{"id":8310,"date":"2024-10-12T11:47:43","date_gmt":"2024-10-12T09:47:43","guid":{"rendered":"https:\/\/bonjourseville.com\/?p=8310"},"modified":"2025-08-31T07:59:51","modified_gmt":"2025-08-31T05:59:51","slug":"otono-en-sevilla-iii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/otono-en-sevilla-iii\/","title":{"rendered":"Oto\u00f1o en Sevilla (III)"},"content":{"rendered":"\n<p>Una vez solo, me tumb\u00e9 en la cama para descansar del largo viaje hasta Sevilla. Aunque mi habitaci\u00f3n daba a la calle a trav\u00e9s de un hermoso cierre de hierro, me percat\u00e9 de que ning\u00fan sonido proven\u00eda de fuera, como si la casa estuviera volcada hacia el interior. All\u00ed, mientras me iba adormeciendo, solo pod\u00eda o\u00edr el revoloteo de los p\u00e1jaros en el patio y el ir y venir de Sophie a trav\u00e9s de las estancias, de modo que, m\u00e1s que en el centro de una ciudad, ten\u00eda la sensaci\u00f3n de estar en una casa de campo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Despert\u00e9 al caer la tarde, algo desorientado por tantas horas de sue\u00f1o. Cuando baj\u00e9 a la cocina, Sophie hab\u00eda preparado una ensalada de bacalao, naranja y aceitunas negras. Me tendi\u00f3 una bandeja con dos platos, cubiertos y un poco de pan.\u00a0<br>-Vamos a comer arriba, es el mejor momento del d\u00eda.\u00a0<br>La primera vez que sub\u00ed a aquella azotea, la luz rosada del atardecer envolv\u00eda la ciudad, que se desplegaba a nuestro alrededor erizada de campanarios y espada\u00f1as -la de Santa Paula, cuyo ta\u00f1er sonaba a campanita para ni\u00f1os, parec\u00eda quedar al alcance de la mano-. M\u00e1s all\u00e1, cercando el centro hist\u00f3rico, la ciudad moderna elevaba hacia el cielo sus torres de viviendas, las mismas que hab\u00eda visto desde el taxi al llegar a Sevilla, unas horas antes. Recuerdo que el aire era fresco y ligero, m\u00e1s fr\u00edo de lo que hab\u00eda esperado al decidir viajar a Andaluc\u00eda.\u00a0<br>Nos sentamos a comer y, mientras d\u00e1bamos cuenta de la ensalada, nuestra conversaci\u00f3n flu\u00eda principalmente gracias a las preguntas que yo hac\u00eda. Cuando pregunt\u00e9 a Sophie por el car\u00e1cter de los habitantes de Sevilla, tras reflexionar unos instantes, ella opin\u00f3:<br>-Dicen que es una ciudad alegre, y es cierto que la gente cultiva esa alegr\u00eda casi como una profesi\u00f3n, incluso en la dif\u00edcil situaci\u00f3n actual, tras la Expo.\u00a0<br>El cielo se iba poniendo violeta. Sent\u00eda c\u00f3mo el fr\u00edo, para mi sorpresa, se apoderaba de mi cuerpo con cada vez mayor resoluci\u00f3n. Sophie, que no hab\u00eda hecho ning\u00fan comentario al verme subir a la azotea en manga corta, me ofreci\u00f3 una pashmina que colgaba del respaldo de una silla, en la cual me envolv\u00ed agradecido.\u00a0<br>-Y a pesar de todo, tras dos a\u00f1os viniendo con regularidad, me pregunto c\u00f3mo se comporta el sevillano en la intimidad de su casa, cuando nadie lo est\u00e1 mirando, concluy\u00f3.\u00a0<br>Mir\u00e9 de nuevo las otras azoteas que, como cajitas abiertas, coronaban los edificios. En una de ellas, un vecino recog\u00eda la ropa tendida. M\u00e1s all\u00e1, otro, con los codos apoyados en el alf\u00e9izar, oteaba la ciudad sin detenerse en detalle alguno -tampoco en m\u00ed, cuando nuestras miradas se encontraron-. Vi tambi\u00e9n a un grupo de ni\u00f1os jugando. Era como si, adem\u00e1s de la ciudad a pie de calle, Sevilla comprendiera un segundo plano por encima de las viviendas, menos accesible, m\u00e1s \u00edntimo. Quiz\u00e1s por ello ni Sophie ni yo propusimos salir aquel d\u00eda. Desde nuestro mirador, la ciudad se nos ofrec\u00eda &#8211; y parec\u00eda desvelarnos su env\u00e9s- sin necesidad\u00a0de pisar sus adoquines.