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Historia(s) de Itaca (III)

Esta serie de textos nace de mis conversaciones con José Antonio Campillo, fundador y propietario de Itaca, el mítico espacio, abierto en 1979, de la calle Amor de Dios. Las primeras tuvieron lugar por teléfono, entre París y Sevilla, a lo largo de octubre de 2020. Luego se sucedieron otros encuentros cara a cara en varios cafés y bares sevillanos, que me permitieron afinar el relato de la historia del club, indisociable del de la vida de José Antonio y de la propia ciudad. Para este tercera parte, he contado además con el testimonio de otras personas que han participado en el devenir del club a lo largo de los años: Luis Yanguas, DJ entre 1988 y 2000; Mae, su sucesor hasta el día de hoy;  Felipe Vivas, creador infatigable; Tina Cristal, artista de los espectáculos de los miércoles de madrugada.

El Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española señala que Ítaca se pronuncia habitualmente en español como palabra esdrújula y que, por tanto, debe llevar tilde. He preferido utilizar la forma llana de la misma, Itaca, tal vez incorrecta pero consagrada por las miles de personas que, desde hace 40 años, han frecuentado esta isla de libertad en el centro de Sevilla.

Un chico conduce hacia Matalascañas en los años 70. Como muchos fines de semana, escapa de Sevilla buscando soledad, calma. Huye de su trabajo en la fábrica, de su puesto en el sindicato, de la represión asfixiante. Huye también de sí mismo, de la paliza que su padre le dio a los once años por mariquita. Una señal en la carretera le hace desviarse de su destino, casi sin pensar: El Rocío. Llegado a la extraña aldea, el coche levanta nubes de polvo al avanzar por calles que parecen salidas de un western. Finalmente, para ante la Ermita. En su interior, el chico se sienta frente al altar, sin saber muy bien qué hace ahí. Es la primera vez que visita el santuario. «Recuerdo que empecé a hablar interiormente, sin demasiado control, a sacar de mí algo que era medio confesión, medio oración. Recuerdo una mirada que encerraba una comprensión infinita, que me decía No pasa nada. Nadie conocía entonces mi homosexualidad». A raíz de ese encuentro, el chico participará puntualmente en la peregrinación que cada año realizan miles de personas, «esa comuna hippy ambulante», hacia las marismas del Guadalquivir. «El Camino es un camino de reflexión con pautas muy marcadas: unas veces se canta, otras se reza, o las dos cosas a la vez. Otras veces, muchas, se da rienda suelta a la diversión y al jolgorio que, desde mi punto de vista, para nada están reñidos con lo religioso. La convivencia hace aflorar el amor entre la gente. Hay momentos, tremendos de emotividad, en que quieres abrazar a todo el mundo. No he encontrado un sentimiento de hermandad parecido en ningún sitio». Resulta curioso cómo las palabras de José Antonio al hablar de la romería del Rocío concuerdan con las de los que vivieron la época de oro de Itaca: «Itaca unió a una generación», sentencia Luis Yanguas; «aquella sensación de fiesta y conexión es irrepetible. La gente aplaudía cuando se encendían las luces y la noche terminaba», recuerda Mae. ¿Y si la chispa que prendió el fuego de Itaca hubiera que buscarla en el Rocío? En cualquier caso, la discoteca de la calle Amor de Dios fue en sus mejores momentos un lugar de peregrinación para muchos.

