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Verano en París III

Voy en bici por la ciudad. Es una actividad peligrosa en París, muchos ciclistas no respetan las reglas de circulación, ponen en peligro a los demás. A mí me sale lo peor que llevo dentro en forma de insultos en español, lanzados como maldiciones cada vez que estoy al borde del accidente.

Contrariamente a la mitología, el parisino suele ser encantador en el contacto social. Lo compruebo todos los días. Es atento y sonriente, ya sea detrás del mostrador de una tienda, de un café o por la calle si uno busca orientación. También en cenas y fiestas. Sin embargo, en algunas situaciones se transforma. Un mismo parisino puede ser amabilísimo tomándose una cerveza y después un ejemplo de incivilidad al coger la bici, o nadando en una piscina municipal. Lo que es un ser humano, vaya. Hace años había un anuncio del periódico Le Parisien que decía: Le Parisien (El parisino), mejor como periódico que como persona.

Yo sigo despotricando mientras recorro la ciudad en bici. Probablemente no diría las cosas que digo si fuera a pie, si tuviera delante a la persona objeto de mis invectivas, pero la velocidad me protege. También critico a la gente que va escuchando música por la calle, es decir, al ochenta por ciento de los transeúntes, la cara de idiota que llevan.

Pasada la plaza de République, llego a la zona cero, le Marais, holocausto de shopping y turismo. Instagrammers haciendo cola para entrar en la nueva tienda de moda, haciéndose fotos, criaturas vestidas por su peor enemigo, parásitos de las tendencias, gorras, ropa oversize, AirPods, perritos de raza, café de especialidad… la nada. A lo sumo el jardín de algún hôtel particulier en silencio, inexplicablemente ignorado por el objetivo de la cámara del móvil, ese ojo que todo lo pudre. Sigo adelante.

Anoche vi Les Amants du Pont-Neuf, quiero pasar por el famoso puente, el más antiguo de París. El escenario de la película es un lugar cerrado por obras, sin coches ni viandantes, nada que ver con el hormigueo de turistas y parisinos que encuentro al llegar. A pesar de todo, es un momento agradable, la tarde está de buenas. Los rayos del sol se cuelan por entre las nubes, rompimiento de gloria sobre la torre Eiffel. Abajo, el jardín del Vert Galant, en la punta de la isla, con ese sauce que moja sus ramas en el Sena, está lleno de gente sentada con los pies colgando sobre el agua.

¿Por qué no visitar a la nueva Fondation Cartier, aquí al lado?

Dos días después comento mi visita con F. y con S., dos amigas parisinas. A ninguna le gusta el nuevo edificio de la Fondation. Tampoco las visitas guiadas que se proponen a los visitantes. El edificio del boulevard Raspail era mucho más bonito, opina S. En la Bourse du Commerce te tratan mucho mejor, las visitas guiadas son realmente interesantes, remata F. Yo asiento, y no digo nada. ¿Me gusta o no me gusta la nueva Fondation Cartier? Como cuando, al salir del cine, espero a que mi acompañante me diga qué le ha parecido la película para formarme una opinión, no tengo gran cosa que decir. Podría decir que sí, que no, que depende.

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