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diario de un sevillano en París: Un andaluz aprende francés

Estudié francés por el glamour. El joven adulto que yo era asumía que Francia representaba la elegancia y el buen gusto, la moda. La literatura y el pensamiento le importaban poco. En casa había oído hablar de Flaubert y de Proust, sin llegar a interesarse por ellos. Igual con el cine: poco o nada sobre Godard ni Truffaut. Tampoco sobre la patria de los Derechos Humanos, de la libertad y la igualdad. Todo eso vino después. Francia era al principio sinónimo de refinamiento y belleza. Me parecía a esas japonesas que vienen a París hechizadas por los anuncios de perfume y los decorados hollywoodienses levantados a imagen y semejanza de la rive gauche. Así empecé mi aprendizaje de la lengua, en las aulas de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla. Quería hablar francés, desmarcarme de los que aprendían inglés, quería alternar en la cafetería del Rectorado con un cigarrillo entre los dedos y una bufanda enrollada al cuello como un maniquí de Vogue. La lengua tenía para mí un borroso prestigio: el francés, idioma de renombre, de lo que está por encima. Y había algo más. En los cines del centro de Sevilla -ahora me asombra que un chaval de mi edad tuviera el arrojo de buscarlas en la cartelera, de comprar la entrada y ocupar su asiento en la sala; creía ser el único en la ciudad-, había visto ciertas películas, los filmes de André Téchiné y Las noches salvajes, cuyas historias abrían una ventana hacia una experiencia de la homosexualidad. Una vivencia compleja y retorcida, francesa, pero posible al fin y al cabo. Con ese batiburrillo en la cabeza llegué a la universidad. 

De mis días en la facultad recuerdo las clases de fonética. Frente a un pequeño micrófono, cada estudiante debía leer un texto en voz alta. La profesora podía interrumpir la lectura en cualquier momento a través de los auriculares, y hacernos repetir alguna frase hasta conseguir de nosotros una pronunciación adecuada (desde aquí le doy las gracias por su paciencia y empeño; se llamaba Emilia). Recuerdo las innumerables vocales del idioma, y también la ortografía y sus emboscadas. El francés presentaba cierta dificultad, aunque su aprendizaje nunca fue arduo. Año tras año, a fuerza de codearme con él, aquel objeto de brillante deseo se convirtió en algo cotidiano. Cuando terminé la carrera, había leído a Balzac, y hablaba la lengua con cierta soltura. Pero no había encontrado lo que esperaba. No me sentía especial. 

Cada vez que un francés me pregunta por qué vine a vivir aquí, le hablo de mis estudios universitarios, y de mis ganas de conocer Francia más allá de los libros. A veces menciono a Cyril Collard como el culpable de todo, por añadir algo de novelería. La verdad es más ramplona. Estando en la facultad había descubierto que no hacía falta ser francés para ser gay. En Sevilla también existían bares llenos de hombres. Había conocido a mi primer novio. El aura del idioma se había desvanecido, y las películas vistas en el cine Alameda se me habían olvidado. Pero debía hacer algo con mi vida. Mi tía, que tenía sobre la cómoda un frasco de Paris, de Yves Saint Laurent, dijo: Debe de ser maravilloso vivir en esa ciudad. Maravillosa casualidad: yo tenía una licenciatura en filología francesa. Con mi diploma en el bolsillo, me pareció lógico venir a Francia, me dejé llevar. 

Cuando llegué, algunos franceses se burlaban de mí porque hablaba una lengua disecada. Era el francés que había aprendido a través de los libros, un idioma muy alejado del que se habla en la calle. No conocía el argot, y pronunciaba como me habían enseñado en Sevilla, articulando cada sonido con esmero. Después pasaron los años, diez, quince, veinte. Mi forma de hablar se adaptó a las maneras que escuchaba a mi alrededor. Al mismo tiempo, descubrí la relación que los franceses tienen con su lengua. Descubrí que, desde pequeños, los alumnos toman conciencia de la importancia de tener buenas notas en francés, la reina de las asignaturas si uno quiere ser alguien. En este país, dominar el idioma es un marcador social. Aquel que haya aprendido a utilizarlo sin errores tendrá mayores posibilidades de acceder a las esferas donde se deciden los asuntos importantes (sobra precisar a qué categoría socioeconómica pertenecen esos hablantes modelo). Uno termina contagiado por ese afán de perfección. No se trata solo de asimilar la gramática, hay que ser capaz de utilizar la lengua para expresarse con coherencia y donaire, y de hacer juegos de palabras que hagan chispear toda su riqueza. El francés es un tesoro nacional. Ellos lo miman cada día, y a veces se diría que nunca  agotan el placer que les proporciona su posesión. También me pregunto quién se sirve de quién: si nosotros del francés, o si el francés, con todas su belleza y sus ínfulas, de nosotros. 

Adenda (enero de 2026). Por suerte, cada vez existen más voces que se oponen a esa sacralización de la lengua, lingüistas, investigadores y, por supuesto, artistas partidarios de romper con la inmovilidad, con la injusticia de un idioma que tanto ha servido para homogeneizar, y también para discriminar. Esta corriente celebra la mutabilidad del francés, su buena salud gracias a la evolución que impone lo que se habla en la calle. Curiosamente, los no nativos podemos ser los más reticentes a aceptar esta visión dinámica. Quizás por el esfuerzo que hemos invertido en estudiarlo, o porque son los que vienen de fuera quienes con mayor ahínco defienden la ilusión de la pureza. 

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