se exhibían en el escaparate. No muy lejos, el cine-restaurante Le latina organizaba todos los lunes una soirée sevillanas que atraía a un abundante público dispuesto a bailar a ritmo de tres por cuatro. Como en la más banal de las historias de emigración, en mis primeros años en París, acercarme al flamenco me procuraba la sensación de estar cerca de Sevilla, aunque solo fuera parándome frente a aquel escaparate de la rue Rambuteau. Creía ser el primer, y el único, emigrante andaluz en la ciudad, por eso sentía una mezcla de sorpresa y perplejidad cuando descubría huellas que demostraban que otros, muchos, habían pasado antes que yo. De hecho, aprendí en breve, París y Andalucía nunca habían estado demasiado lejos. En Le Latina conocí a un curtido bailaor de Sevilla (he olvidado su nombre) que llevaba más de media vida dando clases en París, sin dejar de viajar a Andalucía con cierta regularidad. <em>Para trabajar, París; para vivir, Sevilla</em>, me dijo una noche. Por aquel entonces, un atípico lugar en el distrito 20 de la ciudad ya llevaba largo tiempo cultivando el flamenco con rigor y devoción. Flamenco en France tiene su origen nada menos que en 1979, cuando un grupo de aficionados franceses y españoles, entre los que se encontraban Frédéric Deval y Francisco de la Rosa, así como el fotógrafo René Robert, tuvieron la descabellada idea de crear una asociación flamenca en la capital de Francia. </p>



<span id="more-8397"></span>



<p>Empezaron entonces a organizar recitales y encuentros en diferentes salas de París, incluso en el apartamento de uno de ellos en Montmartre. En aquellos primeros años hubo también reuniones en una cripta de la iglesia de Saint-Eustache, o en el <em>hôtel particulier</em> de Saint-Aignan, de nuevo en Le Marais. Sin un local propio, el objetivo consistía en dar a conocer el flamenco entre el público parisino. Los primeros recitales fueron sufragados por los miembros de su propio bolsillo. </p>



<p>Todo esto me lo cuentan dos mujeres que han formado, o forman, parte de la historia de Flamenco en France: Marie-Catherine Chevrier, presidenta durante 10 años, y Nathalie García Ramos, hoy encargada de su gestión. Las dos insisten en la decisión y el arrojo de los fundadores de la asociación, instigadores de una aventura inédita hasta entonces en París. Y es que, si el flamenco estaba presente en la ciudad ya en el siglo XIX, pocos proyectos se habían caracterizado por tener una programación cuidada y vocación de autenticidad. Pero sigamos con la historia. Tras una época de peregrinación por varias salas de conciertos, Flamenco en France encontró en 1983 la posibilidad de alquilar un local en el passage des Vignoles. Se trataba de un antiguo almacén y fábrica de botones en un pintoresco callejón del París obrero, donde varios artistas y artesanos tenían su taller. En uno de esos talleres, justo al lado de la futura peña, estaba además -está- la sede de la CNT, lugar de encuentro de emigrantes españoles desde los tiempos de la Guerra Civil. Contar con un espacio propio para sus actividades permitiría a la asociación reafirmar su intención de difundir y afianzar la presencia del flamenco en la ciudad. En 1985, después de dos años de reformas y adaptación del espacio -llevadas a cabo por los propios socios-, Flamenco en France abre sus puertas como la primera peña flamenca de París. Toma cuerpo a partir de entonces una programación estable basada en las clases de baile, cante, toque y compás, así como en la celebración de un recital al mes, a cargo de artistas venidos desde España, entre los que estuvieron Farruco (particularmente difícil en sus exigencias, según me cuentan) o José Menese. Hoy, con más de 40 años de historia, la institución ha tejido una tupida red de contactos dentro del mundillo flamenco andaluz, por lo que son muchos los artistas que la visitan con relativa frecuencia.  </p>



