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	<title>Bonjour Séville</title>
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	<description>Un proyecto sobre Sevilla hecho desde París</description>
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		<title>Verano en París VI (Versalles)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 28 Jul 2026 15:16:35 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Despertar indolente, mañana de domingo. El cielo está cubierto, el aire corre fresco. Salgo de la inercia y, por una vez, tomo una decisión: ir en bici hasta Versalles. Había previsto hacerlo el domingo, pero quién sabe cuántos grados habrá ese día. Recorro lo barrios&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/verano-en-paris-vi-versalles/">Leer más</a></p>
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<p>Despertar indolente, mañana de domingo. El cielo está cubierto, el aire corre fresco. Salgo de la inercia y, por una vez, tomo una decisión: ir en bici hasta Versalles. Había previsto hacerlo el domingo, pero quién sabe cuántos grados habrá ese día. </p>



<p>Recorro lo barrios del norte, Barbès, Pigalle, Clichy, Ternes. La última etapa del Tour de France, que llega hoy a París, ha obligado a cortar algunas avenidas, tengo que hacer un pequeño desvío para salir de la ciudad. </p>



<p>Sigo el recorrido que me propone Google Maps, París-Versalles en una hora y cuarenta minutos. En la pantalla del móvil parece un trayecto agradable, en gran parte sigue el curso del Sena hasta que se desvía hacia el oeste. En realidad resulta algo peligroso por la ausencia de carril bici a lo largo de varios kilómetros. Atravieso ciudades poco agraciadas de la periferia, Sèvres, Ville d&#8217;Avray, Saint-Cloud por fin, con sus villas <em>Art nouveau</em> que suavizan la impresión de fealdad acumulada hasta aquí. </p>



<p>Luego me adentro en el bosque, <em>le bois</em>, que rodea a la ciudad de Versalles. Ya estoy cerca. Google prometía una hora y cuarenta y cinco minutos, yo he tardado una hora más. </p>



<p>Solo una parte de los jardines del palacio es accesible en bici. Da igual, únicamente quiero visitar Trianon. Dejo la bici en la entrada y entro en el primero de los dos palacetes, el Grand Trianon. Hago el recorrido por los diferentes salones, siempre detrás de la barandilla, como en el escaparate de una tienda de muebles. <em>Todo es una reconstitución</em>, pienso, <em>esos sillones no estaban aquí</em>, <em>este tapizado es pura fantasía</em>. </p>



<p>En el Petit Trianon admiro, dentro de una vitrina, una vajilla encargada en su día por María Antonieta. En los inventarios del palacio aparece bajo el nombre de <em>merde d&#8217;oie</em> (mierda de oca), por la tonalidad de verde, tan parecida a la de los excrementos del ave, y tan de moda en aquella época, de las cenefas que ornan platos y tazas. Cuando salgo al jardín, busco el pequeño teatro que la Reina se hizo construir para disfrutar de funciones privadas, e incluso para actuar en alguna de ellas. Me topo con un roble plantado durante el reinado de Luis XV, uno de los árboles más antiguos de Versalles, según explica un discreto cartel. El viento sopla por entre sus ramas, único sonido en la tarde de julio. Estoy solo con él, los turistas se han quedado atrás. Poso una mano sobre su tronco. Cuando llego al teatro de la reina, lo encuentro cerrado. </p>



<p>Vuelvo a París en tren. Nada más llegar, voy a casa de B., que está haciendo las maletas, tiene que coger el tren nocturno hasta la frontera con España. Le hablo de mi visita del día. <em>Yo he conocido Versalles en otra época, cuando había menos control</em>, dice. <em>Por la noche cerraban los jardines y nosotros nos escondíamos para que los guardias no nos echaran, nos quedábamos dentro.</em> <em>Ahora es imposible, todo está muy vigilado</em>.  </p>



<p>Me cuenta sus noches de fiesta por los jardines del palacio, y cuando arrancó, en el aldea de la Reina, un trazo de una barandilla de madera, que aún conserva. <em>La madera está pintada de rosa, el color de la emperatriz María Luisa, pero, si rascas un poco, llegas al verde de la época de María Antonieta</em>. </p>
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		<title>Verano en París V</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 25 Jul 2026 11:41:41 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Jueves de julio, tengo cita en la préfecture para pedir la nacionalidad francesa. El edificio está en la île de la Cité, a dos pasos de Notre-Dame. Hay una cola interminable de personas, pero a mí me dejan pasar por delante. Ellos están aquí para&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/verano-en-paris-v/">Leer más</a></p>
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<p>Jueves de julio, tengo cita en la <em>préfecture</em> para pedir la nacionalidad francesa. El edificio está en la <em>île de la Cité</em>, a dos pasos de Notre-Dame. Hay una cola interminable de personas, pero a mí me dejan pasar por delante. Ellos están aquí para tramitar un permiso de residencia, yo soy europeo, y solo quiero información (al final no la obtendré: me he equivocado de ventanilla. Cuando encuentro la que me corresponde, en un edificio anexo, me dicen que ahora todos los trámites se hacen online). </p>



<p>Como no tengo nada que hacer, decido visitar la Sainte-Chapelle. Nueva cola, esta vez de turistas, yo también tengo que hacerla. Hacía mucho que no entraba en la Chapelle. <em>Todo esto es del siglo XIX, no te emociones</em>, me digo. En el folleto, leo que el setenta por ciento de las vidrieras son del siglo XIII. Antes, hace años, me hubiera obsesionado por saber qué es auténtico y qué no, qué original y qué fruto de las sucesivas reinterpretaciones del edificio. </p>



