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diario de un sevillano en París: Hombres que se desnudan

Pues ya ha llegado el buen tiempo a París. Esta ciudad se transforma, cambia de piel cuando el sol aparece al fin y los días se alargan. En Sevilla siempre hace buen tiempo. Su famosa primavera tiene algo de efecto placebo: nos han insistido tanto en el milagro que ocurre a partir de marzo (cada vez más a partir de febrero) que hemos terminado creyendo. Me pregunto cuánto de estrategia comercial, promocional, hay en todo esto. ¿Quién se inventó la primavera sevillana (maravillosa, sin duda)? Lo cierto es que en Sevilla el cielo casi siempre es azul y el aire suave. París, en cambio, atraviesa un túnel de nubes grises de noviembre a marzo. Cinco meses gélidos y sombríos. A partir de mayo, cuando Sevilla empieza a hundirse en las llamas del infierno, París resucita.

Al contrario de lo que se piensa, el parisino puede parecer patoso y desgarbado. Lacio, como decimos en Andalucía. Sin embargo, hay tres cosas que hace con suma exquisitez. La primera es organizar y participar en picnics en cuanto el tiempo lo permite. Un mantel sobre la hierba de algún parque, una botella de vino, a veces incluso copas de cristal, un picoteo informal pero selecto, saboreado con los pies descalzos y con un sombrerito de paja en la cabeza. Qué les gusta el campo a los franceses, cómo lo anhelan. Los picnics en los parques son para los parisinos una manera de calmar el mono de verde que sufren en la gran ciudad. Otra cosa en la que sobresalen los habitantes de esta ciudad es en ocupar las terrazas de los cafés. Pasas por delante de alguna y te dan ganas de pararte para observar con detenimiento a cada uno de los clientes que se apelotonan en las mesitas: gente que charla sin molestar al de al lado, gente fumando un cigarrillo, gente leyendo, hombres con las piernas cruzadas (el francés cruza las piernas con deliciosa facilidad; al español le enseñan que eso es cosa de mujeres)… Una terraza de café parisina encarna a la perfección esa mezcla de concentración y de frivolidad que a los franceses les sale tan bien. Espontánea y sin pretensiones pero sabrosamente sofisticada.

La última de las especialidades del parisino consiste en quitarse la ropa con estilo y naturalidad. ¿Los franceses menos pudorosos que los españoles? No estoy seguro. Siempre me ha sorprendido el recato que muestran aquí los chicos en los vestuarios de las piscinas y gimnasios: antes de quitarse los pantalones, se enrollan una toalla en la cintura para no enseñar lo que no deben. En ese sentido, un vestuario para hombres es mucho más agradecido en España. Pero luego los franceses van y se quitan la ropa en medio de una soirée o para tomar el sol junto al Sena. Hace unos días pasaba por la rue de Turbigo y, al mirar hacia arriba, ahí estaban ellos: dos chicos en calzoncillos bronceándose en el diminuto balcón de su apartamento. Uno de los dos, de pie, mostraba su cuerpo a toda la calle, como un adorno más de la fachada haussmaniana. Se ofrecía a la mirada desenvuelto e indolente. Nonchalamment, ese adverbio tan parisino que consiste en hacer las cosas como sin querer, con elegancia y sin insistir. Me alegraron el día pero también pensé: ¿cómo reaccionaría ante esta escena en Sevilla? ¿La encontraría igual de estimulante? Quizás lo que en París me parece exótico y osado en Sevilla me parecería una vulgaridad. Tal vez al parisino, investido de su aura de refinamiento, le tolero cosas que no le tolero al sevillano. Y claro, eso no puede ser: o todos moros o todos cristianos.

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