{"id":7885,"date":"2024-03-16T22:41:09","date_gmt":"2024-03-16T21:41:09","guid":{"rendered":"https:\/\/bonjourseville.com\/?p=7885"},"modified":"2024-03-30T14:55:47","modified_gmt":"2024-03-30T13:55:47","slug":"un-cuento-para-semana-santa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/un-cuento-para-semana-santa\/","title":{"rendered":"Un cuento para Semana Santa"},"content":{"rendered":"\n<p>Conoci\u00f3 a Fernando Sajones estudiando filolog\u00eda francesa en la Universidad de Sevilla. El menor de los tres hijos de aquella conocida familia hab\u00eda acabado all\u00ed tras probar varias carreras, empujado a medias por una madre que fantaseaba con el prestigio de tener un hijo que hablara franc\u00e9s y que, con suerte, acabar\u00eda viviendo en Par\u00eds, lo que le servir\u00eda de excusa ante su marido para visitar de nuevo los Campos El\u00edseos y Disneyland. Los Sajones se hab\u00edan enriquecido gracias a la producci\u00f3n de aceite de oliva, ahora extra\u00eddo mediante la plantaci\u00f3n en hilera de olivos capaces de exprimir a fondo las tierras de la campi\u00f1a sevillana. Habituales de la televisi\u00f3n local, los eventos que organizaban constitu\u00edan en las p\u00e1ginas de la cr\u00f3nica social un desfile de tocados y chaqu\u00e9s, que el lector intu\u00eda perfumado de ginebra y tabaco. Cada vez que Fernando lo invitaba a la propiedad familiar, en un se\u00f1orial pueblo a 80 km de Sevilla, \u00e9l aceptaba de buena gana, seducido por la perspectiva de un fin de semana de molicie y pintoresca abundancia -cataratas de botellines de cerveza, barbacoa y sevillanas-, un par\u00e9ntesis en su tediosa existencia. Aceptaba tambi\u00e9n, sobre todo, movido por la curiosidad que sent\u00eda hacia un personaje inesperado en el seno de aquella familia. \u00c1ngeles hac\u00eda las funciones de guardesa de la casa. Su silueta distinguida y silenciosa, que le hab\u00eda intrigado desde el primer d\u00eda, se escurr\u00eda por los recovecos como un ama de llaves hitchcockiana, recomponiendo un ramo de flores o abultando los cojines de un sof\u00e1, \u00fanicas se\u00f1ales de su paso por las estancias y pasillos. Ella y su marido, al que rara vez era posible atisbar, eran dos presencias discretas, cosmopolitas, en aquel ambiente bullanguero. Una tarde, vagando en soledad, observ\u00f3 que la puerta que daba acceso a la zona de la residencia que ambos habitaban estaba abierta.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bf\u00c1ngeles?, pregunt\u00f3 en el umbral.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Al no recibir respuesta, se asom\u00f3 con sigilo para descubrir un escueto sal\u00f3n decorado con una sencillez que contrastaba con el resto de la propiedad. Una reproducci\u00f3n de <em>La lechera de Burdeos<\/em> de Goya colgaba de una de las paredes. Sobre la mesa, junto a una cafetera italiana, hab\u00eda dos tazas humeantes y algunos libros -los \u00fanicos vistos hasta entonces en la casa-, entre los que pudo reconocer <em>La rama dorada<\/em>. Su curiosidad se vio espoleada a ra\u00edz de aquel episodio. \u00bfC\u00f3mo se explicaba que aquella pareja hubiera terminado al servicio de una familia como los Sajones? \u00bfQu\u00e9 percance la hab\u00eda conducido a semejante situaci\u00f3n, por lo dem\u00e1s aceptada sin aparente conflicto? Empez\u00f3 entonces a espiar a \u00c1ngeles, a seguir su sombra por el jard\u00edn, por el lavadero y la despensa. Vigilaba las modulaciones de su rostro y de su voz, los movimientos de su cuerpo, sin llegar a identificar nada que delatara la menor alteraci\u00f3n en un estado de \u00e1nimo que parec\u00eda imperturbable, como el de una esfinge. Solo una vez crey\u00f3 percibir en su mirada, por unos segundos, una nube de inquietud. Aquella tarde la escuch\u00f3 hablar acaloradamente por tel\u00e9fono en alem\u00e1n. Sin embargo, fue otro el elemento que termin\u00f3 por obsesionarle. Observ\u00e1ndola enrollar flamenquines