«Me considero un revolucionario del amor, como fui un revolucionario de la lucha obrera. Además, soy impulsiva y analfabeta». José Antonio tiene ganas de hablar. Está a gusto. Llevamos varios encuentros en diversos bares de la Alameda de Hércules, yo cuaderno y grabadora en mano. Él sigue desenmarañando los 40 años de historia de Itaca. A medida que me va contando, percibo en su voz, en su mirada, la sorpresa de quien toma conciencia de todo lo vivido y creado, a menudo olvidado. Tras repasar los primeros pasos del club, llegamos al momento cumbre, a esos años que forjaron el mito. Pero también noto, muy sutil, cierta decepción por la labor no reconocida, quizás también caída en el olvido («Itaca no es ni sombra de lo que fue. Los chicos de hoy no conocen su historia», me dirá Tina Cristal). Personalmente, no recuerdo la primera vez que entré en el club, pero sí la primera vez que alguien me habló de él. Fue a finales de los años 90. Me dijeron que en Amor de Dios existía un lugar, que nadie había visitado, donde se hacía intercambio de parejas. La anécdota da fe de los falsos rumores y de las leyendas que envolvían al local. El aura en torno a Itaca lucía entonces desde hacía más de diez años. Luis Yanguas rememora aquella década dorada en que el espacio, lugar de culto para toda una comunidad de incondicionales, hacía también fantasear a los no iniciados. «La gente que pasaba por delante no sabía lo que ocurría allí dentro. Itaca era un mundo, una familia compuesta por personas de toda la provincia, de toda España, de toda Europa. Aun hoy, la gente tiene mucha nostalgia de aquellos años». Esa época decisiva empieza en 1988, cuando el bar experimenta una metamorfosis total. Ya transformado en discoteca, Itaca será a partir de entonces un santuario del placer, de la fraternidad y de la libertad único en la España de entonces.

Una revolución sevillana

José Antonio frecuenta varios clubes antes de emprender la transformación de Itaca. En Mallorca, visita Ábaco: «Barroco mariconil tremendo en una casa-palacio llena de jarrones. Ponían Wagner y caían pétalos del cielo. Un lugar para maricas refinadas». Este espíritu abigarrado y decadente, tan sevillano por otra parte, será uno de los ingredientes del cocktail que José Antonio elaborará en la ciudad. 1988 es el año del gran cambio. Tras varios meses de obras, el nuevo Itaca abre sus puertas y Sevilla se quita un velo más, o dos. Con todas las cartas sobre la mesa, la apuesta del club es radical e inédita en la ciudad: una discoteca de ambiente con todas las de la ley, en pleno centro y con unos medios nunca vistos. El espacio aparece decorado con estatuas, columnas y jarrones. En las paredes, los murales de Felipe Vivas, realizados con pan de oro, despliegan una Arcadia poblada de fornidos muchachos en actitudes equívocas. Un homenaje al pasado de Sevilla, a sus palacios renacentistas y a sus ruinas de Itálica, y también un guiño a los péplums que excitaban la curiosidad de José Antonio cuando niño. Una fascinación por la Antigüedad grecolatina ineludible en cualquier maricón que se precie, al menos hasta hace una generación. «Quería combinar esas referencias con el cariz sexual y libre que el espacio había adquirido con los años, desde aquellas primeras proyecciones de cine X y aquel amago de cuarto oscuro». El club responde a un proyecto ambicioso pero bien meditado, coherente y sincero, como el discurso de su impulsor. También heterogéneo e inesperado, como la ciudad misma. Pero, más que por la puesta en escena, el nuevo Itaca supone un hito por sus dimensiones. Tras la anexión del local de una antigua ferretería, su superficie se ha duplicado y abarca dos plantas, con cine porno y cuarto oscuro. Solo en Madrid y en Barcelona existe alguna discoteca gay de esas características. El éxito es inmediato. Luis Yanguas, que empieza a trabajar como DJ en este momento, recuerda aquellas primeras noches tras la reapertura, en diciembre del 88: «Entrábamos boquiabiertos. Parecía imposible que un club así existiera en Sevilla». La gente, mucha gente, empieza a acudir: viene de los barrios, de los pueblos y, poco a poco, de otras provincias de Andalucía. El club se llena cada noche hasta el amanecer. Muchos vienen atraídos por el cuarto oscuro, que, ahora en la planta de arriba y mejor acondicionado, exorcisa la represión y la frustración de años. «Tuvimos que enseñar a los chicos a canalizar el ímpetu con el que entraban. En Barcelona se había abierto un local con cuarto oscuro que no funcionó, porque aquello era una verbena. Aquí hicimos mucha pedagogía, sobre todo en cuanto al respeto y al tacto que hay que tener en un lugar así. Hubo que educar mucho», recuerda José Antonio. En Itaca solo pueden entrar hombres. El morbo y el cotilleo quedan fuera. Frente a un mundo invadido por la heterosexualidad, el club se da el gusto de consagrar un espacio imaginario, utópico y, en aquel momento, muy necesario.