<p>Pero, un momento: ¿flamenco en París? A priori -y echando mano de unos cuantos tópicos-, nada más incompatible. El fuego y el hielo, el desgarro y el distanciamiento. Nathalie García me habla entonces de esos socios que empiezan viniendo solos a los conciertos, atraídos por la música de manera espontánea, sin haber tenido ninguna introducción al flamenco. Otros lo hacen tras haber tomado sus primeras lecciones de baile. Algunos, después del recital, prolongan la velada con un vaso de vino -el bar está cerrado durante la actuación- y una charla, incluso con algunos cantes improvisados. El ambiente no difiere entonces demasiado del que se respira en una peña andaluza. </p>



<p>-Pero supongo que el ambiente en la sala en más frío que en Andalucía, señalo. Una parte muy importante de un recital flamenco reside en la participación del público a través de exclamaciones y jaleos hacia los artistas. ¿El parisino sabe en qué momento hay que soltar un olé?</p>



<p> -¿Lo sabes tú por ser de Sevilla?</p>



<p>En ese momento recuerdo el estupendo libro de Gerhard Steingress, <em>Y Carmen se fue a París</em>, esclarecedor estudio sobre el importante papel de la ciudad en la conformación de eso que hoy llamamos flamenco. Steingress saca del olvido a numerosos cantaores, bailaoras y guitarristas que trabajaron en la capital francesa y que idearon formas que atravesaron los Pirineos para, como en un espejo, acabar por incorporarse al repertorio del cante y el baile. ¿Soleá de la Rive gauche? ¿Bulerías de Montmartre? Unos días más tarde, Marie-Catherine me habla de cuando trajo a Pilar López a París. Atravesando uno de los interminables pasillos del metro, la mítica bailarina se marcó unos pasos para comprobar la acústica del lugar. Sin duda, el flamenco siempre ha formado parte de esta ciudad, con épocas de mayor o menor florecimiento. Los barrios de Saint-Denis y de Belleville recibieron desde principios del siglo XX intensas oleadas de emigración española. Resulta fácil imaginar que por las ventanas de sus casas se escaparían en más de una ocasión cantes y palmas. Y qué decir de los numerosos artistas franceses -pintores, fotógrafos, cineastas- que han tomado el flamenco como fuente de inspiración (y que tanto protagonismo tenían en aquella maravillosa exposición, <em><a rel="noreferrer noopener" href="https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/noche-espanola-flamenco-vanguardia-cultura-popular-1865-1936" data-type="URL" data-id="https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/noche-espanola-flamenco-vanguardia-cultura-popular-1865-1936" target="_blank">La noche española</a></em>, que el Reina Sofía organizó en 2008). Por mi parte, aunque en el instituto ya escuchaba a Camarón y a Lole y Manuel, fue en París donde comencé a aplicarme en el estudio y aprecio de las formas del cante. El flamenco, el de verdad, me servía para reforzar mi vínculo con Sevilla -un vínculo que temía perder-, pero sobre todo, me sirvió, con otros elementos variopintos, para confeccionarme el traje de español que, sentía en aquella época, necesitaba para encajar en mi nueva vida. Un traje adornado de algunos tópicos, como no podía ser de otro modo. Y aun así, un traje que fabriqué con toda la sinceridad de la que era capaz. En la <em>chambre de bonne</em> que una familia de la gran burguesía francesa me alquilaba en el distrito 8, escuchaba los cantes con aplicación, decidido a ser capaz de reconocer la diferencia entre una seguiriya y una soleá, entre el cante de Triana y el de Jerez. Llegué a alcanzar cierto nivel de conocimiento en la materia -que aun poseo, quiero creer- y, cuanto más profundizaba, mayor era el disfrute y la emoción, y mayor también el agrado que aquella imagen de mí mismo me procuraba. No siempre nuestros gustos nos eligen; a menudo somos nosotros quienes los buscamos, como se busca una camisa que nos quede bien. </p>