<p>Paso por delante de la <em>préfecture</em> (la gente sigue haciendo cola), también del Hôtel-Dieu, el hospital más antiguo de París, y de Notre-Dame. Pienso: <em>La inmigración, el sida, el incendio de la catedral, la historia reciente de Francia resumida en una isla</em>. </p>



<p>Me dirijo al pont Marie, frente la otra isla, la de Saint-Louis. Allí el ayuntamiento ha acotado una zona para bañarse en el Sena. Llevo en la mochila el bañador, la toalla y la crema solar. </p>



<p>Mi primer apartamento en París estaba aquí. Era un pequeño estudio con chimenea, bañera con patas y vigas de madera. Por la tarde, mi novio de entonces y yo bajábamos al Sena para fumar porros. Una vez nos cogió la policía. Cuando los vimos acercarse, tiramos el cigarrillo al río. Ellos olieron el hachís, nos echaron un sermón, y terminaron por seguir su ronda. </p>



<p>Ahora me dispongo a meterme en el agua. Bautizo parisino. Hay pocos bañistas, un par de señoras, tres efebos de veintipocos, un hombre haciendo largos. Es obligatorio atarse una especie de bolla a la cintura, parecemos niños en una piscina de juegos, o más bien pajarillos chapoteando en un charquito. Llega más gente, una mujer dice: <em>Si me hubieran dicho hace años que un día me bañaría en el Sena, no me lo hubiera creído</em>. Todos entran en el agua con una sonrisa, soltando grititos de placer, no es un baño cualquiera, es el Primer Baño. </p>



<p>Por la tarde voy a la sauna Sun City, como voluntario de la asociación Aides. Todos los jueves ponemos, junto a la piscina y el jacuzzi, un stand con folletos y material de protección (condones, lubricante, autotests). También ofrecemos tests rápidos de VIH y hepatitis. Mientras le hacemos uno a un muchacho, suena un remix de <em>I feel so free</em>. </p>
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		<title>Verano en París IV</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Jul 2026 21:42:13 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Publicación disponible en el perfil Instagram de Bonjour Séville.</p>
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<p>Publicación disponible en el perfil Instagram de Bonjour Séville. </p>
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		<title>Verano en París III</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Jul 2026 15:39:21 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Voy en bici por la ciudad. Es una actividad peligrosa en París, muchos ciclistas no respetan las reglas de circulación, ponen en peligro a los demás. A mí me sale lo peor que llevo dentro en forma de insultos en español, lanzados como maldiciones cada&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/verano-en-paris-iii/">Leer más</a></p>
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<p>Voy en bici por la ciudad. Es una actividad peligrosa en París, muchos ciclistas no respetan las reglas de circulación, ponen en peligro a los demás. A mí me sale lo peor que llevo dentro en forma de insultos en español, lanzados como maldiciones cada vez que estoy al borde del accidente. </p>



<p>Contrariamente a la mitología, el parisino suele ser encantador en el contacto social. Lo compruebo todos los días. Es atento y sonriente, ya sea detrás del mostrador de una tienda, de un café o por la calle si uno busca orientación. También en cenas y fiestas. Sin embargo, en algunas situaciones se transforma. Un mismo parisino puede ser amabilísimo tomándose una cerveza y después un ejemplo de incivilidad al coger la bici, o nadando en una piscina municipal. Lo que es un ser humano, vaya. Hace años había un anuncio del periódico <em>Le Parisien</em> que decía: <em>Le Parisien</em> (<em>El parisino</em>), mejor como periódico que como persona. </p>



<p>Yo sigo despotricando mientras recorro la ciudad en bici. Probablemente no diría las cosas que digo si fuera a pie, si tuviera delante a la persona objeto de mis invectivas, pero la velocidad me protege. También critico a la gente que va escuchando música por la calle, es decir, al ochenta por ciento de los transeúntes, la cara de idiota que llevan. </p>



<p>Pasada la plaza de République, llego a la zona cero, <em>le Marais</em>, holocausto de shopping y turismo. Instagrammers haciendo cola para entrar en la nueva tienda de moda, haciéndose fotos, criaturas vestidas por su peor enemigo, parásitos de las tendencias, gorras, ropa oversize, AirPods, perritos de raza, café de especialidad&#8230; la nada. A lo sumo el jardín de algún <em>hôtel particulier</em> en silencio, inexplicablemente ignorado por el objetivo de la cámara del móvil, ese ojo que todo lo pudre. Sigo adelante. </p>



<p>Anoche vi <em>Les Amants du Pont-Neuf</em>, quiero pasar por el famoso puente, el más antiguo de París.  El escenario de la película es un lugar cerrado por obras, sin coches ni viandantes, nada que ver con el hormigueo de turistas y parisinos que encuentro al llegar. A pesar de todo, es un momento agradable, la tarde está de buenas. Los rayos del sol se cuelan por entre las nubes, rompimiento de gloria sobre la torre Eiffel. Abajo, el jardín del Vert Galant, en la punta de la isla, con ese sauce que moja sus ramas en el Sena, está lleno de gente sentada con los pies colgando sobre el agua. </p>



