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Verano en París I

Hace mucho que no paso el mes de julio en París. Siempre, en cuanto terminan las clases, hago las maletas y me voy a Sevilla. Este año es diferente. Quizás es la separación de Loïc, tengo que reorganizar las cosas, aunque al final no hago nada en concreto, ni busco apartamento, ni pido cita en el banco para poner orden en mi catastrófica economía.

Vago en bici por la ciudad. Voy a la Fnac de Saint-Lazare, compro el nuevo disco de Madonna. Al salir a la calle, me pregunto para qué lo he comprado, miro el ticket: el artículo se puede devolver si no ha sido abierto, tengo quince días para pensármelo. Luego caigo en la cuenta de que el último album de Madonna que compré fue precisamente Confessions on a Dance Floor, en 2005. Quizás ya no soy el fan que fui, tal vez nunca lo he sido. Guardo el cd y vuelvo a montarme en la bici.

La primera vez que vi la cara de Madonna fue en la portada de un disco que un amigo, siendo niño, me enseñó una tarde en su casa. Era el Like a virgin. Grabé el vinilo en una cassette, lo escuché hasta cansarme. Luego seguí su carrera con devoción durante años, compré sus discos, recorté sus fotos en las revistas. Madonna fue una escapatoria al tedio, del que tan pronto fui consciente. Sus discos y giras decían: Al menos tienes esto.

Con el Confessions II en la mochila, visito el museo de Cluny. Entro en la sala donde se encuentran algunas de las esculturas que decoraban la fachada de Notre-Dame. Los revolucionarios las tiraron a la basura, solo se redescubrieron mucho tiempo después, en 1977, en el patio de una mansión del distrito nueve. La historia ha desfigurado los rostros de los reyes de Judea y de los ángeles. Recuerdo cuando me enteré de que las estatuas de Notre-Dame no son originales, que tienen algo más de siglo y medio. Qué timo, pensé. Qué importa, pienso hoy, mirando la cara del rey David. Madonna ha conseguido hacer un frunce en el tiempo, que olvidemos los veinte años desde el primer Confessions, toda la mierda que ha publicado entre tanto, y que vivamos la ilusión de que nada ha pasado desde entonces.

Sigo mi callejeo en bici. Después del museo, busco la escueta rue des Anglais. Allí estaba el Manhattan, sex-club gay de los años 70. En marzo de 1979, una redada de policía desató una ola de solidaridad por parte de artistas e intelectuales de la época, todos manifestaron su apoyo a los arrestados, acusados de atentado contra la moral. El Manhattan es también uno de los escenarios de Tricks, el libro de Renaud Camus que leo por las noches, antes de dormir. Camus es hoy un ser execrable, ideólogo de la extrema derecha pero, antes de su viraje a la oscuridad, publicó este sabroso inventario de sus encuentros sexuales en los jardines y los backrooms de París. En el número 8 de la rue des Anglais, donde estaba el Manhattan, parece existir un local nocturno, cuya puerta de hierro está cerrada cuando me acerco (son las cuatro de la tarde). Después me entero de que se trata de una pequeña sala, en un sótano con paredes de piedra, tan frecuentes en París, donde se organizan conciertos y espectáculos. Algunos de esos sótanos, o caves, como se dice en francés, fueron transformados en cuarto oscuro cuando un local de ambiente se abría en la planta de arriba. La rue des Anglais huele a orín.

A pocos metros está Shakespeare and Co., los influencers hacen cola para hacerse una foto en el interior de la librería, o para tomarse un café a cinco euros.

Cuando llego a casa pongo el cd en el lector. La voz de Madonna. Empiezo a bailar, pero no la veo tal y como es hoy. Prefiero y consigo ver su cara y su cuerpo como eran en el vídeo de Hung up.

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