<p>Sea como fuere, de las <em>espagnolades</em> y los espectáculos con castañuelas y mantillas tan al gusto del francés, presentes en los escenarios parisinos durante décadas, hoy la actividad flamenca de la ciudad se define por la vanguardia de los artistas que copan el cartel de las dos bienales existentes (una en el teatro de Chaillot, otra en el de la Villette) o que actúan a lo largo del año, cuyas propuestas consiguen la adhesión del público. Voraz consumidor de las últimas tendencias, al parisino le gusta verse como adalid de la ruptura y la modernidad. Quizás por ello el flamenco heterodoxo tenga menos predicamento en los escenarios de la ciudad. Ahí es precisamente donde la labor de Flamenco en France adquiere todo su valor en un lugar como este: sin renegar de la vanguardia, la peña siempre se ha esmerado en poner el foco en las formas tradicionales del flamenco. </p>



<p>Nathalie termina:</p>



<p>-Cuando vienen la primera vez, muchos artistas españoles no saben dónde van a actuar, si en una sala de conciertos, en un tablao&#8230; Suelen quedarse sorprendidos de que un lugar como Flamenco en France exista en París. La mayoría elogian el silencio durante el recital, el respeto del público, algo menos frecuente, al parecer, en las peñas de España&#8230;</p>



<p>Flamenco en France tiene hoy 400 socios y ha conseguido que el Ayuntamiento de París se haga con la propiedad del local, garantizando así un alquiler justo y razonable, lejos de los obscenos precios que se manejan en el mercado inmobiliario de la ciudad. </p>



<p><a href="https://www.flamencoenfrance.fr">www.flamencoenfrance.fr</a></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/08160ADA-B00B-43D4-97A4-2688021C8B79-1.heic" alt="" class="wp-image-8398"/></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" width="768" height="1024" src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-8402" srcset="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-768x1024.jpeg 768w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-225x300.jpeg 225w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-1152x1536.jpeg 1152w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-1536x2048.jpeg 1536w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-360x480.jpeg 360w, https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/IMG_4864-scaled.jpeg 1920w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<figure class="wp-block-image size-full"><img src="https://bonjourseville.com/wp-content/uploads/2024/09/B9F1C2BC-8F5C-42F9-9B6D-C414188D8D97.heic" alt="" class="wp-image-8356"/></figure>



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		<title>Otoño en Sevilla (II)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 Sep 2024 16:42:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sevilla]]></category>
		<category><![CDATA[Seville]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Iba en un taxi y Sevilla pasaba ante mis ojos, tras el cristal de la ventanilla, como un invitado que no se espera y del que poco se sabe -y, todavía más importante, que nada sabe de ti. El vehículo atravesaba barrios de edificios bajos&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/otono-en-sevilla-ii/">Leer más</a></p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Iba en un taxi y Sevilla pasaba ante mis ojos, tras el cristal de la ventanilla, como un invitado que no se espera y del que poco se sabe -y, todavía más importante, que nada sabe de ti. El vehículo atravesaba barrios de edificios bajos organizados alrededor de pequeñas plazoletas, zonas del extrarradio donde personas mayores, muchas más de las que era posible ver por las calles de París, conversaban en los portales o esperaban el autobús. También había jóvenes, la mayoría caminando solos, probablemente estudiantes que se dirigían a clase. Era la primera vez que visitaba España, apenas contaba con las imágenes que sobre ella circulaban por Francia: país de aplastante religiosidad capaz, aun así -y sin duda por ello, razonaba el francés-, de la más alocada osadía (Pedro Almodóvar ya era una celebridad en París). Me pregunté entonces cómo vivirían los homosexuales en aquella ciudad, qué lugares frecuentarían. ¿Tendrían bares y clubs donde reunirse? ¿Existirían zonas de encuentro al aire libre, quizás jardines y callejones (o sótanos y urinarios públicos en penumbra)? </p>