<p>¿Por qué no visitar a la nueva Fondation Cartier, aquí al lado? </p>



<p>Dos días después comento mi visita con F. y con S., dos amigas parisinas. A ninguna le gusta el nuevo edificio de la Fondation. Tampoco las visitas guiadas que se proponen a los visitantes.<em> El edificio del boulevard Raspail era mucho más bonito, </em>opina<em> S. En la Bourse du Commerce te tratan mucho mejor, las visitas guiadas son realmente interesantes</em>, remata F. Yo asiento, y no digo nada. ¿Me gusta o no me gusta la nueva Fondation Cartier? Como cuando, al salir del cine, espero a que mi acompañante me diga qué le ha parecido la película para formarme una opinión, no tengo gran cosa que decir. Podría decir que sí, que no, que depende. </p>
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		<title>Verano en París II</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jul 2026 07:02:16 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>(Viene de Instagram) Frente a la verborrea del mundo, menudencias, qué has preparado hoy para comer, qué te has comprado. Un calco que puedo colocar sobre mi día, y que le dará algo nuevo, un doble, pequeños detalles en paralelo a los que ocupan mi&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/verano-en-paris-ii/">Leer más</a></p>
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<p>(Viene de Instagram) Frente a la verborrea del mundo, menudencias, qué has preparado hoy para comer, qué te has comprado. Un calco que puedo colocar sobre mi día, y que le dará algo nuevo, un doble, pequeños detalles en paralelo a los que ocupan mi jornada, una inspiración (esa palabra horrenda). </p>



<p>Quiero leer algo como:</p>



<p>Esta mañana me he tomado un café en Le Marigny, debajo de casa. La camarera polaca me habla del calor que hace, dice que hoy está prevista una bajada de la temperatura. Voy a comprar el pan. Una señora se queja de la cantidad de mendigos que hay en París (<em>¡están por todas partes!</em>), que piden a la puerta de las tiendas y junto a los cajeros. Compro un trozo de pan integral. </p>



<p>Cojo la bici, voy al gimnasio. Hay un hombre guapísimo en la máquina de remo, rubio y esbelto, me mira desde lejos, lo miro, prefiero quedarme ahí, con la ilusión de que está interesado, por eso no vuelvo a mirarlo. Mientras entreno escucho un capítulo de <em>Un été avec Proust</em>, luego el <em>Confessions II</em>, solo la primera parte. </p>



<p>Paso por el supermercado antes de volver a casa: fresas, arándanos, plátanos, feta, yogur griego de la marca mavrommátis. Al llegar me tomo mi dosis de creatina. Almuerzo una ensalada de patatas. Cojo de la estantería <em>Nicolas Pages</em>, busco las páginas donde Guillaume Dustan habla de sus visitas al supermercado, las marqué cuando leí el libro el verano pasado. Vuelvo a leer la lista, sin apenas puntuación, de los productos que el escritor mete en el carrito. Dustan era un hombre bueno, me hubiera gustado conocerlo, pienso de nuevo. </p>



<p>Intento escribir, seguir mi libro sobre la discoteca Itaca, pero me entra sueño. Me tumbo en la cama, diciéndome que mi cuerpo se despertará por sí mismo al cabo de veinte minutos. Cuando lo hace, ha pasado una hora. Voy a la cocina y me preparo un yogur griego con fresas y arándanos. Siempre necesito comer algo dulce después de la siesta. </p>



<p>Retomo la escritura de Itaca, más que escribir releo lo ya escrito, organizo, corto, hago modificaciones. Emmanuel me escribe un mensaje: <em>¿Vamos al Rosa Bonheur a las ocho?</em> Pensaba que no le apetecería, estoy contento de su propuesta, como el timbre que marca el final de una clase aburrida. Vuelvo a Itaca. Leo partes que me gustan, otras me parecen sin interés. </p>



<p>Antes de salir como algo de fruta, un plátano y dos albaricoques, me tomo una pastilla de colágeno, me pongo mi camiseta semitransparente. Nuevo mensaje de Emmanuel: <em>Ya estoy aquí, voy a pedir una botella de rosé para los dos. </em></p>



<p>Bajo a la calle, entro en el parque y decido subir la gran cuesta. Es el camino más duro, la pendiente es muy pronunciada, pero también el más directo para llegar al Rosa Bonheur. Así trabajo los glúteos, me digo. Adelanto a una pareja de chicos jóvenes, me siento en forma. </p>



<p>El Rosa Bonheur está lleno de hombres, soy uno más. Emmanuel está sentado en uno de los bancos, junto a la botella de vino y a dos vasos con cubitos de hielo. Le cuento mi día, hablamos de su próximo viaje al sur para conocer a su sobrino recién nacido. Fumamos. Decidimos cambiar de lugar, nos sentamos en la otra parte de la terraza. Me dice que le sorprende la seguridad de los jóvenes, cómo aparentan tener todo tan claro, <em>yo cambio de opinión todo el rato</em>, dice. Estoy de acuerdo, aunque existe una base que se mantiene intacta, <em>ser de izquierdas</em> <em>y algunas cosillas más</em>, observo.  </p>



<p>Tengo ganas de bailar, propongo entrar, pero Emmanuel está cansado. Volvemos a casa atravesando el parque nocturno, todavía hay pequeños grupos de amigos tumbados sobre la hierba, aprovechando el frescor del aire. Nos despedimos en la esquina de Manin con Crimée. </p>



