Despertar indolente, mañana de domingo. El cielo está cubierto, el aire corre fresco. Salgo de la inercia y, por una vez, tomo una decisión: ir en bici hasta Versalles. Había previsto hacerlo el domingo, pero quién sabe cuántos grados habrá ese día.
Recorro lo barrios del norte, Barbès, Pigalle, Clichy, Ternes. La última etapa del Tour de France, que llega hoy a París, ha obligado a cortar algunas avenidas, tengo que hacer un pequeño desvío para salir de la ciudad.
Sigo el recorrido que me propone Google Maps, París-Versalles en una hora y cuarenta minutos. En la pantalla del móvil parece un trayecto agradable, en gran parte sigue el curso del Sena hasta que se desvía hacia el oeste. En realidad resulta algo peligroso por la ausencia de carril bici a lo largo de varios kilómetros. Atravieso ciudades poco agraciadas de la periferia, Sèvres, Ville d’Avray, Saint-Cloud por fin, con sus villas Art nouveau que suavizan la impresión de fealdad acumulada hasta aquí.
Luego me adentro en el bosque, le bois, que rodea a la ciudad de Versalles. Ya estoy cerca. Google prometía una hora y cuarenta y cinco minutos, yo he tardado una hora más.
Solo una parte de los jardines del palacio es accesible en bici. Da igual, únicamente quiero visitar Trianon. Dejo la bici en la entrada y entro en el primero de los dos palacetes, el Grand Trianon. Hago el recorrido por los diferentes salones, siempre detrás de la barandilla, como en el escaparate de una tienda de muebles. Todo es una reconstitución, pienso, esos sillones no estaban aquí, este tapizado es pura fantasía.
En el Petit Trianon admiro, dentro de una vitrina, una vajilla encargada en su día por María Antonieta. En los inventarios del palacio aparece bajo el nombre de merde d’oie (mierda de oca), por la tonalidad de verde, tan parecida a la de los excrementos del ave, y tan de moda en aquella época, de las cenefas que ornan platos y tazas. Cuando salgo al jardín, busco el pequeño teatro que la Reina se hizo construir para disfrutar de funciones privadas, e incluso para actuar en alguna de ellas. Me topo con un roble plantado durante el reinado de Luis XV, uno de los árboles más antiguos de Versalles, según explica un discreto cartel. El viento sopla por entre sus ramas, único sonido en la tarde de julio. Estoy solo con él, los turistas se han quedado atrás. Poso una mano sobre su tronco. Cuando llego al teatro de la reina, lo encuentro cerrado.
Vuelvo a París en tren. Nada más llegar, voy a casa de B., que está haciendo las maletas, tiene que coger el tren nocturno hasta la frontera con España. Le hablo de mi visita del día. Yo he conocido Versalles en otra época, cuando había menos control, dice. Por la noche cerraban los jardines y nosotros nos escondíamos para que los guardias no nos echaran, nos quedábamos dentro. Ahora es imposible, todo está muy vigilado.
Me cuenta sus noches de fiesta por los jardines del palacio, y cuando arrancó, en el aldea de la Reina, un trazo de una barandilla de madera, que aún conserva. La madera está pintada de rosa, el color de la emperatriz María Luisa, pero, si rascas un poco, llegas al verde de la época de María Antonieta.