<p></p>



<p>El taxi penetró por una calle de una estrechez inaudita, los peatones se refugiaban en los portales para dejarlo pasar. Allí el sol no alcanzaba a tocar los bajos de las casas, tan solo si uno miraba hacia arriba conseguía ver su luz encendiendo las azoteas. Finalmente se paró ante una casa de dos plantas pintada de rojo, cuya fachada presentaba desconchones y grietas. Mientras el taxista sacaba mi bolsa de viaje del maletero, pude observar que, a pesar de tan lastimoso aspecto, el conjunto desprendía cierta solemnidad, restos de un pasado que debió de ser opulento, pensé. El enorme portón de entrada daba a una especie de hall -zaguán, aprendería a decir más tarde- recubierto de azulejos como un palacio oriental. Una vez dentro, a través de la desvencijada cancela de hierro forjado, admiré la umbría frondosidad que, como Sophie describiera en París, inundaba todo el patio: las ramas se enroscaban por las columnas, trepaban por los muros y se inmiscuían dentro de las ventanas de la galería superior, incluso por entre las fisuras que recorrían el techo, tanto que parecían mantener en pie la construcción con su armazón de minúsculas vigas. Deslizaba la mirada por aquel verdor cuando una escueta hoja, hasta entonces enrollada como un pergamino, se abrió de golpe, desplegando su red de líneas violeta sobre fondo oscuro. ¿Me había estado esperando para nacer?<br>-¿Sophie?, llamé desde fuera, convencido por un momento de que ella había asistido como yo, oculta entre la espesura, a la irrupción de aquella nueva hoja.&nbsp;<br>Nadie respondió. En cambio, un enorme camión de reparto de bebidas y alimentos hizo temblar el suelo al rodar sobre los adoquines de la calle. De un extremo al otro del patio, las plantas se estremecieron ligeramente. Una pequeña lagartija me observaba a lo lejos.&nbsp;&nbsp;<br>-¿Sophie?, insistí alzando la voz. Al no obtener respuesta, y como no encontré timbre o campanilla con que avisar de mi presencia, intenté, recordando sus palabras en aquel ascensor, abrir la cancela. Pero fue en vano.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>Me dije que probablemente habría salido para hacer alguna compra. En aquella situación solo me quedaba esperar sin alejarme demasiado de la casa, ya que intuía que el centro histórico de Sevilla formaba un intrincado laberinto por el que podría perderme con facilidad. Salí con mi bolsa en la mano y distinguí una pequeña plaza al final de la calle desierta. Cuando me asomé por la esquina, vi que el lugar estaba presidido por la fachada de una iglesia renacentista (¿o era un convento?). Dos columnas flanqueban la puerta cerrada, sobre la que había un enorme bajorelieve que representaba una escena bíblica. Solo el ruido del agua de la fuente rompía el silencio, y la solitaria calma, de aquella hora de la mañana. Me senté en uno de los bancos, junto a un muro en el que alguien había garabateado con pintura negra una frase de la que nada pude comprender. Más allá, en un extremo de la plaza, percibí lo que me pareció ser un bar, o una cafetería. Un letrero hecho de pequeños azulejos revelaba el nombre del establecimiento: La Tórtola. Dentro, al otro lado del gran ventanal, una mujer de pelo rizado leía el periódico y bebía su café a pequeños sorbos, entre calada y calada a un cigarrillo. A veces miraba hacia la calle sin fijar su atención en nada en particular, absorta en sus pensamientos, hasta que reparó en mí, un hombre solo en un banco con una bolsa de viaje a los pies. Le envié una media sonrisa a modo de saludo, pero ella apartó la mirada, algo incómoda, y volvió a su lectura. Justo en aquel momento, Sophie entró en la plaza por una callejuela lateral. Traía en los brazos una voluminosa caja de cartón blanco de la que sobresalían diversos objetos: varios marcos, piezas de vajilla, tejidos de diferentes tipos. Tan pronto como me vio, se acercó a mí con una amplia sonrisa, dejó la caja en el suelo y nos fundimos en un abrazo: dos franceses en una vieja plaza de Sevilla. Me explicó entonces que venía del cercano mercado de las pulgas, conocido como el Jueves, donde el tiempo se le pasaba sin darse cuenta. Aquel día la visita había sido fructífera en su búsqueda de objetos y utensilios con que hacer de la casa un lugar más habitable. Sacó de la caja un libro de gran formato y tapa dura dedicado a la obra de Caravaggio, cuya portada mostraba una cuadro para mí desconocido: David vencedor de Goliat. En él, el joven pastor acaba de vencer con su honda al gigante, cuya cabeza decapitada ata metódicamente por los cabellos para presentarla como prueba de su victoria. Mientras caminábamos por la callecita en penumbra, observé el rostro de Goliat, su piel fruncida en una mueca de horror e incomprensión. Sophie me explicaba cosas sobre la ciudad y la casa, sobre cómo la había comprado, en un arrebato casi temerario, al heredar de su familia una importante suma de dinero, y yo miraba a David, con su cuerpo adolescente, hincando la rodilla sobre la espalda del filisteo vencido.</p>