<p>Entro en el salón, donde esta semana me toca dormir (desde que estamos separados, Loïc y yo nos hemos organizado así, una semana en el salón, la otra en la habitación). Me siento a escribir este texto, sin preocuparme por repetir en el mismo párrafo la palabra <em>supermercado</em>. </p>
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		<title>Verano en París I</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 12 Jul 2026 12:37:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Hace mucho que no paso el mes de julio en París. Siempre, en cuanto terminan las clases, hago las maletas y me voy a Sevilla. Este año es diferente. Quizás es la separación de Loïc, tengo que reorganizar las cosas, aunque al final no hago&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/verano-en-paris/">Leer más</a></p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Hace mucho que no paso el mes de julio en París. Siempre, en cuanto terminan las clases, hago las maletas y me voy a Sevilla. Este año es diferente. Quizás es la separación de Loïc, tengo que reorganizar las cosas, aunque al final no hago nada en concreto, ni busco apartamento, ni pido cita en el banco para poner orden en mi catastrófica economía. </p>



<p>Vago en bici por la ciudad. Voy a la Fnac de Saint-Lazare, compro el nuevo disco de Madonna. Al salir a la calle, me pregunto para qué lo he comprado, miro el ticket: el artículo se puede devolver si no ha sido abierto, tengo quince días para pensármelo. Luego caigo en la cuenta de que el último album de Madonna que compré fue precisamente <em>Confessions on a Dance Floor</em>, en 2005.  Quizás ya no soy el fan que fui, tal vez nunca lo he sido. Guardo el cd y vuelvo a montarme en la bici. </p>



<span id="more-9197"></span>



<p>La primera vez que vi la cara de Madonna fue en la portada de un disco que un amigo, siendo niño, me enseñó una tarde en su casa. Era el <em>Like a virgin</em>. Grabé el vinilo en una cassette, lo escuché hasta cansarme. Luego seguí su carrera con devoción durante años, compré sus discos, recorté sus fotos en las revistas. Madonna fue una escapatoria al tedio, del que tan pronto fui consciente. Sus discos y giras decían: Al menos tienes esto. </p>



<p>Con el <em>Confessions II</em> en la mochila, visito el museo de Cluny. Entro en la sala donde se encuentran algunas de las esculturas que decoraban la fachada de Notre-Dame. Los revolucionarios las tiraron a la basura, solo se redescubrieron mucho tiempo después, en 1977, en el patio de una mansión del distrito nueve. La historia ha desfigurado los rostros de los reyes de Judea y de los ángeles. Recuerdo cuando me enteré de que las estatuas de Notre-Dame no son originales, que tienen algo más de siglo y medio. Qué timo, pensé. Qué importa, pienso hoy, mirando la cara del rey David. Madonna ha conseguido hacer un frunce en el tiempo, que olvidemos los veinte años desde el primer <em>Confessions</em>, toda la mierda que ha publicado entre tanto, y que vivamos la ilusión de que nada ha pasado desde entonces. </p>



<p>Sigo mi callejeo en bici. Después del museo, busco la escueta <em>rue des Anglais</em>. Allí estaba el Manhattan, sex-club gay de los años 70. En marzo de 1979, una redada de policía desató una ola de solidaridad por parte de artistas e intelectuales de la época, todos manifestaron su apoyo a los arrestados, acusados de atentado contra la moral. El Manhattan es también uno de los escenarios de <em>Tricks</em>, el libro de Renaud Camus que leo por las noches, antes de dormir. Camus es hoy un ser execrable, ideólogo de la extrema derecha pero, antes de su viraje a la oscuridad, publicó este sabroso inventario de sus encuentros sexuales en los jardines y los <em>backrooms</em> de París. En el número 8 de la <em>rue des Anglais</em>, donde estaba el Manhattan, parece existir un local nocturno, cuya puerta de hierro está cerrada cuando me acerco (son las cuatro de la tarde). Después me entero de que se trata de una pequeña sala, en un sótano con paredes de piedra, tan frecuentes en París, donde se organizan conciertos y espectáculos. Algunos de esos sótanos, o <em>caves</em>, como se dice en francés, fueron transformados en cuarto oscuro cuando un local de ambiente se abría en la planta de arriba. La <em>rue des Anglais</em> huele a orín. </p>



<p>A pocos metros está Shakespeare and Co., los influencers hacen cola para hacerse una foto en el interior de la librería, o para tomarse un café a cinco euros. </p>



<p>Cuando llego a casa pongo el cd en el lector. La voz de Madonna. Empiezo a bailar, pero no la veo tal y como es hoy. Prefiero y consigo ver su cara y su cuerpo como eran en el vídeo de <em>Hung up</em>. </p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://bonjourseville.com/es/verano-en-paris/">Verano en París I</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://bonjourseville.com/es/">Bonjour Séville</a>.</p>
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		<title>París del Aljarafe</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Oct 2025 08:09:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mi madre y yo solemos hacer algunos mandados en los comercios de esa zona de Mairena del Aljarafe que llaman Nuevo Bulevar. Se trata de un barrio levantado en estos últimos años, como tantos otros del Aljarafe, en unos campos donde antes había olivos. He&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/paris-del-aljarafe/">Leer más</a></p>
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<p>Mi madre y yo solemos hacer algunos mandados en los comercios de esa zona de Mairena del Aljarafe que llaman Nuevo Bulevar. Se trata de un barrio levantado en estos últimos años, como tantos otros del Aljarafe, en unos campos donde antes había olivos. He escrito barrio, pero quizás esa palabra no sea la más apropiada. Cada vez que mi madre y yo hacemos la compra en el gran supermercado que allí existe, y luego hacemos cola frente a esa famosísima panadería, no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿Cómo hemos terminado viviendo en lugares como este? Nuevo Bulevar consiste en una sucesión de edificios de viviendas cuyas fachadas dan a una especie de autopista de dos direcciones y varios carriles. Todo parece estar diseñado para hacer de él un lugar funcional, adaptado a la vida moderna, la crianza, la prisa y el consumo. Sin embargo, la arquitectura de los edificios carece de amabilidad, resulta dura, casi hiriente de tan escueta. Uno se pregunta si la gente vive o más bien está presa en esos pisos sin duda grandes y confortables, pero exentos, se diría, de benevolencia. Y es verdad que pasando en coche por las calles del barrio (raramente las recorro a pie), hay algo carcelario en su aspecto. El colmo de ese urbanismo, que, como dice un amigo, se acerca a la acción terrorista, es la esplanada junto a la estación de metro Ciudad Expo, erial de losas impracticable durante cinco meses al año. Ya sé que barrios así se han construído siempre, que algunas de las barriadas de Sevilla debieron de parecer igual de descarnadas cuando se levantaron en los 60 y 70. Las mismas de las que hoy decimos: Pues esa zona tiene su punto. Quién sabe si en cincuenta años Nuevo Bulevar no habrá adquirido cierta solera. El encanto necesita de un poco de mugre, también en la mirada.&nbsp;</p>