sobre la mesa de la cocina, adonde hab\u00eda entrado con el pretexto de beber un vaso de agua, repar\u00f3 por primera vez en una cadenita que -supo a partir de aquel d\u00eda- la guardesa llevaba siempre alrededor del cuello, y de la que pend\u00eda una peque\u00f1a llave. Por la noche, y muchas despu\u00e9s desde entonces, so\u00f1\u00f3 con la llavecita dorada. La ve\u00eda oscilar ante su mirada como un p\u00e9ndulo, abriendo luego entre nieblas cancelas y rejas, pasajes hacia la c\u00e1mara secreta donde encontrar\u00eda la explicaci\u00f3n al enigma. Se despertaba en medio de la noche y hac\u00eda la cuenta de todas las cerraduras que exist\u00edan en la casa, en cada entrada, en los cajones y cofres, pero ninguna parec\u00eda encajar. Tendr\u00eda que poseer una copia, se dec\u00eda, para probarla por todas partes hasta encontrar la soluci\u00f3n. Aquella posibilidad, por supuesto, era del todo inviable. Y ocurri\u00f3 que, tras varios fines de semana de paciente y discreto acecho, liber\u00e1ndose como pod\u00eda de la presencia de Fernando, decidido a desentra\u00f1ar aquel misterio, descubri\u00f3 que la llave serv\u00eda para abrir una puerta, en un rinc\u00f3n de la cocina, que probablemente conduc\u00eda al s\u00f3tano o a la bodega, y que siempre permanec\u00eda cerrada. Desde alg\u00fan rinc\u00f3n en la sombra, ve\u00eda a \u00c1ngeles abrirla y deslizarse hacia el interior con sigilo, cerr\u00e1ndola desde el interior sin hacer el m\u00e1s m\u00ednimo ruido.&nbsp;Por su parte,&nbsp; cuando se sab\u00eda solo en aquella parte de la casa, intentaba forzarla -tal era su obstinaci\u00f3n- con alg\u00fan cuchillito o utensilio tomado de uno de los cajones, siempre sin \u00e9xito. Su incapacidad no hac\u00eda sino inflamar una fijaci\u00f3n que le quemaba por dentro. Ten\u00eda que conseguir traspasar aquella puerta, aunque significara el final de su relaci\u00f3n con los Sajones. Present\u00eda que de esta forma su vida, por la que hasta entonces hab\u00eda divagado a la deriva, flotando sin tocar el suelo en una melanc\u00f3lica dejadez, encontrar\u00eda un punto de amarre a partir del cual dirigirse hacia alg\u00fan lugar.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Una noche de insomnio, durante un fin de semana de febrero, decidi\u00f3 pasear por la casa dormida. Se ech\u00f3 una manta por encima del pijama y sali\u00f3 de su habitaci\u00f3n. El olor a chimenea recorr\u00eda aun los pasillos. En un sal\u00f3n lejano, alguien estaba viendo Canal Sur. Baj\u00f3 las escaleras sintiendo el fr\u00edo del m\u00e1rmol en las plantas de los pies, sin mirar el San Francisco de As\u00eds barroco que tanto le incomodaba cada vez que pasaba ante \u00e9l. Todo estaba en silencio. La claridad de la luna se colaba por las puertas de cristal que daban al jard\u00edn. Se sent\u00f3 un momento en un sof\u00e1 y, mirando hacia el exterior, crey\u00f3 ver la punta de un cigarrillo encendido bajo la sombra de una acacia. Temiendo ser sorprendido por alg\u00fan miembro de la familia que como \u00e9l no pudiera dormir, se levant\u00f3 y desapareci\u00f3 entre las sombras, en direcci\u00f3n a la cocina. Algo llam\u00f3 su atenci\u00f3n apenas hubo entrado. La misteriosa puerta parec\u00eda estar solo entornada. No es posible, pens\u00f3 sin dejar de pesta\u00f1ear. Se acerc\u00f3 de puntillas, enred\u00e1ndose en la manta que lo cubr\u00eda, y al empujarla suavemente, con la yema de los dedos, la puerta cedi\u00f3 hasta abrir una ranura. Con el pulso helado, retrocedi\u00f3 y mir\u00f3 a su alrededor, convencido de que alguien lo estar\u00eda espiando, pero no distingui\u00f3 a nadie por los rincones. Tard\u00f3 unos minutos en recobrar el aliento. Volvi\u00f3 entonces a acercarse a la puerta y, arrimando un ojo a la rendija entreabierta, solo vio oscuridad. Luego, con los p\u00e1rpados fruncidos y las pupilas afiladas, al cabo de unos segundos acert\u00f3 a percibir un mortecino resplandor, apenas