<p></p>



<p>Sophie abrió la cancela y dejó la caja en el suelo.&nbsp;<br>-Bienvenido, me dijo en español.&nbsp;<br>Tras rodear la espesura del patio, recorrimos una parte de las estancias de la planta baja. Tuvimos que deslizarnos entre los puntales que sostenían algunos techos y otras veces salvar, cogiéndonos de la mano, sacos de escombros amontonados en el suelo. En lo que debió de ser un comedor, las paredes estaban recubiertas de un estridente papel amarillo que Sophie, según me explicó, se esmeraba en despegar, tira a tira, durante sus ratos libres, con el objetivo de dejar al descubierto las capas de pintura subyacentes. Lo mismo hacía, a veces con la ayuda de los amigos que venían a visitarla, en las habitaciones de la primera planta, donde, con una espátula, rascaba hasta llegar a los dibujos que antaño ornaban las paredes y el techo.&nbsp;<br>-Las casas de la burguesía sevillana solían pintarse de colores pastel, rosa, azul y amarillo, sobre los que se añadían cenefas de florecillas y pájaros de estilo romántico, me explicó. Todo un poco cursi, claro. Luego llegó la costumbre de pintar de blanco y aquel mundo desapareció.&nbsp;<br>Durante aquella primera visita -cocina, cuartos de baño, despensa y lavadero, salones y habitaciones-, observé añadidos característicos de la década de los 70 que, como injertos bastardos, desvirtuaban aquí y allá el aire señorial de la morada: muebles de formica, tapas de váter de plástico, otros papeles pintados -uno con payasos- adheridos a algunas paredes… En el dormitorio que Sophie me había asignado, una chimenea de mármol, sobre la que reposaba un espejo con marco dorado, atrajo mi atención. ¿Era necesaria en una ciudad como Sevilla -pronto descubriría que sí? También allí la pintura de las paredes había sido raspada, o quizás la usura del tiempo o el agua la había descascarillado, de suerte que en algunos puntos los desconchones formaban curiosas formas semejantes a mapas de extraños países o a pieles de reptil. Por el suelo, las viejas baldosas de cemento desplegaban un entramado de motivos vegetales de solidos colores. A través de la galería llegamos a su habitación, adornada por arriba con una serie de agrietadas molduras de angelitos y caballos marinos. Un colchón en el suelo hacía las veces de cama. Sobre el escritorio reposaba un marco con la fotografía de un muchacho sonriente.<br>-Es Luc, mi hijo, me explicó. Le hice esa foto cuando estuvo aquí la pasada Navidad.&nbsp;<br>Aquel chico tendría alrededor de 25 años. Calculé entonces que Sophie, algo más joven que yo, había sido una madre adolescente.</p>
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		<title>Otoño en Sevilla (I)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 31 Aug 2024 06:43:52 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Decidí viajar a Sevilla por pura casualidad. Aquel año, 1993, el cielo de París se había cubierto de gris desde principios de octubre, como un reflejo de mi relación con Pierre. ¿Adónde podía huir? ¿Dónde encontrar algo de luz? Claire me había invitado a su&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/un-otono-sevillano-i/">Leer más</a></p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Decidí viajar a Sevilla por pura casualidad. Aquel año, 1993, el cielo de París se había cubierto de gris desde principios de octubre, como un reflejo de mi relación con Pierre. ¿Adónde podía huir? ¿Dónde encontrar algo de luz? Claire me había invitado a su casa de Menton pero la Costa Azul, después del catastrófico verano con Pierre, no me inspiraba otra cosa que no fuera desesperanza. Tampoco Tánger y sus noches frente a las costas españolas conseguían atraerme. Por el contrario, después de la Exposición universal del año anterior, me dije, tal vez Sevilla atravesaría una suerte de resaca, de desconcierto soleado que encajaría en el vaporoso estado de ánimo por el que yo transitaba desde hacía algún tiempo. La ciudad encaraba un nuevo ciclo tras la exaltación de 1992, y la idea de visitarla revoloteaba por mi cabeza sin posarse definitivamente.&nbsp;</p>