<p>Estamos desayunando en uno de los cafés de la zona. Mi madre se bebe su cappuccino a pequeños sorbos. Yo he pedido una tostada de aguacate y queso fresco. Los clientes sentados a nuestros alrededor llevan chándal y zapatillas de deporte, acaban de salir del gimnasio, pienso. Algunos han aprovechado para sacar al perro, que dormita bajo la mesa. Por un momento se me hace extraño ver a mi madre en este marco radicalmente nuevo, sin conexión con el pasado. Ella y yo hemos vivido en numerosos lugares a lo largo de los años, pisos y casas recién terminados cuando nos mudamos a ellos, y que hoy tienen una carnación especial en mi recuerdo. Por encima de todos, la casa familiar del pueblo, venerable, donde los dos jugamos siendo pequeños (tan habitada está en la memoria que parece que no somos nosotros quienes la ocupamos, sino ella la que vive en nosotros). Hemos visitado juntos ciudades, iglesias y ruinas. Pero, en Nuevo Bulevar, todo eso parece fuera de lugar, como un aparador o un lebrillo, herencia de familia, en la cocina de un adosado recién construido. </p>



<p>Unos días después, de vuelta en París, decido darme un paseo por el acomodado distrito ocho de la ciudad, tan de tarjeta postal. Me bajo de la línea dos del metro en la estación Villiers. Cuando las escaleras mecánicas me devuelven a la superficie, un estupor. Las fachadas de los edificios haussmanianos se yerguen recargadas de ornamentos por encima de los viandantes. Sus abalorios tallados en piedra y moldeados en el hierro de los balcones parecen a punto de derretirse, y tengo la impresión de que podrían aplastarme bajo un alud de merengue. A pesar del buche que siempre he tenido para la exuberancia, estoy a punto de gritar: ¡Me ahogo! ¡Quítenme todo esto de en medio! Por algunas ventanas puedo ver el interior de los apartamentos de las clases acomodadas, con sus molduras doradas y sus chimeneas. Deambulo durante un rato por ese París churrigueresco que de costumbre tanto aprecio, entre las columnas Morris, junto a las fuentes Wallace. Pero hoy, cosa extraña, me pregunto: ¿Qué necesidad?</p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Ese día les van a dar por c*** a los franceses</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Aug 2025 17:24:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Sin categorizar]]></category>
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<p>Hace años conocí a una señora que trabajaba en el Instituto Cervantes de París. En aquella época visitaba con frecuencia su biblioteca, que entonces estaba en ese hermoso palacete de la <em>avenue</em> Marceau del que tanto se ha hablado últimamente en los medios de comunicación. Subía a la primera planta por la elegante escalera decorada con molduras y espejos, recorría los estantes en busca de algún libro o CD, me sentaba en la sala de lectura presidida por un busto de Falla, bajo los frescos pintados en el techo. Ella solía estar en el mostrador de la entrada, donde uno pedía información sobre las obras disponibles. Era valenciana, muy habladora. Un día, mientras registraba los libros que yo me llevaba en préstamo, me dijo que le quedaban solo unos meses para jubilarse, y para volver a España. Yo hice algún comentario de circunstancia, ella exclamó: <em>Y ese día les van a dar por culo a los franceses</em>. Sonreí, algo molesto por la contundencia de sus palabras pero sin darles mayor importancia, metí los libros en la bolsa y me despedí. Sin embargo, de vuelta a casa, en la línea 9 del metro, pasaban las estaciones (Miromesnil, Saint-Augustin, Havre-Caumartin) y yo no podía dejar de pensar en lo que acababa de escuchar. La bibliotecaria había acompañado su frase de un gesto de manos seco y obsceno. <em>Y ese día les van a dar por culo a los franceses</em>. Recordé las pequeñas charlas que manteníamos cada vez que yo sacaba algún libro, me había dicho que llevaba muchos años, toda una vida, en París. Esos años estaban a punto de terminar. Para ella, aquel final tenía un sabor dulce, el regreso a España, esperado durante tanto tiempo. Pero también había algo amargo en su actitud, o eso pensé. Desde luego, el tono y el colorido de su frase eran típicamente españoles, los mismos que se manifiestan en tantas situaciones de la vida cotidiana. Y aún así, me dije que también eran los de alguien que espera su revancha. Entonces sentí una especie de vértigo. Concebí todo el tiempo que aquella señora había pasado en Francia, la imaginé relacionándose durante meses y años con gente que, a tenor de sus palabras,&nbsp; deseaba no volver a ver, imaginé la frustración acumulada, incluso el rencor. Sabía que estaba siendo parcial en mi análisis, que también habría pasado buenos momentos en París, quizás sus hijos eran franceses. Pero no podía dejar de escuchar su frase, ni de ver cómo sus manos y su boca se habían contraído al pronunciarla. Me turbaba el tono resentido que había empleado, y la rudeza de lo que en aquel momento, mientras la línea 9 del metro seguía avanzando, me pareció un resumen de su vida, una sentencia.</p>