\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s tarde, ya en la cama y con la luz apagada, el silencio que me hab\u00eda sorprendido a la hora de la siesta se vio quebrado por el sonido de los pasos y las conversaciones de los transe\u00fantes que, a aquella hora de la noche, pasaban bajo mi balc\u00f3n. Pod\u00eda escucharlos tan cerca que sus pisadas -zapatos de tac\u00f3n- y sus voces parec\u00edan no venir de la calle, sino de dentro de la casa. La ciudad se colaba en ella como una invitada nocturna. \u00bfQu\u00e9 hago aqu\u00ed?, me pregunt\u00e9 fijando la mirada en las sombras del techo. Aunque la velada en la azotea hab\u00eda sido agradable, Sophie no dejaba de ser una extra\u00f1a, alguien a quien apenas conoc\u00eda, con toda la incomodidad que tales situaciones me hac\u00edan experimentar. Adem\u00e1s, acababa de descubrir que la ciudad donde me encontraba se defin\u00eda por una especie de culto a la alegr\u00eda, algo que yo ignoraba por completo y que casaba mal con mi proyecto de unos d\u00edas de sol e indolencia. Sin embargo, antes de quedarme dormido, una peculiar ocurrencia vino a poner cierto orden en aquel mar de incertidumbre. Record\u00e9 las veces en que hab\u00eda escrito algo (un art\u00edculo, un relato). Sol\u00eda empezar sin saber exactamente cu\u00e1l era mi objetivo, qu\u00e9 quer\u00eda decir, y no era sino una vez avanzado el texto cuando, l\u00ednea a l\u00ednea, la idea que lo hab\u00eda motivado comenzaba a perfilarse. Tal vez al cabo de unos d\u00edas encontrar\u00e1s, o inventar\u00e1s, la raz\u00f3n de tu presencia en Sevilla, me dije mientras cerraba los ojos. Incluso la nombrar\u00e1s, como se hace con el t\u00edtulo de un libro.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Los sevillanos iban cargados de bolsas. Solos o acompa\u00f1ados, deambulaban por las calles llevando los art\u00edculos que acababan de comprar en las tiendas del centro -comida, ropa, objetos diversos-, que amontonaban en el suelo, como presentes a los pies de un trono, si se sentaban a tomar algo en cualquier bar. Cuando me hab\u00eda levantado aquella ma\u00f1ana, Sophie no estaba en la casa. A trav\u00e9s del balc\u00f3n de mi habitaci\u00f3n, empa\u00f1ado por la humedad, observ\u00e9 a los pocos viandantes que transitaban por la estrecha calleja. El cielo y la luz eran de un gris cenizo. Me duch\u00e9 y, atravesando el patio, sal\u00ed a la calle sin demasiado convencimiento, con la intenci\u00f3n de buscar un lugar donde tomarme un caf\u00e9 que me arrancara del aturdimiento del sue\u00f1o. No llevaba mapa, dispuesto como estaba a que mis pasos me guiaran donde quisieran. A pocos metros, divis\u00e9 la plaza del d\u00eda anterior -Santa Isabel, dec\u00edan los peque\u00f1os azulejos en una pared-, donde ya estaba abierto <em>La<\/em> <em>T\u00f3rtola<\/em>, aquel ins\u00f3lito local entre caf\u00e9 y casa de comidas. Cuando entr\u00e9, la televisi\u00f3n colgada sobre un extremo de la barra estaba encendida y, en la pantalla, los invitados al plat\u00f3 de un magac\u00edn matutino discut\u00edan, a juzgar por la