<span id="more-8139"></span>



<p>Una noche, durante una de las cenas que la Marquesa organizaba en su apartamento, alguien dijo que acababa de regresar después de pasar unos días en la capital de Andalucía. Ante la curiosidad de nuestro anfitrión, sorprendido ante la elección de tan inesperado destino -para él, el sur terminaba en Nápoles, y volvía a empezar al otro lado del Mediterráneo-, aquel invitado nos informó del peculiar ambiente, propio de un <em>lendemain de fête</em>, que había encontrado en sus paseos por la ciudad. Nos habló además, y esto sí hizo relamerse a la Marquesa y a los otros invitados, de todos aquellos jóvenes -a veces jovencísimos- sevillanos que, habiendo perdido su puesto de trabajo tras el final de la Exposición, ofrecían sus servicios a los turistas a las puertas de los tablaos y las salas de fiestas. Yo escuchaba distraído, sin demasiado interés, las risas y jugosos comentarios de los comensales. Aquella información no iba a hacer que me decantara por Sevilla en mi búsqueda de cielos más clementes. De hecho, hacía tiempo que había dejado de acercarme a los muchachos -casi de mirarlos-, concretamente desde el día, unos años antes, cuando fui consciente de que ellos ya percibían una diferencia de edad que yo aun no había asimilado del todo. Tenía 45 años, y si entonces la edad no era motivo de recelo en aquel ambiente homosexual previo a la llegada de Internet, tampoco se había convertido todavía en un consumible más en el mercadeo de la carne. Poco a poco, casi sin darme cuenta, había ido desarrollando una especie de temerosa cautela, cuyo fin era protegerme de un más que probable rechazo, me decía, si alguna vez me lanzaba a cortejar a un veinteañero. Por supuesto, en aquella actitud latían buenas dosis de mi orgullosa timidez -que no concebía pagar por la compañía de un muchacho, como sugería aquel invitado a la cena en casa de la Marquesa. Prefería renunciar a la posibilidad de gozar de la cara y del cuerpo de un cervatillo si eso iba a evitar que me pusiera en evidencia. Por eso en los bares de ambiente, donde las generaciones convivían entonces sin exigirse nada, dirigía la atención sobre todo hacia los hombres de mi edad y, en mis clases de la universidad, miraba a los alumnos como se mira a los ángeles. No quería parecerme a la señora Stone, el personaje de Tennessee Williams descubierto de adolescente en el cine club del instituto que, en aquel momento de mi vida, volvía a mí en los ratos de desasosiego. Dicho esto, debo señalar que nunca fui un adorador de efebos. Los jóvenes poseían un envoltorio lustroso -¿lo había poseído yo alguna vez?- pero, a medida que la edad me alejaba de ellos, había empezado a desconfiar de él, de ese espejismo que tantas veces no es sino la proyección de un fantasma. <br>Y a pesar de todo, a pesar de la confortable distancia de seguridad que había establecido entre los muchachos y mi deseo, sabía que aquella no era la mejor forma de resolver un desajuste que iba más allá del ámbito de la seducción, que atañía -cómo negarlo- a mi destreza frente a la vida. Sea como fuere, Sevilla iba a desbaratar todas mis ridículas precauciones.</p>



