comentario 0

Libreros de Sevilla: Palas

A veces soy víctima de los prejuicios. Reconozco que nunca hubiera pensado que una de las librerías más antiguas de Sevilla, coherente y bien abastecida, se encontrara en el barrio de Los Remedios. Y sin embargo así es. «Este barrio es sorprendente. Hay una comunidad de lectores muy establecida y fiel. Muchos de nuestros mejores clientes son compradores compulsivos, que incluso nos descubren autores que no conocíamos». Yo, que cruzo el puente de San Telmo a regañadientes, lo hago con gusto para encontrarme con Amparo Lazo, propietaria, junto a su hermano José, de Palas. En plena calle Asunción, esta librería abrió sus puertas nada menos que en 1980. Sevilla, siempre desgarrada entre tradición y modernidad, exploraba entonces esta segunda faceta de su idiosincrasia. «Cuando abrimos, existían ya librerías de muy buena calidad: Montparnasse, especializada en libros en francés; la famosa Padilla; Vitruvio, especializada en arte; Vértice y otras librería universitarias… El panorama era quizás más rico y dinámico que hoy».

¿Cómo nació Palas?

Mi padre, profesor de historia en la Universidad de Sevilla y diputado a Cortes, era un lector exigente. Durante sus frecuentes estancias en Madrid, y en sus viajes por Europa, visitaba las librerías del lugar. Al volver a Sevilla, se daba cuenta de que algo faltaba en la ciudad: una librería con un fondo amplio y cuidado de narrativa y ensayo. Así fue cómo decidió abrir la suya propia, moldeada a su gusto. Su idea era disponer de una librería en la que poder encerrarse, tras el cierre y los domingos, para tener los libros a su alcance. Fue un capricho que se concedió.

Un capricho que benefició enormemente al barrio y a la ciudad.

Claro, pero no creo que mi padre tuviera eso en mente. Él se ocupaba de la selección, estaba muy al tanto de las novedades que se publicaban. Lo importante era el disfrute. Curiosamente, ese placer que encontraba en seleccionar los libros que se venderían en Palas, ese mimo también, constituyeron desde el principio uno de los rasgos distintivos de la librería.

¿Y tu madre?

Ella estaba en el mostrador. Se ocupaba, junto a mi prima Gloria, de la gestión, de las compras. Nadie sabía nada de negocios, fue un proyecto al que lanzaron de forma algo inconsciente. Lo único que estaba claro era el amor a los libros.


¿El espíritu de Palas ha cambiado mucho con el tiempo?

No demasiado. Siempre hemos tenido una línea coherente, que ha terminado por funcionar. Somos una librería de barrio y, sobre todo, una librería de fondo, que cuidamos con esmero. Esto es esencial en Palas: los buenos libros tienen que estar siempre disponibles. Nunca nos hemos dejado influenciar por los grandes grupos editoriales, que te ofrecen el oro y el moro por poner sus últimos lanzamientos en el escaparate. La novedad solo nos interesa cuando merece la pena. Mantener un fondo bien nutrido es costoso. Hay libros que permanecen años y años en los estantes, pero que tienen que estar ahí. Cuando finalmente se venden, da pena despedirse de ellos.

¿Una librera debe leer mucho?

Me encantaría tener más tiempo para leer. Desgraciadamente, el oficio tiene mucho de administrativo y de físico. En España se publica muchísimo, las editoriales parecen todas lanzadas en una huida hacia adelante por encontrar el libro que salve el año. Además, existe el fenómeno de la autoedición: hoy todo el mundo se cree escritor y publica. Todo esto crea un trasiego incesante de recepciones y de devoluciones que hay que manipular. Puede ser realmente agotador. Recuerdo que, al principio, sí había más tiempo para leer, pasaban horas sin que entrara un cliente.

En Palas solo hay libros. Colocados en estanterías, generosamente dispuestos sobre mesas y en expositores, sus lomos y portadas dibujan un paisaje ordenado y a la vez distendido, como la biblioteca de una casa familiar. Están ahí para ser tocados, abiertos. «El cliente debe sentirse cómodo a la hora de coger un libro y hojearlo. Las librerías antiguas tenían un mostrador que no se podía traspasar: la gente pedía el título que buscaba y el librero entraba a encontrarlo. Cuando empezamos, muchas seguían funcionando así. Nosotros abrimos el espacio para que el cliente pudiera mirar, tocar, quedarse todo el tiempo que quisiera. Curiosamente, hoy la mayoría viene a tiro hecho: ha reservado su libro por teléfono o por WhatsApp, lo paga y se marcha. Parece que se pierde el hábito de curiosear». Acogedor, el espacio lo sigue siendo. Sus dos primorosos escaparates, cuidados y libres de golpes de efecto, podrían ser los de una librería de París. Las conversaciones entre clientes y vendedores (Amparo, José, Juan…), pausadas y discretas, no interfieren en el disfrute del que viene a vagar entre libros. La sección de ensayo e historia, junto a la entrada, es tal vez la más recogida. La narrativa y la poesía constituyen la espina dorsal del espacio, que termina en la zona de los best-sellers, al fondo («no les doy protagonismo pero tampoco los voy a esconder, como hacen algunos»).

¿Qué cualidades debe tener una buena librera?

Yo empiezo por preguntar qué es lo último que se ha leído y que ha gustado. Con el tiempo, se desarrolla una intuición que te hace predecir lo que el cliente va a responder. Con todo, la gente te sorprende constantemente. A menudo te recomienda libros que no conocías. Por ejemplo, muchos de nuestros mejores clientes es gente con una formación técnica o científica que, sin embargo, posee un paladar literario muy educado. Creo que el librero debe ser humilde y estar abierto a dejarse sorprender. Aprecio mucho esos momentos de charla con la gente que viene a Palas.

¿Qué relación tiene Sevilla con la lectura?

Sin ser Madrid o Barcelona, Sevilla es una ciudad que, aunque pudiera parecer que no, lee. Dejando de lado los temas sevillanos, que siempre han tenido su público, existe una base sólida de lectores, selectiva y con criterio. Se trata de una presencia discreta pero constante a través del tiempo. Por otro lado, últimamente están surgiendo editoriales independientes, como Barrett, que dinamizan el panorama literario. Como el barrio, como la gente, la ciudad no deja de sorprenderte.

Responder