expresi\u00f3n de sus rostros, sobre un asunto pol\u00e9mico. Me acerqu\u00e9 a la barra y ped\u00ed un caf\u00e9 solo, haciendo uso de un espa\u00f1ol rudimentario que no pareci\u00f3 sorprender al camarero, de una hosca eficacia. Entonces mir\u00e9 a mi alrededor con discreci\u00f3n, poniendo cuidado, como sol\u00eda hacer, en no delatar mi curiosidad. Aunque despu\u00e9s frecuentar\u00eda otros bares como <em>La T\u00f3rtola<\/em>, aquella ma\u00f1ana no pude sino sorprenderme ante tan pintoresco lugar, ante la crudeza del aluminio y el cristal de la barra y los expositores de comida que, bajo la luz de los tubos fluorescentes, serv\u00edan de marco a una pl\u00e9yade de fotograf\u00edas de santos colgadas de la pared. Los escasos clientes formaban peque\u00f1as escenas de vida repartidas por las mesas, algunos charlando en voz baja, otros leyendo el peri\u00f3dico o haciendo un crucigrama, todos respetando aquel ambiente apacible, que solo perturbaba el sonido de las tazas y cucharillas, de la m\u00e1quina de caf\u00e9 y sus soplidos. Yo capturaba aquellos retazos con sigilo. A veces mis ojos coincid\u00edan con los de alguien, pero estos se apartaban al momento o se deslizaban hacia otro lado, como buscando algo. Segu\u00ed observando los detalles del lugar hasta que repar\u00e9 en un se\u00f1or, sentado en una mesa del fondo, que me miraba con atenci\u00f3n precavida. Su cabeza sin pelo, cubierta por algunas manchas de la piel, y su bigote cano delataban una edad decididamente avanzada. Llevaba una gabardina beis, cerrada, como si la temperatura del interior del bar no fuera suficiente para calentar su cuerpo. Sobre la mesa reposaban una taza de caf\u00e9 humeante, un plato con dos rebanadas de pan tostado y una peque\u00f1a botella de aceite de oliva. Esta vez fui yo quien apart\u00f3 la mirada, inc\u00f3modo ante una situaci\u00f3n que no pod\u00eda descifrar. Sin embargo, aquella atenci\u00f3n, por muy equ\u00edvoca que fuera, resultaba demasiado sabrosa para no ser paladeada m\u00e1s que una vez, as\u00ed que, vanidad o flaqueza, volv\u00ed levemente mis ojos de nuevo hacia aquel desconocido. \u00c9l segu\u00eda mir\u00e1ndome. Al principio trat\u00e9 de encontrar en mi aspecto elementos que hubieran podido atraer su curiosidad. Quiz\u00e1s algo en mi cuerpo, o en mi atuendo, desentonaba en aquel lugar. Pero tras un baile de furtivas ojeadas entre ambos, me di cuenta de que su inter\u00e9s iba m\u00e1s all\u00e1 de mi jersey verde o mi f\u00edsico espigado. Y, bajo la sorpresa que supon\u00eda encontrar a otros homosexuales en sitios inesperados, tuve que admitir que aquel se\u00f1or estaba envi\u00e1ndome una se\u00f1al. Entonces me di la vuelta, pagu\u00e9 mi caf\u00e9 y sal\u00ed, pasando junto a su mesa pero mirando hacia el suelo. <\/p>\n\n\n\n<p>&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Gente llevando bolsas de pl\u00e1stico. Aquella ma\u00f1ana y las siguientes pase\u00e9 por el casco hist\u00f3rico sin un itinerario preconcebido. Recorr\u00ed calles peatonales y escuetas plazas, donde me sentaba a observar a los transe\u00fantes si el cielo, entre sol y lluvia, lo permit\u00eda. Sevilla era en verdad una ciudad hermosa, aunque caprichosa en la distribuci\u00f3n de sus flujos humanos, y tambi\u00e9n de sus encantos. La soledad m\u00e1s intensa se disolv\u00eda, al girar una esquina, en el suave tumulto de la gente que, como en una miniatura impresionista, se