un velo lechoso y primigenio. Se sinti\u00f3 desfallecer. Quiso regresar a su habitaci\u00f3n, al cuarto en el que dorm\u00eda de ni\u00f1o, hac\u00eda mucho tiempo, antes de que todo en su vida empezara a palidecer. Quiz\u00e1s ma\u00f1ana por la noche la encuentre de nuevo abierta, se dijo, no tiene que ser hoy. Pens\u00f3 en mil razones como aquella para dejar pasar la oportunidad, cada una m\u00e1s sensata que la anterior. Todo fue en vano. Dej\u00f3 caer la manta al suelo, tom\u00f3 una profunda bocanada de aire y, abriendo la puerta unos cent\u00edmetros m\u00e1s, se escabull\u00f3 hacia el interior como un gato, cerrando tras de s\u00ed con el mismo cuidado.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>La negrura m\u00e1s absoluta cay\u00f3 sobre \u00e9l. Ya no ve\u00eda el brillo de antes, solo sent\u00eda el coraz\u00f3n en la garganta y los borbotones de sangre que invad\u00edan sus o\u00eddos. Pas\u00f3 mucho tiempo, tal vez media hora, hasta que su respiraci\u00f3n se estabiliz\u00f3 y su boca recuper\u00f3 la saliva. Al fondo de aquel espacio profundo como un pasillo y totalmente apagado, bajando unos escalones, muy lejos, pudo al cabo vislumbrar lo que parec\u00eda ser una urna de cristal, tenuemente iluminada desde arriba. Entregado a una temeridad enfebrecida, medio son\u00e1mbulo en su huida hacia adelante, ech\u00f3 a caminar sin pensar, casi sollozando. Avanzaba lentamente, un pie detr\u00e1s del otro, con los brazos separados del cuerpo para no perder el equilibrio, dando manotazos en la oscuridad cuando cre\u00eda distinguir un perfil. Pens\u00f3 de nuevo en su infancia, tan lejana en aquel momento, a medida que se iba acercando a la urna, al final de aquel pasillo interminable. Y un grito ahogado se escap\u00f3 de su boca cuando advirti\u00f3, atrapada en el cristal, una forma humana. Se trataba de un busto, inm\u00f3vil, sujeto por una delicada estructura de metal. Sigui\u00f3 avanzando hacia aquella luminosidad enfermiza, atra\u00eddo como una polilla y, cuando por fin estuvo ante la urna, vio una escultura de madera primorosamente vendada, igual a una estrella de cine que acabara de someterse a una operaci\u00f3n de cirug\u00eda est\u00e9tica. De una blancura irreal, las gasas, aplicadas con esmero de embalsamador egipcio, envolv\u00edan por completo la fisionom\u00eda, dejando solo al descubierto el tri\u00e1ngulo invertido del rostro -donde uno de los ojos ten\u00eda la vidriosa cualidad de una canica rota- y, al final de los delgados brazos doblados en \u00e1ngulo recto, las manos.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-Sab\u00eda que la encontrar\u00edas, dijo alguien a su espalda y, cuando se volvi\u00f3 en un respingo, vio a \u00c1ngeles, cuya voz hab\u00eda resonado en el espacio vac\u00edo, con una linterna en la mano.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-Yo he visto esta cara antes, acert\u00f3 a balbucear tras unos instantes de desasosiego, a modo de excusa.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-Claro, es la Virgen de la Esperanza, respondi\u00f3 la guardesa mientras se acercaba alumbrando el camino.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfLa Virgen de la Esperanza?, pregunt\u00f3 aun aturdido por la situaci\u00f3n, \u00e9l que nada sab\u00eda de imaginer\u00eda religiosa.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-La aut\u00e9ntica, por supuesto. La que est\u00e1 en Sevilla no es m\u00e1s que una copia que se hizo en los a\u00f1os 20.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Sin comprender del todo aquellas palabras, con la lentitud de un sue\u00f1o se gir\u00f3 hacia la urna y extendi\u00f3 el cuello para acercarse m\u00e1s al cristal. Una peque\u00f1a boca le sonre\u00eda t\u00edmidamente desde el otro lado, casi burl\u00e1ndose de \u00e9l, o quiz\u00e1s m\u00e1s bien se contra\u00eda en un puchero ani\u00f1ado que le hizo pensar en el moh\u00edn caprichoso de un efebo pintado por Caravaggio. M\u00e1s arriba, las cejas serpenteaban como los signos de interrogaci\u00f3n de una escritura desconocida.