La gente sigue viniendo, cada vez más: chicos jóvenes y no tanto, en pareja, solteros, casados. Gente común y gente famosa. Gente del cine, de la política, del ejército. Curas. Un cardenal. Un señor del Aljarafe viene todos los fines de semana con una bolsa de plástico, de la que un par de tacones que se calza nada más entrar en el club. Subido a ellos toda la noche, por la mañana vuelve a su pueblo, y probablemente a una vida de ocultación, llevando zapato de caballero. Nadie mira a nadie, nadie hace comentarios. Todos los clientes participan de la fiesta en pie de igualdad. Y la fiesta se alimenta, se enriquece de este clima plural e inclusivo. Las luces de colores iluminan cada noche a una multitud palpitante que se revuelve como un cuerpo en libertad. Felipe Vivas evoca la heterogeneidad de la pista de baile, donde «el duque alternaba con el albañil». Itaca es, en palabras de Luis Yanguas, «una democracia perfecta», donde todos, absolutamente todos, gozan de iguales derechos. Esta política supone un corte de mangas al clasismo y a la caspa tradicionales de las discotecas de Sevilla. Itaca mira más allá. Su pista de baile y su cuarto oscuro son en estos años los lugares más cosmopolitas de la ciudad. Pronto, su notoriedad traspasa Despeñaperros y, con el tiempo, también los Pirineos: la gente viene a Sevilla, desde diversos puntos de España y de Europa, para conocer este «paraíso gay», como lo evoca Yanguas. «Itaca estaba increíblemente cargado sexualmente». El objetivo de su fundador, crear un lugar de encuentro y de diversión, seguro y diverso, queda cumplido. Su afán por integrar, por acercar, presente ya en aquel muchacho que aspiraba a borrar divisiones en su pueblo, sigue intacto. José Antonio declara: « Siempre, también hoy, me he resistido a encasillar Itaca: no es un club para gente mayor, ni para gente joven, ni para osos. Es un espacio acogedor y esa ha sido, creo, una de las claves del éxito. El lema no es Divide y vencerás, es Reúne y vencerás». O, como decían las madres en Villanueva del Río y Minas para restaurar la solidaridad cuando sus niños se peleaban: Entre todas los parimos. En aquellos años, los propios clientes acuñan el término Itacasa: el club es sin duda un segundo hogar para muchos.

Fiesta romana en Itaca, años 90 (todas las fotos son cortesía de José Antonio Campillo).