entregaba a sus quehaceres cotidianos. Mujeres, hombres y ni\u00f1os ocupados en una multitud de peque\u00f1as tareas que llevar a cabo para que la vida siguiera su curso. Esta alternancia entre calma y actividad, entre vac\u00edo y presencia, induc\u00eda -incluso al viajero franc\u00e9s que era yo- a un estado de pl\u00e1cido abandono frente a los antojos de la ciudad. Con la cadencia de mis pasos, la inercia que me llevaba a intentar comprenderla se fue poco a poco deshaciendo. Si acaso, y aunque pod\u00eda entrever alegr\u00eda en los gestos de dos personas que se encontraban por la calle, o en una carcajada saliendo de una ventana entornada, Sevilla hac\u00eda gala, aquellos d\u00edas, de una especie de hacendosa ocupaci\u00f3n, como si sus habitantes presintieran la crisis que se acercaba -que ya hab\u00eda llegado-. Aquellas bolsas de pl\u00e1stico parec\u00edan cargadas tanto de la abundancia del 92 como de provisiones que anticiparan un periodo dif\u00edcil. <\/p>\n\n\n\n<p>Mis paseos se ve\u00edan interrumpidos con frecuencia por chaparrones fulgurantes, que me obligaban a refugiarme en alguna iglesia. M\u00e1s que espacios de solemnidad o coqueter\u00eda, como sucede en Par\u00eds, los templos de Sevilla eran verdaderos joyeros cuyo abigarramiento fuera de toda mesura, poblado por una multitud de personajes esculpidos, invitaba al t\u00fa a t\u00fa, al andar por casa. En el interior, los fieles charlaban sobre los asuntos de la vida cotidiana o se esmeraban en el cuidado de tan suntuosa decoraci\u00f3n. Otras veces, cuando la lluvia comenzaba a caer, entraba en el primer caf\u00e9 que encontraba abierto, incluso en El Corte Ingl\u00e9s. Deambulaba por la secci\u00f3n de ropa de caballero fij\u00e1ndome en la actitud de los vendedores, tan apuestos con sus trajes cruzados, en la efusividad que desplegaban al pellizcar la mejilla de un compa\u00f1ero a modo de saludo, en el modo de atusarse la melena, impecablemente peinada hacia atr\u00e1s. No pensaba demasiado en Pierre, que se me antojaba en otra dimensi\u00f3n de mi vida. \u00bfApreciar\u00eda \u00e9l esta ciudad a medio gas?, me preguntaba. Despu\u00e9s volv\u00eda a la casa a esa hora cuando todo en Sevilla, excepto los bares y la catedral, est\u00e1 cerrado. All\u00ed me entregaba a una breve siesta o sub\u00eda a la azotea, donde a veces ya estaba Sophie. Las c\u00fapulas de la iglesias brillaban despu\u00e9s de la lluvia, y el aire ol\u00eda a tierra mojada. <\/p>\n\n\n\n<p>&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Ciertas noches sal\u00edamos a cenar a restaurantes que ella conoc\u00eda, fuera del circuito tur\u00edstico. Yo le contaba mis impresiones acerca de la ciudad, ella me hablaba de los pormenores del d\u00eda, o de alg\u00fan episodio de su vida. Sophie entend\u00eda y aceptaba -o as\u00ed lo interpretaba yo- mi torpeza a la hora de hablar de la m\u00eda, de modo que raramente me hac\u00eda preguntas al respecto. Sab\u00eda que en Par\u00eds hab\u00eda dejado en suspenso una historia de pareja, y que mi viaje a Sevilla ten\u00eda algo de evasi\u00f3n. Sab\u00eda que era profesor en la universidad, por lo que a finales de octubre pod\u00eda disfrutar de unos d\u00edas de vacaciones. Su curiosidad no ped\u00eda m\u00e1s. Por eso, despu\u00e9s de enumerarle las iglesias y plazas visitadas durante la jornada, ella me hablaba de su pasado, d\u00e1ndome a entender al mismo tiempo que era libre de hacer las preguntas que quisiera. Y cuando mencion\u00e9 a su hijo mientras cen\u00e1bamos en un reputado restaurante con mantel de hilo y cubitera con pie para el vino, me confi\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-Luc no me dice <em>mam\u00e1.