<p></p>



<p>El pasado 9 de agosto mi madre me llevó por la mañana a la estación de Santa Justa. Después de pasar unas semanas en Sevilla, tenía que coger el tren que me llevaría de vuelta a Francia. Era sábado. A través de la ventanilla del coche desfilaban las grandes avenidas de la ciudad: Luis Montoto, San Francisco Javier. Había muy pocos transeúntes, tan solo personas de cierta edad paseando al perro o desayunando en las terrazas de los bares. Cada vez que el coche se paraba en un semáforo, yo fantaseaba con la idea de decirle a mi madre: <em>Da media vuelta, me quedo aquí, no vuelvo</em>. A medida que avanzábamos rumbo a la estación, me imaginaba viviendo en un pequeño piso de Nervión, en unas circunstancias que no pretendía definir del todo.&nbsp;</p>



<p></p>



<p>No era la primera vez que me dejaba llevar por una ensoñación así. A veces los años pasados en París se me antojan un paréntesis que algún día tendré que cerrar para comenzar la que será mi verdadera vida. Como si aún no hubiera empezado a vivir, o solo lo hubiera hecho hasta que terminé los estudios y me marché a Francia. Es verdad que las razones que me llevaron a dejar Sevilla siguen siendo un misterio que me cuesta desentrañar. Pero también lo es que el tiempo pasado desde entonces me parece, ciertas mañanas en que la claridad atraviesa mis párpados sin despertarme completamente, el de una existencia que otro hubiera vivido por mí, y que puedo ver proyectada en una pantalla. ¿Era yo quien vivió tres años en aquella <em>rue,</em> con aquel chico inglés? ¿Yo el que paseaba solo junto al Sena, el día de mi 27 cumpleaños? ¿Qué hacía allí? ¿Qué hago aquí? En el coche, camino de Santa Justa, me acordé de la bibliotecaria del Instituto Cervantes. Aparcamos en la entrada de la estación. Justo antes de entrar, como suelo hacer, me volví para decirle adiós a mi madre con la mano.</p>



<p></p>
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		<title>diario de un sevillano en París: Almodóvar et moi</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jan 2025 17:38:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[diario de un sevillano en París]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Al volver a París tras pasar unos días entre Sevilla y Estepa, mi novio me tiene preparadas (regalo de Navidad) dos entradas para el Crazy Horse, el mítico cabaret parisino al que llevaba tiempo queriendo asistir. Abierta en 1951, la maison cultiva desde entonces un&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/diario-de-un-sevillano-en-paris-almodovar-et-moi/">Leer más</a></p>
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<p>Al volver a París tras pasar unos días entre Sevilla y Estepa, mi novio me tiene preparadas (regalo de Navidad) dos entradas para el Crazy Horse, el mítico cabaret parisino al que llevaba tiempo queriendo asistir. Abierta en 1951, la <em>maison</em> cultiva desde entonces un espíritu absolutamente <em>glamour</em>, que no le impide dar carta blanca a creadores de renombre (coreógrafos, diseñadores) en la invención de nuevos números, nuevos cuadros más experimentales y contemporáneos. Adoro la desenvoltura con que Francia vive la frivolidad. Más aun, en un país donde el detalle tiene igual o más peso que el contenido, donde un plato no será apreciado sin una correcta presentación, un discurso sin la pose ni la cadencia adecuadas, lo que la ceñuda España puede encontrar accesorio y superficial, aquí se reivindica como tabla de medición. </p>



<span id="more-8876"></span>



<p>Entrar en el Crazy Horse es como hacerlo en una película de Blake Edwards. Todo allí es rosa, de la moqueta al techo, las burbujas no paran de juguetear en las copas de champagne y los camareros y el maestro de ceremonias se mueven entre las mesas con felina elasticidad. En el público, identifico las marcas del dinero: bolsos de lujo, relojes caros, rostros operados, parejas con una pronunciada diferencia de edad&#8230; Me siento en el crucero de la película <em>El Triángulo de la Tristeza</em>. El espectáculo, tal y como esperaba, resulta un fascinante ejercicio de ilusionismo chic, a través de los cuerpos desnudos, casi irreales, de las bailarinas -las famosas chicas del Crazy Horse, tocadas con la misma peluca geométrica- y de una iluminación virtuosa. Recuerdo entonces las palabras de un amigo sevillano, dueño de algunos bares por el centro, cuando me confesó que siempre había soñado con abrir un cabaret <em>a la europea</em> en la ciudad. Buen conocedor de Sevilla, nunca se decidió a llevar a cabo su proyecto. Por mi parte, allí sentado durante el show, rodeado de sofisticación, vuelve a mí la borrosa sensación que siempre me embarga al codearme, aunque solo sea durante una velada, con la exclusividad.  Mi educación me dicta profesar la mesura y despreciar el exceso, condenar el parasitismo de los ricos, pero, al mismo tiempo, no puedo negar mi atracción hacia esa nebulosa de lujo y fama donde imagino a los <em>happy few</em>, fuera del alcance de los ciudadanos de a pie. Una de las bailarinas está cantando <em>Je cherche un millionnaire</em>. Al final del espectáculo, antes de marcharnos, nos acercamos a la pared donde está inscrita la interminable lista de personajes famosos que han visitado el cabaret a lo largo de los años, desde Cher hasta Simone de Beauvoir. Un nombre atrae mi atención: Pedro Almodóvar. </p>



