{"id":8172,"date":"2024-09-04T18:42:37","date_gmt":"2024-09-04T16:42:37","guid":{"rendered":"https:\/\/bonjourseville.com\/?p=8172"},"modified":"2024-09-27T22:26:35","modified_gmt":"2024-09-27T20:26:35","slug":"otono-en-sevilla-ii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/otono-en-sevilla-ii\/","title":{"rendered":"Oto\u00f1o en Sevilla (II)"},"content":{"rendered":"\n<p>Iba en un taxi y Sevilla pasaba ante mis ojos, tras el cristal de la ventanilla, como un invitado que no se espera y del que poco se sabe -y, todav\u00eda m\u00e1s importante, que nada sabe de ti. El veh\u00edculo atravesaba barrios de edificios bajos organizados alrededor de peque\u00f1as plazoletas, zonas del extrarradio donde personas mayores, muchas m\u00e1s de las que era posible ver por las calles de Par\u00eds, conversaban en los portales o esperaban el autob\u00fas. Tambi\u00e9n hab\u00eda j\u00f3venes, la mayor\u00eda caminando solos, probablemente estudiantes que se dirig\u00edan a clase. Era la primera vez que visitaba Espa\u00f1a, apenas contaba con las im\u00e1genes que sobre ella circulaban por Francia: pa\u00eds de aplastante religiosidad capaz, aun as\u00ed -y sin duda por ello, razonaba el franc\u00e9s-, de la m\u00e1s alocada osad\u00eda (Pedro Almod\u00f3var ya era una celebridad en Par\u00eds). Me pregunt\u00e9 entonces c\u00f3mo vivir\u00edan los homosexuales en aquella ciudad, qu\u00e9 lugares frecuentar\u00edan. \u00bfTendr\u00edan bares y clubs donde reunirse? \u00bfExistir\u00edan zonas de encuentro al aire libre, quiz\u00e1s jardines y callejones (o s\u00f3tanos y urinarios p\u00fablicos en penumbra)?\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>El taxi penetr\u00f3 por una calle de una estrechez inaudita, los peatones se refugiaban en los portales para dejarlo pasar. All\u00ed el sol no alcanzaba a tocar los bajos de las casas, tan solo si uno miraba hacia arriba consegu\u00eda ver su luz encendiendo las azoteas. Finalmente se par\u00f3 ante una casa de dos plantas pintada de rojo, cuya fachada presentaba desconchones y grietas. Mientras el taxista sacaba mi bolsa de viaje del maletero, pude observar que, a pesar de tan lastimoso aspecto, el conjunto desprend\u00eda cierta solemnidad, restos de un pasado que debi\u00f3 de ser opulento, pens\u00e9. El enorme port\u00f3n de entrada daba a una especie de hall -zagu\u00e1n, aprender\u00eda a decir m\u00e1s tarde- recubierto de azulejos como un palacio oriental. Una vez dentro, a trav\u00e9s de la desvencijada cancela de hierro forjado, admir\u00e9 la umbr\u00eda frondosidad que, como Sophie describiera en Par\u00eds, inundaba todo el patio: las ramas se enroscaban por las columnas, trepaban por los muros y se inmiscu\u00edan dentro de las ventanas de la galer\u00eda superior, incluso por entre las fisuras que recorr\u00edan el techo, tanto que parec\u00edan mantener en pie la construcci\u00f3n con su armaz\u00f3n de min\u00fasculas vigas. Deslizaba la mirada por aquel verdor cuando una escueta hoja, hasta entonces enrollada como un pergamino, se abri\u00f3 de golpe, desplegando su red de l\u00edneas violeta sobre fondo oscuro. \u00bfMe hab\u00eda estado esperando para nacer?<br>-\u00bfSophie?, llam\u00e9 desde fuera, convencido por un momento de que ella hab\u00eda asistido como yo, oculta entre la espesura, a la irrupci\u00f3n de aquella nueva hoja.