comentario 0

Verano en París II

(Viene de Instagram) Frente a la verborrea del mundo, menudencias, qué has preparado hoy para comer, qué te has comprado. Un calco que puedo colocar sobre mi día, y que le dará algo nuevo, un doble, pequeños detalles en paralelo a los que ocupan mi jornada, una inspiración (esa palabra horrenda).

Quiero leer algo como:

Esta mañana me he tomado un café en Le Marigny, debajo de casa. La camarera polaca me habla del calor que hace, dice que hoy está prevista una bajada de la temperatura. Voy a comprar el pan. Una señora se queja de la cantidad de mendigos que hay en París (¡están por todas partes!), que piden a la puerta de las tiendas y junto a los cajeros. Compro un trozo de pan integral.

Cojo la bici, voy al gimnasio. Hay un hombre guapísimo en la máquina de remo, rubio y esbelto, me mira desde lejos, lo miro, prefiero quedarme ahí, con la ilusión de que está interesado, por eso no vuelvo a mirarlo. Mientras entreno escucho un capítulo de Un été avec Proust, luego el Confessions II, solo la primera parte.

Paso por el supermercado antes de volver a casa: fresas, arándanos, plátanos, feta, yogur griego de la marca mavrommátis. Al llegar me tomo mi dosis de creatina. Almuerzo una ensalada de patatas. Cojo de la estantería Nicolas Pages, de Guillaume Dustan, busco las páginas donde habla de sus visitas al supermercado, las marqué cuando leí el libro el verano pasado. Vuelvo a leer la lista, sin apenas puntuación, de los productos que el escritor mete en el carrito. Dustan era un hombre bueno, me hubiera gustado conocerlo, pienso de nuevo.

Intento escribir, seguir mi libro sobre la discoteca Itaca, pero me entra sueño. Me tumbo en la cama, diciéndome que mi cuerpo se despertará por sí mismo al cabo de veinte minutos. Cuando lo hace, ha pasado una hora. Voy a la cocina y me preparo un yogur griego con fresas y arándanos. Siempre necesito comer algo dulce después de la siesta.

Retomo la escritura de Itaca, más que escribir releo lo ya escrito, organizo, corto, hago modificaciones. Emmanuel me escribe un mensaje: ¿Vamos al Rosa Bonheur a las ocho? Pensaba que no le apetecería, estoy contento de su propuesta, como el timbre que marca el final de una clase aburrida. Vuelvo a Itaca. Leo partes que me gustan, otras me parecen sin interés.

Antes de salir como algo de fruta, un plátano y dos albaricoques, me tomo una pastilla de colágeno, me pongo mi camiseta semitransparente. Nuevo mensaje de Emmanuel: Ya estoy aquí, voy a pedir una botella de rosé para los dos.

Bajo a la calle, entro en el parque y decido subir la gran cuesta. Es el camino más duro, la pendiente es muy pronunciada, pero también el más directo para llegar al Rosa Bonheur. Así trabajo los glúteos, me digo. Adelanto a una pareja de chicos jóvenes, me siento en forma.

El Rosa Bonheur está lleno de hombres, soy uno más. Emmanuel está sentado en uno de los bancos, junto a la botella de vino y a dos vasos con cubitos de hielo. Le cuento mi día, hablamos de su próximo viaje al sur para conocer a su sobrino recién nacido. Fumamos. Decidimos cambiar de lugar, nos sentamos en la otra parte de la terraza. Me dice que le sorprende la seguridad de los jóvenes, cómo aparentan tener todo tan claro, yo cambio de opinión todo el rato, dice. Estoy de acuerdo, aunque existe una base que se mantiene intacta, ser de izquierdas y algunas cosillas más, observo.

Tengo ganas de bailar, propongo entrar, pero Emmanuel está cansado. Volvemos a casa atravesando el parque nocturno, todavía hay pequeños grupos de amigos tumbados sobre la hierba, aprovechando el frescor del aire. Nos despedimos en la esquina de Manin con Crimée.

Entro en el salón, donde esta semana me toca dormir (desde que estamos separados, Loïc y yo nos hemos organizado así, una semana en el salón, la otra en la habitación). Me siento a escribir este texto, sin preocuparme por repetir en el mismo párrafo la palabra supermercado.

Responder