<p></p>



<p>Una voz rompió mi cavilación. Sophie, la única mujer presente en aquella velada, comentaba desde el otro lado de la mesa que poseía una casa en Sevilla, comprada hacía un año de forma totalmente inesperada. Se trataba de una antigua construcción de dos plantas, con patio y azotea, en el barrio que llamaban de Santa Paula, junto al monasterio del mismo nombre. Mientras hablaba, me miraba con especial intensidad, o así me pareció. Por entonces apenas nos conocíamos, ya que solo habíamos coincidido en un par de cenas de amigos en común, durante las cuales, sin demasiado tiempo para afianzar una intimidad, habíamos tenido la oportunidad de apreciar cierta sintonía entre ambos. Aquella noche los dos dejamos el apartamento de la Marquesa al mismo tiempo. En el minúsculo ascensor de madera, mientras las plantas del edificio desfilaban a través de las dos ventanitas de cristal tallado, ella cerraba su abrigo y yo sacaba un cigarrillo de mi chaqueta en el más absotulo silencio. De repente, la luz se apagó y el ascensor se detuvo con un golpe seco, quedando colgado sobre el vacío. Sophie encendió entonces un mechero y me tendió la llama -el viejo ascensor había conservado un pequeño cenicero adosado a uno de los paneles de madera que conformaban el elegante habitáculo. Cuando la oscuridad nos envolvió de nuevo, me dijo:<br>-Me han dicho que tienes en mente pasar unos días en Sevilla.&nbsp;<br>Aquellas palabras no podían sorprenderme. Había compartido con varios invitados mi proyecto, aun vago, de visitar la ciudad. Me limité a aspirar por la boquilla del cigarrillo, haciendo que la pequeña brasa en el otro extremo se encendiera como un satélite en el cielo de la noche.&nbsp;<br>-Me parece una buena forma de alejarte por un tiempo de Pierre, añadió.&nbsp;<br>Escuchar su nombre de improvisto, en aquel insólito lugar, me dejó perplejo. Fue como si la sucesión de escabrosas escenas que habían marcado nuestra relación -incluida la discusión en aquel restaurante- se inmiscuyera dentro del ascensor. Ella sabía y, además de un resabio de vergüenza por una historia que se me antojaba opuesta a la transparente inocuidad de las existencias ajenas, me incomodó que Pierre, perteneciente a otro compartimento de mi vida, estuviera presente entre nosotros en aquel momento. Me dije que probablemente alguien había informado a Sophie, sin ningún tipo de malicia, sobre nuestras escaramuzas de los últimos meses.&nbsp;<br>-Puede ser, dije.&nbsp;<br>La luz se encendió y el ascensor se puso en marcha con un respingo. De forma instintiva, por miedo a caer, me agarré de su brazo. Ella cogió la mano que había pasado por el interior de su codo y me miró con sus ojos perfilafos de negro -éramos casi de la misma estatura.&nbsp;<br>-El patio de mi casa en Sevilla parece un jardín prehistórico, dijo pausadamente, mientras el ascensor descendía. Después de años de abandono, las plantas lo han invadido como animales monstruosos, por eso en algunas partes tengo que apartar ramas y guirnaldas de flores para atraversarlo. Como la cancela que da a la calle no cierra del todo bien, a veces me encuentro a algún vecino curioseando entre las enormes hojas. Quieren saber quién ha terminado por comprar esa casa olvidada, insisten en que debo cortar las plantas, adecentar un poco el patio.&nbsp;<br>Sophie sonrió y apretó ligeramente mi mano, aun imbricada en su antebrazo.&nbsp;<br>-Voy a pasar allí las vacaciones de la Toussaint, a finales de mes. Estás invitado, por supuesto. La casa está medio en ruinas, pero es suficientemente grande para no tener que frecuentarnos más de lo necesario, y Sevilla, es verdad, atraviesa un ensimismamiento muy agradable.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>Cuando llegué a casa, la lucecita del contestador automático parpadeaba. Tenía un mensaje de mi madre, en el que expresaba su preocupación por no haber tenido noticas mías en varios días. Al cabo de unos segundos, apagué la grabación.</p>
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		<title>diario de un sevillano en París: La ruptura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 19 Jun 2024 10:17:59 +0000</pubDate>