Una modernidad sevillana

La música es uno de los pilares del proyecto. «Itaca siempre ha puesto la mejor música de Sevilla». Tras una primera etapa dominada por los sonidos comerciales del momento, el house hace su irrupción y se queda. Todos los años, José Antonio y Manolo, su pareja y la otra mitad de Itaca, envían a Londres a Luis Yanguas con la misión de husmear la música que se baila en los clubs de la ciudad. A su vuelta a Sevilla, el DJ se trae en la maleta estos sonidos punteros. Además, varios amigos envían vinilos con lo último desde Estados Unidos. A finales de los 80, la capital británica se sacude el yugo del thatcherismo a ritmo de acid house y entregándose al abrazo de la química. El Segundo Verano del Amor (Second Summer of Love) hace florecer raves parties y smileys por todo el país entre 1988 y 1989. Existe un documental de la BBC, realizado en aquellos años, en el que un grupo de jóvenes comparte sus experiencias con el éxtasis. Una de las chicas habla de la conexión con los otros y describe una pista de baile llena de manos elevándose hacia lo alto, hacia las luces láser, «como una escena bíblica». El Rocío no queda lejos. En sus viajes, Luis Yanguas absorbe esta cultura y se la trae a Sevilla: «Evidentemente, el éxtasis unía a la gente, pero el house fue el verdadero aglutinante». Yanguas señala que «la música que se bailaba en Itaca era la que se bailaba en los circuitos internacionales. La gente que llegaba de Berlín o de París flipaba». El contrapunto a este ambiente cosmopolita lo ponen las sevillanas que se intercalan en medio de la sesión: la música para y los hombres bailan en pareja por Los Romeros de la Puebla o por Ecos del Rocío. Le doy un sorbo a mi café y le pregunto a José Antonio si, en aquella época, eran conscientes de lo que habían creado. «Nos dábamos cuenta de que Itaca era un antes y un después. En Sevilla, nadie se había atrevido a plantarse con tanta valentía, a sacar la cabeza del agujero. Por otro lado, cuando viajábamos, la mayoría de la gente que nos encontrábamos había oído hablar del club». La perplejidad le invade al recordar. Itaca fue «un milagrito» que cuesta creer: «No sé cómo nos atrevimos con todo aquello, en aquella época y en esta ciudad». La historia del club, visitado de incógnito por aristócratas y por diseñadores de fama internacional, pone en entredicho la cerrazón y el inmovilismo endémicos de Sevilla, desvelando una identidad mucho más compleja y plural. La ciudad aparece como una milhoja cuyos pliegues, invisibles para la vista, contribuyen al sabor del bocado. Itaca florece porque sus raíces se hunden profundamente en la actividad creativa y contestataria de la Alameda de Hércules de los años 70 y 80. Los domingos buhoneros, los movimientos vecinales, los carnavales, los espectáculos del Teatro Real, en una casa okupa de la calle Joaquín Costa… Ese es el terreno que nutre el devenir del club. Híbrida y polifacética, la Sevilla del momento lo acoge y acomoda, y además le proporciona una plantilla de artistas (pintores, diseñadores, actores) que moldea su identidad.

En aquellos años, una parte de ese equipo artístico que gravita alrededor del club vive en los pisos de arriba. Todo el edificio parece sacado de un cómic de Nazario. Felipe Vivas recuerda: «Era un subir y bajar continuo de chicos y de amigos. La puerta principal no cerraba bien, solo había que empujarla para entrar. Algunos clientes salían de Itaca y se metían dentro, utilizando las escaleras o el ascensor para sus escarceos». Los dueños del club viven en la primera planta, donde uno de los apartamentos ha sido convertido, durante la gran transformación, en cuarto oscuro. En la segunda vive Antonia (*), la Caravaca , con su hija Laura, modelo punk. Sordomuda, cardado y joyas, Antonia hace el gesto de pasarse un dedo por la mejilla para preguntarles por su orientación sexual a los camareros de Itaca, que viven en el piso de al lado. Aunque no puede oír la música que sube del club, se queja de que las paredes de su dormitorio vibran y de que la cama tiembla. La tercera planta está ocupada por Lucía Peyón, dueña de todo el edificio. En la última, doña Pepita, la farmacéutica, y sus hijas; en el apartamento de enfrente, Felipe comparte piso con Luis Yanguas, con alumnos de la facultad de Bellas Artes y «con todos los gays de Sevilla». La azotea sirve de solarium y de mentidero: «Nos subíamos en bañador, con las toallas, a tomar el sol. Aquello parecía San Francisco. También íbamos a veces de madrugada para otras cosas». Ese apartamento, «situado encima de uno de los clubs más deseados de España», asiste a un incesante trajín de visitas, llegadas de Madrid, de Barcelona o de fuera del país. Al amanecer, cuando Itaca cierra, la fiesta sigue para algunos en la cuarta planta. Pero el clímax llega el día de la fiesta romana, cuando el piso recibe a un nutrido grupo de amigos. Allí calientan, entre copas y poppers, antes de bajar disfrazados a la mítica cita.

Smiley, la sonrisa eterna del Segundo Verano del Amor.

