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Verano en París V

Jueves de julio, tengo cita en la préfecture para pedir la nacionalidad francesa. El edificio está en la île de la Cité, a dos pasos de Notre-Dame. Hay una cola interminable de personas, pero a mí me dejan pasar por delante. Ellos están aquí para tramitar un permiso de residencia, yo soy europeo, y solo quiero información (al final no la obtendré: me he equivocado de ventanilla. Cuando encuentro la que me corresponde, en un edificio anexo, me dicen que ahora todos los trámites se hacen online).

Como no tengo nada que hacer, decido visitar la Sainte-Chapelle. Nueva cola, esta vez de turistas, yo también tengo que hacerla. Hacía mucho que no entraba en la Chapelle. Todo esto es del siglo XIX, no te emociones, me digo. En el folleto, leo que el setenta por ciento de las vidrieras son del siglo XIII. Antes, hace años, me hubiera obsesionado por saber qué es auténtico y qué no, qué original y qué fruto de las sucesivas reinterpretaciones del edificio.

Paso por delante de la préfecture (la gente sigue haciendo cola), también del Hôtel-Dieu, el hospital más antiguo de París, y de Notre-Dame. Pienso: La inmigración, el sida, el incendio de la catedral, la historia reciente de Francia resumida en una isla.

Me dirijo al pont Marie, frente la otra isla, la de Saint-Louis. Allí el ayuntamiento ha acotado una zona para bañarse en el Sena. Llevo en la mochila el bañador, la toalla y la crema solar.

Mi primer apartamento en París estaba aquí. Era un pequeño estudio con chimenea, bañera con patas y vigas de madera. Por la tarde, mi novio de entonces y yo bajábamos al Sena para fumar porros. Una vez nos cogió la policía. Cuando los vimos acercarse, tiramos el cigarrillo al río. Ellos olieron el hachís, nos echaron un sermón, y terminaron por seguir su ronda.

Ahora me dispongo a meterme en el agua. Bautizo parisino. Hay pocos bañistas, un par de señoras, tres efebos de veintipocos, un hombre haciendo largos. Es obligatorio atarse una especie de bolla a la cintura, parecemos niños en una piscina de juegos, o más bien pajarillos chapoteando en un charquito. Llega más gente, una mujer dice: Si me hubieran dicho hace años que un día me bañaría en el Sena, no me lo hubiera creído. Todos entran en el agua con una sonrisa, soltando grititos de placer, no es un baño cualquiera, es el Primer Baño.

Por la tarde voy a la sauna Sun City, como voluntario de la asociación Aides. Todos los jueves ponemos, junto a la piscina y el jacuzzi, un stand con folletos y material de protección (condones, lubricante, autotests). También ofrecemos tests rápidos de VIH y hepatitis. Mientras le hacemos uno a un muchacho, suena un remix de I feel so free.

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