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<p>Siempre había escuchado historias de parejas que se separan en París, y que se ven obligadas a vivir durante unos meses como compañeros de piso en el apartamento en el que hasta entonces han vivido como novios. Esas historias se cuentan durante una cena entre amigos, o en la mesa de un café, casi como si fueran imposibles, de tan tremendas, leyendas que uno se resiste a creer. Se hace difícil concebir que dos personas que se acaban de separar después de una relación de varios años tengan que convivir en un piso parisino -esto es, en una superficie que suele rondar los cuarenta metros cuadrados-, ocupando por turnos los espacios donde antes transcurría su vida de pareja, intentando evitar una promiscuidad inevitable cuando se trata de utilizar el cuarto de baño o de hacerse de comer. Uno duerme en la habitación, el otro en el sofá-cama del salón. En una ciudad donde el mercado inmobiliario no esté en tensión permanente, la situación se simplificará al encontrar con rapidez uno de los dos un nuevo apartamento al que mudarse. En París tal hallazgo puede llevar semanas, o incluso meses. La posibilidad de marcharse a vivir temporalmente a casa de algún amigo es igualmente inviable, ya que nadie dispone de una habitación de invitados. Cuando se es extranjero, como yo, tampoco existe la opción de volver con la familia, a miles de kilómetros de distancia. Estamos ante una de las pruebas, de las más duras, a las que esta ciudad somete a sus habitantes. Así las cosas, en ese escueto piso, los ahora ex no tienen más remedio que verse las caras todas las mañanas a la hora de la ducha y el desayuno, como se miran entre ellos los animales encerrados en un corral. Después, cuando uno se va al trabajo, el que se queda en casa vive un aperitivo de lo que será la cotidianeidad una vez llegada la separación de verdad. El vértigo se apodera de él al ver el piso vacío. Si antes, cuando estaban juntos, esos momentos de soledad eran apreciados, incluso esperados, ahora suponen un abismo abierto por donde se despeña la historia en común. Por eso se aferra a las huellas del otro que aun persisten en el cuarto de baño, en la entrada y en el salón -el cepillo de dientes, un libro, la ropa sucia de ambos que todavía se mezcla en el cesto-, señales de otra vida que, aun siendo visibles, empiezan a desintegrarse, a escurrirse entre los dedos. Parecen estar ahí, pero son ya como hologramas que es imposible agarrar. Los ex viven durante un tiempo en una especie de limbo, flotando sobre las ruinas de su relación, y es entonces cuando París, de costumbre tan hostil, se vuelve apetecible, y hasta acogedora, hogareña, en tanto sus calles y plazas suponen una escapatoria al terreno evanescente del apartamento. Dicen que son muchos los que, tras una separación, redescubren la ciudad y deciden seguir viviendo en ella, abandonando el proyecto de mudarse a las afueras, o a otra localidad, como habían planeado al calor de su recién fenecida pareja. </p>



<p>Trabajo muy cerca de casa, en el mismo barrio donde resido. El otro día, durante la hora de la comida, decidí comprarme un sandwich y comérmelo en un banco del parque que se extiende a los pies de nuestro apartamento. Se trata de uno de los espacios verdes más hermosos de París, concebido en el siglo XIX como un bosque frondoso y salvaje, con riachuelos, praderas y belvederes. A lo lejos, al otro lado del parque, podía ver las tres ventanas de nuestro piso. Me parecieron diminutas e insignificantes, ahogadas en medio de las otras ventanas que, como en un enjambre, agujerean las fachadas <em>haussmanianas</em> típicas de la ciudad. <em>Gran parte de tu vida transcurre detrás de aquellos cristales cerrados, en los que nadie repara</em>, me dije. Iba mordisqueando mi sandwich<em> jambon fromage</em> sin apartar la vista de las tres ventanitas, esperando que una de ellas se abriera en aquel preciso momento. Mi novio, mi ex, aparecería y haría un gesto con la mano, saludaría a aquel chico sentado al otro del parque, a aquel extraño con el que horas más tarde, ya de noche, se cruzaría al salir del cuarto de baño. </p>
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