<p>Precisamente ese mismo día se estrena en Francia <em>La habitación de al lado</em> (<em>La chambre d&#8217;à côté</em> en francés). Veo el cartel de la película en una parada de autobús y me acuerdo de aquella vez en que estuve al lado del celebérrimo director durante unos minutos -todo español debería tener el derecho, y el deber, de pasar un ratito junto a Almodóvar (al fin y al cabo, él nos ha inventado ante los ojos del mundo). Vivía en Madrid. Un amigo, representante de Miguel Poveda, me invitó a un concierto del cantaor en el teatro Albéniz. Aquella noche, antes de acceder a la sala, decidimos tomarnos algo en la Casa de las Torrijas, justo enfrente. Allí estaba él, de pie en la barra, acompañado por su hermano y por Bibiana Fernández, uno más entre los parroquianos. Por supuesto, no le dijimos nada. Luego, mientras ocupábamos nuestros asientos en el teatro, nos dimos cuenta de que Almodóvar y sus acompañantes hacían lo propio unas filas más adelante -Poveda acababa de publicar un disco de copla, una de las cuales servía de banda sonora a la nueva película del director. El caso es que, después del recital, mi amigo propuso que fuéramos a los camerinos para felicitar a <em>Miguel</em>. Cuando penetramos en el reducido espacio, me encontré de golpe formando parte del corrillo que allí se había reunido, y que incluía al propio cantaor, Carmen Linares, una monumental Bibiana Fernández y Agustín y Pedro Almodóvar, justo a mi derecha. Mientras todos charlaban -evidentemente, yo no abrí la boca-, él apenas dijo nada. Casi parecía más intimidado que yo. La Fernández, que, en un peculiar arrebato flamenco, tildó a Poveda de <em>monstruo de las galletas</em>, organizaba el cotarro con desparpajo, decidiendo dónde irían a cenar y quién compartiría taxi con quién. Fueron solo unos minutos. Ellos salieron por la puerta de artistas, nosotros volvimos al patio de butacas, para salir a la calle de la Paz por el acceso principal del teatro. Al día siguiente volví a mi aburrido trabajo, haciendo el mismo trayecto de todos los días, con la sensación de aquel a quien solo han dejado probar una gota de miel. </p>



<p>Ya he podido leer en la prensa francesa algunas críticas de <em>La habitación de al lado</em>, en general positivas, cuando no halagadoras. También he hablado sobre la película con algunos conocidos. Hace años que Almodóvar es una estrella en Francia (1), si bien nunca he logrado comprender del todo el porqué de tal éxito. Sin duda sus personajes, esas mujeres al extremo, confirman el estereotipo francés de la española impetuosa, en un país, <em>la France</em>, que se ve a sí mismo remilgado, y donde sobre la mujer aun pesan los dictados de la coquetería, y hasta de la compostura. Todos queremos que nos reconforten en nuestras creencias, sobre todo las que más se alejan de nuestra propia naturaleza. A caballo entre lo burlesco y lo dramático, las historias de Almodóvar no pueden sino gustar en Francia. Incluso en los 90, cuando España las ninguneaba, las despreciaba y ridiculizaba, a este lado de los Pirineos crítica y público se rendían ante su descaro. De hecho, tras el estreno de esta nueva película, algunas voces se han lamentado por la ausencia de aquella audacia. Por otro lado, el cuidado de la forma que el director pone en todos sus films &#8211;<em>son como hospedarse en un hotel de lujo</em>, dijo alguien una vez sobre ellos-, la esmerada puesta en escena, ese apetitoso universo almodovariano, ¿cómo no van a gustar en este país?</p>



<p>Termino estas líneas durante una pausa en el trabajo. Almodóvar en los camerinos del teatro Albéniz y el Crazy Horse parecen muy lejos desde aquí. De todas formas, concluyo, está bien así. Soy demasiado perezoso para invertir las enormes cantidades de tiempo y esfuerzo que demanda el éxito. ¡Si al menos hubiera nacido marqués!</p>



<p>(1) De hecho, el primer libro sobre el director lo escribió un francés. Se trata de <em>Conversations avec Pedro Almodóvar</em>, publicado en 1986 por Frédécic Strauss. </p>



