{"id":8139,"date":"2024-08-31T08:43:52","date_gmt":"2024-08-31T06:43:52","guid":{"rendered":"https:\/\/bonjourseville.com\/?p=8139"},"modified":"2024-09-27T22:26:43","modified_gmt":"2024-09-27T20:26:43","slug":"un-otono-sevillano-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/un-otono-sevillano-i\/","title":{"rendered":"Oto\u00f1o en Sevilla (I)"},"content":{"rendered":"\n<p>Decid\u00ed viajar a Sevilla por pura casualidad. Aquel a\u00f1o, 1993, el cielo de Par\u00eds se hab\u00eda cubierto de gris desde principios de octubre, como un reflejo de mi relaci\u00f3n con Pierre. \u00bfAd\u00f3nde pod\u00eda huir? \u00bfD\u00f3nde encontrar algo de luz? Claire me hab\u00eda invitado a su casa de Menton pero la Costa Azul, despu\u00e9s del catastr\u00f3fico verano con Pierre, no me inspiraba otra cosa que no fuera desesperanza. Tampoco T\u00e1nger y sus noches frente a las costas espa\u00f1olas consegu\u00edan atraerme. Por el contrario, despu\u00e9s de la Exposici\u00f3n universal del a\u00f1o anterior, me dije, tal vez Sevilla atravesar\u00eda una suerte de resaca, de desconcierto soleado que encajar\u00eda en el vaporoso estado de \u00e1nimo por el que yo transitaba desde hac\u00eda alg\u00fan tiempo. La ciudad encaraba un nuevo ciclo tras la exaltaci\u00f3n de 1992, y la idea de visitarla revoloteaba por mi cabeza sin posarse definitivamente.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<!--more-->\n\n\n\n<p>Una noche, durante una de las cenas que la Marquesa organizaba en su apartamento, alguien dijo que acababa de regresar despu\u00e9s de pasar unos d\u00edas en la capital de Andaluc\u00eda. Ante la curiosidad de nuestro anfitri\u00f3n, sorprendido ante la elecci\u00f3n de tan inesperado destino -para \u00e9l, el sur terminaba en N\u00e1poles, y volv\u00eda a empezar al otro lado del Mediterr\u00e1neo-, aquel invitado nos inform\u00f3 del peculiar ambiente, propio de un <em>lendemain de f\u00eate<\/em>, que hab\u00eda encontrado en sus paseos por la ciudad. Nos habl\u00f3 adem\u00e1s, y esto s\u00ed hizo relamerse a la Marquesa y a los otros invitados, de todos aquellos j\u00f3venes -a veces jovenc\u00edsimos- sevillanos que, habiendo perdido su puesto de trabajo tras el final de la Exposici\u00f3n, ofrec\u00edan sus servicios a los turistas a las puertas de los tablaos y las salas de fiestas. Yo escuchaba distra\u00eddo, sin demasiado inter\u00e9s, las risas y jugosos comentarios de los comensales. Aquella informaci\u00f3n no iba a hacer que me decantara por Sevilla en mi b\u00fasqueda de cielos m\u00e1s clementes. De hecho, hac\u00eda tiempo que hab\u00eda dejado de acercarme a los muchachos -casi de mirarlos-, concretamente desde el d\u00eda, unos a\u00f1os antes, cuando fui consciente de que ellos ya percib\u00edan una diferencia de edad que yo aun no hab\u00eda asimilado del todo. Ten\u00eda 45 a\u00f1os, y si entonces la edad no era motivo de recelo en aquel ambiente homosexual previo a la llegada de Internet, tampoco se hab\u00eda convertido todav\u00eda en un consumible m\u00e1s en el mercadeo de la carne. Poco a poco, casi sin darme cuenta, hab\u00eda ido desarrollando una especie de temerosa cautela, cuyo fin era protegerme de un m\u00e1s que probable rechazo, me dec\u00eda, si alguna vez me lanzaba a cortejar a un veintea\u00f1ero. Por supuesto, en aquella actitud lat\u00edan buenas dosis de mi orgullosa timidez -que no conceb\u00eda pagar por la compa\u00f1\u00eda de un muchacho, como suger\u00eda aquel invitado a la cena en casa de la Marquesa. Prefer\u00eda renunciar a la posibilidad de gozar de la cara y del cuerpo de un cervatillo si eso iba a evitar que me pusiera en evidencia. Por eso en los bares de ambiente, donde las generaciones conviv\u00edan entonces sin exigirse nada, dirig\u00eda la atenci\u00f3n sobre todo hacia los hombres de mi edad y, en mis clases de la universidad, miraba a los alumnos como se mira a los \u00e1ngeles. No quer\u00eda parecerme a la se\u00f1ora Stone, el personaje de Tennessee Williams descubierto de adolescente en el cine club del instituto que, en aquel momento de mi vida, volv\u00eda a m\u00ed en los ratos de desasosiego. Dicho esto, debo se\u00f1alar que nunca fui un adorador de efebos. Los j\u00f3venes pose\u00edan un envoltorio lustroso -\u00bflo hab\u00eda pose\u00eddo yo alguna vez?- pero, a medida que la edad me alejaba de ellos, hab\u00eda empezado a desconfiar de \u00e9l, de ese espejismo que tantas veces no es sino la proyecci\u00f3n de un fantasma.\u00a0<br>Y a pesar de todo, a pesar de la confortable distancia de seguridad que hab\u00eda establecido entre los muchachos y mi deseo, sab\u00eda que aquella no era la mejor forma de resolver un desajuste que iba m\u00e1s all\u00e1 del \u00e1mbito de la seducci\u00f3n, que ata\u00f1\u00eda -c\u00f3mo negarlo- a mi destreza frente a la vida. Sea como fuere, Sevilla iba a desbaratar todas mis rid\u00edculas precauciones.