&nbsp;<br>Nadie respondi\u00f3. En cambio, un enorme cami\u00f3n de reparto de bebidas y alimentos hizo temblar el suelo al rodar sobre los adoquines de la calle. De un extremo al otro del patio, las plantas se estremecieron ligeramente. Una peque\u00f1a lagartija me observaba a lo lejos.&nbsp;&nbsp;<br>-\u00bfSophie?, insist\u00ed alzando la voz. Al no obtener respuesta, y como no encontr\u00e9 timbre o campanilla con que avisar de mi presencia, intent\u00e9, recordando sus palabras en aquel ascensor, abrir la cancela. Pero fue en vano.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Me dije que probablemente habr\u00eda salido para hacer alguna compra. En aquella situaci\u00f3n solo me quedaba esperar sin alejarme demasiado de la casa, ya que intu\u00eda que el centro hist\u00f3rico de Sevilla formaba un intrincado laberinto por el que podr\u00eda perderme con facilidad. Sal\u00ed con mi bolsa en la mano y distingu\u00ed una peque\u00f1a plaza al final de la calle desierta. Cuando me asom\u00e9 por la esquina, vi que el lugar estaba presidido por la fachada de una iglesia renacentista (\u00bfo era un convento?). Dos columnas flanqueban la puerta cerrada, sobre la que hab\u00eda un enorme bajorelieve que representaba una escena b\u00edblica. Solo el ruido del agua de la fuente romp\u00eda el silencio, y la solitaria calma, de aquella hora de la ma\u00f1ana. Me sent\u00e9 en uno de los bancos, junto a un muro en el que alguien hab\u00eda garabateado con pintura negra una frase de la que nada pude comprender. M\u00e1s all\u00e1, en un extremo de la plaza, percib\u00ed lo que me pareci\u00f3 ser un bar, o una cafeter\u00eda. Un letrero hecho de peque\u00f1os azulejos revelaba el nombre del establecimiento: La T\u00f3rtola. Dentro, al otro lado del gran ventanal, una mujer de pelo rizado le\u00eda el peri\u00f3dico y beb\u00eda su caf\u00e9 a peque\u00f1os sorbos, entre calada y calada a un cigarrillo. A veces miraba hacia la calle sin fijar su atenci\u00f3n en nada en particular, absorta en sus pensamientos, hasta que repar\u00f3 en m\u00ed, un hombre solo en un banco con una bolsa de viaje a los pies. Le envi\u00e9 una media sonrisa a modo de saludo, pero ella apart\u00f3 la mirada, algo inc\u00f3moda, y volvi\u00f3 a su lectura. Justo en aquel momento, Sophie entr\u00f3 en la plaza por una callejuela lateral. Tra\u00eda en los brazos una voluminosa caja de cart\u00f3n blanco de la que sobresal\u00edan diversos objetos: varios marcos, piezas de vajilla, tejidos de diferentes tipos. Tan pronto como me vio, se acerc\u00f3 a m\u00ed con una amplia sonrisa, dej\u00f3 la caja en el suelo y nos fundimos en un abrazo: dos franceses en una vieja plaza de Sevilla. Me explic\u00f3 entonces que ven\u00eda del cercano mercado de las pulgas, conocido como el Jueves, donde el tiempo se le pasaba sin darse cuenta. Aquel d\u00eda la visita hab\u00eda sido fruct\u00edfera en su b\u00fasqueda de objetos y utensilios con que hacer de la casa un lugar m\u00e1s habitable. Sac\u00f3 de la caja un libro de gran formato y tapa dura dedicado a la obra de Caravaggio, cuya portada mostraba una cuadro para m\u00ed desconocido: David vencedor de Goliat. En \u00e9l, el joven pastor acaba de vencer con su honda al gigante, cuya cabeza decapitada ata met\u00f3dicamente por los cabellos para presentarla como prueba de su victoria. Mientras camin\u00e1bamos por la callecita en penumbra, observ\u00e9 el rostro de Goliat, su piel fruncida en una mueca de horror e incomprensi\u00f3n. Sophie me explicaba cosas sobre la ciudad y la casa, sobre c\u00f3mo la hab\u00eda comprado, en un arrebato casi temerario, al heredar de su familia una importante suma de dinero, y yo miraba a David, con su cuerpo adolescente, hincando la rodilla sobre la espalda del filisteo vencido.