La fiesta romana y los shows

José Antonio detalla: «Todo empezaba en las mercerías. Semanas antes de la fiesta, los maricones de la ciudad compraban telas y cintas para confeccionar sus disfraces». La fiesta romana ocupa un puesto de honor entre los recuerdos de todas las personas entrevistadas para la escritura de esta serie de textos. Su creación supone un golpe maestro, no solo de los dueños, sino de todo la familia de Itaca. «Nos envalentonamos y decidimos montar una bacanal con todas las de la ley». Esperada con ansias por muchos, esta cita anual, extravagante y excesiva, consolida el mito de Itaca. La fiesta tiene lugar en noviembre, un día entre semana, y solo es accesible para los clientes vestidos para la ocasión. El espacio se transforma en una villa romana preparada para una orgía. Quizás sea el momento en el que Itaca mejor se reconozca en sus orígenes: triclinios, bandejas cargadas de fruta, estatuas y cortinas, incienso… Un decorado kitsch y suntuoso. «La sensación de fiesta era total», recuerda Mae. «La gente reservaba aquella noche y venía de muchos lugares distintos, únicamente para estar en Itaca». Por su parte, Felipe Vivas rememora la noche en que se vistió de Cleopatra para asistir a la fiesta: «Cubierto de velos, mis amigos más fuertes me llevaron en una parihuela desde mi casa, en Conde de Torrejón. Los coches se paraban al verme pasar. Al llegar a Itaca, tuvieron que abrir las puertas de par en par para mi entrada triunfal». En una de nuestras citas, José Antonio me entrega dos sobres con fotos antiguas del evento. Veo caras ufanas que parecen sacadas del Satiricón de Fellini o de una aventura de Astérix. Cuerpos de hombre pre-Instagram, reales. Por supuesto, no veo ningún móvil. «Esa forma de estar en un club se ha ido perdiendo», lamenta Mae. Al terminar la fiesta, por la mañana, los romanos invaden las calles del Centro. Cogidos de la cintura, cantando, ebrios y contentos, remolonean en túnica y falda, vuelven a sus casas o se dejan llevar a casa de otro. Los taxistas que los recogen se preguntan si están rodando una película en la ciudad. Sin embargo, siendo cita ineludible, la fiesta romana no es la única: «Nos reíamos de todo. Montamos fiestas de cancán, de lagarteranas, del Descubrimiento, de vaqueros… Incluso la fiesta del apagón, cuando cada cliente llevaba una linterna y todo el bar estaba a oscuras». El dinamismo y la reinvención constantes definen el espíritu del club desde el principio.

Satiricón (Federico Fellini, 1969).