<\/em> Siempre, desde peque\u00f1o, me ha llamado por mi nombre, lo cual no deja de ser l\u00f3gico. Nunca tuve especial inter\u00e9s en asumir ese papel tan solitario. <\/p>\n\n\n\n<p>Hacia el final del instituto, continu\u00f3, hab\u00eda conocido a un estudiante de segundo a\u00f1o de letras. Aquella relaci\u00f3n, entre manifestaciones estudiantiles y fiestas en <em>chambres de bonne<\/em>, termin\u00f3 cuando \u00e9l, al saber que Sophie estaba embarazada, se esfum\u00f3. Para esconder tan inc\u00f3moda situaci\u00f3n en el seno de una familia de la burgues\u00eda normanda, se baraj\u00f3 entonces la posibilidad de organizar un aborto en Inglaterra, opci\u00f3n que ella rechaz\u00f3 sin darle demasiadas vueltas. Era la primera decisi\u00f3n importante que pod\u00eda tomar por s\u00ed misma. Luc creci\u00f3 rodeado por los miembros de su familia materna, que tejieron un entramado protector -para el ni\u00f1o y para ellos mismos, en aquella peque\u00f1a ciudad de provincias- en el que Sophie era un eslab\u00f3n m\u00e1s. Durante los juegos en el jard\u00edn de la casa, su madre, que volv\u00eda de Par\u00eds los fines de semana, dejando atr\u00e1s durante unos d\u00edas las clases en la universidad y las noches de la capital, casi se confund\u00eda entre los t\u00edos y t\u00edas, incluso entre los primos. A\u00f1os m\u00e1s tarde, al terminar los estudios y encontrar su primer trabajo, en una empresa de organizaci\u00f3n de seminarios, se lo llev\u00f3 a vivir con ella a un peque\u00f1o apartamento del distrito 19. La vida en com\u00fan le ofreci\u00f3 la oportunidad de experimentar una maternidad a tiempo completo, si bien pronto se dio cuenta de que le resultaba dif\u00edcil desempe\u00f1ar aquel rol. No es que no sintiera un v\u00ednculo especial con su hijo, o que no disfrutara de ciertos momentos de la jornada -recogerlo del colegio cuando sal\u00eda pronto del trabajo, repasar la lecci\u00f3n del d\u00eda en la cocina-, y se sent\u00eda preparada para responder a las obligaciones pr\u00e1cticas de una madre. La verdad era, y as\u00ed tuvo que reconocer al cabo de un tiempo, que no le apetec\u00eda simular sobre \u00e9l una autoridad en la que no consegu\u00eda creer. Por eso en aquel apartamento, a menudo visitado por amigos y vecinos, la jerarqu\u00eda era un material flexible entre los dos. Si Sophie sal\u00eda de noche, Luc, que desde ni\u00f1o aprendi\u00f3 la independencia, no se dorm\u00eda hasta que la o\u00eda volver, seg\u00fan le cont\u00f3 mucho tiempo despu\u00e9s. Entreabr\u00eda la puerta de su habitaci\u00f3n para cerciorarse de que todo estaba bien y, cuando su madre se hab\u00eda desvestido y desmaquillado, se acercaba hasta su cama para darle un beso de buenas noches, beso que ella le devolv\u00eda los d\u00edas de colegio. As\u00ed pasaron los a\u00f1os, la infancia del hijo y la juventud de la madre, luego la adolescencia y la edad adulta, cada uno en un periodo de su vida colindante con el del otro. \u00c9l le regalaba cada a\u00f1o un ramo de flores por la <em>F\u00eate des m\u00e8res<\/em>, como un juego del que los dos participaban, y que les hac\u00eda re\u00edr.  <\/p>\n\n\n\n<p>Una noche, despu\u00e9s de nuestra cena, Sophie volvi\u00f3 a casa y yo decid\u00ed darme un paseo. Como apenas me hab\u00eda tra\u00eddo ropa de abrigo en la maleta, aquel d\u00eda llevaba puesto un jersey negro de cuello alto que Luc hab\u00eda olvidado en su \u00faltima visita a Sevilla, y que ahora ol\u00eda ligeramente a <em>Habit Rouge<\/em>, el perfume que utilizaba por entonces. Encend\u00ed un cigarrillo y empec\u00e9 a caminar. Cada vez estaba m\u00e1s hecho al vagabundeo que la ciudad ped\u00eda a quienes paseaban por ella. Al pasar frente a la fachada de un cine, me par\u00e9 a observar las llamativas luces de ne\u00f3n que formaban el r\u00f3tulo con su nombre: Florida. L\u00edneas verdes, rosas y azules compon\u00edan cada una de las letras, sobre las que ca\u00edan las ramas de una esquem\u00e1tica palmera, tambi\u00e9n dibujada con trazos de ne\u00f3n. Cuando baj\u00e9 la mirada, vi que en la acera, a cada lado del cine, varios muchachos estaban apoyados contra la pared. Las luces de colores los envolv\u00edan en un halo casi fantasmag\u00f3rico, dejando en sombra ciertas partes del rostro, a la vez que pon\u00edan en evidencia otros detalles del cuerpo y la ropa -una mano oculta en el bolsillo de unos pantalones vaqueros, una camisa entreabierta, rizos casta\u00f1os ocultando una oreja. Aquella visi\u00f3n me cogi\u00f3 particularmente desprevenido, ya que durante mi paseo hab\u00eda estado pensando en Luc. \u00bfD\u00f3nde estar\u00eda en aquel momento?, me preguntaba. \u00bfTen\u00eda planeado visitar a su madre en Sevilla durante mi estancia en la ciudad -por supuesto, no me hab\u00eda atrevido a preguntar a Sophie por tal eventualidad-? Los imaginaba a los dos, madre e hijo, en su apartamento del distrito 19, en aquellos lejanos a\u00f1os 70. Me dec\u00eda que Luc y yo hab\u00edamos vivido infancias desacostumbradas, y sent\u00eda curiosidad por saber c\u00f3mo hab\u00eda atravesado \u00e9l tan ins\u00f3lita situaci\u00f3n -Sophie no hab\u00eda abundado en ese aspecto, pero yo lo ve\u00eda a sus 8 a\u00f1os, con el gesto circunspecto del ni\u00f1o que ya se siente responsable del buen funcionamiento del hogar, as\u00ed como de la felicidad de su madre-. \u00bfO estaba proyectando mi propia historia sobre la de alguien que no conoc\u00eda? Las figuras de la acera apenas se mov\u00edan. Una de ellas, un chico con una cazadora de cuero marr\u00f3n, se encendi\u00f3 un cigarrillo con el mechero que otro le tend\u00eda. Record\u00e9 las palabras de aquel invitado a la cena en casa de la Marquesa, cuando nos habl\u00f3 de los muchachos de Sevilla que esperaban a los turistas a las puertas de los restaurantes. Y hab\u00eda empezado a caminar de nuevo cuando un <em>bonsoir, monsieur<\/em> en perfecto franc\u00e9s me hizo volverme, tal vez sin querer, para identificar a su emisor. Un muchacho me sonre\u00eda desde el marco de una puerta, donde estaba apostado como un santo en su hornacina. Su rostro, el rostro de Esteban, se adivinaba hermoso aunque d\u00e9bilmente iluminado, m\u00e1s inc\u00f3gnita que respuesta. As\u00ed lo percibir\u00eda tantas veces a partir de aquel d\u00eda, en la penumbra de las pensiones de Amor de Dios y de otras calles aleda\u00f1as, que tan bien llegar\u00eda a conocer. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Una vez solo, me tumb\u00e9 en la cama para descansar del largo viaje hasta Sevilla. 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