&nbsp;Deslizando la mirada por aquel rostro, observ\u00f3 que la mascarilla se hab\u00eda despegado en algunas partes, dejando al descubierto las vetas de la madera. En otras, el barniz resquebrajado marcaba la superficie de innumerables fisuras.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-Habr\u00e1 miles as\u00ed, reclamando ser la de verdad, dijo sin apartar la vista, y sinti\u00f3 que una gota de sudor le corr\u00eda mejilla abajo.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-Esta es la original, respondi\u00f3 \u00c1ngeles descuidadamente, como se dicen las cosas incuestionables, aunque siempre se ha hablado de restauraciones y repintes.<\/p>\n\n\n\n<p>Las manos de la escultura, vueltas hacia arriba, sosten\u00edan el aire con delicadeza asi\u00e1tica. Manos de Buda, pens\u00f3. Observ\u00f3 las marcas que el roce de las joyas hab\u00eda dejado en los dedos fin\u00edsimos, incluso crey\u00f3 percibir restos de polen en la curva de algunas u\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>-Aquello fue un pacto en la oscuridad, a\u00f1adi\u00f3 \u00c1ngeles. Ni siquiera la Hermandad est\u00e1 al corriente de nada. La devoci\u00f3n se hab\u00eda tornado incontrolable y la Iglesia empezaba a meterse donde no deb\u00eda, as\u00ed que no hubo otra alternativa.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El zumbido de una peque\u00f1a m\u00e1quina se activ\u00f3 en alg\u00fan lugar. \u00c9l recorr\u00eda las l\u00edneas de aquella cara en un intento por descifrarla, imantado sin remedio por unas facciones que se le hac\u00edan remotas e inasibles. Cuando cre\u00eda encontrar un punto de apoyo en un lado de la frente, su atenci\u00f3n se dejaba caer por uno de los p\u00f3mulos hasta la comisura de los labios -donde le pareci\u00f3 encontrar \u00ednfimos restos de arena; \u00bfhab\u00eda estado enterrada la escultura?-, viajando al instante en un rapto hasta la recatada barbilla. Desde all\u00ed, se hac\u00eda inevitable remontar hacia aquella boca a punto de gemir de coqueter\u00eda o de <em>spleen<\/em>. Not\u00f3 una ligera presi\u00f3n en el cr\u00e1neo y tuvo que cerrar los ojos. Cuando los volvi\u00f3 a abrir, el rostro segu\u00eda all\u00ed, capturado en las horas. Tras ponerle una mano en el hombro, \u00c1ngeles continu\u00f3 su explicaci\u00f3n:&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-A\u00f1os despu\u00e9s, la fatalidad quiso que la Virgen acabara en manos de esta familia. Si por ellos fuera, la Madre ya habr\u00eda sido vendida y ahora estar\u00eda en Zurich o en cualquier almac\u00e9n de Hong Kong. Solo lo ha impedido el af\u00e1n de los m\u00edos, de mis padres, mis abuelos y bisabuelos, a quienes fueron confiados su cuidado y protecci\u00f3n.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Volvi\u00f3 a mirar hacia la urna. Al encontrarse otra vez con aquella mirada a trav\u00e9s del cristal empa\u00f1ado por su respiraci\u00f3n entrecortada -\u00bfo era ella la que respiraba desde el interior?-, no pudo evitar pensar que el escultor hab\u00eda tallado el estupor ante el azaroso destino que esperaba a su creaci\u00f3n.&nbsp;\u00bfQu\u00e9 hab\u00edan visto aquellos ojos?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfEntonces todo es un fiasco, la Madrug\u00e1 y lo dem\u00e1s?, pregunt\u00f3 entornando los p\u00e1rpados, casi esperando que la escultura le respondiera.