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Sophie abri\u00f3 la cancela y dej\u00f3 la caja en el suelo.&nbsp;<br>-Bienvenido, me dijo en espa\u00f1ol.&nbsp;<br>Tras rodear la espesura del patio, recorrimos una parte de las estancias de la planta baja. Tuvimos que deslizarnos entre los puntales que sosten\u00edan algunos techos y otras veces salvar, cogi\u00e9ndonos de la mano, sacos de escombros amontonados en el suelo. En lo que debi\u00f3 de ser un comedor, las paredes estaban recubiertas de un estridente papel amarillo que Sophie, seg\u00fan me explic\u00f3, se esmeraba en despegar, tira a tira, durante sus ratos libres, con el objetivo de dejar al descubierto las capas de pintura subyacentes. Lo mismo hac\u00eda, a veces con la ayuda de los amigos que ven\u00edan a visitarla, en las habitaciones de la primera planta, donde, con una esp\u00e1tula, rascaba hasta llegar a los dibujos que anta\u00f1o ornaban las paredes y el techo.&nbsp;<br>-Las casas de la burgues\u00eda sevillana sol\u00edan pintarse de colores pastel, rosa, azul y amarillo, sobre los que se a\u00f1ad\u00edan cenefas de florecillas y p\u00e1jaros de estilo rom\u00e1ntico, me explic\u00f3. Todo un poco cursi, claro. Luego lleg\u00f3 la costumbre de pintar de blanco y aquel mundo desapareci\u00f3.&nbsp;<br>Durante aquella primera visita -cocina, cuartos de ba\u00f1o, despensa y lavadero, salones y habitaciones-, observ\u00e9 a\u00f1adidos caracter\u00edsticos de la d\u00e9cada de los 70 que, como injertos bastardos, desvirtuaban aqu\u00ed y all\u00e1 el aire se\u00f1orial de la morada: muebles de formica, tapas de v\u00e1ter de pl\u00e1stico, otros papeles pintados -uno con payasos- adheridos a algunas paredes\u2026 En el dormitorio que Sophie me hab\u00eda asignado, una chimenea de m\u00e1rmol, sobre la que reposaba un espejo con marco dorado, atrajo mi atenci\u00f3n. \u00bfEra necesaria en una ciudad como Sevilla -pronto descubrir\u00eda que s\u00ed? Tambi\u00e9n all\u00ed la pintura de las paredes hab\u00eda sido raspada, o quiz\u00e1s la usura del tiempo o el agua la hab\u00eda descascarillado, de suerte que en algunos puntos los desconchones formaban curiosas formas semejantes a mapas de extra\u00f1os pa\u00edses o a pieles de reptil. Por el suelo, las viejas baldosas de cemento desplegaban un entramado de motivos vegetales de solidos colores. A trav\u00e9s de la galer\u00eda llegamos a su habitaci\u00f3n, adornada por arriba con una serie de agrietadas molduras de angelitos y caballos marinos. Un colch\u00f3n en el suelo hac\u00eda las veces de cama. Sobre el escritorio reposaba un marco con la fotograf\u00eda de un muchacho sonriente.<br>-Es Luc, mi hijo, me explic\u00f3. Le hice esa foto cuando estuvo aqu\u00ed la pasada Navidad.&nbsp;<br>Aquel chico tendr\u00eda alrededor de 25 a\u00f1os. Calcul\u00e9 entonces que Sophie, algo m\u00e1s joven que yo, hab\u00eda sido una madre adolescente.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Iba en un taxi y Sevilla pasaba ante mis ojos, tras el cristal de la ventanilla, como un invitado que no se espera y del que poco se sabe -y, todav\u00eda m\u00e1s importante, que nada sabe de ti. 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