En los primeros tiempos, Itaca organizaba una cruz de mayo. Una pequeña performance a cargo de una travesti amenizaba el evento: moviéndose por el bar y alternando, la improvisada animadora repartía bolsitas de chochitos entre los clientes. Con los años, este embrión de espectáculo se sofistica y se institucionaliza los miércoles de madrugada. «Todo estaba muy trabajado. Era como una obra de teatro, con una presentación, solos, números de conjunto y un final. Había un guión, un hilo conductor. Le echábamos mucha creatividad. Era un espectáculo muy sudado», señala Tina Cristal. «Tenías que amar tu trabajo y entregarte completamente. Si te tocaba hacer de folclórica, había que creérselo hasta el final, y si te tocaba ser una monja, lo mismo». La artista, imprescindible en la historia de Itaca, recuerda una época en la que el público prestaba atención a lo que sucedía sobre el escenario. A Itaca se iba, los miércoles, para asistir al show. Las redes sociales no existían. «Hoy las cosas son distintas. La gente viene sobre todo a divertirse. Quizás sería una buena idea cobrar una entrada para cambiar la percepción que se tiene de nuestro trabajo». Figura esencial en la gestación de los espectáculos de los miércoles, Félix Pardillo, conocido por todos como la Abuela, iba para cura. Tras dejar el seminario y su Sigüenza natal, pulula por Madrid y Torremolinos, donde comienza su transformación artística. En Sevilla trabaja en los espectáculos del Trastamara. José Antonio lo recoge, literalmente, cuando cae en una depresión y lo instala en el apartamento contiguo al suyo, encima de Itaca. «Félix era enormemente cultivado. Tenía ingenio y era muy polifacético, pasaba de lo cómico a lo patético sin pestañear. Un verdadero animal de escena, inteligente y sensible, que creó escuela: Tina Cristal o Vicky Aranda se inspiraron mucho de él». Tina Cristal confirma: «Félix y yo teníamos la misma perspicacia, las mismas salidas. Trabajamos mucho juntos, en salas de Sevilla, en galas de verano, en ferias y en velás. Yo me iba a su casa un poco antes para estar con él y luego bajábamos juntos a Itaca para empezar a trabajar». Como una artista del Renacimiento, la Abuela escribe monólogos, cose sus propios trajes y concibe números personalísimos. Todos recuerdan su interpretación de I’ve written a letter to daddy, la canción que Bette Davis interpreta en ¿Qué fue de Baby Jane? Con la cara empolvada, traje de niña y tirabuzones, Félix gesticula como la mítica actriz y roza la genialidad. Nati Mistral es otra de sus especialidades. Comprensivo, sagaz, el artista es parte constituyente del ADN de Itaca. Muere de un infarto, solo y en su sillón, una noche poco antes de bajar a trabajar. Su desaparición ennegrece la joie de vivre y la despreocupación de aquella época. Itaca, tan barroca en su concepción, encarna en su devenir los contrastes del claroscuro del arte del siglo XVII. Sus años de esplendor corren parejos a la evolución de la epidemia del SIDA, a la aparición de bandas neofascistas y, como colofón, a la caza de brujas del caso Arny.

Manolo

Cuando me propuse contar la historia de Itaca, pregunté a mi alrededor por si alguien conocía a su propietario. Un amigo y las redes sociales me llevaron hasta José Antonio Campillo. Si el club de la calle Amor de Dios fuera un cuerpo, él sería la cabeza. José Antonio abrió el espacio en 1979 y lo ha modelado a lo largo de los años, haciendo de gestor y de director creativo. Sin embargo, según todos los entrevistados, el corazón del proyecto sería Manolo, su marido. «Yo siempre he sido de segundo plano, de controlar; Manolo es el animal social». Aunque nunca he hablado directamente con él, Manolo aparece en todas las charlas que he tenido con las personas que han participado en la historia de Itaca. «Él estaba todas las noches, muchas veces detrás de la barra. Escuchaba las historias de los clientes y sabía animarlos cuando lo necesitaban», señala José Antonio. «Con una infinita capacidad para la empatía, Manolo era una especie de psicólogo dentro del club». Mae recuerda cómo, durante su primera noche como DJ en Itaca, los nervios le impedían concentrarse. Manolo se acercó y lo tranquilizó con estas palabras: «Aunque esta noche haya poca gente, que se vayan contentos a casa. Lo estás haciendo muy bien». Por mi parte, una mañana de diciembre de 2020 me pasé a recoger a José Antonio en su casa del barrio de la Alameda de Hércules. Mientras me enseñaba su huerto, me sacaba libros y fotos y se interesaba por mi vida, Manolo pasó discretamente y me saludó con aire tímido. Entonces no se me ocurrió que aquel hombre callado, que se preparaba el desayuno en la cocina, tuviera algo que contarme sobre la historia del club. Gran error por mi parte. Con frecuencia, la gente que no habla tiene mucho que decir. La memoria de Itaca, bordada en la de Sevilla, vive en los recuerdos de Manolo y de tantos otros que participaron de la fiesta. Algunos de los que siguen por aquí no han querido que su nombre aparezca unido al del club. La homofobia es un invitado que, en 2021, aun vive entre nosotros.

(*) Todos los nombres en este párrafo han sido cambiados.

Huerto en casa de José Antonio y Manolo. Tomates, habas, calabacines, plantas aromáticas, rosales, un limonero…
José Antonio reparte toda la cosecha entre amigos y vecinos.

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