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfPor qu\u00e9 un fiasco?, dijo \u00c1ngeles con una sonrisa, tom\u00e1ndolo con suavidad y determinaci\u00f3n por el brazo y llev\u00e1ndolo como a un ni\u00f1o hacia la salida, a la luz de la linterna. El tiempo se hab\u00eda agotado. \u00c9l volvi\u00f3 la cabeza atr\u00e1s una, dos, tres veces, para ver c\u00f3mo la urna y su contenido se alejaban en las tinieblas, cautivo de la imperiosa necesidad de retener para siempre aquella imagen que, sin explicaci\u00f3n alguna, se hab\u00eda vuelto esencial. Caminaba como narcotizado, sudando y casi apoyado en ella. Las preguntas se le amontonaban en la cabeza, cuestiones de repente insoslayables para mantener la cordura, para encontrar un sentido. Hab\u00edan llegado al final. \u00c1ngeles abri\u00f3 la puerta y con un educado gesto lo invit\u00f3 a salir. \u00c9l se resist\u00eda, volv\u00eda la mirada hacia el fondo, hacia la urna que ya era solo un punto de luz, una estrella en el manto de la noche.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfCu\u00e1nta gente lo sabe?, pregunt\u00f3 desde fuera como \u00faltimo recurso, empujando la puerta para impedir que \u00c1ngeles la cerrara desde el interior.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>-Poca. \u00bfQu\u00e9 puede importar? Buenas noches.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Vagaba por Sevilla bajo el peso de la incertidumbre. Hubiera querido subirse a un banco y gritar lo que sab\u00eda, sacudir a los viandantes para que conocieran la verdad, aunque \u00e9l solo pudiera desvelarles unas migajas de aquella revelaci\u00f3n que segu\u00eda sepultada bajo una monta\u00f1a de interrogantes. Intentaba librarse del peso del secreto caminando veloz, como si as\u00ed pudiera desprenderse de \u00e9l, dej\u00e1ndolo enganchado en las ramas de alg\u00fan \u00e1rbol. En cambio, otras veces, aligeraba el paso con la intenci\u00f3n de dar caza al enigma, que intu\u00eda al final de una calle, girando una esquina, o en el caminar de una transe\u00fante que, al volverse, resultaba no ser quien pensaba. Siempre terminaba exhausto, jadeante, y recordaba las palabras de \u00c1ngeles: \u00bfqu\u00e9 pod\u00eda importar? \u00bfQui\u00e9n le creer\u00eda? Despu\u00e9s de todo, hab\u00eda llegado a la convicci\u00f3n de ser el \u00fanico al que el rostro en la urna, que ve\u00eda sin descanso en sue\u00f1os, detr\u00e1s del espejo del cuarto de ba\u00f1o cuando se afeitaba, pod\u00eda abrasar de aquella manera. Iba sintiendo su ascendiente cuando despeg\u00f3 el avi\u00f3n que le llev\u00f3 a Par\u00eds, adonde se mud\u00f3 al terminar los estudios. Su relaci\u00f3n con los Sajones hab\u00eda terminado tiempo atr\u00e1s, al casarse Fernando. La familia estaba entonces a punto de sucumbir en medio del esc\u00e1ndalo desatado por un caso de corrupci\u00f3n, a ra\u00edz de la construcci\u00f3n de un centro comercial.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Conoci\u00f3 a Fernando Sajones estudiando filolog\u00eda francesa en la Universidad de Sevilla. El menor de los tres hijos de aquella conocida familia hab\u00eda acabado all\u00ed tras probar varias carreras, empujado a medias por una madre que fantaseaba con el prestigio de tener un hijo que&hellip; <a class=\"read-more\" href=\"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/un-cuento-para-semana-santa\/\">Leer m\u00e1s<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":8012,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_exactmetrics_skip_tracking":false,"_exactmetrics_sitenote_active":false,"_exactmetrics_sitenote_note":"","_exactmetrics_sitenote_category":0},"categories":[107],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7885"}],"collection":[{"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7885"}],"version-history":[{"count":114,"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7885\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":8008,"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7885\/revisions\/8008"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/8012"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7885"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7885"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/bonjourseville.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7885"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}