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Una voz rompi\u00f3 mi cavilaci\u00f3n. Sophie, la \u00fanica mujer presente en aquella velada, comentaba desde el otro lado de la mesa que pose\u00eda una casa en Sevilla, comprada hac\u00eda un a\u00f1o de forma totalmente inesperada. Se trataba de una antigua construcci\u00f3n de dos plantas, con patio y azotea, en el barrio que llamaban de Santa Paula, junto al monasterio del mismo nombre. Mientras hablaba, me miraba con especial intensidad, o as\u00ed me pareci\u00f3. Por entonces apenas nos conoc\u00edamos, ya que solo hab\u00edamos coincidido en un par de cenas de amigos en com\u00fan, durante las cuales, sin demasiado tiempo para afianzar una intimidad, hab\u00edamos tenido la oportunidad de apreciar cierta sinton\u00eda entre ambos. Aquella noche los dos dejamos el apartamento de la Marquesa al mismo tiempo. En el min\u00fasculo ascensor de madera, mientras las plantas del edificio desfilaban a trav\u00e9s de las dos ventanitas de cristal tallado, ella cerraba su abrigo y yo sacaba un cigarrillo de mi chaqueta en el m\u00e1s absotulo silencio. De repente, la luz se apag\u00f3 y el ascensor se detuvo con un golpe seco, quedando colgado sobre el vac\u00edo. Sophie encendi\u00f3 entonces un mechero y me tendi\u00f3 la llama -el viejo ascensor hab\u00eda conservado un peque\u00f1o cenicero adosado a uno de los paneles de madera que conformaban el elegante habit\u00e1culo. Cuando la oscuridad nos envolvi\u00f3 de nuevo, me dijo:<br>-Me han dicho que tienes en mente pasar unos d\u00edas en Sevilla.&nbsp;<br>Aquellas palabras no pod\u00edan sorprenderme. Hab\u00eda compartido con varios invitados mi proyecto, aun vago, de visitar la ciudad. Me limit\u00e9 a aspirar por la boquilla del cigarrillo, haciendo que la peque\u00f1a brasa en el otro extremo se encendiera como un sat\u00e9lite en el cielo de la noche.&nbsp;<br>-Me parece una buena forma de alejarte por un tiempo de Pierre, a\u00f1adi\u00f3.&nbsp;<br>Escuchar su nombre de improvisto, en aquel ins\u00f3lito lugar, me dej\u00f3 perplejo. Fue como si la sucesi\u00f3n de escabrosas escenas que hab\u00edan marcado nuestra relaci\u00f3n -incluida la discusi\u00f3n en aquel restaurante- se inmiscuyera dentro del ascensor. Ella sab\u00eda y, adem\u00e1s de un resabio de verg\u00fcenza por una historia que se me antojaba opuesta a la transparente inocuidad de las existencias ajenas, me incomod\u00f3 que Pierre, perteneciente a otro compartimento de mi vida, estuviera presente entre nosotros en aquel momento. Me dije que probablemente alguien hab\u00eda informado a Sophie, sin ning\u00fan tipo de malicia, sobre nuestras escaramuzas de los \u00faltimos meses.&nbsp;<br>-Puede ser, dije.&nbsp;<br>La luz se encendi\u00f3 y el ascensor se puso en marcha con un respingo. De forma instintiva, por miedo a caer, me agarr\u00e9 de su brazo. Ella cogi\u00f3 la mano que hab\u00eda pasado por el interior de su codo y me mir\u00f3 con sus ojos perfilafos de negro -\u00e9ramos casi de la misma estatura.&nbsp;<br>-El patio de mi casa en Sevilla parece un jard\u00edn prehist\u00f3rico, dijo pausadamente, mientras el ascensor descend\u00eda. Despu\u00e9s de a\u00f1os de abandono, las plantas lo han invadido como animales monstruosos, por eso en algunas partes tengo que apartar ramas y guirnaldas de flores para atraversarlo. Como la cancela que da a la calle no cierra del todo bien, a veces me encuentro a alg\u00fan vecino curioseando entre las enormes hojas. Quieren saber qui\u00e9n ha terminado por comprar esa casa olvidada, insisten en que debo cortar las plantas, adecentar un poco el patio.&nbsp;<br>Sophie sonri\u00f3 y apret\u00f3 ligeramente mi mano, aun imbricada en su antebrazo.&nbsp;<br>-Voy a pasar all\u00ed las vacaciones de la Toussaint, a finales de mes. Est\u00e1s invitado, por supuesto. La casa est\u00e1 medio en ruinas, pero es suficientemente grande para no tener que frecuentarnos m\u00e1s de lo necesario, y Sevilla, es verdad, atraviesa un ensimismamiento muy agradable.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llegu\u00e9 a casa, la lucecita del contestador autom\u00e1tico parpadeaba. Ten\u00eda un mensaje de mi madre, en el que expresaba su preocupaci\u00f3n por no haber tenido noticas m\u00edas en varios d\u00edas. Al cabo de unos segundos, apagu\u00e9 la grabaci\u00f3n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Decid\u00ed viajar a Sevilla por pura casualidad. Aquel a\u00f1o, 1993, el cielo de Par\u00eds se hab\u00eda cubierto de gris desde principios de octubre, como un reflejo de mi relaci\u00f3n con Pierre. \u00bfAd\u00f3nde pod\u00eda huir? \u00bfD\u00f3nde encontrar algo de luz? 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