<p>En la foto, los servicios del cabaret Crazy Horse, en París. </p>
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		<title>diario de un sevillano en París: ITS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[alex]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Nov 2024 08:00:36 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Mi primer apartamento en París fue un pequeño estudio en la isla de Saint-Louis, en pleno corazón de la ciudad. Recién llegado de Sevilla, me encontré viviendo en ese rincón idílico y a la vez postizo que abraza el Sena, un París de postal habitado&#8230; <a class="read-more" href="https://bonjourseville.com/es/diario-de-un-sevillano-en-paris-its/">Leer más</a></p>
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<p>Mi primer apartamento en París fue un pequeño estudio en la isla de Saint-Louis, en pleno corazón de la ciudad. Recién llegado de Sevilla, me encontré viviendo en ese rincón idílico y a la vez postizo que abraza el Sena, un París de postal habitado sobre todo por estadounidenses y saudíes, a pocos metros de Notre-Dame. De camino a casa, pasaba a menudo frente a la catedral y me paraba a admirar los relieves de su fachada. Precisamente a un lado de la plaza donde se eleva la construcción gótica se encuentra el Hôtel-Dieu, el hospital más antiguo de la ciudad. De líneas clásicas, el venerable edificio desprende, como muchos hospitales de París, una mezcla de solemnidad y decandencia fruto de años, de siglos, de actividad. Por sus patios y corredores flota el recuerdo de la tuberculosis y el sida. No sé de dónde vino la idea, quizás alguien me animó a hacerlo, o tal vez vi una pancarta perteneciente a una de esas campañas que se lanzan cada año. El caso es que un día me dije que debía pasarme por el hospital para donar sangre -algo que, debo confesar, nunca había hecho en Sevilla. De esta manera, una tarde me encontré sentado frente a una enfermera en una pequeña sala de consulta. Ella sacó un par de folios de una carpeta y, casi sin levantar la vista, comenzó a hacerme las preguntas acostumbradas, me dije, previas a la extracción: edad, peso, hábitos de vida&#8230; Cuando me preguntó por mi situación de pareja, yo respondí que vivía con mi novio. Entonces su rostro cambió de expresión. Me miró directamente a los ojos y me informó de que, desgraciadamente, teniendo en cuenta mi orientación sexual, no podíamos continuar con el proceso. La <em>République</em> no quería sangre de homosexuales. En cualquier caso, <em>merci</em> (*).</p>



<p>Por supuesto, no era la primera vez que me sometía a un cuestionario de aquel tipo. Como chico gay a finales de los 90, había aprendido a protegerme de las ITS, que controlaba periódicamente mediante las pruebas correspondientes en centros especializados, como aquel, cerrado ahora desde hace años, de la calle Amor de Dios -¿qué otra calle si no? En tales ocasiones, la persona encargada -siempre una mujer- me hacía las preguntas adecuadas para evaluar los riesgos a los que me había expuesto, así como para alimentar estadísticas de incidencia. Dichas entrevistas se adentraban (se adentran) sin rodeos en los vericuetos de mi vida sentimental y sexual, pero he de confesar que nunca me han resultado incómodas, supongo que, en gran medida, gracias a la pericia de esas mujeres. Me he encontrado a muchas a lo largo de los años, implicadas tanto en centros de salud orientados a la población LGTB como en asociaciones de lucha por sus derechos. Al teléfono, en la recepción, atendiendo casos urgentes o coordinando reuniones y grupos de trabajo, su presencia siempre me causa una grata sorpresa por lo inesperado e inexplicable. ¿Qué anima a una mujer heterosexual a consagrar su vida profesional a los problemas de las personas LGTB?, me pregunto, dejando al descubierto mi estrechez de miras. No cabe duda de que a ellas se les han asignado siempre las tareas relativas a <em>los cuidados</em>, esa palabra tan del gusto de la nueva generación. Las mujeres dedican tiempo y esfuerzo a gestionar el sufrimiento ajeno -dice la tradición-, se preocupan por evitar y aliviar el dolor, con empatía e independencia del paciente que tengan delante. Por eso, mi sorpresa no puede ser tal. Y aun así, cuando la enfermera, antes de pincharme para sacarme sangre, me habla de ITS y de Prep, pienso: ¿De qué manera concibe ella mi intimidad, que le desvelo al hilo de sus preguntas, la intimidad de un hombre gay? </p>



<p>Las estadísticas dicen que las ITS se ceban especialmente en nosotros. Nunca he considerado injusta esta preferencia, que encuentro casi gustosa, tributo a pagar por una <em>raza maldita</em> y elegida (obviamente, esto solo puede decirlo, con buena dosis de desvergüenza <em>old-fashioned</em>, alguien que nunca ha padecido una infección de gravedad). Los heterosexuales no están al resguardo, por supuesto, aunque a veces parezcan vivir en otro planeta. El novio de una amiga empezó a sufrir repentinos ataques de furia, momentos que le hacían perder el control sin razón. Tras hacerse las pruebas pertinentes, los resultados revelaron una sífilis contraída mucho tiempo atrás, nunca diagnosticada y aun menos tratada. Después de años pululando por su organismo, la infección había terminado afectando de forma irreversible al sistema nervioso. Escuchando esta historia, no puedo evitar preguntarme si los gays no tendremos (o teníamos) una sexualidad más consecuente, si no estamos más <em>evolucionados</em> que los heterosexuales, como declara un amigo sevillano. Pero acto seguido, recuerdo el chemsex y sus derivas, y la ilusión se resquebraja. </p>



<p>Leo en la prensa el último gran sondeo sobre la sexualidad de los franceses, publicado el pasado 13 de noviembre, y no puedo reprimir un ligero bostezo. De una heterosexualidad triunfante, los resultados solo exploran la <em>disidencia</em> -otro palabreja generacional- al constatar que las mujeres jóvenes tienen cada vez menos reparo a la hora de confesar atracción por alguien de su mismo sexo. El resto del sondeo es un paisaje con ciertas transformaciones que, desde la acera de enfrente, se perciben redundantes, como un <em>déjà-vu</em>. Tengo que comentarlo con la enfermera, la próxima vez que me haga pruebas de ITS, me digo cerrando el periódico. O que done sangre. </p>



<p>(*) Desde 1983 hasta 2022, los homosexuales tuvieron prohibido donar sangre en Francia, si bien a partir de 2016 pudieron hacerlo tras certificar un año de abstinencia sexual. En España nunca ha existido tal prohibición.  </p>
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