Como cada tarde sobre las ocho, mi madre y yo salimos a la piscina de la urbanización. La tenemos para nosotros solos, todos los vecinos se han ido de vacaciones. Nos ponemos las gafas de nadar y comenzamos a hacer largos, cada uno por un lado del agua. Los dos nadamos a crol, yo intento hacerlo a espalda, pero estoy desentrenado. Ella suele salirse antes, se da una ducha para quitarse el cloro y se instala en una de las tumbonas. A veces ha traído su libro, otras me observa mientras sigo nadando, yendo y viniendo de un bordillo al otro. Después de secarme, cuando recorremos juntos el sendero que lleva de vuelta a la casa, ha empezado a oscurecer.
Esta noche salgo, he quedado con A., a las once en la Encarnación. Primero bebemos vino blanco en una terraza llena de turistas. Al poco, ya en la Alameda, nos rendimos a la cerveza. Hacemos la ruta clásica: El Barón, Pride, Itaca. Los lugares son los mismos que frecuenté hace una eternidad, el mismo número de la misma calle; las caras han cambiado. No conozco a nadie.
En Pride le hacemos señas al DJ para que ponga Bring your love. Suena al momento, y justo después Love sensation. Tengo la impresión de que A. y yo somos los únicos que bailamos. Pedimos gin-tonics de Tanqueray (la ginebra que bebe Madonna).
Vamos a Itaca. Pequeños corrillos de chicas y chicos juguetean frente a la entrada de la discoteca, un delicioso jolgorio que casi invita a quedarse fuera, a no entrar. ¿No es la calle lo mejor de la juerga, ir de un bar a otro, salir a fumar, pararse a hablar con un desconocido? Después de pagar la entrada (nos cobra Tina Cristal), abro la puerta y encuentro una pista de baile inesperadamente llena para un mes de agosto. También me sorprende la juventud de los clientes, en este lugar que es como un dinosaurio del ambiente sevillano. En el techo han instalado un sistema de neones de color, la pantalla proyecta incesantemente el nombre del club.
Nos acercamos a saludar a Mae, locuaz y adorable como siempre. Nos dice: Acabo de poner una canción de Madonna y los maricones me han mirado como diciendo esto qué es. Luego A. y yo vamos a la otra sala, al servicio, pedimos otra copa, volvemos a la pista. Nos perdemos de vista, llevados por alguien hasta otra parte de la discoteca, pero siempre nos buscamos para estar seguros del buen funcionamiento de esta efímera sociedad, nosotros dos, que hemos construido en el pequeño mundo de la noche.
-¿Cómo vas?
-Muy bien, ¿y tú?
-Yo estoy estupendamente.
Bailo, y bailando me da por pensar en la novela que llevo años escribiendo, cuya acción, en gran parte, transcurre en la discoteca de la calle Amor de Dios. ¿Dónde están Jesús, Javier y los demás personajes? De pronto mi historia, escrita desde París, me parece ridículamente solemne, sin relación con la euforia que me rodea. Itaca cierra, salimos a la calle, buscamos algún plan.
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Vuelvo a casa el domingo por la tarde. Mi madre está en la piscina, nadando bajo un cielo que el incendio de Huelva ha teñido de naranja. Acaso hollywoodiense, crepúsculo de los dioses. Me doy una ducha, como algo de fruta, me meto en la cama. Después de los excesos, y del desorden que traen consigo, viene una aspiración a la virtud: cuidarme, no gastar, ser buen hijo, buen amigo y bla bla bla. ¿Y si fuera esto, este act of contrition, lo que realmente me impulsara a salir?, me pregunto antes de caer rendido.